jueves, 15 de junio de 2017

15 de junio fiesta de Santa María Micaela del Ssmo. Sacramento.



Micaela Desmaisiéres y López de Dicastillo nació en Madrid el 1 de enero de 1809, en una época turbulenta en que España estaba agitada por la guerra de la independencia. Su padre, de origen flamenco, Brigadier de los ejércitos españoles estuvo empeñado en las campañas de esta guerra, por lo que su madre, Condesa de la Vega del Pozo y marquesa de los llanos de Alguazas, en compañía de sus hijos, se vio obligada a abandonar su hogar en la noche para seguir las vicisitudes de su marido y los azares de la guerra, con la consiguiente pérdida de buena parte de sus bienes.
 Micaela se educó en las religiosas Ursulinas de Pau durante dos o tres años, pero al quedarse huérfana de padre en 1822, ya había regresado al hogar familiar.
 De su madre recibió una educación piadosa y de acuerdo a la clase social a que pertenecía. De su padre heredé el carácter altivo y noble que aquel poseía Ella nos dice que tenía "un genio dulce, amable, amiga de la paz en todo, holgazana, golosa, zalamera, muy compasiva y amiga de reconciliar los hermanos y criadas era en extremo viva y ligera para todo".
 De sus ocho hermanos, unos murieron prematuramente y el único varón que quedaba, Diego, estaba siempre ausente de la familia por sus negocios y cargos diplomáticos. Esto la obligó a ocuparse dé los intereses familiares, desarrollándose así en ella un carácter enérgico y unas dotes de gobierno y organización. Ella nos dice también que no le gustaba "nada que no fuera verdad", la expresión de su carácter franco y abierto. "Historia, vidas de Santos, viajes, bordar, coser, pintar, escribir, y muchas novenas y un sinnúmero de rezos, todo esto lo hacía sin descanso, pues era víctima del orden. Su madre, previsora, les hacía «aprender a planchar, a guisar, como un oficio, por lo que pudiera suceder.

 Micaela era de muy buena estatura, más bien alta, algo corpulenta y  bien  proporcionada en su edad ya madura. Tenía la cara un poco larga, la tez blanca vyencarnada, los ojos de color castaño oscuro, la frente despejada y tersa, los labios rojos y delgados, los dientes blancos y pequeños; la voz más bien aguda, el cabello fino y casi negro, tas manos de perfecta belleza. De carácter alegre y de conversación amena, cautivaba fácilmente a los que la rodeaban.

 La formación cultural de Micaela fue vulgar, como era costumbre en su época; su preparación doctrinal es pobre, carece de base bíblica y adolece del individualismo algo sentimental propio del siglo XIX. Las luchas políticas, con sus alternativas de gobierno entre absolulistas y liberales, marcan la vida social española y tienen su repercusión en la vida familiar, y mucho más todavía en la vida de las instituciones de tipo social y religioso.

 Tal fue la madera con que se labro la Madre Sacramento y el ambiente en que se desarrolló su vida y su obra. Más adelante veremos cuál fue el secreto de esa vida, el impulso que la hizo crecer y fructificar.

PREPARANDO LAS VÍAS DEL SEÑOR.

Micaela, como toda mujer, deseaba amar. Por eso, ella se sintió feliz cuando el amor llamó a las puertas de su corazón. Francisco Javier Fernández de Henestrosa, hijo del marqués de Villadarias, parecía el llamado a unir a ella su destino Casi tres años duraron esas relaciones, que al fin se deshicieron, por razones muy humanas en apariencia, pero en realidad porque otros eran los planes de Dios. Ni fue esa la única vez que el amor solicitó a Micaela, pero nunca llegó a realizarse, aun cuando la futura Fundadora se creía entonces llamada al matrimonio. No conocía todavía los caminos del Señor.

 La vida de Micaela discurrió durante bastantes años por los cauces comunes a toda vida de mujer de su edad y condición. Es piadosa, pero con un cristianismo vulgar,  te se alimenta de rezos y novenas y que sabe compartir su tiempo con las distracciones ce una sociedad frívola por parte, y las obras de caridad por otra. Es verdad que la Eucaristía la había ya cautivado y que de joven había pasado muchas horas junto al Sagrario, pero todavía Cristo no se había posesionado de su corazón. Aún quedaba sitio para muchas otras cosas.

 Vanidades de mujer, sin trascendencia creía ella. Micaela quería seria primera en vestir el moaré que venía de París y el traje tenía que ser a la última moda. Airosa amazona, le gustaba salir a caballo con una escolta, entre la que parecía, y sentía el placer de ser admirada y querida. Esta vida de mundo tuvo su apogeo en el año 1846 en que estuvo en Paría, año que ella llama “perdido”, en el que gastó en lujo, bailes y distracciones, en una vida enteramente disipada, aunque no mala, y de la que ella no conocía los peligros.

 No obstante, Micaela tenía un gran corazón, que no se saciaba en esos pasatiempos. Y si a ellos dedicaba parte del día y de la noche, otra parte la ocupaba en obras de caridad y de celo.

 Ya en su juventud tuvo en su palacio de Guadalajara una escuela de doce niñas pobres,  cuidaba enfermos en sus casas y les repartía ropas y alimentos. Y durante el cólera de 1834 asistió a los atacados por la terrible epidemia con un valor admirable, acudiendo al hospital y asistiéndolos en sus propias casas, hablándoles “de Dios y de la Virgen” y no dejó de ir mientras duró el cólera.
A la muerte de su madre (año 1841), nos dirá ella, escogí a la Santísima Virgen el mismo día, para que la reemplazara y la hice una entrega formal de todo mi ser. Además, por distraerme de estas penas tan hondas en un corazón, me ocupé en obras de caridad. En Madrid junté señoras, diez o doce, y pusimos la Junta de socorros a domicilio, después… la Junta para el socorro de las monjas, y así fui haciendo obras de caridad.
 Entre éstas no podemos silenciar, por la importancia decisiva que tienen en su futura vocación las visitas al Hospital de San Juan de Dios. La primera se remonta al 6 de febrero de 1848. Es llevada a dicho hospital por su amiga Ignacia Rico de Grande por encargo del P. Eduardo José Rodríguez de Carasa, S.J., confesor de su madre y a quien ésta encargó antes de morir velara por su hija. Allí enseñaban doctrina a las enfermas varias señoras pertenecientes a la Congregación de la Doctrina Cristiana y allí conoció Micaela la suerte de muchas pobres jóvenes que, por miseria e ignorancia, habían caído en el vicio y la depravación.

 Así llegó Micaela al año 1847, fecha clave en su vida. A instancias del P. Carasa, hace con él, en el mes de abril, unos ejercicios espirituales, que van a cambiar el rumbo de su existencia. Un mes después, en la fiesta de Pentecostés, ya en París, recibe una gracia decisiva; a partir de ese momento va a Ser el Señor quien la dirija. Dejémosla hablar: “sentí un trastorno muy grande y una luz interior que obró en mí efectos muy marcados... Sentí un cambio de inclinaciones y una fuerza Superior para vencerme en todo, presencia de Dios continua. Un ansia que me devoraba por hacer oración, de modo que la  hacía cinco o siete horas al día, que me producía gran dolor de mis pecados... Después me quedó un vehe­mente deseo de hacer penitencias y la hice continuada por espacio de cinco años seguidos”.

UNA CASA PARA LAS JÓVENES.

 En el Hospital de San Juan de Dios se abren los ojos de Micaela. Ella no sabía que “hubiera esta clase de mujeres en el mundo". La chispa brotó al contacto de una pobre joven, victima engañada por la seducción. En el hospital, enferma, lloraba su desgracia. No es más que la repetición de tantas y tantas historias. Micaela escucha y su corazón generoso busca el remedio. Aque­lla joven volverá a su hogar, dignificada por el arrepentimiento. Pero,... ¡cuántas dificultades para ello! La idea se abre paso. Es preciso darles una mano para salir de su infortunio. Una Casa donde pudieran donde pudieran vivir una temporada, instruyéndolas en la Religión, mientras hallábamos modo de colocarlas o volverlas a sus Casas".
La obra se realiza en breve. Un sucinto reglamento hecho por Ignacia y Micaela, una junta de siete señoras, una pequeña aportación económica, una casa en la calle de Dos Amigos, nº 8, y se reúnen las primeras jóvenes. En abril de 1845 ha nacido ya el Colegio.
 Pero Micaela tiene todavía poco tiempo para él y mucho para el mundo. Es ardua tarea y surgen las primeras dificultades, que afronta no obstante con valor. Vende su caballo de montar para reunir fondos, y llora al desprenderse de él. Micaela es mujer ante todo, pero mujer tocada por la gracia de Dios. Marcha a París. El colegio va de mal en peor. A su regreso sólo quedan tres colegialas y peligra la obra, pero su vida ha cambiado ya. Se hace cargo de la casa que abandona la junta de señoras. Empiezan para ella las contradicciones. “Al quedarme yo sola tuve honda pena, lloré...” Todavía no tiene valor para dejarlo todo. Se vale de maestras, de religiosas. Nuevos sufrimientos. Se ve calumniada, arruinada,  despreciada, abandonada por todos. Pero es el Señor quien la conduce, quien le asegura "a ti quiero yo en mi obra'. Duda todavía. No tenía valor, ni me sentía inclinada a variar de vida,  nos dirá ella. Pero si Dios lo quiere he de dejar yo de hacerlo aunque me cueste la vida.

 Y el 12 de octubre de 1850 hace el gran sacrificio. Deja las comodidades de su casa, el cariño de sus hermanos, los halagos de la sociedad, para vivir con sus chicas en el colegio, decidiéndose a servir al Señor “como Él  quería". Sólo un amor le sostiene, pues con él nada temía y sentía valor y fuerza para todo pues de la oración sacaba fuerzas y una gran confianza en Dios.

 Van a seguir tres años de grandes dificultades econó­micas. Nadie la ayuda. Tiene que empeñar o vender sus joyas, su vajilla y equipaje para que la casa subsista en medio de grandes apuros. Al mismo tiempo va tomando forma en el interior. Surgen unas primeras Constituciones para el Orden y Gobierno del Colegio. Se sirve aún de maestras seglares, que ella procura formar para las necesidades de la obra. Pero no es fácil encontrar "vocaciones de mártir” y en los momentos de mayor contradicción la dejan sola. Los ex amantes de las colegialas, enfurecidos la amenazan. En el puño de una espada, cuyo dibujo le han enviado en son de reto, escribe: “Ni a eso temo". Intentan matarla, quemar el Colegio. Nada consiguen porque Dios la protege.

 En 1854 consigue una ayuda económica de la Beneficencia, que le permite respirar más holgadamente. Se le han unido ya algunas maestras que van a perseverar. Son muchas las jóvenes que se han salvado ya del naufragio de la vida. La obra se consolida. Lo que parecía una locura es ya una realidad prometedora.

EL SECRETO DE UNA VIDA.

       La vida de Micaela tuvo un secreto que la transformó en la Madre Sacramento. Fue para ella faro luminoso que le mostró el camino, impulso vivificador que la alentó siempre.
       Fortaleza invencible en los momentos difíciles. En efecto, es la Eucaristía quien explica la vida de esa mujer y su obra fecunda en la Iglesia. “Si el Señor sale, yo voy tras de Él! pues nada me hará dejarlo por mucho que me hagan sufrir, pero sin El, no estaré ni una hora, dice ella misma en una de las muchas persecuciones que tuvo que sufrir por parte de los buenos, cuando el párroco quería quitarle el Sacramento de su Colegio. “Me mueve el deseo que tengo impreso en mi corazón de amar a Dios por haberse quedado con nosotros toda la vida en el Sacramento. ¡Esto me saca a mí de quicio o de juicio!

 De hecho, a partir de aquel Pentecostés de 1847, fue Cristo su maestro, ese Cristo que ella va a recibir todos los días en la comunión. La esperaba con ansia e impaciencia, jamás a sangre fría y hay veces que de la oración saco más deseo, y se me hace larga y penosa la noche, que es como una distancia inmensa que me separa de unirme a mi Dios", nos dice.

 Experimentaba gran consuelo en sus comuniones y fuerza y valor para sufrir y padecer el martirio por el amor de Dios si fuere necesario. Junto al sagrario, ante el que permanecía muchas horas, recibía las ilustraciones que la guiaban en su espíritu y en su obra. Todo lo consultaba con el Santísimo Sacramento y a Él recurría en todas sus necesidades. Esta actitud es consecuencia lógica de la fe que la animaba ante la presencia de Cristo en la Eucaristía. Ha percibido junto a su pecho los latidos del Corazón divino y ha penetrado místicamente en la esencia del misterio eucarístico. Este sacramento, así vivenciado, es el que explica la vida, de Micaela.

 Cristo, allí presente, es para ella la manifestación del amor divino, un amor que ha llegado a la locura de encarnarse, morir en una cruz y permanecer resucitado con nosotras para ser el Pan de Vida y Bebida de salvación. “Me fui a comulgar, y al pensar en el acto de amor que el Señor hacía conmigo, en venir a mi pecho, deseé amarle con vehemencia; esto me hizo feliz. En la Eucaristía encuentra el misterio pascual y allí, junto al Corazón divino, aprendo a amar a los hombres, concretamente a sus chicas, porque sabe cuánto las ama Cristo, que por ellas ha dado toda su sangre. El valor redentor de la Pascua de Cristo sigue actuando en ellas por la Eucaristía, a través de la obra apostólica de la Madre Sacramento.

 La vida de Micaela está marcada por la Eucaristía. Ello lo va a registrar en todas sus manifestaciones. Todavía en París, eso mismo año, y más tarde en Bruselas y en España, se afanará por extender el culto eucarístico, trabajará por las iglesias pobres y fundará una congregación religiosa eucarística y apostólica, en la que se hace esclava del Sacramento y de la Caridad. Su insignia será la custodia y su nombre Sacramento.

LA FUNDADORA.

      Hemos llegado al año 1856, el colegio de Micaela ha crecido. Ya no es una vana ilusión. Tiene con ella algunas colaboradoras. Pero, ¿subsistirá? Comprende la necesidad de formar una comunidad que de estabilidad a la obra. Pero si aquello no tiene ni nombre siquiera, le contesta Ana Ballesteros, a la que invita a seguirla. No importa, ya se lo pondremos, responde la fundadora en ciernes. Y, en efecto, Ana se quedó en el colegio con el nombra de Hermana Caridad, y la pequeña Comunidad se llamó “Adoratrices Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Caridad". Ya había surgido la congregación religiosa, casi sin saber cómo, ni cuándo, como todas las obras de Dios.  Micaela se ha convertido ya en la Madre Sacramento. Aquel mismo año escribe unas constituciones que no serán aprobadas por el Cardenal Arzobispo de Toledo hasta el 25 de abril de 1858, por la Santa Sede el 23 de septiembre de 1861 por cinco años y a perpetuidad el 24 de noviembre de 1866, un año después de la muerte de la fundadora.
 
       Al colegio de Madrid siguen pronto otros: Zaragoza (1856) Valencia (1858), Barcelona (1861), Burgos (1863), Pinto, filial de Madrid (1864) y Santander (1865). Otras ciudades reclaman la fundación de un colegio: Pamplona, Vitoria, San Sebastián, Valladolid, Murcia.

       El fallecimiento de la Madre Sacramento hace fracasar estos proyectos; algunos se realizarán años más tarde. Las vocaciones se han multiplicado. Antes de morir la fundadora hay ciento cincuenta y seis religiosas. 

  El nombre del instituto expresa perfectamente su espiritualidad y sus fines. La esclavitud de la Eucaristía, que configura la personalidad de la Madre Sacramento, toma forma de adoración. En espíritu y en verdad. Unida a Cristo en todo momento, la Adoratriz adora al Padre. Acto de adoración y vida de adoración Pero adoración redentora, como la de Cristo.

     No podía ser de otro modo para esclava de la eucaristía. Amar a Dios, pero amarle también por aquéllas que no le conocen ni le aman. Enseñarles a apreciar el amor de Dios, a amarle a su vez, evitar que le ofendan. “Si estas hijas llegasen a comprender lo bien que Dios las ama y mira por ellas”.... ¡Cómo se lo pagarían, amándole a su vez sin límites ni restricciones, dándole en pago todo su corazón! Pues bien, hermanas mías, a esto estamos llamadas las esclavas: a amarle por ellas, interín les enseñamos lo que es Dios, y lo que ellas le deben... Esto quita el juicio y anima y excita a seguir a un Dios tan amante con nosotras en escogernos para su santa empresa de salvarle almas y las nuestras con ellas. Por un pecado que lleguemos a evitar somos felices y le amaremos en pago.

 Es la segunda faceta de la vida eucarística de la Madre Sacramento: Esclava de la Caridad. Como Cristo adora al Padre en el Gólgota muriendo en la cruz y resucitando al tercer día, ella adora también al Padre consumiéndose en servicio de sus chicas, de aquellas jóvenes que, caídas en el pecado, son incapaces de levantarse por sí mismas, y haciendo que la victoria de la resurrección se manifieste también en ellas. Esto lo realizará por medio de colegios internos de formación religiosa social y profesional, donde las jóvenes pueden rehacer una vida rota por el desorden, o preservarlas de peligros graves de caer en él. También la fundadora prevé establecimiento de otras obras de preservación inmediata, para liberar a las jóvenes del riesgo de la miseria y la ignorancia, como son las escuelas para las niñas de las clases sociales menos protegidas.


 LA ESCLAVA DE LA CARIDAD.

    Ser esclavas de Jesús y de la Caridad no es un nombre vacío; es real y verdadero. Bien lo sabe la Madre Sacramento. El amor de Cristo es exigente. Amar a Cristo significa amar también a los hombres. Por eso ella se ha hecho esclava de la Caridad.

    De joven, había practicado muchas obras de caridad. Eran fruto de un incipiente amor a Dios, alimentado por un corazón compasivo.  Ante todo sus colegialas, llegó a amarlas tanto que las hizo sus hijas. Y eran una necesidad para su corazón. Cuántas colegialas podrían hablar aquí del heroísmo de su Madre. Aquella joven con sarna, que ella cura durante la noche, para que nadie se entere, sin importarle el peligro del contagio, y la joven curó de cuerpo y alma. Y la joven atacada de cólera. Tenía la Madre Sacramento un remedio eficaz, que le han regalado para ella. Yo he de estimar más mi vida que la de una colegiala? Oh no! se decía. Y se lo dio todo. Se salvó y también su alma. Y la casa de ladrones, la gatera, las casas públicas, que la vieron entrar, decidida, exponiendo su vida y su honra para salvar a víctimas indefensas. Y la consiguió, sin arredrare ante amenazas ni insultos.

    No son sólo las colegialas reciben los beneficios de Su Bondad. Esta trasciende las puertas del colegio, visita hospitales y cárceles. Durante muchos años fue Micaela Hermana Mayor de la Congregación de la Doctrina Cristiana, asistiendo a las enfermas en el hospital de San Juan de Dios.

             La caridad de la Madre Sacramento va todavía más allá y alcanza los últimos repliegues del corazón humano, aquello que más nos duele cuando nos sentimos ofendidos. Sin embargo, ella perdona siempre. No sólo perdona y olvida sino dispensa sus favores a quien más la ha ofendido, llegando a decirse: "Quisiera que Madre Sacramento me contara en el número de sus enemigos". De esta magnanimidad podrían hablar Sor Regis, Mme. Bonnat, Teresita, el comandante querido de Trinidad, las varias colegialas que intentaron matarla, etc.

             Jamás murmuraba ni dejaba conocer los defectos de los demás, recomendando siempre a sus hijas el amor. Como eco de San Pablo nos dice: “La caridad todo lo sufre, todo lo tolera, todo lo juzga bueno y de nadie piensa mal”.

    De tal manera practicó la Madre Sacramento la esclavitud de la caridad, que pudo escribir, casi al final de su vida: “ Voy a todas partes coma indigna sierva del que pasó haciendo bien, para prestar servicios en nombre de la caridad, y no para exigir Sacrificios". Y es porque ha­bía comprendido las palabras de San Juan: “Quien no ama no conoció a Dios, porque Dios es amor” (III Jn 3,8) Su muerte sellará una vida de caridad.

HACIA LA CUMBRE.

       Año 1847... Pentecostés, fecha clave... la fuerza de la Eucaristía... Pero el milagro no se realizó de repente. Anos de forcejeo entre la gracia y la naturaleza. Tiempo en que Cristo va echando las redes y la cautiva a través de aquellas gracias extraordinarias, que hacen decir al confesor de Bruselas: “Es usted la niña mimada del Señor. Y ella se va desprendiendo poco a poco de sus bienes y de su vida.

               Y son los sufrimientos ocasionados por un mayordomo y una criada, que ella acepta con resignación. Y es aquella promesa de no faltar al señor para que El no le falte en la comunión. Y tantas otras cosas que la van despojando poco a poco. El P. Carasa, su confesor, la va guiando con prudencia.

     Hace al Señor voto de castidad y rechaza varias propuestas matrimoniales porque no quería mas esposo que Dios. Y decide quemar las naves y entrar Hija de la Caridad y luego Salesa. Pero no, Micaela. No es eso lo que el Señor te pide. El colegio te espera, la empresa va a ser difícil, pero ella contará con la fuerza de la oración. Cinco y siete horas diarias. Ha descubierto el secreto y cambia los rezos por la oración, "y se me pasaba este tiempo sin sentir, y estaba todo él de rodillas.

             He descubierto también otra palanca para ir hacia Dios: la mortificación. Al final, el  P. Carasa tiene que frenar esa ansia de penitencia. El P. Claret, que le sucede a su muerte en la dirección espiritual de la Madre Sacramento, le dará nuevas alas los últimos años de su vida

     Pero aún no está todo hecho. Todavía le queda a la Madre Sacramento dura batalla que librar, en la que, como siempre, el señor luchará por ella. Es su propio temperamento, eso tan nuestro que nos acompaña siempre. Sí, porque Micaela tiene un genio muy vivo que le hace sufrir y desedifica a veces. Es por ello criticada y pide al Señor que se lo modifique. “No, Micaela, no, te conviene ese genio para humillarte', le dice el P. Claret. Pero la transformación se realizó y la fundadora, sin perder la energía de carácter  se convirtió en un manso cordero.

 Pero si el Señor fue pródigo con ella, ella no dejó de corresponder con fidelidad. En últimos años de su vida los sella con dos votos que añade a los de religión: el de no cometer pecado venial deliberado y el de hacer siem­pre lo más perfecto. Los cumplió con tanta exactitud que pudo exclamar casi al final de su vida: No creo haber cometido desde que los hice - los ejercicios-  en 1847 un pecado mortal con conocimiento de tal, y desde entonces no he resistido jamás a lo que Dios ha marcado querer de mi, y he hecho sacrificios de todo género, bien  penosos".

A MIS HIJAS PEQUEÑAS ... A QUIENES AMO DE TODO CORAZÓN.

Las colegialas son la razón de ser de la Madre Sacramento.  “Por ellas he fundado...” nos dirá. "Son ya una necesidad para mi corazón”.  El amor fue la base de su sistema pedagógico. Las amo así, tal como eran, y precisamente porque eran desgraciadas. Y por eso supo ganar su corazón. Salía frecuentemente en busca de la oveja descarriada y cuando la encontraba le decía: “Hija mía, abandona la vida que llevas; si no tienes otros medios para comer y vestir, yo te los proporcionaré. Ven conmigo a mi casa yo seré tu madre" y la invitación fue muchas veces escuchada

    Pero la Madre Sacramento no quería ganarlas para un amor humano, sino para el divino. Era su aspiración, las amaba mirando a Cristo, que por ellas derramó su sangre. Con un desinterés total, limpio de todo egoísmo o amor propio. "Nuestro trabajo no es para el mundo ni por la gloria que sus elogios nos pueden dar” decía a sus hijas Adoratrices. Y enseñó a las jóvenes a amar a Dios. Muchas respondieron a esta llamada formando familias cristianas o llevando la luz de la fe a lugares descreídos, otras ingresaron en la vida religiosa y en el claustro llevaron una vida de perfección.

       También sabía la Madre Sacramento que sólo se corrige quien quiere corregirse. Por eso exigía que la entrada en el colegio fuera libre, que estuvieran arrepentidas, y por eso el mayor castigo era el despido del Colegio.

       Todo castigo corporal está prohibido en el colegio, saber escuchar a cada una en particular, pero, cuántas dificultades tenían las pobres jóvenes para rehacer su vida. Y por eso procura rodear a las colegialas de un clima de alegría y de paz. Juega con ellas cuando es necesario y les procura todo el bienestar posible.

 Parte muy importante en esta reeducación la da la Madre Sacramento al trabajo. Frecuentemente la miseria ha conducido a las jóvenes a la degradación; el vicio ha creado hábitos de vagancia que hay que desarraigar. De aquí que hay que acostumbrarlas al trabajo, "con el cuál han de ganar después su subsistencia. Quiere prepararlas para la vida. Son los oficios propios de su tiempo coser, zurcir, guisar, planchar, bordar, hacer guantes; y también hacer flores y encajes, y aun la música. Como instrucción intelectual se les enseñará a leer y escribir, no olvidemos que estamos a mediados del siglo XIX, en que abundaba el analfabetismo, sobre todo en la mujer. La ilusión de la Madre Sacramento fueron los talleres profesionales, para los cuales le regalaron máquinas, pero que no pudo instalar como deseaba por falta de local.

 Otra ilusión de la fundadora fue el poder dar a las colegialas una dote a su salida del colegio. No solo permitió nunca la situación económica de la casa, pero siempre se preocupó, como algo muy importante de la reinserción familiar y social de las jóvenes.

 Mil ciento dieciocho colegialas pasaran por la casa de Madrid en vida de Santa María Micaela. Muchas le deben su bienestar y, lo que es más, su salvación eterna.

APOSTOLADO SOCIAL.

          La Madre Sacramento dedicó su vida a la fundación de la Congregación de Religiosas Adoratrices y esclavas de la Caridad, con sus colegios de reeducación, ejerciendo así un notable influjo en la sociedad del siglo XIX. Pero su radio de acción trasciende los límites del Instituto: actúa también en el campo eclesial y social, unas veces a instancias de la jerarquía, otras movida por las circunstancias que la rodean, pero siempre a impulsos de la llamada divina.

         También debemos señalar su apostolado con la Familia Real, particularmente con la Reina Isabel II, que le ocupó buena parte de su tiempo en los últimos años de su vida. 
Después de haber abandonado, para no volver jamás, los salones del regio palacio, donde lució sus galas juveniles, tuvo que retomarlo llamada por la misma reina y obligada por su confesor San Antonio María Claret. Peno volvió con alpargatas blancas para humillar su orgullo, cargada como un comerciante. Isabel II supo apreciar la riqueza de alma de la que pasó por loca en la soledad y la hizo su confidente. 
La Madre Sacramento se aprovechó para mejorar las costumbres en la vida de palacio y para guiar el corazón de aquella pobre reina, víctima de sus pasiones y de las intrigas cortesanas. Y para evitar todo interés humano, se mantuvo siempre ajena a la política, de la que no entendía nada, e hizo voto de no pedir jamás, nada a la reina.

        También las Escuelas Dominicales de España le deben su existencia. Trajo de Bruselas la idea y no descansó hasta implantarla en Madrid, Zaragoza, Valencia y Murcia, y de allí se extendieron por todo el país. Aunque, como siempre, quiso permanecer en la sombra, hoy la historia abre camino a la verdad. Las conferencias de San Vicente de Paúl la contaron igualmente entre sus miembros e intervino en la fundación de las de Zaragoza.

             No podemos tampoco omitir la labor desarrollada por la Madre Sacramento como escritora. Nos ha dejado varios documentos con la historia de su vida y de sus fundaciones, con los favores y luces que recibía del Señor, escritos por obediencia a sus confesores. Esta faceta de su vida es aún poco conocida aunque su autobiografía ha sido ya publicada y pronto seguirán otros escritos y el epistolario, dando así una aportación positiva a la espiritualidad de nuestro tiempo

            Estamos en 1865. La epidemia de cólera agita a España. En algunos lugares con mayor intensidad; entre estos, Valencia. En los primeros días de agosto, la Madre Sacramento se encuentra en Guadalajara, procurando adelantar los apuntes de su vida Tiene que regresar a Madrid por encontrarse indispuesta. Allí le informan que la Superiora de Valencia está enferma y la comunidad acobardada. Decide ir allí para animarlas y consolarlas. Madre Sacramento, ¿no te detiene el cólera? consulta reservadamente. "Lo más prudente es quedarse. Lo más perfecto ir”. Y se fue.

            Casi extraña esa cautela en la fundadora, que tantas veces había arrostrado el peligro de la epidemia sin vacilación. ¿Sabía que iba a morir? Muchos indicios lo hacen suponer.

    El 21 de agosto por la noche, sale de Madrid. La despedida de sus hijas, tanto de Madrid como de Pinto, es emocionante; es la despedida de la madre, que sabe que no va a volver. La acompaña la H. Catalina de Cristo. A un amigo íntimo, Enrique Ojero, que había acudido a la estación con su esposa para despedirla le dijo: "Ojero, le encomiendo a usted a mis hijas". En Aranjuez pretenden disuadiría de continuar su viaje: ¿Va a morir por las desamparadas? Son mis hijas. En Albacete, el Comisario de Gobierno, superviviente de la enfermedad reinante, quiso detenerla. Ella contestó: "Ese miedo, o mas bien, esa poca fe, la tienen ustedes los que no hacen las cosas por Dios y están pegados al mundo y por eso les asusta la muerte; pero los que servimos a Dios, a nada tememos  y fiamos de Él.

            El  22 llegó a Valencia, con un calor abrasador. Recibió la Sagrada Comunión y visitó a las enfermas. Había ya cinco hermanas coléricas y  más colegialas. La Superiora con tifus. Todas se reanimaron al verla. A alguna profetizó que curaría, como así fue. Al día siguiente fue a visitar a Nuestra Señora de los Desamparados, al prelado de la Diócesis y a D. Juan Montañés, protector del colegio y luego se encerró en casa constituyéndose en enfermera de todas.

           El día 24 era jueves. Por la mañana acompañó al médico en la visita, ayudándole a curar varias enfermas. Ya no se encontraba bien. A la una la enfermedad se presentó con síntomas alarmantes. No se encontraba médico. Siguieron horas de angustia para las hermanas. Una consulta médica quitó toda esperanza. El caso era muy grave. Se piden oraciones por telégrafo. La madre sufría horriblemente, pero con una calma admirable. "A las doce ya no me dolerá nada", profetizó la enferma. El P Vinader, S..J. acude a confesarla y la acompaña hasta su muerte. A las 8 de la noche el viático, "gracias, Dios mío.
 ¡Ay! qué favor! qué consuelo'. Dios te lo pague, hija, yo no me atrevía a pedirlo". Lo recibió con grandes demostraciones de consuelo. A la. Sma. Virgen encomendó sus fundaciones: "Madre Mía para honrar vuestros siete Dolores, os dejo fundadas siete casas; amparadlas, Madre mía, acogedlas bajo vuestra protección". El P. Vinader nos dio este testimonio: "En medio de sus agudos dolores oraba y se puede decir que no ceso ni un memento de orar todo el tiempo que duró su enfermedad... ni un momento en que cesase de estar en la presencia de Dios, siempre mostrándose afable, resignada y fervorosa. Imposible poder desear una muerte más feliz".

         A las doce menos cinco, minutos de la noche, tal como había profetizado, entregó su alma al Señor con la muerte de los justos. Poco antes de morir se lo oyó con palabras entrecortadas: "Pedro, abre la otra media, que he de entrar acampanada, no he do entrar sola". En efecto, al mismo tiempo morían otra Hermana y dos colegialas. Falleció tal como había vivido, esclava de la Caridad

       Pasaron los años, la fama de Santidad de la Madre Sacramento aumentaba cada día. En 1889 se inició el proceso de beatificación y canonización. El  7 de julio de 1925 es  beatificada por Pío XI y el 4 de marzo de 1934 inscrita en el catálogo de los Santos.

       La Madre Sacramento es hoy testigo de la santidad de la Iglesia, mensaje de amor es válido para hoy como para ayer.



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