viernes, 18 de mayo de 2018

18 de mayo fiesta de San Leonardo Murialdo.




San Leonardo Murialdo nació en Turín, el 26 de octubre de 1828, siendo el menor de ocho hermanos de un hogar profundamente católico. Su padre, Leonardo Franquino Murialdo era un hombre acaudalado que le dio a sus hijos una buena educación y su madre, Teresa Rho, una aplicada ama de casa, que veló por su moral y religiosidad.

El llamado de Dios

Cuando Leonardo tenía 5 años falleció su padre. En el Colegio de Padres Escolapios de Savona, donde lo había enviado su madre, debió soportar las burlas y el desprecio de sus compañeros que veían con malos ojos su capacidad para el estudio, sus costumbres piadosas y su entrega a la oración. A los 14 años decidió cambiar su conducta y sumarse a los más revoltosos, para evitar los malos tratos de que era objeto, hecho que le provocó una profunda crisis de ánimo, crisis que hizo eclosión en 1843, cuando, avergonzado por su proceder, realizó una confesión general, experiencia maravillosa según sus palabras, que lo llevó a consagrarse a Dios.
 
Ingreso al Seminario

A los 15 años Leonardo quedó impresionado por el sermón que su sacerdote pronunció en cierta ocasión en la parroquia de San Dalmaso. Fue ahí que decidió ser religioso, ingresando poco después a la Universidad de Turín, para estudiar Teología. En 1850 obtuvo su título y el 21 de septiembre de 1851, Monseñor Ferré, Arzobispo de Turín, lo ordenó sacerdote, oficiando su primera misa en San Dalmaso, al día siguiente. Poco después falleció su madre por una prolongada enfermedad.

A imagen de Don Bosco

Mientras hacía el seminario, el joven Leonardo acudía al Oratorio de San Luis, para ayudar a San Juan Bosco en la educación de los niños, apostolado que le serviría de adiestramiento para las obras que estaba a punto de emprender. Trabaja además con los niños de la calle, tan abundantes entonces, a quienes atraía desde las orillas del río Po, al son de sus campanillas. Se acercó también a los presos, a los deshollinadores y a los pequeños obreros, para inculcarles las enseñanzas de la Iglesia, instándolos a estudiar, a tener una profesión, a capacitarse, a confesarse y concurrir a misa. Su prédica tuvo éxito porque al cabo de un tiempo, legiones de adolescentes y pequeños se acercaban a los talleres para aprender y a los templos para orar.

Pese a ello, Leonardo no ingresó en la orden salesiana porque tenía en mente otros proyectos, muy similares a los que había puesto en marcha el gran santo de Valdocco.

El Colegio de los Artesanitos

Ya ordenado, Leonardo viajó a París para estudiar Teología y Moral en el célebre seminario de San Suplicio. De regreso en Turín, en 1866, fue designado rector del Colegio de los Artesanitos fundado por el padre Juan Cocchi, otra institución dedicada a la educación de niños pobres y huérfanos, a cuyo frente estuvo 34 años, atento a las necesidades de los carenciados.
Había en Turín quienes criticaban la obra de Don Cocchi por considerar su caridad poco prudente y no muy sabia. ¿Por qué? Pues, porque en sus casas se acogía a alumnos e individuos de pésima conducta que perjudicaban a sus semejantes con sus malos ejemplos; porque recomendaba a ese tipo de gente a otros institutos o a los superiores de otras diócesis; porque tenía amistad con hombres poco religiosos, y porque en una época de su vida, en los agitados años cuarenta, llegó a fraternizar con judíos.

Sin embargo, a todo ello puso remedio Leonardo, disciplinando a los díscolos, rescatando de la calle y la delincuencia a miles de almas y afrontando las penurias económicas. Y no faltando quienes le reprochaban que, siendo de familia acomodada podía dedicarse a labores menos desagradables y penosas, les respondía sonriente: “No me hice religioso para pasarla bien, sino para trabajar y desgastarme por las almas de los necesitados”.

Era todo lo contrario a aquel joven rico que habiéndole preguntado al Señor que debía hacer para seguirlo, se apenó al recibir como respuesta que debía despojarse de toda su riqueza y dársela a los pobres (Mc.10, 17-22).

Las deudas agobiaban a San Leonardo, tanto, que siguiendo el consejo de muchos allegados, se dispuso cerrar el colegio. Fue entonces que llamó a su puerta una madre angustiada que traía de la mano a sus dos pequeños hijos. Tal era su pobreza, que el santo turinés se apiadó de ella y aceptó hacerse cargo de ambos gratuitamente, desechando de su mente el proyecto de cierre.

La situación no podía ser peor, los acreedores exigían sus pagos cada vez con más insistencia y los demandas legales amenazaban la estabilidad del instituto. Sin embargo, cuando todo hacía prever un desenlace trágico, llegó la salvación de la mano de un noble: el conde Roero di Guarene, que interesado desde hacía tiempo por la marcha de la obra, le dejó en herencia gran parte de su fortuna. Con ella, San Leonardo pudo cancelar las deudas, reequipar los talleres, fundar la escuela de agronomía, habilitar una casa para jóvenes delincuentes y abrir un pequeño seminario. Una verdadera salvación, que de la mano de un hombre bueno y noble, llegaba desde el Cielo para salvar un emprendimiento de bien.

La obra se expande

Siguiendo la voluntad del Creador y bajo la dirección espiritual de Don Bosco, San Leonardo decidió dar mayor impulso a su obra fundando el 19 de marzo de 1873, la Pía Sociedad de San José, generalmente conocida como “Josefinos de Murialdo”, constituida por sacerdotes y laicos. El lema de la flamante congregación fue: “Callemos y obremos”.

San Leonardo se dedicó con verdadero fervor a organizar congresos para la formación de líderes católicos dado que, perseguida con saña por el gobierno de turno, la Iglesia se hallaba necesitada de ellos. También fundó las denominadas Bibliotecas Católicas Ambulantes con la intención de fomentar la buena lectura a lo largo y ancho de su país, iniciativa de magnitud que mucho tuvo que ver en la sana educación de los niños y jóvenes de su tiempo. 
En base a ello, puso en marcha una importante campaña denominada “Catecismo de las Tardes”, que llegó a nuclear unos 35.000 jóvenes, la mayoría obreros y niños de la calle, que encontraron en ella, refugio y consuelo. También fueron obra suya el primer diario católico obrero, “La Voz del Pueblo”, que aún circula, la organización de sindicatos de trabajadores católicos inspirados en la encíclica del Papa León XIII “Rerum Novarum” y otras iniciativas. Por esa razón, no fue de extrañar el emotivo homenaje que más de 400 ex alumnos le organizaron en 1899, con motivo del 50º aniversario del Colegio de los Artesanitos.

Pensamientos y reflexiones

Agobiado por los años y la fatiga, San Leonardo falleció en Turín, a los 72 años de edad, el 30 de marzo de 1900. Setenta años después, S.S. Paulo VI lo canonizó, conmemorándose su fiesta los 30 de marzo de cada año. Como San José Benito Cottolengo, San Juan Bosco y San Luis Orione, había legado al mundo una obra colosal de la que niños huérfanos y carenciados, fueron los principales beneficiados. Su piedad se refleja en muchos de sus pensamientos y reflexiones, tales como “Quiero santificarme y santificar a los demás. Quiero tener siempre contento al buen Dios”. 
Al mismo tiempo, en su libreta de apuntes, escribió los medios necesarios para alcanzar la santidad, a saberse: 1º Llenar el día de abundantes y pequeñas oraciones; 2º Aprovechar mis males y enfermedades y hasta mis fallas y equivocaciones para humillarme más y pagarle a Dios mis pecados con esos sufrimientos; 3º Como penitencia, ofrecer a Dios realizar con la mayor diligencia mis trabajos de cada día y tratar de recibir a todos con la mayor bondad posible y 4º atender a todo el que venga, con la más exquisita amabilidad. 
Propagó además las devociones al Sagrado Corazón de Jesús, a la Santísima Virgen Inmaculada y a San José, a través de las cuales, obró verdaderas proezas.

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