17 mayo, 2017 por Bruno Secondin, O. Carm. Roma.
El Padre Bruno Secondin nos propone en esta reflexión una renovación y actualización de los carismas. La capacidad de nuestras familias religiosas para dialogar con el presente reside justamente ahí y no tanto en la apariencia de nuestras obras. Por otro lado, incide en un aspecto sugerente, el sujeto de la renovación es la persona y no la organización. Casi lo inverso de lo que ocurre en la praxis de buena parte de la vida consagrada. Este tiempo es el de la persona, convocada y recreada a una fraternidad que hay que descubrir y construir… contando con todos.
Teología del carisma, hacia nuevas fronteras
El Concilio Vaticano II no ha aplicado el término carisma a la vida consagrada, pero con alusiones y referencias (paulinas) ha favorecido una aplicación similar. El desarrollo reciente de la “teología del carisma”, aplicado a la vida consagrada, es un fruto evidente del impulso conciliar. Hoy poseemos una articulada “teología del carisma”, con aplicaciones y distinciones numerosas: carisma de la vida consagrada, carisma de los/del fundadores, carisma del instituto, carismas personales, familia carismática, etc.(1).
Ventajas evidentes

Ciertamente esta categoría interpretativa ha sido instrumento eficaz para poner en marcha las fuerzas y el discernimiento, la planificación y la inventiva. La fidelidad al carisma se vive purificando la identidad de las fases culturales que ya no son fecundas o significativas en el horizonte del radicalismo evangélico. Y se vive explorando, bajo la guía del Espíritu y de los pastores, vías nuevas para una fecundidad inédita y no puramente repetitiva. Como dice el Papa Francisco, “el carisma no se debe conservar como una botella de agua destilada, se debe hacer fructificar con valentía, comparándolo con la realidad presente, con las culturas, con la historia”. (2).
Recurso heurístico

El Espíritu Santo no abandona a sí mismos los carismas, sino que es el donante y el intérprete y, continuamente, actúa para que nuestros esquemas de interpretación no lo encierren en fórmulas sacralizadas. Y tampoco se puede pensar que un carisma pueda ser monopolizado por un grupo, para después ponerlo en contradicción con otros carismas, o también para aislarse en la Iglesia como un grupo elitista. El carisma se da a la Iglesia, a través de un hombre/una mujer y sigue siendo de naturaleza y finalidad eclesial, para una dedicación “radical” a Cristo y al evangelio en la Iglesia y en la historia. Es “una experiencia del Espíritu, transmitida a los propios discípulos para ser por ellos vivida, custodiada, profundizada y constantemente desarrollada en sintonía con el cuerpo de Cristo en perenne crecimiento” (MR 11).
Por lo tanto, ninguna “autocefalia”, ni cierre dentro de “círculos” impenetrables. Es preciso que sea fermento, no que genere “iglesillas” separadas. La multiplicación en estos últimos decenios de formas de “familias” dentro de tantísimos institutos –con la participación de los laicos en la espiritualidad y en la actividad y también en la responsabilidad por la fecundidad de los carismas (cf., VC 54-56)– exige alguna indicación de gestión adecuada. Es el Espíritu quien hace a los laicos corresponsables con la fecundidad del carisma, no es una concesión del instituto. Es preciso indicar no sólo límites, sino también dar directivas para secundar al Espíritu y sus nuevas aventuras. Muchas iniciativas están en estado “salvaje”: es urgente indicar parámetros adecuados para unir antiguo y nuevo (3). Podemos hablar de un verdadero movimiento de mestizaje, inédito del todo, no de razas o de etnias o de culturas, sino de formas de vida eclesiales, de ósmosis.

Un carisma “congelado” en la interpretación históricamente datada y “esclerotizado” dentro de obras y estilos de vida sacralizados, ¡es un pecado contra el Espíritu Santo! Un carisma que no consigue promover una “ministerialidad” eclesial generalizada (4), sino que tiende a monopolizar en su beneficio valores eclesiales esenciales (oración, caridad, educación, iniciación cristiana, comunión, etc.), contradice cuanto Pablo recomendaba: el apoyo mutuo y la oikodomé (Rom 14,19).
Sinergia de los carismas

¿Por qué no pensar también en dar cumplimiento a lo que ya la Perfectae caritatis (PC 21-22) indicaba como operaciones a gestionar: la unión o la fusión entre institutos religiosos? No se hace unión cuando ya la muerte se cierne: dos enfermos no hacen un sano (5). Pero hacerlo cuando todavía hay vitalidad, cuando se puede crear juntos alguna cosa nueva, cuando es posible vivir una aventura de fecundidad evangélica y carismática.

La crisis de las obras apostólicas
Son la gloria y el tormento en cada instituto. Alguno ha hablado de las innumerables obras apostólicas como “epifenómeno de la revolución industrial” (G. Canobbio), como lo eran para las órdenes de caballería en el medievo, o los Montes de piedad del renacimiento. Hoy son otras las revoluciones. Ciertamente, en los países en vías de desarrollo tienen todavía un papel fundamental. Pero en las sociedades de desarrollo avanzado, y donde el welfare (bienestar) estatal se encargará de todos estos servicios, la pregunta se plantea: ¿todavía tienen sentido? Eran respuestas valientes y funcionales ante ciertas deficiencias y urgencias del pasado: de las escuelas a la asistencia, de la educación a la prevención, etc. Hoy han perdido muchas razones para su utilidad y plausibilidad.

No se trata ahora de reciclar estos enormes edificios en agroturismo religioso a precios módicos o en “casa de vacaciones” para el turismo religioso –como sucede en tantos lugares, sobre todo en Roma – sino de devolver a las personas a las raíces de la consagración a la radicalidad evangélica. Porque en estas obras mastodónticas no se ve el barniz del evangelio, no se ve transparencia de Dios. Muchas veces ni siquiera hay más deseo de un testimonio auténtico: todo rueda, todo sofoca, falta el aire… El problema no es solo administrativo de eficiencia, pero en el fondo: ¿qué tan evangélico es todo lo que se quiere acreditar a través de estas obras? Y si lo era en el pasado, ¿cómo se percibe hoy por los que nos ven y juzgan?

De hecho, hay todavía tantos ámbitos, urgencias, sufrimientos, donde el Estado no sabe llegar, o no quiere hacerlo.
Recuperando el fuego carismático de sus orígenes, tantos institutos podrían inventar algo, “saliendo fuera de las puertas”, es decir, pasando de la tristeza del fatalismo a la alegría por la fantasía de la caridad.
Dios nos espera “en otra parte”, pide una espiritualidad distópica, esto es, que ve más, a través de, por un testimonio no solo eficientista, sino generadora y explorativa. La crisis es transformada en oportunidad, por una humanidad mejor, para colmar el vacío del alma de la Europa saciada y egoísta.
La Iglesia “fraternidad”: un modelo alternativo
Todos sabemos que la espiritualidad de comunión es uno de los puntos clave del impulso conciliar, pero no en el sentido intimista y romántico. Pero el Concilio ha usado también otros vocablos e imágenes, ofreciéndonos una rica eclesiología. En particular la perspectiva del pueblo de Dios en camino, era la terminología más sugerente. Hoy vuelve, en el magisterio del Papa Francisco, la centralidad del Pueblo de Dios, con su religiosidad, con sus sufrimientos y sus utopías, con su sensus fidei: “El pueblo de Dios posee un olfato infalible al reconocer los buenos pastores y distinguirlos de los mercenarios” (Audiencia, 23/11/2014).

Tanto Benedicto XVI como Francisco, prefieren utilizar el término fraternidad (6). Me permito aprovechar este término. Y desde esta perspectiva eclesiológica, podemos sacar inspiración para desarrollar algunas aplicaciones a la vida consagrada.
Vida fraterna
Solo nosotros, los más ancianos, recordamos la concepción de la vita in communi del Código de 1917, donde prevalecía la rigidez de la uniformidad visible y la regularis observantia, exigente y escrupulosa. Una versión completamente diferente tiene la PC 15a, cuando habla de fraterna conversatio y pide evidenciar el vinculum fraternitatis. En la misma perspectiva se mueve el nuevo Código, cuando habla de: Vita fraterna, unicuique instituto propria… fraterna comunione… (cn. 602). No se trata solo de recuperar un léxico antiguo, o superar el modelo rígido y despersonalizador anterior. Se trata de un modelo de Iglesia, que la vida consagrada pretende proponer y visibilizar. Una Iglesia de fraternidad, de diálogo, de cercanía, de servicio y corresponsabilidad.

Ante el encanto de la fraternidad simple, flexible, hospitalaria, orante, dialogante, en medio de la vida de todos, se han inspirado muchos grupos en estos años. Pero querría dar un paso más adelante. Es preciso ir más allá de la fenomenología, para una nueva eclesiología.
La vida en fraternidad es también un modelo eclesial que proponer. Siempre ha sido así, de Basilio a Francisco, de Agustín a las actuales experiencias: la fraternitas no era una ilusión romántica, un pio deseo generoso. Sino un modelo alternativo de ser Iglesia, auténtica, fiel, centrada en las relaciones primarias, sinceras, inmediatas, no jerarquizadas. Y, al mismo tiempo, también abierta a la diferencia de las culturas, a la sinodalidad (7). En esto beneficiaría recurrir más a la comunidad pluralista y misionera de Antioquía de los Hechos, que a la subrayada de Jerusalén, demasiado simbiótica, monocultural y narcisista (8).
Laboratorio de interculturalidad

Aquí se impone un modo nuevo de vivir y ejercer el leadership (liderazgo): no se puede esconder la diversidad por miedo a comprometer la unidad. No se puede destacar la diversidad hasta el punto de fragmentar todo por miedo de herir a alguien. Propio de un líder es el arte de motivar la diversidad hacia la sinodalidad, la sinergia, la dinámica de la colaboración y de la corresponsabilidad. La clásica figura del superior que hace de vigilante urbano, “canalizando” el tráfico de la observancia regular, ya no aguanta más. Debe sentirse comprometido a vivir la diversidad reconciliada, no con una mera aproximación a la diversidad, sino en la “convivencia de las diferencias”. Haciendo converger todo en los proyectos, en las metas, en las iniciativas, como en la oración, en la corresponsabilidad, en la solidaridad.

Es más difícil, si no imposible, cuando se trata de actividades/obras complejas, donde tal vez se requiere hoy más management de los funcionarios que inspiraciones orientadoras del leadership. Demasiado a menudo, el superior de las casas internacionales parece ejercer el papel del hotelero que ofrece refugio tras el pago, y no lo del samaritano que baja del caballo y venda las heridas… (cf. Lc 10,34). No se nos improvisa en este nuevo papel, es necesario tener dentro del corazón un recurso de empatía y de servicio, para hacer sujeto a las personas y no la organización. Y esto no se da automáticamente, con el nombramiento canónico…
Una iglesia pobre y para los pobres

Toda la historia de la vida consagrada está marcada por esta centralidad, expresada de varias maneras, según las circunstancias y emergencias. S. Juan Pablo II había afirmado que “servir a los pobres es un acto de evangelización y, al mismo tiempo, sello de evangelicidad e impulso hacia la conversión permanente para la vida consagrada” (VC 82). Todas las reformas en la milenaria historia de la vida consagrada han tenido en la elección de la pobreza y de los pobres uno de los ejes decisivos. También hoy esta situación de los pobres, de los empobrecidos y de los marginados se presenta con múltiples diferencias, según los lugares y los contextos. Pero es un desafío y una oportunidad y es preciso retomar este protagonismo innovador que tanto alabamos por nuestro pasado (9). Es una cuestión de amor y de calidad relacional: “Quien ama poco ve pocos pobres a su alrededor”. La misericordia es genial, intuitiva, creativa.


Así como en el pasado los religiosos han sabido conseguir respuestas estructurales y permanentes para la promoción de los pobres y de los marginados, también hoy es necesario inventarlas de nuevo. Es necesario recuperar iniciativas, primerear, diría el Papa Francisco: “Tomar la iniciativa sin miedo, ir al encuentro, buscar a los alejados y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos” (EG 24). Los carismas pueden llegar a ser fantasmas obsesivos o tótems intocables: deben ser, por el contrario, “el perfume de Evangelio” (EG 39). Porque “cada vez que nos encontramos con un ser humano en el amor, nos ponemos en la condición de descubrir algo nuevo respecto a Dios. Cada vez que abrimos los ojos para reconocer al otro, es mejor iluminada la fe para reconocer a Dios” (EG 272).
Conclusión
He tratado solo algunos aspectos, para mostrar
algunas pistas en el camino, a la luz de algunos grandes valores que
caracterizan la vida consagrada. Para que aún hoy sea capaz, bajo la guía del
Espíritu –en esta nueva Europa en equilibrio inestable entre clausuras y
solidaridad– de testimonio evangélico, transparencia de Dios, atracción hacia
Cristo y el Reino prometido.
Estamos llamados a habitar los horizontes, a
explorar caminos, no simplemente a reciclarnos, solo por sobrevivir. Quien no
anticipa el futuro, no encontrará lugar en el futuro (10). Los religiosos son,
desde siempre, testigos del futuro esperado y anticipadores simbólicos de lo
que todos esperamos por la fe: un “reino de verdad y de vida, reino de santidad
y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz”(11).
San Juan Pablo II invitaba a “reproducir con
valentía el ingenio, la inventiva, la santidad de los fundadores y de las
fundadoras como respuesta a los signos de los tiempos emergentes en el mundo de
hoy” (VC 37). Pero, para hacer esto es necesario reconocer a la vida consagrada
un “estatuto jurídico” abierto y capaz de respetar y apreciar una cierta
genialidad de exploración y de invención. Si se endurece dentro de esquemas
rígidos, por miedo a perder el control, o porque el encanto del pasado nos
impide pensar de una forma nueva y creativa, se corre el riesgo de hacerle
hacer el fin del vino nuevo puesto en odres viejos. Un desastre asegurado para
el vino y para los odres…: “Se pierden vino y odres” (Mc 2,22).

“He aquí que hago una cosa nueva: precisamente
ahora brota, ¿no os enteráis de ello?” (Is 43,19). El Espíritu está llamando a
cosas nuevas, incluso ya las suscita, con su creatividad y llamando a nuevas
épocas a nuestros carismas, en el trabajo de una Europa que se retuerce con
dolores de un parto doloroso e imprevisto. Que no nos ocurra también a nosotros
constatar con el profeta Isaías: “Hemos concebido, hemos sentido los dolores
casi tendríamos que parir: era solo viento; no hemos llevado salvación a la
tierra y no han nacido habitantes en el mundo” (Is 26,18).
1 Cf. Rocca G., Il carisma del fondatore, Ancora, Milano 2015.
2 Papa Francisco, Mensaje a la Asamblea de la
CISM, Tivoli, 7 nov. 2014.
3 Cf. nuestro: Abitare gli orizzonti, cit.,
164-201,245-261.
4 Cf.
CIVCSVA, Religiosi e promozione umana (1980), 6.
5 Según estadísticas no precisamente recientes,
del 1960 al 2009, la CIVCSVA ha aprobado la desaparicón, la fusión/unión de 370
institutos; en el mismo tiempo ha aprobado 469 nuevos (incluso los institutos
seculares).
6 Cf. Ratzinger J./Benedetto XVI, La fraternità
cristiana, Queriniana, Brescia 2005; Papa Francesco, Fraternità, fondamento e
via per la pace, Messaggio per la Giornata della Pace, 1 gennaio 2014; cf.
Dianich S.-Torcivia C., Forme del popolo di Dio tra comunione e fraternità, San
Paolo, Cinisello B. 2012.
7 Cf. el documento de la CIVCSVA, La vita fraterna in comunità. “Congregavit
nos in unum Christi amor” (1994). Muy inspirador para el tema fraternidad es el
reciente documento de la CIVCSVA, Identità e missione del fratello religioso
nella Chiesa. “E tuti voi siete fratelli” (Mt 23,8), LEV, Città del Vaticano
2015.
8 Ya he elaborado esta idea en: Abitare gli
orizzonti, cit., 136-163; anche in Aa.Vv., La vita fraterna inizio di
risurrezione, Gabrielli, S. Pietro in Cariano 2010, 31-75; De Jérusalem à
Antioche. Repenser le modèle biblique de la vie consacrée, in Vies Consacrées,
77(2005-3), 174-195.
9 Cf. Gutierrez G.-Müller G.L., Dalla parte dei
poveri. Teologia della liberazione, teologia della Chiesa, Emi, Bologna 2013.
10 De Mahieu W., Quel avenir la vie consacrée
se donnera-t-elle? Ou quel avenir accueillera-t-elle?, in Vies Consacrées
87(2015/3), 209-216.
11 Prefacio para la fiesta de Cristo Rey del
universo.
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