miércoles, 20 de mayo de 2026

20 de mayo fiesta de San Arcángel Tadini.



Nació en Verolanuova (Brescia, Italia), el 12 de octubre de 1846. Su padre, secretario del Ayuntamiento, se casó en primeras nupcias con Giulia Gadola, con quien tuvo siete hijos y de la que quedó viudo a los 39 años. Después se casó con su cuñada, Antonia Gadola, madre de Arcángel, el cual fue de salud delicada y precaria. Hizo los estudios primarios en su pueblo natal y luego en el instituto de Lovere, como sus hermanos. 

En 1864 ingresó en el seminario de Brescia, donde se encontraba también su hermano Julio. En aquel período sufrió un accidente que lo dejó cojo para toda la vida.

En 1870 recibió la ordenación sacerdotal. Eran tiempos duros a consecuencia de la lucha por la unificación de Italia y de las tensiones entre el Estado y la Iglesia, caracterizados por una gran pobreza del pueblo, los enfrentamientos políticos y las primeras tentativas de industrialización; pero, al mismo tiempo, había grandes manifestaciones de caridad cristiana y de una profunda religiosidad popular.

Durante su primer año de ministerio, la enfermedad lo obligó a permanecer con su familia. De 1871 a 1873 fue vicario cooperador en Lodrino, pequeña aldea de montaña, y luego capellán en el santuario de Santa María de la Nuez, barrio de Brescia. En ambos lugares fue, al mismo tiempo, maestro nacional. Su atención a las necesidades de la gente constituyó uno de los rasgos característicos de su ministerio sacerdotal, desde el comienzo:  cuando, a causa de un aluvión, muchos de sus feligreses perdieron todos sus bienes, organizó en la casa parroquial un comedor para 300 personas y dio cobijo a los que se habían quedado sin casa.

 En 1885 fue enviado a Botticino Sera como coadjutor. A los 41 años de edad fue nombrado párroco arcipreste de aquella iglesia. Celebró allí sus 25 años de párroco, poco antes de fallecer.

Amaba a sus feligreses y no escatimaba ningún esfuerzo con tal de lograr que crecieran humana y espiritualmente. Formó un coro, una banda musical y varias hermandades; reestructuró la iglesia; daba la catequesis apropiada a cada persona; y cuidaba con esmero la liturgia. Prestaba atención especial a la celebración de los sacramentos. Preparaba las homilías teniendo presente la Palabra de Dios, la doctrina de la Iglesia y el camino espiritual de sus fieles.





Su atención pastoral, en tiempos de la primera revolución industrial, se centró, sobre todo, en la pobreza. Se dio cuenta de que la Iglesia era interpelada por los que sufrían en las fábricas, en las hilanderías y en los campos. Siguiendo el ejemplo de otros sacerdotes, fundó la Asociación obrera de mutuo socorro, que garantizaba a las obreras una ayuda en caso de enfermedad, accidente laboral, invalidez o vejez. 

Los trabajadores más explotados eran las jóvenes; por eso, a ellas dedicó la mayor parte de sus fuerzas. Impulsado por la encíclica Rerum novarum del Papa León xiii, e interpretando los signos de los tiempos, proyectó y construyó una fábrica de tejidos con su patrimonio familiar. En 1895 quedó concluida, con instalaciones y maquinaria de vanguardia. Tres años más tarde, adquirió con un préstamo la casa anexa con el fin de hacer una residencia para las obreras.

Para educarlas fundó, con muchas dificultades, la congregación de las religiosas Obreras de la Santa Casa de Nazaret. Estas religiosas entraban a trabajar en las industrias con las obreras para compartir sus fatigas y tensiones, ganándose el pan con el trabajo; se preocupan de las muchachas y las educan con el ejemplo.

A sus religiosas, y también a las familias, don Arcángel propuso como modelo la Sagrada Familia de Nazaret, en la que Jesús, José y María trabajaron y vivieron con humildad y sencillez. 

Nuestro Señor no sólo se sacrificó en la cruz, sino que antes, durante 30 años, no se avergonzó de utilizar los instrumentos de carpintero, ni de tener las manos encallecidas y la frente bañada de sudor. Les enseñaba a aceptar la fatiga y las dificultades, ya que nos permiten cooperar en la redención.

A pesar de su frágil salud, don Arcángel sacaba fuerzas de su íntima unión con el Señor, acompañada por la penitencia y la oración. Su confianza en la Providencia era ilimitada. Su humildad y obediencia a sus superiores brillaban en las dificultades.

Debido a sus iniciativas, don Tadini fue objeto de calumnias e incomprensiones, incluso en el ámbito de la Iglesia. En realidad, anticipó los tiempos:  intuyó que la religiosa, obrera entre las obreras, podía facilitar una comprensión más positiva del mundo del trabajo, ya no considerado como un lugar contrario a la Iglesia, sino como un ambiente necesitado de fermento evangélico, un mundo con el cual encontrarse más que oponérsele.

Era consciente de que su obra era precursora, pero estaba firmemente convencido de que no era suya, sino de Dios:  "Dios la ha querido, la guía, la perfecciona, la lleva a término". Don Tadini, hombre emprendedor, fue un sacerdote auténtico, supo conjugar sabiamente riesgo y fe, amor a los hombres y amor a Dios, austeridad y ternura.

La muerte lo sorprendió, el 20 de mayo de 1912, cuando el sueño de su vida aún no se había realizado, pero, como semilla caída en tierra fértil, dio abundantes frutos.





Fue beatificado por el Papa San Juan Pablo II el 3 de octubre de 1999. Con su canonización, Benedicto XVI lo pone como ejemplo a los sacerdotes, lo indica como intercesor a las familias y lo presenta como protector a los trabajadores.

20 de mayo fiesta de San Bernardino de Siena.



San Bernardino de Siena fue uno de aquellos predicadores de penitencia que en el siglo XV recorrieron gran parte de Italia y contribuyeron eficazmente a la reforma y mejoramiento de las costumbres. Su celo ardiente y apostólico y su oratoria popular y apasionada han quedado como ejemplos vivientes del celo y de la predicación evangélica y aun del estilo de aquellos predicadores del siglo XV, San Vicente Ferrer, San Juan de Capistrano y otros.
 
Nacido en 1380 en Massa, cerca de Siena, de la noble familia de los Albiceschi, recibió Bernardino en Siena una educación completa en las ciencias eclesiásticas. En 1402 vistió el hábito de San Francisco; en 1404 recibió la ordenación sacerdotal y un año después fue destinado a la predicación.

Pero transcurren unos doce años, y ni su voz ni sus cualidades oratorias le ayudaban a desempeñar con éxito este importante ministerio. Mas como, por otra parte, se distinguía por sus eximias virtudes religiosas, aparece el año 1417 como guardián en el convento franciscano de Fiésole. Entonces, pues, de una manera inesperada, que tiene todos los visos de sobrenatural, se refiere que recibió la orden divina, transmitida por un novicio: «Hermano Bernardino, ve a predicar a Lombardía».

El hecho es que, desde 1418, aparece San Bernardino en Milán y comienza aquella carrera de grandes misiones o predicaciones populares, cuya característica era un intenso amor a Jesucristo, que llegaba al interior de sus oyentes y arrancaba lágrimas de penitencia. Este amor a Jesucristo lo sintetizaba en el anagrama del nombre de Jesús, tal como, precisamente desde entonces, se ha ido popularizando cada vez más: I H S. Lo llevaba a guisa de banderín y procuraba fuera grabado en todas las formas posibles, en estampas de propaganda, en grandes carteles y, sobre todo, en los testeros de las iglesias, casas consistoriales y domicilios particulares de las poblaciones donde misionaba. Aquello debía servirles de recuerdo perenne de las verdades predicadas y de las decisiones tomadas. De ello pueden verse, aun en nuestros días, multitud de ejemplos en los territorios donde él predicó.
 
Efectivamente, en 1418 predica la Cuaresma en la iglesia principal de Milán, donde el último de los Visconti daba el triste ejemplo de una vida entregada a todos los vicios. Bernardino se revela un orador popular de cualidades extraordinarias. El pueblo se siente transformado por el fuego de su predicación. Vuelve al año siguiente y se repiten los mismos resultados de grandes conversiones y reforma de costumbres. De 1419 a 1423 recorre las poblaciones de Bérgamo, Como, Plasencia, Brescia. Unas veces predica en la misa, otras durante el día; unas veces organiza una misión, otras es un sermón de circunstancias; pero el resultado es siempre la transformación de las costumbres y reforma de vida. En 1423 desarrolla su actividad reformadora en Mantua, y por vez primera aparece allí su fuerza taumatúrgica. Según los relatos contemporáneos, al negarse el barquero a conducirle al otro lado del lago, lo atraviesa sobre su manteo, y a nadie sorprende tan estupendo milagro, pues todos son testigos de su ascetismo extraordinario y del abrasado amor de Dios que respira en su predicación.

Pero el fruto de su apostolado no se limita a la transformación de costumbres y reforma de vastos territorios. En Venecia, donde predica en 1422, obtiene la fundación de una cartuja y de un hospital para infecciosos. Predica de nuevo en Verona en 1423, y de nuevo nos relatan los cronistas del tiempo un milagro estupendo obrado por él, cuando hace retornar a la vida a un hombre muerto en un accidente. La fama de su santidad y de la fuerza arrebatadora de su predicación toma proporciones nunca oídas. A partir del año 1424 llega a su apogeo. Ya no bastan las mayores iglesias para contener las grandes masas, ansiosas de escuchar la palabra ardiente de un santo. En Vicenza habla en la plaza pública a una multitud de veinte mil personas. En Venecia desarrolla en 1424 una actividad extraordinaria y acude la población entera a las plazas públicas para escucharle. Los grandes carteles, en que ostenta el anagrama de Jesús, producen un efecto admirable. De allí pasa a Ferrara, donde consigue tocar el corazón de sus habitantes, que renuncian en masa al lujo y a las diversiones pecaminosas.

Parece imposible que su naturaleza débil y enfermiza pueda resistir un trabajo tan agotador, sobre todo si se tiene presente que lo acompaña con una vida extremadamente austera. Su aspecto exterior, tal como nos lo transmitieron los más afamados pintores del cuatrocientos, es el prototipo del ascetismo más exagerado, que contribuye eficazmente a la eficacia de su obra apostólica. Predica la Cuaresma en Bolonia, que se hallaba en rebelión contra el romano pontífice Martín V (1417-1431). Introduce un nuevo juego, haciendo pintar el nombre de Jesús en las cartas que se emplean. 
El pueblo y el mercader que se compromete en esta empresa la miran con recelo; pero, al fin, terminan todos por entusiasmarse con el invento, que trae consigo una transformación completa de la ciudad. Siguiendo la llamada de los florentinos, predica en Florencia durante el verano de 1424, y esta ciudad, prototipo de la elegancia y del lujo más exagerados, termina la misión organizando grandes hogueras, a las que las damas de la más elegante sociedad arrojan los objetos más preciados de sus vanidades. Más aún. Como recuerdo de tan importantes acontecimientos se hace pintar el anagrama de Jesús y se coloca en la fachada de la iglesia de la Santa Cruz.

En medio de esta carrera de predicación en grande estilo de San Bernardino no podía faltar su turno a su ciudad natal, Siena. En efecto, después de predicar la Cuaresma en Prato, en 1425, llega a Siena a fines de abril, y allí derrocha tesoros de su más ardiente palabra apostólica durante cincuenta días. Entre sus oyentes se encuentra el gran humanista Eneas Silvio Piccolomini, el futuro papa Pío II (1458-1464). La ciudad en peso decide esculpir el anagrama de Jesús en el testero del Palazzo público. En Asís, en Perusa, en otras poblaciones renueva todas las maravillas de su predicación. En 1427 se hallaba en Viterbo, donde predica la Cuaresma y ataca duramente la usura, una de las plagas del tiempo.

Esta campaña de 1418-1427, extraordinariamente fecunda en frutos de conversiones, renovación de costumbres y reforma fundamental de vida, constituye la primera etapa de la gran obra reformadora realizada por San Bernardino de Siena. Ahora bien, para conocer las características de la predicación de este gran orador cristiano debemos poner a la cabeza de toda su eminente santidad y austeridad de vida, que fascinaba a las multitudes y arrastraba con la fuerza irresistible del ejemplo. Mas, por lo que se refiere a la estructura literaria de sus sermones, no podemos tomar como ejemplos los esquemas latinos que se nos han conservado y podemos leer en sus obras, por ejemplo, en la edición crítica de las mismas, que se ha publicado en nuestros días. Porque su palabra viva y ardiente era completamente diversa de estos esbozos eruditos, a manera de tratados teológicos. 
De la verdadera elocuencia de su lenguaje popular y vivo nos dan una idea aproximada los Sermones vulgares, que uno de sus oyentes copió en su predicación de Siena en 1427 y han sido recientemente publicados. Aquí es todo vida, naturalidad, comunicación íntima con el auditorio. 
El orador, sin perder de vista el objeto primordial de su discurso, sigue la inspiración del momento, repite las cosas más difíciles, mezcla su discurso con frecuentes diálogos con el auditorio, prorrumpe en ardientes exclamaciones y apóstrofes, lo empapa todo con un espíritu sobrenatural y divino, que lleva la convicción a las almas y arranca de sus oyentes lágrimas de compunción y propósitos de reforma.

Es admirable la maestría de esta oratoria, eminentemente popular y profundamente teológica y cristiana. Conserva siempre la dignidad de la cátedra apostólica; adaptase, en cuanto le es posible, a los oyentes que le escuchan y a las circunstancias del tiempo; fustiga las divisiones de partidos y los vicios más típicos de la época, sobre todo la usura, la sensualidad, el despilfarro, la vanidad, el espíritu pendenciero; pero siempre en una forma tan digna y elevada que aparecen su espíritu verdaderamente apostólico y las entrañas de misericordia de Dios, siempre dispuesto a acoger en sus brazos a los que de veras se arrepienten de sus vicios y pecados. 
En particular se observa que, a diferencia de Jerónimo Savonarola, se mantiene siempre alejado de los partidos y de toda significación política, y nunca se expresa de un modo desconsiderado contra ninguna clase de autoridades, eclesiásticas y aun civiles.
 
Esto no obstante, el año 1427, cuando predicaba la Cuaresma en Viterbo, fue citado y tuvo que presentarse en Roma ante el Papa Martín V. Habíase elevado una acusación contra él por la novedad que ofrecía su predicación sobre el nombre de Jesús y la propaganda que hacía de las estampas, tabletas e inscripciones de su anagrama. Al llegar a Roma se le prohibió subir al púlpito y fue obligado a mantenerse recluido hasta que se examinara y decidiera su causa. 
El Santo, lleno de la más humilde resignación y con la confianza puesta en Dios, obedeció sin ninguna especie de resistencia. Pero entonces mismo llegó su inseparable amigo y discípulo predilecto, San Juan de Capistrano, quien supo exponer su causa en tal forma que el Papa se convenció de que la devoción del anagrama de Jesús no ofrecía ninguna dificultad teológica y, por el contrario, podía ser un resorte eficaz para fomentar la devoción del pueblo. 
La respuesta a los acusadores se dio públicamente, permitiendo el Papa que San Bernardino predicara en Roma durante ochenta días, en los que dirigió al pueblo romano ciento catorce sermones.
 
Puesta así de relieve la santidad, y habiendo aumentado extraordinariamente la popularidad y reputación de su compaisano, los sienenses suplicaron al Papa que nombrara obispo de Siena a San Bernardino. El Papa accedió a tan justificados ruegos, pero el Santo se resistió. En cambio, entonces precisamente dio él comienzo a la segunda etapa de su vida apostólica. Desde agosto del mismo año 1427 desarrolla una intensa campaña en Siena, desgarrada entonces por las más encarnizadas divisiones. Los cuarenta y cinco sermones que entonces predicó, tomados literalmente por un copista y publicados en nuestros días, son la más clara prueba de la elocuencia popular, fuerza persuasiva y unción religiosa y aun mística de su predicación.

Luego siguió un amplio recorrido por la Toscana, Lombardía, Romaña, Marca de Ancona. La madurez de su criterio y experiencia, la eximia santidad de su vida y la aureola de reputación que lo acompañaba, todas estas circunstancias juntas producían un efecto sin precedentes. Nada se resiste a su arrolladora elocuencia. Así, con su palabra de fuego, consigue fácilmente detener a los sienenses en su ya iniciada guerra contra Florencia. Precisamente en esta ocasión el emperador Segismundo se encuentra en Siena y traba con él la más íntima amistad, y en abril de 1433 le lleva consigo a Roma.

Desde 1433 se inicia la última etapa de la vida de San Bernardino. Retirado al convento de Capriola, se dedica tres años al trabajo de redacción de sus obras.

En 1436 dedícase de nuevo dos años a la predicación. En 1438 es nombrado vicario general de los conventos de la observancia, y en inteligencia con Eugenio IV (1431-1447), que tan decididamente la favorecía, trabaja desde entonces en fomentarla por todas partes. Es significativa, en este sentido, la carta dirigida el 31 de julio de 1440 a todos sus súbditos. Con la anuencia de Eugenio IV toma como ayudante en esta obra de reforma regular a San Juan de Capistrano, su más insigne discípulo, émulo de su elocuencia popular y de la eximia santidad de su vida. En esta forma visita las provincias de Génova, Milán y Bolonia. Es un nuevo campo, donde realiza una labor sumamente provechosa.

Finalmente, en 1442, admite el Papa su renuncia a este cargo. Parece que podía entonces dedicarse al descanso. Pero su espíritu apostólico no se lo permite. Agotado por las fatigas de tantos años de predicación y por una vida de continuas austeridades y la observancia más estricta de la disciplina religiosa, siente reanimarse su espíritu entregándose de nuevo a la predicación. 
Así lo vemos en Milán, en el otoño de 1442, donde combate la herejía de un tal Amadeo; predica en Padua en 1443 una serie de sesenta sermones, que, copiados literalmente por uno de sus oyentes, constituyen una de las mejores joyas de la elocuencia sagrada; tiene que negarse a predicar en Ferrara, y aparece luego en Vicenza. A principios de 1444 tiene un breve descanso en su querido convento de Capriola, donde acaba de revisar algunas de sus obras, en particular sus Discursos sobre las Bienaventuranzas. 
Al exponer el Bienaventurados los que lloran da suelta a su tierno corazón por la honda pena que acaba de experimentar por la muerte del hermano Vicente, compañero suyo inseparable durante veintidós años. «Débil de cuerpo –exclama–, con frecuencia yo he estado enfermo. 
Entonces él me sostenía, él me conducía. Si mi cuerpo se sentía débil, él me alentaba. Si me sentía decaído o negligente en el servicio de Dios, él me excitaba. Yo era imprevisor, olvidadizo; pero él velaba por mí. ¿Cómo me has sido arrebatado, oh Vicente? ¿Cómo me has sido arrancado, tú que eras como una misma cosa conmigo, tú que eras tan conforme a mi corazón?»

Tal es San Bernardino al final de su vida: el gran predicador popular, que ha transformado con su palabra y ejemplo comarcas enteras de Italia; el gran propagador de la devoción del nombre de Jesús, a la que dedicó escritos maravillosos; el gran entusiasta de la devoción a María; el gran reformador y defensor de la observancia; el enamorado de Cristo al estilo de su padre, San Francisco de Asís. 
Es un sol que se halla en su ocaso. Todavía quiere predicar a Cristo. Sacando fuerzas de flaqueza, se decide a ir a predicar a Nápoles. 
En el camino predica en varios lugares; obra varios milagros; se detiene en Asís, en Santa María de los Angeles; pero, llegado a Áquila, rendido al cansancio, muere el 20 de mayo, víspera de la Ascensión. Seis años después, el 24 de mayo de 1450, el papa Nicolás V (1447-1555), cediendo a los clamores del pueblo cristiano, le eleva al honor de los altares.

San Bernardino de Siena es, indudablemente, uno de los más grandes santos del siglo XV, uno de los mejores modelos de la predicación popular cristiana, uno de los más preciosos ejemplos de aquel puro y encendido amor de Cristo, tan característico de su padre San Francisco de Asís y del espíritu franciscano de todos los tiempos.

lunes, 18 de mayo de 2026

18 de mayo fiesta de Santa María Josefa Sancho de Guerra.


María Josefa Sancho de Guerra fue una mujer sencilla y fuerte de nuestro pueblo que consagró toda su vida a imitar a Jesús virgen, pobre y obediente.
“Mi vida está en Dios y es para Dios”.

“Sean compasivas con los enfermos, en el lecho del dolor, todos son igualmente necesitados”.

Son expresiones que recogen el fruto de la inspiración del Espíritu Santo a Santa María Josefa del Corazón de Jesús al darse cuenta del sufrimiento y soledad de los enfermos.

Quiso ser enfermera de Cristo y así lo trasmite a sus hijas las Siervas de Jesús.
Nace en Vitoria (Álava) España, el 7 de septiembre de 1842.

Es la mayor de tres hermanas. Cuando tenía seis años muere su padre repentinamente y María Josefa ve las dificultades que a diario pasa su madre para sacar adelante la familia. En ella aprendió la lección de la fortaleza cristiana que supera con paciencia heroica las adversidades.

VOCACION.

A los 18 años hizo el propósito de ser religiosa. Se inclina por la vida contemplativa pero una grave enfermedad se lo impide.

En un segundo intento entra en una congregación de vida activa, las Siervas de María, era el 3 de diciembre de 1865 y tenía 22 años. 

Cuando iba a terminar su etapa de formación, antes de hacer los votos temporales, consciente de lo que implicaba continuar el camino emprendido, su alma entra en una fuerte crisis que la obliga a comentarlo con Santa Soledad Torres Acosta, a la sazón Maestra de Novicias de dicha congregación, quien, después de escuchar sus inquietudes la lleva a consultar con San Antonio María Claret, fundador de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, quien escuchó a María Josefa y le pidió tres días de reflexión, ofreciendo tres Eucaristías al Espíritu Santo, al cabo de los cuales le dijo que Dios la tenía reservada para grandes cosas en el servicio de las almas.

Estas palabras serenaron por entonces su espíritu y calmaron sus angustias pero renacieron más adelante y el Santo Arzobispo la alienta en los momentos de la adversidad más cruda.

FUNDADORA.

Fiel a los consejos del Santo y dócil a la moción del Espíritu, con la dispensa y autorización del Excmo. Sr. Cardenal de Toledo, sale de las Siervas de María el año 1871 para enriquecer a la Iglesia con un nuevo Instituto dedicado a ejercer la caridad con los enfermos, con los necesitados y donde iba a santificarse de modo muy alto, como el mismo Padre Claret le había dicho.

María Josefa comienza este nuevo camino fundacional con otras cuatro compañeras. En un principio piensan ir a Barcelona pero las mediaciones humanas, de las que Dios se sirve para realizar sus designios de amor, las hacen cambiar de rumbo y dirigirse a Bilbao. Era el 23 de Julio de 1871. 

María Josefa no entiende pero cree y confía. En el viaje a Bilbao, cerca de Burgos, le asalta a nuestra santa una terrible duda. De pronto se ve hundida, es como si toda la oscuridad de la noche cayera sobre su corazón. 

No quería continuar. Fue su oración del huerto. Pero gracias al apoyo y aliento de sus compañeras sigue adelante y al término del viaje, la noche cedió y esta intrépida mujer llega a Bilbao, la ciudad que tanto querrá siempre.

A los dos días se encuentran por primera vez con D. Mariano José de Ibargoingotia. Este santo sacerdote que tanto la ayudaría, aquel día la recibe con recelo. La novedad en los caminos del espíritu siempre provoca recelos como también las grandes obras con frecuencia son precedidas de grandes dificultades que los santos superan fiándose de Dios en el día a día.

PRIMEROS PASOS DEL INSTITUTO

Primero viven en una boardilla en la calle de la Esperanza. Después pasan a la calle de la Ronda. María Josefa recordará siempre los inicios y dirá que aunque fueron escasos en bienes materiales, fueron abundantes en frutos del Espíritu.

Con el tiempo consiguen la finca de la calle de la Naja, ya que las vocaciones aumentaban y el piso de la Ronda quedaba pequeño. Las llamaban de muchos sitios, cada vez eran más los que pedían sus servicios. 

Las jóvenes que seguían a María Josefa, imitando su entusiasmo y celo por la salvación de las almas, estaban inaugurando la espiritualidad de las Siervas de Jesús: ser reflejos de la misericordia del Corazón de Jesús con los enfermos.

El día 9 de junio de 1874 reciben la primera Aprobación Diocesana y la Aprobación Pontificia el 8 de enero de 1886.

Habían transcurrido 15 años desde aquel día en que, para gloria de Dios, comenzaron su andadura en Bilbao.

En mayo de 1887, después de terminar los Ejercicios Espirituales dirigidos por el P. Tomás Gómez, jesuita, fundador de la Universidad de Comillas, hicieron la Profesión Perpetua, María Josefa y las cuatro coofundadoras.

El Instituto se consolidaba y María Josefa, que en religión toma el nombre de Sor Corazón de Jesús, extiende su obra por España y América.

Fueron 42 fundaciones llevadas a cabo durante su vida. No sin dificultades, el AMOR Y SACRIFICIO se siente en todos los lugares donde, estas mujeres valientes, generosas y enamoradas de Dios, llevan a los enfermos la buena noticia del evangelio.

La primera fundación de Madre Corazón, como popularmente se la conocía, fue el hospital de Castro Urdiales (Santander). Su última fundación fue en Concepción (Chile), haciendo así realidad su sueño de fundar en América.

ENFERMEDAD DE MARÍA JOSEFA

En marzo de 1898 a María Josefa se le manifiesta una aguda afección cardiaca. Le prohíben viajar y ella acepta sus limitaciones. Desde su habitación de la calle de la Naja, la Madre dirige todo el despliegue de las nuevas fundaciones. 

Como san Pablo escribía, alentaba y con mil detalles importantes o sencillos, se hacía presente en las comunidades.

En enero de 1911 surgió una nueva complicación y la dolencia cardiaca se une una infección pulmonar, a partir de ahora pasará los días y las noches, sentada en un sillón, limitada para siempre, como los miles de enfermos a los que consagró su vida y su tiempo. Las hermanas la quieren rodear de atenciones y comodidades pero ella repite: Dejadme morir como una pobre religiosa…Tratadme como a los pobres, quiero morir como he vivido…

El 20 de marzo, al día siguiente de la fiesta de San José, al que había tenido gran devoción, entró en agonía de una manera sencilla como su vida, serena como su corazón. Sus últimas palabras después de haber recibido la Unción de los Enfermos fueron: Ya está todo.

Su débil corazón que tanto había amado a los enfermos y a las Siervas de Jesús de la Caridad, dejó de latir y expiró. Por la ciudad de Bilbao corre la noticia de que había muerto una santa.


En el año 1992 fue beatificada por San Juan Pablo II y canonizada por el mismo Papa el día 1 de octubre de 2000.

18 de mayo fiesta de San Leonardo Murialdo.



San Leonardo Murialdo nació en Turín, el 26 de octubre de 1828, siendo el menor de ocho hermanos de un hogar profundamente católico. Su padre, Leonardo Franquino Murialdo era un hombre acaudalado que le dio a sus hijos una buena educación y su madre, Teresa Rho, una aplicada ama de casa, que veló por su moral y religiosidad.

El llamado de Dios

Cuando Leonardo tenía 5 años falleció su padre. En el Colegio de Padres Escolapios de Savona, donde lo había enviado su madre, debió soportar las burlas y el desprecio de sus compañeros que veían con malos ojos su capacidad para el estudio, sus costumbres piadosas y su entrega a la oración. A los 14 años decidió cambiar su conducta y sumarse a los más revoltosos, para evitar los malos tratos de que era objeto, hecho que le provocó una profunda crisis de ánimo, crisis que hizo eclosión en 1843, cuando, avergonzado por su proceder, realizó una confesión general, experiencia maravillosa según sus palabras, que lo llevó a consagrarse a Dios.
 
Ingreso al Seminario

A los 15 años Leonardo quedó impresionado por el sermón que su sacerdote pronunció en cierta ocasión en la parroquia de San Dalmaso. Fue ahí que decidió ser religioso, ingresando poco después a la Universidad de Turín, para estudiar Teología. En 1850 obtuvo su título y el 21 de septiembre de 1851, Monseñor Ferré, Arzobispo de Turín, lo ordenó sacerdote, oficiando su primera misa en San Dalmaso, al día siguiente. Poco después falleció su madre por una prolongada enfermedad.

A imagen de Don Bosco

Mientras hacía el seminario, el joven Leonardo acudía al Oratorio de San Luis, para ayudar a San Juan Bosco en la educación de los niños, apostolado que le serviría de adiestramiento para las obras que estaba a punto de emprender. Trabaja además con los niños de la calle, tan abundantes entonces, a quienes atraía desde las orillas del río Po, al son de sus campanillas. Se acercó también a los presos, a los deshollinadores y a los pequeños obreros, para inculcarles las enseñanzas de la Iglesia, instándolos a estudiar, a tener una profesión, a capacitarse, a confesarse y concurrir a misa. Su prédica tuvo éxito porque al cabo de un tiempo, legiones de adolescentes y pequeños se acercaban a los talleres para aprender y a los templos para orar.

Pese a ello, Leonardo no ingresó en la orden salesiana porque tenía en mente otros proyectos, muy similares a los que había puesto en marcha el gran santo de Valdocco.

El Colegio de los Artesanitos

Ya ordenado, Leonardo viajó a París para estudiar Teología y Moral en el célebre seminario de San Suplicio. De regreso en Turín, en 1866, fue designado rector del Colegio de los Artesanitos fundado por el padre Juan Cocchi, otra institución dedicada a la educación de niños pobres y huérfanos, a cuyo frente estuvo 34 años, atento a las necesidades de los carenciados.
Había en Turín quienes criticaban la obra de Don Cocchi por considerar su caridad poco prudente y no muy sabia. ¿Por qué? Pues, porque en sus casas se acogía a alumnos e individuos de pésima conducta que perjudicaban a sus semejantes con sus malos ejemplos; porque recomendaba a ese tipo de gente a otros institutos o a los superiores de otras diócesis; porque tenía amistad con hombres poco religiosos, y porque en una época de su vida, en los agitados años cuarenta, llegó a fraternizar con judíos.

Sin embargo, a todo ello puso remedio Leonardo, disciplinando a los díscolos, rescatando de la calle y la delincuencia a miles de almas y afrontando las penurias económicas. Y no faltando quienes le reprochaban que, siendo de familia acomodada podía dedicarse a labores menos desagradables y penosas, les respondía sonriente: “No me hice religioso para pasarla bien, sino para trabajar y desgastarme por las almas de los necesitados”.

Era todo lo contrario a aquel joven rico que habiéndole preguntado al Señor que debía hacer para seguirlo, se apenó al recibir como respuesta que debía despojarse de toda su riqueza y dársela a los pobres (Mc.10, 17-22).

Las deudas agobiaban a San Leonardo, tanto, que siguiendo el consejo de muchos allegados, se dispuso cerrar el colegio. Fue entonces que llamó a su puerta una madre angustiada que traía de la mano a sus dos pequeños hijos. Tal era su pobreza, que el santo turinés se apiadó de ella y aceptó hacerse cargo de ambos gratuitamente, desechando de su mente el proyecto de cierre.

La situación no podía ser peor, los acreedores exigían sus pagos cada vez con más insistencia y los demandas legales amenazaban la estabilidad del instituto. Sin embargo, cuando todo hacía prever un desenlace trágico, llegó la salvación de la mano de un noble: el conde Roero di Guarene, que interesado desde hacía tiempo por la marcha de la obra, le dejó en herencia gran parte de su fortuna. Con ella, San Leonardo pudo cancelar las deudas, reequipar los talleres, fundar la escuela de agronomía, habilitar una casa para jóvenes delincuentes y abrir un pequeño seminario. Una verdadera salvación, que de la mano de un hombre bueno y noble, llegaba desde el Cielo para salvar un emprendimiento de bien.

La obra se expande

Siguiendo la voluntad del Creador y bajo la dirección espiritual de Don Bosco, San Leonardo decidió dar mayor impulso a su obra fundando el 19 de marzo de 1873, la Pía Sociedad de San José, generalmente conocida como “Josefinos de Murialdo”, constituida por sacerdotes y laicos. El lema de la flamante congregación fue: “Callemos y obremos”.

San Leonardo se dedicó con verdadero fervor a organizar congresos para la formación de líderes católicos dado que, perseguida con saña por el gobierno de turno, la Iglesia se hallaba necesitada de ellos. También fundó las denominadas Bibliotecas Católicas Ambulantes con la intención de fomentar la buena lectura a lo largo y ancho de su país, iniciativa de magnitud que mucho tuvo que ver en la sana educación de los niños y jóvenes de su tiempo. 


En base a ello, puso en marcha una importante campaña denominada “Catecismo de las Tardes”, que llegó a nuclear unos 35.000 jóvenes, la mayoría obreros y niños de la calle, que encontraron en ella, refugio y consuelo. También fueron obra suya el primer diario católico obrero, “La Voz del Pueblo”, que aún circula, la organización de sindicatos de trabajadores católicos inspirados en la encíclica del Papa León XIII “Rerum Novarum” y otras iniciativas. Por esa razón, no fue de extrañar el emotivo homenaje que más de 400 ex alumnos le organizaron en 1899, con motivo del 50º aniversario del Colegio de los Artesanitos.

Pensamientos y reflexiones

Agobiado por los años y la fatiga, San Leonardo falleció en Turín, a los 72 años de edad, el 30 de marzo de 1900. Setenta años después, S.S. Paulo VI lo canonizó, conmemorándose su fiesta los 30 de marzo de cada año. Como San José Benito Cottolengo, San Juan Bosco y San Luis Orione, había legado al mundo una obra colosal de la que niños huérfanos y carenciados, fueron los principales beneficiados. Su piedad se refleja en muchos de sus pensamientos y reflexiones, tales como “Quiero santificarme y santificar a los demás. Quiero tener siempre contento al buen Dios”. 
Al mismo tiempo, en su libreta de apuntes, escribió los medios necesarios para alcanzar la santidad, a saberse: 1º Llenar el día de abundantes y pequeñas oraciones; 2º Aprovechar mis males y enfermedades y hasta mis fallas y equivocaciones para humillarme más y pagarle a Dios mis pecados con esos sufrimientos; 3º Como penitencia, ofrecer a Dios realizar con la mayor diligencia mis trabajos de cada día y tratar de recibir a todos con la mayor bondad posible y 4º atender a todo el que venga, con la más exquisita amabilidad. 
Propagó además las devociones al Sagrado Corazón de Jesús, a la Santísima Virgen Inmaculada y a San José, a través de las cuales, obró verdaderas proezas.