martes, 9 de marzo de 2021

9 de marzo fiesta de Santa Francisca Romana.





Esta santa fue ejemplo de doncella católica, esposa, madre, viuda, religiosa, y un prodigio de gracia y santidad. Aún en vida le fueron develados misterios del más allá. Fue favorecida con visiones del Infierno, el Purgatorio y el Cielo, así como por la presencia visible de su Ángel de la Guarda. Recibió también la protección de un Arcángel y más tarde la de una Potestad.
Francisca, nacida en 1384 en una eminente familia del patriciado romano, recibió la formación católica de su madre, pero fue dirigida por el Divino Espíritu Santo en las vías de la santidad. De pureza virginal, no pensaba sino en consagrarse enteramente a Dios. A los 12 años hizo voto de ser religiosa. Pero no era ése el designio de Dios, por lo menos en aquel momento. Y así, aconsejada por su director espiritual, tuvo que aceptar el matrimonio propuesto por su padre con el joven Lorenzo Ponziani, también de alta estirpe y buena disposición hacia la virtud

Al casarse, Francisca fue a vivir al palacio de su marido, en donde encontró un tesoro en la persona de su cuñada Vanossa, predispuesta a secundarla en todo, en la línea de la virtud y del bien. Las dos comenzaron a visitar a los pobres, asistir a los enfermos y practicar toda suerte de obras de misericordia. Para ello, los respectivos maridos, reconociendo los méritos y alta virtud de las esposas, les daban completa libertad de acción.

Así, un día Roma vio estupefacta que Francisca, la gran dama de la aristocracia, arrastraba por las principales calles de la ciudad a un asno cargado de leña, y aún con un haz de ésta sobre la cabeza, que iba distribuyendo a los pobres. También fue vista en las puertas de las iglesias junto a los pobres, mendigando con ellos para socorrer a los que estaban imposibilitados de hacerlo. En un año de gran carestía, Francisca y Vanossa fueron de puerta en puerta pidiendo limosnas para los pobres. Muchos se escandalizaban al ver a dos matronas de la aristocracia en tan modesta tarea. Otros, por el contrario, se edificaban con tanta humildad y se unían a ellas.

Santa Francisca convirtió a varias mujeres perdidas. Sin embargo, como algunas no quisieron hacer penitencia y enmendarse, se empeñó en que fueran expulsadas de Roma o de asilos a donde se habían retirado para que no pervirtiesen a otras.

Formando a los hijos para el Cielo

Conociendo que los hijos son dados para ocupar los tronos vacíos dejados en el Cielo por la caída de los demonios, Francisca se los pidió a Dios. Tuvo tres. Al primero le dio como patrono a San Juan Bautista, al segundo a San

Juan Evangelista, y a la tercera, una niña, a Santa Inés.
Vigilando ella misma su educación, los preparó antes que nada para la vida que no tiene fin. Así Juan Evangelista, que vivió apenas nueve años, progresó tanto en la virtud, que llegó a tener el don de profecía. Al momento de su muerte, vio a San Juan y a San Onofre que venían a buscarlo.

Tiempo después de fallecido, se le apareció a su madre todo resplandeciente de gloria, acompañado por un joven aún más brillante, diciéndole, de parte de Dios, que vendría pronto a buscar a su hermanita Inés, entonces con cinco años. Agregó que Dios, para ayudar a su madre en las vicisitudes de la vida, le daba, además de su Ángel de la Guarda, a un Arcángel a fin de protegerla e iluminarla en el camino de la virtud.

Francisca pasó a tener la presencia radiante de ese Arcángel noche y día, de tal modo queno necesitaba de la luz material para sus quehaceres, pues la del espíritu celeste le bastaba.

Estado de continencia  en la vida conyugal

Como Santa Francisca vivió en la tumultuosa época en que Roma estaba dividida en dos partidos –el de los Orsini, que luchaban a favor del Papa, y a cuyo servicio Lorenzo tenía un alto cargo, y el de los Colonna, que apoyaban a Ladislao de Nápoles–, tuvo mucho que sufrir. Su marido fue gravemente herido en una de las refriegas y llevado como prisionero. Su hijo quedó como rehén; padeció también el saqueo de la casa y fue despojada de sus bienes. Como nuevo Job, apenas repetía: “Dios me lo dio, Dios me lo quitó, bendito sea Él”. Más tarde sus familiares y bienes le fueron restituidos.

Cuando Lorenzo fue gravemente herido, Francisca lo cuidó con todo amor y cariño. Y aprovechó, cuando éste se restableció, para persuadirlo a vivir de ahí en adelante en perfecta continencia. Él accedió, con tal que ella no lo abandonase y mantuviese la dirección de la casa. Feliz, Francisca vendió sus joyas y ricos vestidos, dio el dinero a los pobres y empezó a usar una vulgar túnica sobre áspero cilicio. Comenzó a tomar una sola comida al día, y aún así ésta se componía de insípidas legumbres. Aumentó las disciplinas y empezó a dedicar más tiempo a la oración.

Elaboración de la Regla de su Orden:  orientación de Apóstoles y grandes santos

Francisca veía el peligro que corrían muchas damas de Roma entregadas a las frivolidades y futilidades de una sociedad decadente, en la cual ya se podían percibir los inicios funestos del Renacimiento. Por eso oraba y lloraba delante de Dios, pidiendo remedio para eso. Oyó entonces una voz que le decía: “Ve, trabaja, reúnelas, infunde tu espíritu y el espíritu de Benito, el patriarca, espíritu de paz, de oración y de trabajo”.

La sierva de Dios comenzó a reunir a viudas y doncellas dispuestas a vivir en estado de perfección. Al principio formó sólo una asociación de mujeres piadosas dedicadas al culto de la Madre de Dios y al trabajo para la propia santificación. Pero después, por inspiración de Dios, surgieron las “Oblatas de San Benito”. San Pedro, San Pablo, San Benito y Santa María Magdalena se le aparecieron en diversas oportunidades, instruyéndola sobre la regla. “La llevó después a una tal perfección, que se puede decir que fue el símbolo viviente más perfecto de la vida religiosa”.

Cuando falleció su marido, Francisca encauzó el futuro del hijo que le quedaba, dejándole toda su herencia, y pidió ser admitida en la congregación que había fundado. Por obediencia a su confesor, aceptó el cargo de superiora. Y Dios bendijo su sacrificio dándole por compañero un Ángel más, del coro de las Potestades, cuya gloria era mucho más esplendorosa aún que la del Arcángel. Era también mucho mayor su poder contra los demonios, pues con una sola mirada los ahuyentaba .

Víctimas de violentos ataques

Si es verdad que la santa tenía un continuo comercio con los ángeles, no es menos verdadero que el espíritu infernal tampoco le daba tregua al punto que muchas veces la agredía, incluso físicamente. Una vez estaba de rodillas junto a una religiosa enferma, cuando el demonio la agarró con furia y la arrastró por el cuarto hasta la puerta. Otra noche, estando en oración, la tomó de los cabellos y la llevó a una terraza, dejándola colgada sobre la vía pública. Francisca se encomendó a Dios y rápidamente se vio en su celda.

En otra ocasión, Santa Francisca encendía una vela bendita. El espíritu infernal tiró la vela al suelo y la escupió. La santa le preguntó por que profanaba una cosa santa. El demonio le respondió: “Porque las bendiciones de la Iglesia me desagradan a más no poder”.

Fallecimiento e incomparable elogio de un Doctor de la Iglesia

El 9 de marzo de 1440, conforme lo había predicho, la Santa entregó su alma a Dios. Tenía 56 años, de los cuales doce los había pasado en la casa paterna, cuarenta en el estado matrimonial y cuatro como religiosa.
Roma lloró y exaltó a aquella ilustre hija. Comenzaron a operarse milagros en su tumba.

“Cuando, en 1606, estaba en marcha el proceso de canonización de Francisca, el Cardenal San Roberto Belarmino, Doctor de la Iglesia, asoció a su voto favorable una declaración que consistió en un elevado elogio de la extraordinaria Santa. Puesto que había vivido primero en virginidad, después en casto matrimonio, soportado los infortunios de la viudez y finalmente seguido la vida de perfección en el claustro, merecía tanto más las honras de los altares cuanto más podía ser presentada como modelo de virtud para todas las edades y todos los estados”.




lunes, 8 de marzo de 2021

8 de marzo fiesta de San Juan de Dios.



Nació y murió un 8 de marzo. Nace en Portugal en 1495 y muere en Granada, España, en 1550 a los 55 años de edad.
De familia pobre pero muy piadosa. Su madre murió cuando él era todavía joven. Su padre murió como religioso en un convento.

En su juventud fue pastor, muy apreciado por el dueño de la finca donde trabajaba. Le propusieron que se casara con la hija del patrón y así quedaría como heredero de aquellas posesiones, pero él dispuso permanecer libre de compromisos económicos y caseros pues deseaba dedicarse a labores más espirituales.

Estuvo de soldado bajo las órdenes del genio de la guerra, Carlos V en batallas muy famosas. La vida militar lo hizo fuerte, resistente y sufrido.

La Santísima Virgen lo salvó de ser ahorcado, pues una vez lo pusieron en la guerra a cuidar un gran depósito y por no haber estado lo suficientemente alerta, los enemigos se llevaron todo. Su coronel dispuso mandarlo ahorcar, pero Juan se encomendó con toda fe a la Madre de Dios y logró que le perdonaran la vida. Y dejó la milicia, porque para eso no era muy adaptado.

Salido del ejército, quiso hacer un poco de apostolado y se dedicó a hacer de vendedor ambulante de estampas y libros religiosos.

Cuando iba llegando a la ciudad de Granada vio a un niñito muy pobre y muy necesitado y se ofreció bondadosamente a ayudarlo. Aquel "pobrecito" era la representación de Jesús Niño, el cual le dijo: "Granada será tu cruz", y desapareció.

Estando Juan en Granada de vendedor ambulante de libros religiosos, de pronto llegó a predicar una misión el famoso Padre San Juan de Ávila. Juan asistió a uno de sus elocuentes sermones, y en pleno sermón, cuando el predicador hablaba contra la vida de pecado, nuestro hombre se arrodillo y empezó a gritar: "Misericordia Señor, que soy un pecador", y salió gritando por las calles, pidiendo perdón a Dios. Tenía unos 40 años.

Se confesó con San Juan de Ávila y se propuso una penitencia muy especial: hacerse el loco para que la gente lo humillara y lo hiciera sufrir muchísimo.

Repartió entre los pobres todo lo que tenía en su pequeña librería, empezó a deambular por las calles de la ciudad pidiendo misericordia a Dios por todos sus pecados.

La gente lo creyó loco y empezaron a atacarlo a pedradas y golpes.

Al fin lo llevaron al manicomio y los encargados le dieron fuertes palizas, pues ese era el medio que tenían en aquel tiempo para calmar a los locos: azotarlos fuertemente. Pero ellos notaban que Juan no se disgustaba por los azotes que le daban, sino que lo ofrecía todo a Dios. Pero al mismo tiempo corregía a los guardias y les llamaba la atención por el modo tan brutal que tenían de tratar a los pobres enfermos.

 San Juan de Dios ante un enfermo que se asemeja a nuesto Señor Aquella estadía de Juan en ese manicomio, que era un verdadero infierno, fue verdaderamente providencial, porque se dio cuenta del gran error que es pretender curar las enfermedades mentales con métodos de tortura. Y cuando quede libre fundará un hospital, y allí, aunque él sabe poco de medicina, demostrará que él es mucho mejor que los médicos, sobre todo en lo relativo a las enfermedades mentales, y enseñará con su ejemplo que a ciertos enfermos hay que curarles primero el alma si se quiere obtener después la curación de su cuerpo. Sus religiosos atienden enfermos mentales en todos los continentes y con grandes y maravillosos resultados, empleando siempre los métodos de la bondad y de la comprensión, en vez del rigor de la tortura.

Cuando San Juan de Ávila volvió a la ciudad y supo que a su convertido lo tenían en un manicomio, fue y logró sacarlo y le aconsejó que ya no hiciera más la penitencia de hacerse el loco para ser martirizado por las gentes. Ahora se dedicará a una verdadera "locura de amor": gastar toda su vida y sus energías a ayudar a los enfermos más miserables por amor a Cristo Jesús, a quien ellos representan.

Juan alquila una casa vieja y allí empieza a recibir a cualquier enfermo, mendigo, loco, anciano, huérfano y desamparado que le pida su ayuda. Durante todo el día atiende a cada uno con el más exquisito cariño, haciendo de enfermero, cocinero, barrendero, mandadero, padre, amigo y hermano de todos. Por la noche se va por la calle pidiendo limosnas para sus pobres.

Pronto se hizo popular en toda Granada el grito de Juan en las noches por las calles. El iba con unos morrales y unas ollas gritando: ¡Haced el bien hermanos, para vuestro bien! Las gentes salían a la puerta de sus casas y le regalaban cuanto les había sobrado de la comida del día. Al volver cerca de medianoche se dedicaba a hacer aseo en el hospital, y a la madrugada se echaba a dormir un rato debajo de una escalera. Un verdadero héroe de la caridad.

El señor obispo, admirado por la gran obra de caridad que Juan estaba haciendo, le añadió dos palabras a su nombre de pila y empezó a llamarlo "Juan de Dios", y así lo llamó toda la gente en adelante. Luego, como este hombre cambiaba frecuentemente su vestido bueno por los harapos de los pobres que encontraba en las calles, el prelado le dio una túnica negra como uniforme; así se vistió hasta su muerte, y así han vestido sus religiosos por varios siglos.

Un día su hospital se incendió y Juan de Dios entró varias veces por entre las llamas a sacar a los enfermos y aunque pasaba por en medio de enormes llamaradas no sufría quemaduras, y logró salvarle la vida a todos aquellos pobres.

Otro día el río bajaba enormemente crecido y arrastraba muchos troncos y palos. Juan necesitaba abundante leña para el invierno, porque en Granada hace mucho frío y a los ancianos les gustaba calentarse alrededor de la hoguera. Entonces se fue al río a sacar troncos, pero uno de sus compañeros, muy joven, se adentró imprudentemente entre las violentas aguas y se lo llevó la corriente. El santo se lanzó al agua a tratar de salvarle la vida, y como el río bajaba supremamente frío, esto le hizo daño para su enfermedad de artritis y empezó a sufrir espantosos dolores.

Después de tantísimos trabajos, ayunos y trasnochadas por hacer el bien, y resfriados por ayudar a sus enfermos, la salud de Juan de Dios se debilitó totalmente. El hacía todo lo posible porque nadie se diera cuenta de los espantosos dolores que lo atormentaban día y noche, pero al fin ya no fue capaz de simular más. Sobre todo la artritis le tenía sus piernas retorcidas y le causaba dolores indecibles. Entonces una venerable señora de la ciudad obtuvo del señor obispo autorización para llevarlo a su casa y cuidarlo un poco. 
El santo se fue ante el Santísimo Sacramento del altar y por largo tiempo rezó con todo el fervor antes de despedirse de su amado hospital. Le confió la dirección de su obra a Antonio Martín, un hombre a quien él había convertido y había logrado que se hiciera religioso, y colaborador suyo, junto con otro hombre a quien Antonio odiaba; y después de amigarlos, logró el santo que le ayudaran en su obra en favor de los pobres, como dos buenos amigos.

Al llegar al la casa de la rica señora, exclamó Juan: "OH, estas comodidades son demasiado lujo para mí que soy tan miserable pecador". Allí trataron de curarlo de su dolorosa enfermedad, pero ya era demasiado tarde.

El 8 de marzo de 1550, sintiendo que le llegaba la muerte, se arrodilló en el suelo y exclamó: "Jesús, Jesús, en tus manos me encomiendo", y quedó muerto, así de rodillas. Había trabajado incansablemente durante diez años dirigiendo su hospital de pobres, con tantos problemas económicos que a veces ni se atrevía a salir a la calle a causa de las muchísimas deudas que tenía; y con tanta humildad, que siendo el más grande santo de la ciudad se creía el más indigno pecador. El que había sido apedreado como loco, fue acompañado al cementerio por el obispo, las autoridades y todo el pueblo, como un santo.

Después de muerto obtuvo de Dios muchos milagros en favor de sus devotos y el Papa lo declaró santo en 1690. Es Patrono de los que trabajan en hospitales y de los que propagan libros religiosos.

San Juan de Dios: alcánzanos de Dios un gran amor hacia los enfermos y los pobres.

Los religiosos Hospitalarios de San Juan de Dios son 1,500 y tienen 216 casas en el mundo para el servicio de los enfermos. Los primeros beatos de Colombia pertenecieron a esta santa Comunidad.

Todo lo que hicisteis con cada uno de estos mis hermanos enfermos, conmigo lo hicisteis (Jesucristo Mt. 25,40).


"Granada será tu cruz".

Tuve la dicha de poder visitar y rezar frente a sus restos en la Basílica que lleva su nombre en Granada, España. Comparto con ustedes algunas de esas fotos.

 

 

 

 

Día de la mujer.




Feliz día a todas las mujeres que día a día iluminan al planeta con su sonrisa, su trabajo y entrega. Que el Señor las bendiga y que María, modelo de mujer, las proteja y guíe.