miércoles, 13 de mayo de 2026

13 de mayo fiesta de la VIRGEN DE FÁTIMA.



En 1917, en el momento de las apariciones, Fátima era una ciudad desconocida de 2.500 habitantes, situada a 800 metros de altura y a 130 kilómetros al norte de Lisboa, casi en el centro de Portugal. Hoy Fátima es famosa en todo el mundo y su santuario lo visitan innumerables devotos.

Allí, la Virgen se manifestó a niños de corta edad: Lucía, de diez años, Francisco, su primo, de nueve años, un jovencito tranquilo y reflexivo, y Jacinta, hermana menor de Francisco, muy vivaz y afectuosa. Tres niños campesinos muy normales, que no sabían ni leer ni escribir, acostumbrados a llevar a pastar a las ovejas todos los días. Niños buenos, equilibrados, serenos, valientes, con familias atentas y premurosas.
Los tres habían recibido en casa una primera instrucción religiosa, pero sólo Lucía había hecho ya la primera comunión.

Las apariciones estuvieron precedidas por un "preludio angélico": un episodio amable, ciertamente destinado a preparar a los pequeños para lo que vendría.

Lucía misma, en el libro Lucia racconta Fátima (Editrice Queriniana, Brescia 1977 y 1987) relató el orden de los hechos, que al comienzo sólo la tuvieron a ella como testigo. Era la primavera de 1915, dos años antes de las apariciones, y Lucía estaba en el campo junto a tres amigas. Y esta fue la primera manifestación del ángel:

Sería más o menos mediodía, cuando estábamos tomando la merienda. Luego, invité a mis compañeras a recitar conmigo el rosario, cosa que aceptaron gustosas. Habíamos apenas comenzado, cuando vimos ante nosotros, como suspendida en el aire, sobre el bosque, una figura, como una estatua de nieve, que los rayos del sol hacían un poco transparente. "¿Qué es eso?", preguntaron mis compañeras, un poco atemorizadas. "No lo sé". Continuamos nuestra oración, siempre con los ojos fijos en aquella figura, que desapareció justo cuando terminábamos (ibíd., p. 45).

El hecho se repitió tres veces, siempre, más o menos, en los mismos términos, entre 1915 y 1916.

Llegó 1917, y Francisco y Jacinta obtuvieron de sus padres el permiso de llevar también ellos ovejas a pastar; así cada mañana los tres primos se encontraban con su pequeño rebaño y pasaban el día juntos en campo abierto. Una mañana fueron sorprendidos por una ligera lluvia, y para no mojarse se refugiaron en una gruta que se encontraba en medio de un olivar. Allí comieron, recitaron el rosario y se quedaron a jugar hasta que salió de nuevo el sol. Con las palabras de Lucía, los hechos sucedieron así:
 
... Entonces un viento fuerte sacudió los árboles y nos hizo levantar los ojos... Vimos entonces que sobre el olivar venía hacia nosotros aquella figura de la que ya he hablado. Jacinta y Francisco no la habían visto nunca y yo no les había hablado de ella. A medida que se acercaba, podíamos ver sus rasgos: era un joven de catorce o quince años, más blanco que si fuera de nieve, el sol lo hacía transparente como de cristal, y era de una gran belleza. Al llegar junto a nosotros dijo: "No tengan miedo. Soy el ángel de la paz. Oren conmigo". Y arrodillado en la tierra, inclinó la cabeza hasta el suelo y nos hizo repetir tres veces estas palabras: "Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo. Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no te aman". Luego, levantándose, dijo: "Oren así. Los corazones de Jesús y María están atentos a la voz de sus súplicas". Sus palabras se grabaron de tal manera en nuestro espíritu, que jamás las olvidamos y, desde entonces, pasábamos largos períodos de tiempo prosternados, repitiéndolas hasta el cansancio (ibíd, p. 47).
 
En el prefacio al libro de Lucía, el padre Antonio María Martins anota con mucha razón que la oración del ángel "es de una densidad teológica tal" que no pudo haber sido inventada por unos niños carentes de instrucción. "Ha sido ciertamente enseñada por un mensajero del Altísimo", continúa el estudioso. "Expresa actos de fe, adoración, esperanza y amor a Dios Uno y Trino".

Durante el verano el ángel se presentó una vez más a los niños, invitándolos a ofrecer sacrificios al Señor por la conversión de los pecadores y explicándoles que era el ángel custodio de su patria, Portugal.

Pasó el tiempo y los tres niños fueron de nuevo a orar a la gruta donde por primera vez habían visto al ángel. De rodillas, con la cara hacia la tierra, los pequeños repiten la oración que se les enseñó, cuando sucede algo que llama su atención: una luz desconocida brilla sobre ellos. Lucía lo cuenta así:

Nos levantamos para ver qué sucedía, y vimos al ángel, que tenía en la mano izquierda un cáliz, sobre el que estaba suspendida la hostia, de la que caían algunas gotas de sangre adentro del cáliz.

El ángel dejó suspendido el cáliz en el aire, se acercó a nosotros y nos hizo repetir tres veces: "Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo te ofrezco el preciosísimo cuerpo, sangre, alma y divinidad de Jesucristo...". Luego se levantó, tomó en sus manos el cáliz y la hostia; me dio la hostia santa y el cáliz lo repartió entre Jacinta y Francisco... (ibíd., p. 48).

El ángel no volvió más: su tarea había sido evidentemente la de preparar a los niños para los hechos grandiosos que les esperaban y que tuvieron inicio en la primavera de 1917, cuarto año de la guerra, que vio también la revolución bolchevique.

El 13 de mayo era domingo anterior a la Ascensión. Lucía, Jacinta y Francisco habían ido con sus padres a misa, luego habían reunido sus ovejas y se habían dirigido a Cova da Iria, un pequeño valle a casi tres kilómetros de Fátima, donde los padres de Lucía tenían un cortijo con algunas encinas y olivos.
 
Aquí, mientras jugaban, fueron asustados por un rayo que surcó el cielo azul: temiendo que estallara un temporal, decidieron volver, pero en el camino de regreso, otro rayo los sorprendió, aún más fulgurante que el primero. Dijo Lucía:

A los pocos pasos, vimos sobre una encina a una Señora, toda vestida de blanco, más brillante que el sol, que irradiaba una luz más clara e intensa que la de un vaso de cristal lleno de agua cristalina, atravesada por los rayos del sol más ardiente. Sorprendidos por la aparición, nos detuvimos. Estábamos tan cerca que nos vimos dentro de la luz que la rodeaba o que ella difundía. Tal vez a un metro o medio de distancia, más o menos... (ibíd., p. 118).

La Señora habló con voz amable y pidió a los niños que no tuvieran miedo, porque no les haría ningún daño. Luego los invitó a venir al mismo sitio durante seis meses consecutivos, el día 13 a la misma hora, y antes de desaparecer elevándose hacia Oriente añadió: "Reciten la corona todos los días para obtener la paz del mundo y el fin de la guerra".

Los tres habían visto a la Señora, pero sólo Lucía había hablado con ella; Jacinta había escuchado todo, pero Francisco había oído sólo la voz de Lucía.

Lucía precisó después que las apariciones de la Virgen no infundían miedo o temor, sino sólo "sorpresa": se habían asustado más con la visión del ángel.

En casa, naturalmente, no les creyeron y, al contrario, fueron tomados por mentirosos; así que prefirieron no hablar más de lo que habían visto y esperaron con ansia, pero con el corazón lleno de alegría, que llegara el 13 de junio.

Ese día los pequeños llegaron a la encina acompañados de una cincuentena de curiosos. La aparición se repitió y la Señora renovó la invitación a volver al mes siguiente y a orar mucho. Les anunció que se llevaría pronto al cielo a Jacinta y Francisco, mientras Lucía se quedaría para hacer conocer y amar su Corazón Inmaculado. A Lucía, que le preguntaba si de verdad se quedaría sola, la Virgen respondió: "No te desanimes. Yo nunca te dejaré. Mi Corazón Inmaculado será tu refugio y el camino que te conducirá hasta Dios". Luego escribió Lucía en su libro:

En el instante en que dijo estas últimas palabras, abrió las manos y nos comunicó el reflejo de aquella luz inmensa. En ella nos veíamos como inmersos en Dios. Jacinta y Francisco parecían estar en la parte de la luz que se elevaba al cielo y yo en la que se difundía sobre la tierra. En la palma de la mano derecha de la Virgen había un corazón rodeado de espinas, que parecían clavarse en él. Comprendimos que era el Corazón Inmaculado de María, ultrajado por los pecados de la humanidad, y que pedía reparación (ibíd., p. 121).

Cuando la Virgen desapareció hacia Oriente, todos los presentes notaron que las hojas de las encinas se habían doblado en esa dirección; también habían visto el reflejo de la luz que irradiaba la Virgen sobre el rostro de los videntes y cómo los transfiguraba.

El hecho no pudo ser ignorado: en el pueblo no se hablaba de otra cosa, naturalmente, con una mezcla de maravilla e incredulidad.

La mañana del 13 de julio, cuando los tres niños llegaron a Cova da Iria, encontraron que los esperaban al menos dos mil personas. La Virgen se apareció a mediodía y repitió su invitación a la penitencia y a la oración. Solicitada por sus padres, Lucía tuvo el valor de preguntarle a la Señora quién era; y se atrevió a pedirle que hiciera un milagro que todos pudieran ver. Y la Señora prometió que en octubre diría quién era y lo que quería y añadió que haría un milagro que todos pudieran ver y que los haría creer.
Antes de alejarse, la Virgen mostró a los niños los horrores del infierno (esto, sin embargo, se supo muchos años después, en 1941, cuando Lucía, por orden de sus superiores escribió las memorias recogidas en el libro ya citado. En ese momento, Lucía y sus primos no hablaron de esta visión en cuanto hacía parte de los secretos confiados a ellos por la Virgen, cuya tercera parte aún se ignora) y dijo que la guerra estaba por terminar, pero que si los hombres no llegaban a ofender a Dios, bajo el pontificado de Pío XII estallaría una peor.

Cuando vean una noche iluminada por una luz desconocida, sabrán que es el gran signo que Dios les da de que está por castigar al mundo a causa de sus crímenes, por medio de la guerra, del hambre y de la persecución a la Iglesia y al Santo Padre. Para impedirla, quiero pedirles la consagración de Rusia a mi Corazón Inmaculado y la comunión reparadora los primeros sábados. Si cumplen mi petición, Rusia se convertirá y vendrá la paz. Si no, se difundirán en el mundo sus horrores, provocando guerras y persecuciones a la Iglesia... Al final, mi Corazón Inmaculado triunfará. El Santo Padre me consagrará Rusia, que se convertirá, y se le concederá al mundo un período de paz... (ibíd., p. 122).

Después de esta aparición, Lucía fue interrogada de modo muy severo por el alcalde, pero no reveló a ninguno los secretos confiados por la Virgen.

El 13 de agosto, la multitud en Cova era innumerable: los niños, sin embargo, no llegaron. A mediodía en punto, sobre la encina, todos pudieron ver el relámpago y la pequeña nube luminosa. ¡La Virgen no había faltado a su cita! ¿Qué había sucedido? Los tres pastorcitos habían sido retenidos lejos del lugar de las apariciones por el alcalde, que con el pretexto de acercarlos en auto, los había llevado a otro lado, a la casa comunal, y los había amenazado con tenerlos prisioneros si no le revelaban el secreto. Ellos callaron, y permanecieron encerrados. Al día siguiente hubo un interrogatorio con todas las de la ley, y con otras amenazas, pero todo fue inútil, los niños no abandonaron su silencio.

Finalmente liberados, los tres pequeños fueron con sus ovejas a Cova da Iria el 19 de agosto, cuando, de repente, la luz del día disminuyó, oyeron el relámpago y la Virgen apareció: pidió a los niños que recitaran el rosario y se sacrificaran para redimir a los pecadores. Pidió también que se construyera una capilla en el lugar.

Los tres pequeños videntes, profundamente golpeados por la aparición de la Virgen, cambiaron gradualmente de carácter: no más juegos, sino oración y ayuno. Además, para ofrecer un sacrificio al Señor se prepararon con un cordel tres cilicios rudimentarios, que llevaban debajo de los vestidos y los hacían sufrir mucho. Pero estaban felices, porque ofrecían sus sufrimientos por la conversión de los pecadores.

El 13 de septiembre, Cova estaba atestada de personas arrodilladas en oración: más de veinte mil. A mediodía el sol se veló y la Virgen se apareció acompañada de un globo luminoso: invitó a los niños a orar, a no dormir con los cilicios, y repitió que en octubre se daría un milagro. Todos vieron que una nube cándida cubría a la encina y a los videntes. Luego reapareció el globo y la Virgen desapareció hacia Oriente, acompañada de una lluvia, vista por todos, de pétalos blancos que se desvanecieron antes de tocar tierra. En medio de la enorme emoción general, nadie dudaba que la Virgen en verdad se había aparecido.
 
El 13 de octubre es el día del anunciado milagro. En el momento de la aparición se llega a un clima de gran tensión. Llueve desde la tarde anterior. Cova da Iria es un enorme charco, pero no obstante miles de personas pernoctan en el campo abierto para asegurar un buen puesto.

Justo al mediodía, la Virgen aparece y pide una vez más una capilla y predice que la guerra terminará pronto. Luego alza las manos, y Lucía siente el impulso de gritar que todos miren al sol. Todos vieron entonces que la lluvia cesó de golpe, las nubes se abrieron y el sol se vio girar vertiginosamente sobre sí mismo proyectando haces de luz de todos los colores y en todas direcciones: una maravillosa danza de luz que se repitió tres veces.

La impresión general, acompañada de enorme estupor y preocupación, era que el sol se había desprendido del cielo y se precipitaba a la tierra. Pero todo vuelve a la normalidad y la gente se da cuenta de que los vestidos, poco antes empapados por el agua, ahora están perfectamente secos. Mientras tanto la Virgen sube lentamente al cielo en la luz solar, y junto a ella los tres pequeños videntes ven a san José con el Niño.

Sigue un enorme entusiasmo: las 60.000 personas presentes en Cova da Iria tienen un ánimo delirante, muchos se quedan a orar hasta bien entrada la noche.

Las apariciones se concluyen y los niños retoman su vida de siempre, a pesar de que son asediados por la curiosidad y el interés de un número siempre mayor de personas: la fama de Fátima se difunde por el mundo.

Entre tanto las predicciones de la Virgen se cumplen: al final de 1918 una epidemia golpea a Fátima y mina el organismo de Francisco y Jacinta. Francisco muere santamente en abril del año siguiente como consecuencia del mal, y Jacinta en 1920, después de muchos sufrimientos y de una dolorosísima operación.

En 1921, Lucía entra en un convento y en 1928 pronuncia los votos. Será sor María Lucía de Jesús.

Se sabe que, luego de concluir el ciclo de Fátima, Lucía tuvo otras apariciones de la Virgen (en 1923, 1925 y 1929), que le pidió la devoción de los primeros sábados y la consagración de Rusia.

En Fátima las peticiones de la Virgen han sido atendidas: ya en 1919 fue erigida por el pueblo una primera modesta capilla. En 1922 se abrió el proceso canónico de las apariciones y el 13 de octubre de 1930 se hizo pública la sentencia de los juicios encargados de valorar los hechos: "Las manifestaciones ocurridas en Cova da Iria son dignas de fe y, en consecuencia, se permite el culto público a la Virgen de Fátima".


También los papas, de Pío XII a Juan Pablo II, estimaron mucho a Fátima y su mensaje. Movido por una carta de sor Lucía, Pío XII consagraba el mundo al Corazón Inmaculado de María el 31 de octubre de 1942. Pablo VI hizo referencia explícita a Fátima con ocasión de la clausura de la tercera sesión del Concilio Vaticano II. Juan Pablo II fue personalmente a Fátima el 12 de mayo de 1982: en su discurso agradeció a la Madre de Dios por su protección justamente un año antes, cuando se atentó contra su vida en la plaza de San Pedro.
Con el tiempo, se han construido en Fátima una grandiosa basílica, un hospital y una casa para ejercicios espirituales. Junto a Lourdes, Fátima es uno de los santuarios marianos más importantes y visitados del mundo.

Tercera parte del mensaje de Fátima. Se revela el misterio.

Tercera parte del secreto de Fátima, revelado el 13 de julio de 1917 a los tres pastorcillos en la Cueva de Iria-Fátima y transcrito por Sor Lucía el 3 de enero de 1944. Fue hecho público por el Secretario de Estado, Cardenal Angelo Sodano, el 13 de mayo del 2000.

"Escribo en obediencia a Vos, Dios mío, que lo ordenáis por medio de Su Excelencia Reverendísima el Señor Obispo de Leiria y de la Santísima Madre vuestra y mía.

"Después de las dos partes que ya he expuesto, hemos visto al lado izquierdo de Nuestra Señora un poco más en lo alto a un Ángel con una espada de fuego en la mano izquierda; centelleando emitía llamas que parecía iban a incendiar el mundo; pero se apagaban al contacto con el esplendor que Nuestra Señora irradiaba con su mano derecha dirigida hacia él; el Ángel señalando la tierra con su mano derecha, dijo con fuerte voz: ¡Penitencia, Penitencia, Penitencia! Y vimos en una inmensa luz qué es Dios: 'algo semejante a como se ven las personas en un espejo cuando pasan ante él' a un Obispo vestido de Blanco 'hemos tenido el presentimiento de que fuera el Santo Padre'. 
También a otros Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas subir una montaña empinada, en cuya cumbre había una gran Cruz de maderos toscos como si fueran de alcornoque con la corteza; el Santo Padre, antes de llegar a ella, atravesó una gran ciudad medio en ruinas y medio tembloroso con paso vacilante, apesadumbrado de dolor y pena, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba por el camino; llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran Cruz fue muerto por un grupo de soldados que le dispararon varios tiros de arma de fuego y flechas; y del mismo modo murieron unos tras otros los Obispos sacerdotes, religiosos y religiosas y diversas personas seglares, hombres y mujeres de diversas clases y posiciones. Bajo los dos brazos de la Cruz había dos Angeles cada uno de ellos con una jarra de cristal en la mano, en las cuales recogían la sangre de los Mártires y regaban con ella las almas que se acercaban a Dios".

Comentario Teológico del Card. Joseph Ratzinger (Papa Benedicto XVI).

El Comentario Teológico del Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe está dividido en tres partes: Revelación pública y revelaciones privadas, su lugar teológico; La estructura antropológica de las revelaciones privadas; Un intento de interpretación del secreto de Fátima.

1) "El término 'revelación pública' designa la acción reveladora de Dios destinada a toda la humanidad, que ha encontrado su expresión literaria en las dos partes de la Biblia: el Antiguo y el Nuevo Testamento. Se llama 'revelación' porque en ella Dios se ha dado a conocer progresivamente a los hombres, hasta el punto de hacerse él mismo hombre, para atraer a sí y para reunir en sí a todo el mundo por medio del Hijo encarnado, Jesucristo.

En Cristo Dios ha dicho todo, es decir, se ha manifestado a sí mismo y, por lo tanto, la revelación ha concluido con la realización del misterio de Cristo que ha encontrado su expresión en el Nuevo Testamento".

2) La "revelación privada", en cambio, "se refiere a todas las visiones y revelaciones que tienen lugar una vez terminado el Nuevo Testamento; es ésta la categoría dentro de la cual debemos colocar el mensaje de Fátima.

La autoridad de las revelaciones privadas -prosigue el cardenal Ratzinger- es esencialmente diversa de la única revelación pública: ésta exige nuestra fe". La revelación privada, en cambio, "es una ayuda para la fe, y se manifiesta como creíble precisamente porque remite a la única revelación pública".

Citando al teólogo flamenco E. Dhanis, el prefecto para la Fe afirma que "la aprobación eclesiástica de una revelación privada contiene tres elementos: el mensaje en cuestión no contiene nada que vaya contra la fe y las buenas costumbres; es lícito hacerlo público, y los fieles están autorizados a darle en forma prudente su adhesión". "Un mensaje así puede ser una ayuda válida para comprender y vivir mejor el Evangelio en el momento presente; por esto no se debe descartar. Es una ayuda que se ofrece, pero no es obligatorio hacer uso de la misma".

El cardenal Ratzinger subraya también que "la profecía en el sentido de la Biblia no quiere decir predecir el futuro, sino explicar la voluntad de Dios para el presente, lo cual muestra el recto camino hacia el futuro".

La parte más importante del Comentario Teológico está dedicada a "un intento de interpretación del secreto de Fátima". Del mismo modo que la palabra clave de la primera y de la segunda parte del "secreto" es la de "salvar almas", "la palabra clave de este 'secreto' es el triple grito: '¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!'. Viene a la mente el comienzo del Evangelio: 'paenitemini et credite evangelio' (Mc 1,15). Comprender los signos de los tiempos significa comprender la urgencia de la penitencia, de la conversión y de la fe. Esta es la respuesta adecuada al momento histórico, que se caracteriza por grandes peligros y que serán descritos en las imágenes sucesivas. Me permito insertar aquí un recuerdo personal: en una conversación conmigo, Sor Lucia me dijo que le resultaba cada vez más claro que el objetivo de todas las apariciones era el de hacer crecer siempre más en la fe, en la esperanza y en la caridad. Todo el resto era sólo para conducir a esto".

3) Después, el prefecto de la Congregación para la Fe pasa revista a las "imágenes" del secreto. "El ángel con la espada de fuego a la derecha de la Madre de Dios recuerda imágenes análogas en el Apocalipsis. Representa la amenaza del juicio que incumbe sobre el mundo. La perspectiva de que el mundo podría ser reducido a cenizas en un mar de llamas, hoy no es considerada absolutamente pura fantasía: el hombre mismo ha preparado con sus inventos la espada de fuego".

"La visión muestra después la fuerza que se opone al poder de destrucción: el esplendor de la Madre de Dios, y proveniente siempre de él, la llamada a la penitencia. De este modo se subraya la importancia de la libertad del hombre: el futuro no está determinado de un modo inmutable, y la imagen que vieron los niños no es una película anticipada del futuro, de la cual nada podría cambiarse. En realidad, toda la visión tiene lugar sólo para llamar la atención sobre la libertad y para dirigirla en una dirección positiva. (...) Su sentido es el de movilizar las fuerzas del cambio hacia el bien. Por eso están totalmente fuera de lugar las explicaciones fatalísticas del 'secreto' que dicen que el atentador del 13 de mayo de 1981 habría sido en definitiva un instrumento de la Providencia. (...) La visión habla más bien de los peligros y del camino para salvarse de los mismos".

Pasando a las siguientes imágenes, "el lugar de la acción -explica el cardenal Ratzinger- aparece descrito con tres símbolos: una montaña escarpada, una gran ciudad medio en ruinas, y finalmente una gran cruz de troncos rústicos. Montaña y ciudad simbolizan el lugar de la historia humana: la historia como costosa subida hacia lo alto, la historia como lugar de la humana creatividad y de la convivencia, pero al mismo tiempo como lugar de las destrucciones, en las que el hombre destruye la obra de su propio trabajo (...) Sobre la montaña está la cruz, meta y punto de orientación de la historia. En la cruz la destrucción se transforma en salvación; se levanta como signo de la miseria de la historia y como promesa para la misma".
"Aparecen después aquí personas humanas: el Obispo vestido de blanco ('hemos tenido el presentimiento de que fuera el Santo Padre'), otros Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas y, finalmente, hombres y mujeres de todas las clases y estratos sociales. El Papa parece que precede a los otros, temblando y sufriendo por todos los horrores que lo rodean. No sólo las casas de la ciudad están medio en ruinas, sino que su camino pasa en medio de los cuerpos de los muertos. El camino de la Iglesia se describe así como un via crucis, como camino en un tiempo de violencia, de destrucciones y de persecuciones. En esta imagen, se puede ver representada la historia de todo un siglo. Del mismo modo que los lugares de la tierra están sintéticamente representados en las dos imágenes de la montaña y de la ciudad, y están orientados hacia la cruz, también los tiempos son representados de forma compacta".
 
"En la visión podemos reconocer el siglo pasado como siglo de los mártires, como siglo de los sufrimientos y de las persecuciones contra la Iglesia, como el siglo de las guerras mundiales y de muchas guerras locales que han llenado toda su segunda mitad y han hecho experimentar nuevas formas de crueldad. En el 'espejo' de esta visión vemos pasar a los testigos de la fe de decenios".

El prefecto de la Congrenación de la Doctrina de la Fe afirma también que en el via crucis de este siglo "la figura del Papa tiene un papel especial. En su fatigoso subir a la montaña podemos encontrar indicados con seguridad juntos diversos Papa, que empezando por Pío X hasta el Papa actual han compartido los sufrimientos de este siglo y se han esforzado por avanzar entre ellos por el camino que lleva a la cruz. En la visión también el Papa es matado en el camino de los mártires )No podía el Santo Padre, cuando después del atentado del 13 de mayo de 1981 se hizo llevar el texto de la tercera parte del 'secreto', reconocer en él su propio destino? 
Había estado muy cerca de las puertas de la muerte y él mismo explicó el haberse salvado con las siguientes palabras: 'fue una mano materna la que guió la trayectoria de la bala y el Papa agonizante se detuvo en el umbral de la muerte' (13 de mayo de 1994). Que 'una mano materna' haya desviado la bala mortal muestra sólo una vez más que no existe un destino inmutable, que la fe y la oración son poderosas, que pueden influir en la historia y, que al final, la oración es más fuerte que las balas, la fe más potente que las divisiones".

La conclusión del secreto, prosigue el cardenal Ratzinger, "recuerda imágenes que Lucía puede haber visto en libros piadosos, y cuyo contenido deriva de antiguas intuiciones de fe. Es una visión consoladora, que quiere hacer maleable por el poder salvador de Dios una historia de sangre y lágrimas. Los ángeles recogen bajo los brazos de la cruz la sangre de los mártires y riegan con ella las almas que se acercan a Dios. La sangre de Cristo y la sangre de los mártires están aquí consideradas juntas: la sangre de los mártires fluye de los brazos de la cruz. Su martirio se lleva a cabo de manera solidaria con la pasión de Cristo y se convierte en una sola cosa con ella".

"La visión de la tercera parte del secreto tan angustiosa en su comienzo, se concluye pues con una imagen de esperanza: ningún sufrimiento es vano y, precisamente una Iglesia sufriente, una Iglesia de mártires, se convierte en señal orientadora para la búsqueda de Dios por parte del hombre (...) del sufrimiento de los testigos deriva una fuerza de purificación y de renovación, porque es actualización del sufrimiento mismo de Cristo y transmite en el presente su eficacia salvífica".

¿Qué significa en su conjunto (en sus tres partes), el "secreto" de Fátima?, se pregunta por último el cardenal Ratzinger. "Ante todo debemos afirmar con el cardenal Sodano: 'los acontecimientos a los que se refiere la tercera parte del 'secreto' de Fátima parecen pertenecer ya al pasado'. En la medida en que se refiere a acontecimientos concretos ya pertenecen al pasado. Quien había esperado impresionantes revelaciones apocalípticas sobre el fin del mundo o sobre el curso futuro de la historia se desilusionará. Fátima no nos ofrece este tipo de satisfacción de nuestra curiosidad, lo mismo que la fe cristiana no quiere y no puede ser un mero alimento para nuestra curiosidad. Lo que queda de válido lo hemos visto de inmediato al inicio de nuestras reflexiones sobre el texto del 'secreto': la exhortación a la oración como camino para la 'salvación de las almas' y, en el mismo sentido, la llamada a la penitencia y a la conversión".

“Quisiera al final volver aún sobre otra palabra clave del 'secreto', que con razón se ha hecho famosa: 'mi Corazón Inmaculado triunfará”.¿Qué quiere decir esto? Que el corazón abierto a Dios, purificado por la contemplación de Dios, es más fuerte que los fusiles y que cualquier tipo de arma. El fiat de María, la palabra de su corazón, ha cambiado la historia del mundo, porque ella ha introducido en el mundo al Salvador, porque gracias a este 'sí' Dios pudo hacerse hombre en nuestro mundo y así permanece ahora y para siempre. El maligno tiene poder en este mundo, lo vemos y lo experimentamos continuamente; él tiene poder porque nuestra libertad se deja alejar continuamente de Dios".

"Pero desde que Dios mismo tiene corazón humano y de ese modo ha dirigido la libertad del hombre hacia el bien, hacia Dios, la libertad hacia el mal ya no tiene la última palabra. Desde aquel momento cobran todo su valor las palabras de Jesús: 'padeceréis tribulaciones en el mundo, pero tened confianza; yo he vencido al mundo' (Jn 16,33). El mensaje de Fátima nos invita a confiar en esta promesa".



martes, 12 de mayo de 2026

12 de mayo fiesta de San Leopoldo Mandic.




El 12 de mayo de 1866 nació el último de 12 hermanos, Bogdan -o Adeodato dado por Dios- Mandic, de nobles y ricos abuelos, pero cuyos padres habían caído casi en la pobreza.

Frecuentaba el convento de los capuchinos, llegados como capellanes militares de los venecianos dos siglos antes. Y a los 16 años ingresó en el seminario capuchino de Udine. En 1884 entró en el noviciado de Bassano, con el nombre de Leopoldo.

En 1890 se ordena de sacerdote en Venecia, donde permanece hasta 1897; luego pasa por los conventos de Zara, Bassano, Capodistria, Tiene y finalmente, en 1909, llega a Padua, que será su convento hasta su muerte, el 30 de julio de 1942.

SU VOCACIÓN ECUMÉNICA

Según los testigos, ya desde niño se mostró ejemplar. Una de las características de su vocación fue el ecumenismo, el deseo de trabajar para la vuelta de su pueblo, los eslavos, al seno de la Iglesia católica.

Tanto le acuciaba esta idea, que hizo voto, repetido sin cesar, de consagrarse a realizar la promesa del Señor: "Se hará un solo rebaño con un solo pastor". Y añadía: "me ofrezco como víctima por la salvación de mis hermanos orientales".

Para realizar este ideal suyo no dejó en toda su vida de estudiar las lenguas orientales.

Además del croata, no sólo aprendió el italiano y el latín, sino que era capaz de hablar el servio, el eslavo y el griego moderno. Notable fue el amor y fidelidad a su pueblo, hasta el punto que por ello no quiso aceptar la ciudadanía italiana durante la primera guerra europea, con la molestia de tener que retirarse a la Italia meridional de 1917 a 1918.

La proximidad de Padua al frente hizo que las autoridades prohibieran estar allí a los súbditos del enemigo imperio austríaco. Sin embargo, siempre se sintió como ciudadano de la hospitalaria y cosmopolita Italia, donde difícilmente puede uno sentirse extranjero.

Fruto de tantas oraciones y trato íntimo con Dios, fue recibir la consoladora luz que reflejó en su frase: "Sin ninguna duda los orientales se unirán a la Iglesia de Roma", y añadía que será: "por los méritos y oraciones de María, de quien son tan devotos".

Su petición a los superiores de ser destinado a Oriente no le fue concedida; su salud era muy precaria, y sus cualidades no eran brillantes, con pronunciación defectuosa para predicar y sin estilo literario para escribir.

Sin embargo, en tres breves ocasiones se hizo realidad su sueño de trabajar con los orientales: los tres años que estuvo en Zara y el año de Capodistria, en plena tierra eslava. 

También en 1923, con gran gozo suyo, fue destinado a Fiume, al ser incorporado este puerto a Italia, para atender a los croatas, eslavos y servios, pero hizo tanta presión el pueblo de Padua pidiendo su vuelta, que al mes le ordenó el padre provincial su regreso.

EL CONFESIONARIO

Y aquí viene lo vulgar y lo prodigioso, la ocupación del capuchino bajo (1,35 cm) y feo que no servía para altas misiones, y tuvo la rutinaria, aburrida... y altísima, de confesar, de perdonar los pecados en nombre y como representante de Dios, reencauzando las almas a su eterna salvación, "full time", sin salir de su confesionario (una celda adosada a la iglesia), donde esperaban confesarse largas filas de hombres de todas las clases sociales, en particular sacerdotes y religiosos.

Sin vacaciones, a pesar del fuerte calor del verano; y sin un pequeño calentador en el intenso frío del invierno. Resistiendo días enteros con fuertes dolores o abrasados por la fiebre, hasta el mismo día de su muerte.

Y así se hizo santo. Porque en cualquier ocupación podemos santificarnos, y porque confesar es una de las ocupaciones que si más santifican a los penitentes, no habrá de ser menos a los confesores.

Pablo VI en la homilía de su beatificación tuvo estas palabras de especial significación y relevancia en la biografía del hoy san Leopoldo y para las circunstancias actuales: "La nota peculiar de su heroicidad y de su virtud carismática fue-¿quién no lo sabe?- su ministerio de oír confesiones. 

El llorado cardenal Larraona, entonces prefecto de la Sagrada Congregación de Ritos, escribió en el decreto de 1962 para la beatificación del P. Leopoldo: 'su método de vida era éste: después de celebrar bien temprano el sacrificio de la Misa, se sentaba en la pequeña celda del confesonario, y allí permanecía todo el día a disposición de los penitentes. 

Conservó este tenor de vida durante casi cuarenta años, sin la mínima queja...'... Demos gracias al Señor que ofrece hoy a la Iglesia una figura tan singular de ministro de la gracia sacramental de la penitencia; que, por una parte, hace un nuevo llamamiento a los sacerdotes a un ministerio de tan capital importancia, de tan actual pedagogía, de tan incomparable espiritualidad; y, por otra, recuerda a los fieles, sean fervorosos, tibios o indiferentes, qué servicio tan providencial e inefable es para ellos todavía hoy, o mejor, hoy más que nunca, la confesión individual y auricular, fuente de gracia y de paz, escuela de vida cristiana, consuelo incomparable en la peregrinación terrena hacia la eterna felicidad".

EL ALMA DE SU SANTIDAD

A su sagrado ministerio de oír confesiones, el P. Leopoldo juntaba una rígida austeridad; sus enfermedades, privación de descanso y de gustos (todas las delicadezas que viendo su delicada salud le solían regalar sus penitentes las entregaba al superior), el calor y el frío, todo con gran amor a la pobreza por su enorme valor evangélico: "Tantos pobres pasan frío y ¿voy yo a tener valor de calentarme con una estufa? ¿Qué les diría cuando vienen a confesarse?". Solamente el último invierno -tenía 75 años- por la insistencia de un grupo de amigos le obligó el superior a aceptar una estufa.

Doce horas al día confesando, sin dormir más que cuatro o cinco por la noche, ni siesta. ¡Así cuarenta años sin vacaciones! Y cuando tenía fiebre contestaba: "Los pobres tenemos que trabajar también con fiebre, en el cielo descansaremos. ¿Cómo puedo ir a la cama, esperando tantas almas ahí fuera mi pobre ayuda?"

De noche, en la capilla, de rodillas, luchando con el sueño, si le decían que se fuera ya a descansar: "A las personas que confieso doy penitencias muy ligeras; es necesario que satisfaga yo por ellas".

Aceptar vida tan penitente sólo es posible con la energía interior de la oración, de la unión constante con Dios, fundada en la roca de la fe. Casi como estribillo, repetía en el confesionario: "Fe, tenga fe". Bastaba que cesasen un momento las confesiones para que se arrodillase en oración. "Dios ha establecido que todo lo podemos alcanzar de Él, pero siempre por medio de la oración".

Llegó hasta a hacer voto de estar continuamente con el pensamiento en la presencia de Dios, lo que supone un dominio heroico, y cumplía escrupulosamente.
Por este camino llegó a una extraordinaria unión con Dios. Él nunca habló de ello, y las cartas que escribió a su director espiritual no se conservan; pero son señales inequívocas de sus extraordinarios carismas, entre otras, las muchas predicciones que hacía después de recogerse un momento, y los muchos milagros que realizó.

Como cauce del trato suyo con Dios sobresalía su devoción a la Señora, como llamaba a la Santifica Virgen. Todos los días ponía flores frescas en la imagen de Ella que tenía en su celda-confesionario.

No podemos omitir su devoción al Corazón de Jesús -característica de todos los santos modernos-. Escribía: "Ruegue a la caridad sin límites del Corazón de Jesús para que pueda llegar yo a ser un amigo y discípulo suyo perfecto". Como velada referencia a su vida mística anotó en una estampa del Corazón de Jesús: "¡La caridad divina del Corazón de Jesús que se dignó darme señales tan inefables de su amor, tenga misericordia de mí!... ¡Todo lo espero, todo me lo prometo de la caridad infinita de nuestro Señor Jesucristo, de su divino Corazón".

Y en una estampa de la Virgen: "Hoy, día del cincuentenario de mi profesión religiosa, renuevo mis votos en honor del divino Corazón..." Para él era la gloria: "Ya descansaremos un día en el cielo. Allí lo haremos mejor, reposando nuestra cabeza sobre el divino Corazón de Jesús".

Tenía también gran devoción y recurría frecuentemente a su Ángel de la Guarda, a los santos, en particular a san José, san Francisco, san Antonio de Padua, santos Cirilo y Metodio -apóstoles de los eslavos-, san Francisco Javier, san Ignacio de Loyola -había copiado y releía su famosa carta de la obediencia-, san Luis Gonzaga, san Estanislao de Kostka y san Juan Berchmans -por sus vidas sencillas-.

AMOR BONDADOSO A LAS ALMAS

Su amor serio y sólido a las almas, que le llevó a una vida de abnegación tan heroica, en sus manifestaciones externas estaba lleno de bondad. Durante cuatro años, de 1910 a 1914, además de dar clases de patrología a los estudiantes capuchinos teólogos, fue su director. Dejó en ellos un gratísimo recuerdo del amor maternal con que los trataba, y se interesaba por cada uno en particular.

Al hermano cocinero solía decir: "Sea generoso con los estudiantes. A mí y a algún otro limítenos la ración cuanto quiera, pero, por amor de Dios, trate bien a los estudiantes". En las noches más crudas de invierno les dispensaba del coro y de los actos siguientes a la cena y recreación: "Id a descansar.

Ya rezaré yo y haré un poco de penitencia por vosotros". Por sus criterios amplios algunos le censuraban que mitigaba el rigor tradicional de la orden, y le dejaron sólo confesar.

También en la confesión parecía tener manga ancha. A un canónigo, penitente suyo, que le interpelaba: "Usted es demasiado bueno, ¿no tendrá que dar alguna cuenta al Señor por ello?", le contestó: "Si de alguna cosa debiera arrepentirme, sería de no haber interpretado así siempre la Bondad infinita de Dios".

Días antes de morir decía: "Más de cincuenta años hace que estoy confesando, y no me remuerde la conciencia todas las veces que he dado la absolución, sino que siento pena de las tres o cuatro veces que no la he podido dar.

Es posible que no hiciera todo lo que debía para suscitar en los penitentes las disposiciones debidas".

Tremenda fuerza y responsabilidad la de los confesores que no pueden absolver a quienes no están dispuestos a cumplir sus obligaciones graves. Situación difícil en tiempos de liberalismo, como los del san Leopoldo, cuando muchos no aceptan las interpretaciones o graves disposiciones de la Iglesia.

Lo admirable del santo no es que absolviera sin exigir las debidas disposiciones a los penitentes, sino que consiguiera suscitarlas en ellos si no las tenían. Así en cierto caso, que levantándose airado le señaló a uno la puerta: "Con Dios no se juega. Váyase y morirá en su pecado".

Contó el mismo penitente que se sintió como herido por un rayo, cayó de rodillas llorando y prometió renunciar a sus errores. Cuando daba un consejo -y se lo pedían también los prelados- era tan grande su seguridad que no admitía réplica: "¿Quién ha hablado? ¡Ha hablado Dios! Basta".

Otros detalles de su bondad son el que siendo ya sacerdote, en Venecia, fuese a pedir limosna por las casas, y ayudase con el mayor interés a los hermanos a lavar, a preparar el refectorio o las habitaciones para los huéspedes, etc.

Un día, yendo por la calle, unos chiquillos burlándose de él le metían piedrecitas en la capucha. Llegó el doctor Ferrini y les reprendió ásperamente, pero el buen padre lo calmó: "Doctor, deje que se diviertan, merezco cosas mucho peores".

LOS CARISMAS EXTRAORDINARIOS

Se puede decir que los resume su santidad puesta al servicio de los demás hasta el milagro. Son muchísimos los recogidos en su proceso. Algunos como muestra:
-A veces -hay muchos testimonios-, interrumpía al penitente: "Basta, lo he comprendido todo", y si no se tranquilizaba le manifestaba cuanto pensaba decirle y aún más: "Aprenda a creer en la palabra del confesor".

-Se cruza en la calle con un desconocido en bicicleta, y lo mira tan fijamente que el otro le pregunta: "Padre, ¿quiere algo de mí?". "Venga enseguida a la iglesia".
El hombre, que hacía cuarenta años que no se confesaba y que se vanagloriaba de no creer en Dios, despreciando a la Iglesia y al clero, fue, confesó, y desde aquel día vivió como excelente cristiano.

Contaba a todo el mundo que la mirada del padre le había penetrado como una espada impidiéndole resistir a la invitación.

-Esta noche -decía el 23-III-1932 llorando amargamente- durante la oración el Señor me ha abierto los ojos y he visto a Italia en un mar de fuego y sangre".

Ya durante la guerra, al preguntarle si sería bombardeada Padua, respondió: "Lo será, y duramente. También este convento e iglesia, pero esta celdita no. Aquí ha tenido Dios tanta misericordia con las almas, que debe quedar como un monumento a su bondad". Así sucedió, aunque el 14-V-1944 cinco grandes bombas destruyeron la iglesia y parte del convento.

-Al franciscano padre Orlini, recién elegido provincial, le aseguró: "Va a disfrutar poco tiempo de tan vistosa carga, porque pronto le vendrá otra mayor". Pensó el interesado que era una broma, pero a los tres meses fue elegido ministro general.

-"En 1913, cuando tenía veinte años -testifica sor María Asunción- me confesé con él. Nunca le había visto. Después me invitó a pasar a la sacristía, y como transfigurado me dijo: El Amo y Señor de la barca tiene designios importantes sobre usted.

Corresponda bien a las gracias recibidas". Ni se le había ocurrido aún la obra que después fundaría: el Instituto religioso de las Esclavas de la Santísima Trinidad.



-Ana Bendazzoli en la primavera de 1942 vivía angustiada, pues desde hacía mucho tiempo no conseguía tener noticias de su único hijo, combatiente en África. Llegó al confesonario del padre Leopoldo, que no la conocía: "¿Es usted viuda? ¿Tiene un hijo único? Vuelva contenta a su casa, muy pronto recibirá carta de él y pasará feliz la Pascua". Días después, al domingo de Resurrección, recibía carta de su hijo: estaba ya sin peligro, hecho prisionero, pero muy bien.

-Va a confesar a una enferma, en julio de 1933. Al día siguiente la operarán de tumor en el intestino. Está tan abatida que el padre Leopoldo se conmueve. Queda un momento absorto en oración: "¡Tenga fe! ¡Alégrese, creo que el Señor ha cambiado las cartas! Al día siguiente cuando la visitó el médico la encontró totalmente curada.

-En 1928 le cuentan que una niña se está muriendo de meningitis. El P. Leopoldo se conmueve, pide unan manzana, la bendice: "Dásela a la niña y la Virgen la curará". Nada más comerla sanó. Volvieron rápidamente a decírselo. Él exclamó: "Ha sido la Virgen. Virgen bendita, ¡qué buena eres!".


Llegó a la meta el 30 de julio de 1942. Ese día se levantó muy de mañana, como de costumbre, y prolongó su oración antes de la santa Misa. Al ir a revestirse sufrió un desvanecimiento. Se recuperó justo para recibir la santa Unción.

El superior, padre Benjamín, testificó en el proceso de canonización: "Yo que le asistí en sus últimos momentos, no dudo en creer que, en su tránsito a la eternidad, haya sido asistido, mediante una extraordinaria aparición de nuestra Señora, la Madre de Dios. Murió repitiendo las invocaciones que se le sugerían.


En cuanto llegó a las palabras: ¡Oh, clementísima!... ¡Oh, piadosa!...¡Oh, dulce Virgen María! se incorporó y, extendiendo las manos hacia lo alto, como si fuese al encuentro de no sé qué objeto extraño, expiró; parecía transformado". 

Fue beatificado el 2 de mayo de 1976, por el Papa Pablo VI y solemnemente canonizado por San Juan Pablo II, el 16 de octubre de 1983.