martes, 25 de agosto de 2026

25 de agosto fiesta de SAN JOSÉ DE CALASANZ.


Nació en Aragón, España, en 1556, hijo del gobernador de la región.

Su padre deseaba que fuera militar, pero los religiosos que lo instruyeron en su niñez lo entusiasmaron por la vida sacerdotal, y pidió que le dejaran hacer estudios eclesiásticos. Desde muy pequeño su gran deseo era poder alejar el mal y el pecado de las almas de los demás.

En el colegio se burlaban de él los compañeros, porque les perecía demasiado piadoso, pero poco a poco con su amabilidad los fue ganando a su favor.

Siendo universitario tuvo que huir de la ciudad donde estudiaba porque una mujer joven pretendía hacerlo pecar. Imitaba así a José el de la Biblia, que prefirió perder cualquier amistad aunque fuera de persona de alta clase social, con tal de no ofender a Dios.

Su padre deseaba que José fuera el heredero administrador de sus muchos bienes y riquezas. Pero en una gravísima enfermedad, el joven le prometió a Dios que si le concedía la curación, se dedicaría únicamente a trabajar por la salvación de las almas. El joven curó de la enfermedad, y entonces el papá le permitió cumplir su promesa, y fue ordenado sacerdote. Ya antes se había graduado de doctor en la universidad de Alcalá.

Cargos importantes. Como tenía fama de gran santidad y de mucha sabiduría, el señor obispo le fue concediendo puestos de mucha responsabilidad. Primero lo envío a una región montañosa donde la gente era casi salvaje y muy ignorante en religión. Allá, entre nieves y barrizales y por caminos peligrosos, se propuso visitar familia por familia para enseñarles la religión y el cambio total.

En Barcelona existía una terrible pelea entre dos familias de las principales de la ciudad, con grave peligro de matanzas. San José fue enviado a poner la paz y logró que se casara un joven de una de las familias con una muchacha de la familia contraria y así volvió a ver paz entre los que antes eran enemigos.

El señor obispo de Urgel lo nombró su vicario general, el más alto puesto en la diócesis después del prelado.

Renuncia a todo. Pero él sentía una voz en su interior que le decía: "¡Váyase a Roma! ¡Váyase a Roma!" Y en sueños veía multitudes de niños desamparados que le suplicaban se dedicara a educarlos. Así que renunciado a sus altos puestos, y repartiendo entre los pobres las grandes riquezas que había heredado de sus padres, se dirigió a pie a la Ciudad Eterna.

Educador de los pobres. En Roma se hizo socio de una cofradía que se dedicaba a enseñar catecismo a los niños y se dio cuenta de que la ignorancia religiosa era total y que no bastaba con enseñar religión los domingos, sino que era necesario fundar escuelas para que los jovencitos tuvieran educación e instrucción durante la semana. En ese tiempo los gobiernos no tenían ni escuelas ni colegios, y la juventud crecía sin instrucción. Se reunió con unos sacerdotes amigos y fundó entonces su primera escuela en Roma. Su fin era instruir en la religión y formar buenos ciudadanos. Pronto tuvieron ya cien alumnos. Tenían que conseguir profesores y edificio, porque los gobiernos no costeaban nada de eso. Pronto fueron llegando nuevos colaboradores y los alumnos fueron ya setecientos. Más tarde eran ya mil los jóvenes que estudiaban en las escuelas dirigidas por José y su amigos. En sus ratos libres se dedicaban a socorrer enfermos y necesitados, especialmente cuando llegaban la peste o las inundaciones. Con su amigo San Camilo eran incansables en ayudar.

Los escolapios. A sus institutos educativos les puso por nombre "Escuelas Pías" y los padres que acompañaban al padre Calasanz se llamaron Escolapios. Después de un par de años ya había "Escuelas Pías" en muchos sitios de Italia y en muchos países. Ahora los padres Escolapios tienen 205 casas en el mundo, dedicadas a la educación, con 1630 religiosos. Son estimadísimos como educadores.

Visitas repentinas e inesperadas. Los envidiosos empezaron a hacer llegar quejas contra las Escuelas Pías, y el Sumo Pontífice Clemente VIII envió a los sabios Cardenales Baronio y Antoniani a que hicieran una visita sorpresa a las tales escuelas. Los dos cardenales se presentaron repentinamente sin previo aviso y encontraron que todo funcionaba tan sumamente bien, que el Papa al escuchar su excelente informe se propuso ayudarlas mucho más en adelante. Algo parecido hizo más tarde el Papa Paulo V y al darse cuenta de los bien que funcionaban las escuelas del padre Calasanz, le concedió toda su ayuda. Y en verdad que la necesitaba porque las dificultades que se les presentaban eran muy grandes.

Empiezas los dolores. El padre Calasanz tenía una gran fuerza y un día se echó sobre sus espaldas una pesadísima campana y se subió por una escalera para llevarla a la torre. Pero la escalera se partió y él cayó con la campana y se rompió una pierna. Duró varios meses en cama entre la vida y la muerte y desde entonces su falta de salud lo hizo sufrir mucho. Pero los mayores sufrimientos le iban a llegar de otra manera totalmente inesperada.

La persecución. Recibió el padre Calasanz como colaborador a un hombre ambicioso y lleno de envidia, el cual se propuso hacerle la guerra y quitarle el cargo de Superior General. Por las calumnias de este hombre y de varios más, nuestro santo fue llevado a los tribunales y solamente la intervención de un cardenal obtuvo que no lo echaran a la cárcel. Él repetía: "Me acusan de cosas que no he hecho, pero yo dejo a Dios mi defensa". El envidioso logró a base de calumnias que a San José Calasanz le quitaran el cargo de Superior General, y después las acusaciones mentirosas llegaron a tal punto que la Santa Sede determinó acabar con la congregación que el santo había fundado. San José al escuchar tan triste noticia, repitió las palabras del Santo Job: "Dios me lo dio, Dios me lo quitó, bendito sea Dios".

Afortunadamente, después se supo la verdad y al Fundador le fueron restituidos sus cargos y la Comunidad volvió a ser aprobada y ahora está extendida por todo el mundo.

Dicen que San Alfonso de Ligorio cuando estaba fundando la Congregación de Padres Redentoristas, y encontraba fuertes dificultades y oposiciones, leía la vida de San José de Calasanz para animarse y seguir luchando hasta conseguir la definitiva aprobación.

El 25 de agosto del año 1648, a la edad de 92 años pasó este gran apóstol a la eternidad, a recibir el premio de sus grandes obras apostólicas y de sus muchísimos sufrimientos.




25 de agosto fiesta de Santa Miriam Baouardy.


Miriam nació en Tierra Santa, en el pueblo árabe de Abellin, entre Haifa y Nazaret, el 5 de enero de 1846, casi como un regalo de los Reyes Magos para sus padres, familia católica del rito grecomelquita.

Habían tenido Jorge y María doce hijos y todos murieron de niños. Peregrinan a Belén para pedirle a la Virgen María, a Mariam, que vele por la vida de sus futuros hijos. Y le prometen que si es niña la primera, le pondrán por nombre Mariam.  Así fue. Pronto llego Mariam, nuestra Beata.

Mariam, la pequeña árabe, la florecilla árabe, quedo huérfana a los dos años y la adopto un tío suyo. Tuvo una infancia y juventud muy difíciles. 

Se traslado con su tío a Egipto. Le prepara un ventajoso matrimonio. Mariam no acepta, pues ha consagrado a la Virgen su virginidad. Su tío la castiga. Mariam sufre en silencio, pero mantiene firme su propósito.

Su vida será una odisea. Huye de casa de su tío. Se coloca como criada en una casa de Alejandría, luego en otra de Jerusalén, de Beirut y de Marsella. Tiene un sueño y presiente que la Virgen la va a proteger siempre.

En Marsella es aceptada como postulante en las Hermanas de San José. Son frecuentes en ella los raptos y éxtasis. Recibe las llagas. Estos hechos hacen cundir la inquietud en el convento. La comunidad está dividida. Mariam no es admitida a la Profesión. Luego lo sentirán.


Es recibida como postulante para lega en el Carmelo de Pau. La arabita toma ahora el nombre de Sor María de Jesús Crucificado. Llama la atención su humildad, su candor, su sencillez, su simplicidad, su espíritu de infancia. Y a la vez sufre ataques del demonio y pasa por la noche oscura.

El Carmelo de Pau prepara una fundación en Mangalore, la India. Sor María va como cofundadora. Es un viaje difícil. 

Tres de las seis carmelitas mueren en el camino. Allí pronunciara Sor María su Profesión Religiosa. Siguen los fenómenos sobrenaturales, lo que le crea problemas.

Sor María se ha convertido, sin buscarlo, en una trotamundos. Ha de volver a Pau. En Pau sucede el prodigio. La repudiada en varios conventos, concibe, como divina inspiración, la idea de fundar un Carmelo en Belén. ¡La arabita, "la petit rien", la pura nada, fundadora! La toman a broma en Francia y en el patriarcado de Jerusalén. Pero vencerá. Pio IX lo aprueba. La fundación se realizo el 1875. Sor María volvía a su tierra, a Tierra Santa.

La leguita sigue imparable. ¡Hay que fundar otro Carmelo en Nazaret! Marcha con un grupo a preparar la construcción el año 1877. El Carmelo de Nazaret no se levanto hasta 1910, treinta y dos años después de la muerte de Sor María, pero ella fue quien sembró la idea, que luego germinó.


Ya madura para el cielo, Sor María murió el 26 de agosto de 1878, a los 32 años de edad. Rhayuqa, otra muchacha árabe, merodeaba por el Santo Sepulcro con ganas de morirse allí. Sor María murió en Belén. Pero si morir es nacer a la vida, es también hermoso morir en Belén.

Sor María, la dulce arabita, fue beatificada por Juan Pablo II el 13 de noviembre de 1983. Mariam, la árabe, y Edith Stein, la judía, derramaran sus bendiciones sobre los pueblos árabes y sobre Israel.
El domingo 17 de mayo de 2015 fue canonizada por el Papa Francisco.


lunes, 24 de agosto de 2026

24 de agosto San Bartolomé apóstol.


A este santo (que fue uno de los doce apóstoles de Jesús) lo pintaban los antiguos con la piel en sus brazos como quien lleva un abrigo, porque la tradición cuenta que su martirio consistió en que le arrancaron la piel de su cuerpo, estando él aún vivo.

Parece que Bartolomé es un sobrenombre o segundo nombre que le fue añadido a su antiguo nombre que era Natanael (que significa "regalo de Dios") Muchos autores creen que el personaje que el evangelista San Juan llama Natanael, es el mismo que otros evangelistas llaman Bartolomé. Porque San Mateo, San Lucas y San Marcos cuando nombran al apóstol Felipe, le colocan como compañero de Felipe a Natanael.

El encuentro más grande de su vida.

El día en que Natanael o Bartolomé se encontró por primera vez a Jesús fue para toda su vida una fecha memorable, totalmente inolvidable. El evangelio de San Juan la narra de la siguiente manera: "Jesús se encontró a Felipe y le Bartholomew.jpg (24186 bytes)dijo: "Sígueme". 

Felipe se encontró a Natanael y le dijo: "Hemos encontrado a aquél a quien anunciaron Moisés y los profetas. Es Jesús de Nazaret". Natanael le respondió: " ¿Es que de Nazaret puede salir algo bueno?" Felipe le dijo: "Ven y verás". Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: "Ahí tienen a un israelita de verdad, en quien no hay engaño" Natanael le preguntó: "¿Desde cuándo me conoces?" 


Le respondió Jesús: "antes de que Felipe te llamara, cuando tú estabas allá debajo del árbol, yo te vi". Le respondió Natanael: "Maestro, Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel". Jesús le contestó: "Por haber dicho que te vi debajo del árbol, ¿crees? Te aseguró que verás a los ángeles del cielo bajar y subir alrededor del Hijo del Hombre." (Jn. 1,43 ).

Felipe, lo primero que hizo al experimentar el enorme gozo de ser discípulo de Jesús fue ir a invitar a un gran amigo a que se hiciera también seguidor de tan excelente maestro. 
Era una antorcha que encendía a otra antorcha. Pero nuestro santo al oír que Jesús era de Nazaret (aunque no era de ese pueblo sino de Belén, pero la gente creía que había nacido allí) se extrañó, porque aquél era uno de los más pequeños e ignorados pueblecitos del país, que ni siquiera aparecía en los mapas. Felipe no le discutió a su pregunta pesimista sino solamente le hizo una propuesta: "¡Ven y verás que gran profeta es!"

Una revelación que lo convenció.

Y tan pronto como Jesús vio que nuestro santo se le acercaba, dijo de él un elogio que cualquiera de nosotros envidiaría: "Este si que es un verdadero israelita, en el cual no hay engaño". El joven discípulo se admira y le pregunta desde cuándo lo conoce , y el Divino Maestro le añade algo que le va a conmover: "Allá, debajo de un árbol estabas pensando qué sería de tu vida futura. 

Pensabas: ¿Qué querrá Dios que yo sea y que yo haga? Cuando estabas allá en esos pensamientos, yo te estaba observando y viendo lo que pensabas". Aquélla revelación lo impresionó profundamente y lo convenció de que este sí era un verdadero profeta y un gran amigo de Dios y emocionado exclamó: "¡Maestro, Tú eres el hijo de Dios! ¡Tú eres el Rey de Israel! ¡Maravillosa proclamación! 

Probablemente estaba meditando muy seriamente allá abajo del árbol y pidiéndole a Dios que le iluminara lo que debía de hacer en el futuro, y ahora viene Jesús a decirle que El leyó sus pensamientos. 

Esto lo convenció de que se hallaba ante un verdadero profeta, un hombre de Dios que hasta leía los pensamientos. Y el Redentor le añadió una noticia muy halagadora. Los israelitas se sabían de memoria la historia de su antepasado Jacob, el cuál una noche, desterrado de su casa, se durmió junto a un árbol y vio una escalera que unía la tierra con el cielo y montones de ángeles que bajaban y subían por esa escalera misteriosa. 

Jesús explica a su nuevo amigo que un día verá a esos mismos ángeles rodear al Hijo del Hombre, a ese salvador del mundo, y acompañarlo, al subir glorioso a las alturas.

Desde entonces nuestro santo fue un discípulo incondicional de este enviado de Dios, Cristo Jesús que tenía poderes y sabiduría del todo sobrenaturales. Con los otros 11 apóstoles presenció los admirables milagros de Jesús, oyó sus sublimes enseñanzas y recibió el Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego.


El libro muy antiguo, y muy venerado, llamado el Martirologio Romano, resume así la vida posterior del santo de hoy: "San Bartolomé predicó el evangelio en la India. Después pasó a Armenia y allí convirtió a muchas gentes. Los enemigos de nuestra religión lo martirizaron quitándole la piel, y después le cortaron la cabeza".

24 de agosto fiesta de Santa Emilia de Vialar.


Ana Margarita Adelaida Emilia de Vialar fue la mayor y la única mujer entre los hijos del barón Jacques Augustíne de Vialar y su esposa Antoinette, hija de aquel barón de Portal que fue médico oficial de Luis XVIII y Carlos X de Francia.

Nació en la ciudad de Gaillac, en el Languedoc, en 1797. A la edad de quince años fue retirada del colegio en París, a fin de que hiciera compañía a su padre, que había quedado viudo. Vivió algún tiempo en la casa de Gaillac, pero bien pronto surgieron profundas diferencias entre padre e hija, porque Emilia se negaba a considerar un conveniente matrimonio. 

En cierta ocasión, el señor de Vialar, en el colmo de la indignación, lanzó una jarra a la cabeza de su hija y ordenó que, a partir de aquel momento, quedase la joven relegada a un puesto secundario en el hogar.

Las dificultades aumentaron para Emilia, en vista de que en varias leguas a la redonda, no había un sacerdote ni persona alguna capaz de aconsejarla y guiarla en aquellos penosos momentos. «Pero Dios acudió en mi ayuda y fue mi director», declaró la santa posteriormente; pero aun así, no siempre era fácil distinguir la voz de Dios de la propia voz.

Sobre las experiencias religiosas de Emilia de Vialar en aquella época, la más importante fue una visión de Nuestro Señor que mostraba las heridas de Su Pasión y que impresionó a la santa de tal manera que, hasta hoy, se conmemora a diario el acontecimiento en la congregación que fundó.

 En 1818, cuando tenía veintiún años, visitó la casa de Gaillac un joven sacerdote (posteriormente rector), el padre Mercier, en quien Emilia encontró a un amigo que la comprendió y trató de ayudarla.

El sacerdote comenzó por poner a prueba su vocación religiosa y, por su consejo, Emilia se dedicó a atender a los niños abandonados o descuidados por sus padres y a socorrer a los pobres en general. 

Eso le provocó nuevas dificultades con su padre, que protestaba de que se utilizara la terraza de su residencia como una especie de refugio para los enfermos, los desheredados y los abandonados.

Pero Emilia soportó con paciencia todos los reproches y, durante quince años, fue el ángel bueno de Gaillac. Entonces (en 1832), ocurrió el acontecimiento que indicó, tanto a ella como al padre Mercier, que había llegado el momento de actuar: murió el barón de Portal, abuelo materno de Emilia; la parte de la herencia que a ésta le correspondió, sumaba una fortuna considerable.

Al momento, adquirió Emilia una gran mansión en Gaillac y, en la Navidad de 1832, tomó posesión de la casa junto con tres compañeras: Victoria Teyssonniére, Rose Mongis y Pauline Gineste.

Pronto se les unieron nuevas aspirantes y, tres meses después, el arzobispo de Albi autorizó al padre Mercier para que impusiera el hábito religioso a doce postulantes.

 La comunidad adoptó el nombre de Congregación de las Hermanas de San José de la Aparición, con referencia a la aparición del ángel a San José para revelarle el misterio de la encarnación divina (Mateo 1,18-22); su trabajo consistía en cuidar a los necesitados, especialmente a los enfermos y ocuparse de la educación de los niños desamparados.

No sólo actuaban en Francia, sino también en el extranjero y participaban en las misiones; en realidad, la congregación fue primeramente misionera.

Las Hermanas de San José se enfrentaron con las críticas y oposiciones habituales (aunque hubo una oposición desacostumbrada por parte de una banda de malhechores que, al decir de las gentes, habían jurado estrangular a todas y cada una de las hermanas), cuyos detalles han llegado hasta nosotros en las amenas crónicas de Eugénie de Guérin: las postulantes son demasiado jóvenes y bonitas para exponerlas al cuidado de los enfermos pobres; el hábito es muy favorecedor, por eso lo toman; ¿una nueva Orden? ¡Bah! ¡Es un desorden! Esa muchacha Vialar ... y cosas por el estilo.
Pero la cronista de Guérin opinaba que la hermana Emilia habría de hacer muchas cosas buenas y el arzobispo de Albi, Mons. de Gualy, estaba de acuerdo con ella; el propio arzobispo recibió la profesión de Emilia y de otras diecisiete hermanas y aprobó formalmente la Regla de la Congregación, en 1835.

En los años anteriores se había hecho una segunda fundación en Argelia, a donde las religiosas fueron insistentemente invitadas a trasladarse, por Augustín de Vialar, hermano de Emilia, que era uno de los consejeros municipales en Argel y deseaba que las Hermanas de San José se hiciesen cargo de un hospital. Eugenia de Guérin cita las palabras de una hermana que, en una de sus cartas a la cronista, habla de «la conquista de Argelia por Emilia de Vialar»; sin embargo, aquella empresa sólo fue temporal.

Después del gran establecimiento de Argelia, se hizo una tercera fundación en Bóne que, a su vez, dio origen a los conventos en Constantina y en Túnez; el convento de Túnez tuvo un afiliado en Malta y de ahí nacieron las nuevas casas en los Balcanes y el Cercano Oriente. 

Las Hermanas de San José fueron las primeras monjas católicas que se establecieron en Jerusalén en los tiempos modernos, invitadas por el padre guardián de los franciscanos en Tierra Santa.

Cuando Mons. Dupuch, el primer obispo de Argelia, celebró la misa en la colina de Hipona de San Agustín, la madre Emilia y algunas de las hermanas estaban presentes. Desgraciadamente, sus relaciones con el prelado quedaron dañadas por un profundo desacuerdo sobre las jurisdicciones: Roma se puso de parte de las hermanas, pero Mons. Dupuch contaba con el apoyo de los poderes civiles, y las monjas tuvieron que ceder.


A pesar de la gran pérdida que significaba para ellas, abandonaron el establecimiento de Argelia. Fue entonces cuando la madre Emilia dedicó su atención a Túnez primero y después a Malta. La fundadora llegó a las costas de esta isla a nado, lo mismo que san Pablo, porque el barco en que viajaba naufragó.

Su amigo y auxiliar, el padre Mercier, había muerto en 1845 y, cuando Emilia regresó a Gaillac, a mediados del año siguiente, encontró su centro de operaciones en gran confusión y desorden por falta de un director, y con sus finanzas desquiciadas a causa de la negligencia de un administrador poco escrupuloso.

Las reclamaciones legales que llovieron sobre el convento de Gaillac, empeoraron la situación y, a fin de cuentas, la casa matriz tuvo que ser trasladada a Toulouse, luego de que varias de las monjas más antiguas se separaron de la congregación y se vio seriamente amenazada su propia existencia.

 «Ya he recibido mi lección -escribía la madre Emilia-, ahora sé que la firme y tranquila confianza en Dios vale más que cualquier esfuerzo por salvaguardar las ventajas materiales». Después de dejar establecidas en Toulouse a sus monjas, partió a Grecia y fundó otro convento en la isla de Syra.
La visita a Grecia fue el último de los largos viajes de la madre Emilia (agotadoras empresas que provocaron comentarios desfavorables entre algunos eclesiásticos de alto rango); pero no dejaron de hacerse nuevas fundaciones mientras vivió.

En 1847, se recibió un llamado desde Birmania y hacia allá partieron seis hermanas; en 1854, el obispo de Perth, en Australia, visitó especialmente a la madre Emilia para solicitarle ayuda y, en consecuencia, un grupo de monjas partió para Freemantle. De esta manera, en el transcurso de veintidós años, la fundadora vio crecer su congregación hasta contar con unas cuarenta casas, la mayoría de las cuales habían sido fundadas por ella misma.

Dos años antes, la casa matriz fue trasladada por segunda vez, en aquella ocasión a Marsella. Ahí, el famoso obispo san Carlos de Mazenod, fundador él mismo de una congregación de misioneros llamada de los Oblatos de María Inmaculada, dispensó una calurosa acogida a la madre Emilia.

Santa Emilia de Vialar era de una naturaleza apasionada, pronta a la exaltación, pero perfectamente equilibrada; estas cualidades se mostraban lo mismo en su rostro que en los actos de su vida; su intelecto estaba gobernado y dirigido por una fuerza de voluntad excepcional. 

Gracias a ello, fue capaz de realizar la obra monumental que levantó durante su vida, que inició cuando ya tenía cerca de treinta y cinco años y a la que se opusieron incontables dificultades durante sus etapas iniciales y su desarrollo.

La santa se mostró particularmente firme cuando la integridad constitucional o canónica de su congregación se vio amenazada; esa fue la causa del rompimiento con Mons. Dupuch y del abandono de Toulouse como sede de la casa matriz, cinco años después de haberla establecido. Aquellas dificultades, sumadas a las que se produjeron en Gaillac en 1846, no la desalentaron, pero en sus cartas se reflejan sus luchas interiores y las dudas que la asaltaban.

La correspondencia de Santa Emilia es muy voluminosa y en toda ella se advierte su estilo peculiar, vigoroso y conmovedor, sobre todo cuando alguna emoción profunda ponía un toque de elocuencia a sus escritos; hay un claro ejemplo de este caso en el memorial que la madre Emilia escribió al mariscal de campo Soult, después del desastre de Argelia.

Santa Emilia escogió deliberadamente la actividad de Marta, pero no por eso dejó de participar en la contemplación de María.

En el relato que escribió por instrucciones de su confesor, podemos ver la estrecha, la íntima relación en que vivía con Dios; también contamos con los testimonios de sus hijas en religión, sobre los progresos que hizo en el sendero de la contemplación.
«Me han sometido a muchas pruebas, pero siempre encontré la ayuda de Dios, escribía ¡Con cuánta frecuencia viene el Señor a compartir conmigo las largas vigilias! Las manifestaciones de Su amor están siempre al alcance de mi mano y yo trato de seguirle siempre, aun cuando caigan sobre mí nuevas tribulaciones.

A medida que aumentan los problemas, crece mi confianza en Él ...» Se ha dicho con sabiduría que «la civilización es una cuestión de espíritu»; el espíritu de santa Emilia, inspirado en un amor que el cardenal Granito di Belmonte califica de «sabio, comprensivo y muy considerado». 

Su congregación, «hizo más por la civilización en África, Asia y Australia durante los últimos cien años, de lo que pudieran haber hecho los conquistadores y colonizadores».

El despliegue de energía física de que hizo gala santa Emilia para realizar obras tan inmensas, resulta todavía más notable si se tiene en cuenta que, en su juventud, se le formó una hernia al hacer un gran esfuerzo, precisamente, durante una de sus obras de caridad.

A partir de 1850, la hernia le produjo trastornos cada vez más serios y, a fin de cuentas, fue la causa de su muerte, ocurrida el 24 de agosto de 1856. El lema de su testamento a las Hermanas de San José de la Aparición, era el precepto: «Amaos las unas a las otras». Su canonización tuvo lugar en 1951.


Sus reliquias en el cementerio de Saint-Pierre, fueron llevadas en 1914 a la casa madre de Marsella. Fue canonizada el 24 de junio de 1951 por Pío XII.

domingo, 23 de agosto de 2026

23 de agosto fiesta litúrgica de Santa Rosa de Lima.



Si bien en el nuevo calendario litúrgico, la festividad de Santa Rosa de Lima ha pasado a este día 23 de agosto, en América Latina se sigue festejando tradicionalmente el día 30 de agosto, por eso escribiremos más sobre ella, en esa fecha.




sábado, 22 de agosto de 2026

22 de agosto fiesta de MARÍA REINA DE LOS CIELOS.






Reina de los Cielos es un título dado a la Virgen María, la madre de Jesucristo, por los cristianos, sobre todo por la Iglesia Católica Romana, y también, en cierta medida, en la anglicana, luterana y la Iglesia ortodoxa, a los que el título es una consecuencia (en disputa) del Concilio de Éfeso, del siglo V, donde la Virgen María fue proclamada "Theotokos", es decir, "Madre de Dios".
Este título o nombre dado a la Virgen estimuló la veneración que se expresa en la teología, la literatura y la liturgia, como la Liturgia de las Horas, la música y el arte. Desde el Concilio de Éfeso fue muy común la representación pictórica de María como Reina.
Ciudades en Italia y en otros lugares proclamaron a María Reina de los cielos también como patrona, como Siena, Massa Marittima, San Gimignano, así como Polonia y el Estado de Baviera.

En los tiempos modernos, la Iglesia Católica Romana también ha utilizado el título de Reina del Universo para María, reflejo de la comprensión científica moderna del espacio exterior. El papa Benedicto XVI señaló que la aceptación de María de la voluntad divina es la razón última por la cual es Reina de los Cielos. Debido a su aceptación humilde e incondicional de la voluntad de Dios: "Dios la exaltó por sobre todas las criaturas, y Cristo la coronó Reina del cielo y la tierra".
El título de Reina del Cielo también fue utilizado en la Antigüedad por otras religiones. En particular, fue utilizado por el profeta Jeremías, probablemente en referencia a Asera, una diosa adorada como la consorte de Yahvé en el antiguo Israel y de Judá, y en el templo de Yahvé en Elefantina en el Alto Egipto.

La doctrina católica sobre este tema se expresa en la encíclica papal Ad Caeli Reginam, publicada por el papa Pío XII. La misma afirma que María es llamada la Reina del Cielo, porque su Hijo Jesucristo, es el Rey de Israel y el rey celestial del Universo. En la tradición hebrea, la madre del rey es la reina (ver reina madre). El dogma católico (Constitución Apostólica Munificentissimus Deus) afirma que la Virgen María, después de cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial.

El título de Reina de los Cielos ha sido durante mucho tiempo una tradición católica, incluido en las oraciones y la literatura devocional, y visto en el arte occidental en el tema de la Coronación de la Virgen desde la Edad Media, mucho antes de que se le diera un estatus formal de definición dogmática por parte de la Iglesia. Durante siglos, los católicos, mientras se recitaban las Letanías lauretanas ya estaban invocando a María como "Reina de los Cielos".


Imagen realizada en el taller.