viernes, 11 de septiembre de 2026

11 de septiembre fiesta de San Juan Gabriel Perboyre.


Nació en Puech (Francia) en 1802. Desde temprana edad se manifestó su vocación y su destino. Frecuentaba las iglesias del lugar y, al parecer, uno de los sermones que escuchó le impresionó de tal manera que anheló desde aquel instante ser misionero y sufrir el martirio.
Poco después de cumplir quince años de edad ingresó en la congregación de san Vicente de Paul. En el transcurso del noviciado manifestó una conducta ejemplar; dedicaba todo el tiempo libre al estudio de los textos sagrados, la penitencia y la oración. A partir de 1823 insistió ante sus superiores en el deseo de dedicarse a las misiones de China.
En aquel tiempo el territorio de dicho país estaba vedado a los sacerdotes cristianos. Aquel que fuera descubierto tenía por delante la cárcel, las torturas y la muerte. Y aunque a Juan Gabriel Perboyre no le arredraba esta perspectiva, sus superiores no le otorgaron el ansiado permiso.

Después de cursar brillantemente los estudios de teología, se lo destinó como profesor al seminario de Saint-Flour. Tanto sobresalió en esta tarea, que años después, en 1832, fue designado subdirector del noviciado que los lazaristas tenían en París. Doce años tuvo que esperar para ver cumplidos sus deseos. En 1835 partió para Macao. Durante cuatro meses se aplicó al estudio del idioma chino, en el que alcanzó sorprendentes progresos con rapidez. Tuvo que disfrazarse y vestir a la usanza de los naturales del país; se hizo rapar la cabeza y se dejó crecer la coleta y los bigotes.
Le destinaron la misión de Honán. En el ejercicio de esta actividad se dedicó preferentemente a la salvación de los niños abandonados, de los que había gran número; los recogía, los alimentaba y educaba, instruyéndolos como podía en la doctrina. Viajaba a pie, a veces en lentos carros tirados por bueyes. Muchas veces se quedó sin comer, pasando las noches al descubierto, padeciendo el frío, el viento y la lluvia que lo calaba hasta los huesos; pero siempre con alegría, respirando el aire de la libertad, de la vocación conseguida y realizada, con la sangre ardiendo en el sacrificio y en la fe.

Dos años después fue enviado a la provincia de Hupeh, que sería el lugar de su martirio. En el año 1839 había irrumpido un violento brote de persecución. Por orden del gobernador la misión fue ocupada por las tropas. Los padres lazaristas que lograron escapar anduvieron errantes al sur del Yang-Tse Kiang, por los montes y las plantaciones de té y algodón. Deshecho de cansancio, Juan Gabriel Perboyre se detuvo en una choza, ocupada por un chino convertido que lo recibió con amabilidad. Mientras nuestro santo dormía, aquél lo delató a un mandarín, recibiendo en pago treinta monedas de plata. De aquí en más, el padre Perboyre recorrió un itinerario de sufrimientos. Fue llevado interminablemente de tribunal en tribunal, siendo azotado, escarnecido y torturado, puesto en prisión junto a malhechores comunes; con hierros candentes grabaron en su rostro caracteres chinos, pero fracasaron al querer que pisoteara un crucifijo.
Al año de ser capturado se dio fin a su martirio, en la capital, Wuchangfú, ahorcándolo en un madero con forma de cruz, el 11 de septiembre de 1840, junto con el padre Francisco Regis Clet, lazarista como él, después también beatificado.



Tuve la gracia de Dios de poder estar en París frente a sus restos y rezar por todos los misioneros del mundo que tan valientemente arriesgan su vida a diario para predicar el Evangelio. Comparto con ustedes algunas fotos de sus reliquias.

 

 


miércoles, 9 de septiembre de 2026

9 de septiembre fiesta de SAN PEDRO CLAVER.


Pedro Claver y Juana Corberó, campesinos catalanes, tuvieron seis hijos, pero solo sobrevivieron Juan, el mayor, y los dos mas pequeños, Pedro e Isabel. El padre apenas podía firmar su nombre, pero era un hombre trabajador y buen cristiano. La infancia de Pedro quedó oculta para la historia como la de tantos santos, incluso la de Nuestro Señor. Trabajaba en el campo con su familia.

Pedro se graduó de la Universidad de Barcelona. A los 19 años decide ser Jesuita e ingresa en Tarragona. Mientras estudiaba filosofía en Mallorca en 1605 se encuentra con San Alonso Rodriguez, portero del colegio. Fue providencial. San Alonso recibió por inspiración de Dios conocimiento de la futura misión del joven Pedro y desde entonces no paró de animarlo a ir a evangelizar lo territorios españoles en América.

Pedro creyó en esta inspiración y con gran fe y el beneplácito de sus superiores se embarcó hacia la Nueva Granada en 1610. Debía estudiar su teología en Santa Fe de Bogotá. Allí estuvo dos años, uno en Tunja y luego es enviado a Cartagena, en lo que hoy es la costa de Colombia. En Cartagena es ordenado sacerdote el 20 de Marzo de 1616.

Al llegar a América, Pedro encontró la terrible injusticia de la esclavitud institucionalizada que había comenzado ya desde el segundo viaje de Colón el 12 de Enero de 1510, cuando el rey mandó a emplear negros como esclavos. Se trata de una tragedia que envolvió a unos 14 millones de infelices seres humanos. Un millón de ellos pasaron por Cartagena. Los esclavos venían en su mayoría de Guinea, del Congo y de Angola. Los jefes de algunas tribus de esas tierras vendían a sus súbditos y sus prisioneros. En América los usaban en todo tipo de trabajo forzado: agricultura, minas, construcción.

Cartagena por ser lugar estratégico en la ruta de las flotas españolas se convirtió en el principal centro del comercio de esclavos en el Nuevo Mundo. Mil esclavos desembarcaban cada mes. Aunque se murieran la mitad en la trayectoria marítima, el negocio dejaba grandes ganancias. Por eso, las repetidas censuras del papa no lograron parar este vergonzoso mercado humano.

Pedro no podía cambiar el sistema. Pero si había mucho que se podía hacer con la gracia de Dios. Pero hacía falta tener mucha fe y mucho amor. Pedro supo dar la talla. En la escuela del gran misionero, el padre Alfonso Sandoval, Pedro escribió: "Ego Petrus Claver, etiopum semper servus" (yo Pedro Claver, de los negros esclavo para siempre". Así fue. San Pedro no se limitó a quejarse de las injusticias o a lamentarse de los tiempos en que vivía. Supo ser santo en aquella situación y dejarse usar por Jesucristo plenamente para su obra de misericordia. En Cartagena durante cuarenta años de intensa labor misionera se convirtió en apóstol de los esclavos negros. Entre tantos cristianos acomodados a los tiempos, el supo ser luz y sal, supo hacer constar para la historia lo que es posible para Dios en un alma que tiene fe.

A pesar de su timidez la cual tubo que vencer, se convirtió en un organizador ingenioso y valiente. Cada mes cuando se anunciaba la llegada del barco esclavista, el padre Claver salía a visitarlos llevándoles comida. Los negros se encontraban abarrotados en la parte inferior del barco en condiciones inhumanas. Llegaban en muy malas condiciones, víctimas de la brutalidad del trato, la mala alimentación, del sufrimiento y del miedo. Claver atendía a cada uno y los cuidaba con exquisita amabilidad. Así les hacia ver que el era su defensor y padre. Enseña a los esclavos


Los esclavos hablaban diferentes dialectos y era difícil comunicarse con ellos. Para hacer frente a esta dificultad, el padre Claver organizó un grupo de intérpretes de varias nacionalidades, los instruyó haciéndolos catequistas.

Mientras los esclavos estaban retenidos en Cartagena en espera de ser comprados y llevados a diversos lugares, el padre Claver los instruía y los bautizaba. Los reunía, se preocupaba por sus necesidades y los defendía de sus opresores. Esta labor de amor le causó grandes pruebas. Los esclavistas no eran sus únicos enemigos. El santo fue acusado de ser indiscreto por su celo por los esclavos y de haber profanado los Sacramentos al dárselos a criaturas que a penas tienen alma. Las mujeres de sociedad de Cartagena rehusaban entrar en las iglesias donde el padre Claver reunía a sus negros. Sus superiores con frecuencia se dejaron llevar por las presiones que exigían se corrigiesen los excesos del padre Claver. Este sin embargo pudo continuar su obra entre muchas humillaciones y obstáculos. Hacia además penitencias rigurosas. Carecía de la comprensión y el apoyo de los hombres pero tenia una fuerza dada por Dios.

Muchos, aun entre los que se sentían molestos con la caridad del padre Claver, sabían que hacia la obra de Dios siendo un gran profeta del amor evangélico que no tiene fronteras ni color. Era conocido en toda Nueva Granada por sus milagros. Llegó a catequizar y bautizar a mas de 300,000 negros.

En la mañana del 9 de Septiembre de 1654, después de haber contemplado a Jesús y a la Santísima Virgen, con gran paz se fue al cielo.

Beatificado el 16 de Julio de 1850 por Pío IX.

Canonizado el 15 de Enero de 1888 por León XIII junto con Alfonso Rodriguez.

El 7 de Julio de 1896 fue proclamado patrón especial de todas las misiones católicas entre los negros.

El papa Juan Pablo II rezó ante los restos mortales de San Pedro Claver en la Iglesia de los Jesuitas en Cartagena el 6 de Julio de 1986.




9 de septiembre fiesta del Beato Federico Ozanam.


Profesor universitario, terciario franciscano.

Puesto que la mayoría de los santos canonizados son sacerdotes o religiosos/as algunos creen que los laicos no están llamados a la santidad. 

Error de graves consecuencias. Todo cristiano está llamado a ser santo, pues el amor y la gracia de Cristo obra en todos los hombres para poder amar hasta el extremo.

Por eso cuando el Papa San Juan Pablo II beatificó en Nuestra Señora de París a Antonio Federico Ozanam, laico y padre de familia, fue un acontecimiento que hizo escribir al cardenal Paul Poupart: “Quiero decirle al Santo Padre, después de la celebración, lo feliz que estoy porque nos ha dado como modelo a un joven profesor de universidad, padre de familia, radiante de inteligencia, de fe y de amor por los pobres. Dulce rostro de la Iglesia”. 

A este motivo hay que añadir otro gozo: a la beatificación asistió cerca de un millón de jóvenes.

Los padres del beato, Juan Antonio Ozanam y María Vantras, eran cristianos ejemplares y un matrimonio feliz, ambos de la ciudad francesa de Lyon. Refiriéndose a su madre escribirá un día Ozanam: “Sentado en sus rodillas aprendí a temerte, Señor, y en sus miradas conocí tu amor”.

El padre había participado en algunas campañas junto a Napoleón Bonaparte, pero no siguió la carrera militar ni las ambiciones bélicas del emperador. Su caridad lo llevó a apoyar a un pariente insolvente y así perdió los bienes de fortuna. 

Por fin decidió trasladarse a Milán, entonces bajo dominio francés, para enseñar lenguas clásicas. A la vez estudió Medicina y llegó a ser un médico prestigioso que atendía gratuitamente a muchos enfermos pobres. Esa caridad era compartida por su esposa que ayudaba a familias necesitadas.



Federico nació en Milán en 1813. Fue el quinto hijo de un total de nueve, de los que sobrevivieron sólo tres: Alfonso fue un sacerdote ejemplar, Carlos, que fue médico como su padre y él.

Pronto regresó la familia a Lyon. Desde los nueve años estudió en el College Royal. Federico era cariñoso, compasivo ante cualquier desgracia y de pureza angelical. Con todo, el futuro beato confesaba humildemente su carácter irascible, su pereza y su desobediencia. Si bien reconocía que de la pereza le curó su entrada en el colegio, y de su desobediencia el recibir la Primera Comunión dos años después.

Obtuvo excelentes notas en sus estudios y a los 13 años sintió su vocación literaria, tanto en prosa como en verso. En su adolescencia tuvo una crisis de fe. Su espíritu inquisitivo lo llevaba a dudas y vacilaciones. Sufrió por eso intensamente. Pero recobró la serenidad por su oración ferviente ante el Santísimo Sacramento y por las orientaciones de su profesor de Filosofía, el padre Noirot.

De esta prueba salió Ozanam decidido a consagrar su vida a la defensa de la verdad. Sendero arduo que le produjo humillación y desprestigio por parte de los intelectuales anticlericales que pululaban en Francia.

A los 18 años se trasladó a París para matricular en la Facultad de Derecho y de Literatura de la Sorbona. De dos mil setecientos estudiantes sólo una docena confesaba ser cristiano. 

Federico comenzó a rebatir oralmente y por escrito las acusaciones e insinuaciones anticristianas que los profesores difundían desde las cátedras. Muy pronto agrupó en torno suyo un nutrido grupo de amigos que discutían entre ellos cuestiones difíciles y controvertidas.

El anticlericalismo en París había ocurrido 15 meses antes de llegar Ozanam. Este momento –que continuó durante varios años– se caracterizó por asaltos sacrílegos a templos e instituciones, destrucción de símbolos cristianos, insultos y molestias a los sacerdotes. Por otra parte el libertinaje de los barrios parisinos era muy distinto al de una ciudad tradicional como Lyon.

Providencialmente Federico se encontró en París con su paisano, Andrés María Ampère, celebérrimo científico y ferviente cristiano. Este hombre bueno y generoso lo alojó en su propia casa, lo orientó en sus estudios y lo introdujo en los ambientes literarios. 

El joven estudiante valoraba especialmente los contactos con los escritores católicos como Montalember, el excepcional predicador dominico Lacordaire La Mennais (que después dejaría la Iglesia) y Chateaubriand, cuya obra El genio del cristianismo contribuyó a revalorizar el pensamiento cristiano y su influjo benéfico en la civilización. En él, Ozanam descubrió los valores cristianos de la historia de Europa, que luego presentó con métodos más depurados que los de aquel famoso autor.

Consciente de la necesidad de defender la fe católica, él y sus amigos llevaron a muchos, incluso a catedráticos, a convencerse de que se puede amar la religión al mismo tiempo que la libertad y sacar a los jóvenes estudiantes de la indiferencia religiosa.

Cursar simultáneamente Leyes y Literatura le exigía diez horas diarias de estudio, sin contar el tiempo de las clases. Con todo, dedicaba su tiempo a la oración y a las tareas de caridad y apostolado.

En 1836 obtuvo Federico el doctorado en Derecho y se dedicaba a obtener el doctorado en Letras, con una tesis en latín y otra en francés acerca del pensamiento y la obra literaria de Dante. En 1837 perdió a su padre a consecuencia de una caída cuando atendía a un enfermo pobre en una buhardilla. Poco antes había perdido a su segundo padre, el físico cristiano Ampère.

La defensa de la tesis sobre Dante, en París-1839, fue un éxito rotundo que bien apreciaron los famosos profesores del jurado. El ministro de Instrucciones allí presente, exclamó: “Esto sí que es elocuencia”. Ese mismo año murió su madre.
En su batalla cultural el joven Ozanam recibió una objeción que le hirió profundamente: “Dígannos qué es lo que hacen ustedes los estudiantes católicos a favor de los pobres”.

Desde aquel momento Federico dirigió a sus amigos de las conferencias de Historia y Filosofía la invitación: “Vayamos a ocuparnos de los pobres”. Así surgieron las famosas Conferencias de San Vicente de Paúl, en las que se unían armónicamente la fe, la caridad, la cultura y la acción social. 

Al principio (1893) eran sólo ocho universitarios, al cabo de ocho años, sólo en París, eran dos mil. Después de 20 años en toda Francia pasaban de 500 conferencias. 

La experiencia les enseñó que unas visitas amistosas y sin muestras de superioridad o paternalismo eran manifestaciones efectivas de la caridad cristiana. Siguiendo a San Vicente de Paúl, Ozanam exclamaba: “Esos pobres de Jesucristo son nuestros señores y maestros y nosotros no somos dignos de atenderlos”.

En 1840 el futuro beato obtuvo la cátedra de Literatura extranjera en la célebre universidad La Sorbona de París. 

Según el veredicto del jurado, “descollaba por sus conocimientos clásicos tan profundos, por su manera amplia y firme de interpretar a los autores y de concebir una idea, por la claridad de sus comentarios y de sus definiciones, por sus concepciones atrevidas y justas, y por su lenguaje, en el cual se combinan la originalidad y la razón, la imaginación y la seriedad”.

El Magisterio de Ozanam en La Sorbona tuvo resonancia en la sociedad intelectual europea. Acertó a resaltar el decisivo influjo del cristianismo, sin negar sus fallos, en la conformación de la cultura europea occidental. Sus clases eran apreciadas incluso por los no religiosos. Su modestia y apertura de criterio le ganaba el afecto de alumnos y colegas.

Federico se sintió llamado al estado laical y contrajo matrimonio con una joven de sus mismos ideales, Amelia Soulacroix, hija de un conocido profesor de Lyon.
Se casan en 1843 en una iglesia de Lyon. Las naves del templo estaban llenas de los familiares y de los miembros de las Conferencias de San Vicente de Paúl. La novia tenía 21 años y él 28.

El señor Soulacroix deseaba que permanecieran en Lyon, pero Federico veía su vocación en La Sorbona y la joven esposa lo aceptó. Viajaron a Nápoles y Sicilia, y en Roma los recibió paternalmente el Papa Gregorio XVI. En 1845 nació la hija ansiada, María.

En 1846 Ozanam recibió el título de Caballero de la Legión de Honor, pero ese mismo año tuvo una fiebre maligna y pertinaz que lo privaba de todas sus fuerzas y lo llevó al borde de la muerte. No podía visitar a los pobres pero asistía a los que lo visitaban y les suplicaba que rogaran por él. Mejoró por las prescripciones de su médico y los afectuosos cuidados de su esposa.

Los facultativos le prescribieron un año de reposo. El ministro de Instrucción le propuso un viaje de estudios históricos a Italia, de modo relajado. Él aceptó sobre todo para efectuar un estudio enriquecedor y provechoso.

El medio año en Italia fue una de las fases más dichosas de su vida. Le acompañaban su esposa e hija. En Roma lo recibió el Beato Pío IV, que iniciaba su pontificado. Visitaron Florencia, Monte Casino, Pisa, Bolonia, Venecia y Asís, cuna de san Francisco, a cuya Tercera Orden (hoy Orden Franciscana Seglar) pertenecía Federico.

Fruto de este viaje a Italia es el libro de valor perenne "Los poetas franciscanos de Italia en el siglo XIII". En él hay una exploración acerca de la persona y la obra de fray Jacopone da Todi, autor del Stabat Mater.

En 1848 fuertes impulsos revolucionarios transformaron la situación política de Francia. Ozanam trató de suscitar entre los católicos actitudes de apertura frente a los cambios políticos y sociales. Pero fue atacado por los católicos conservadores apegados a la monarquía tradicional. 

La muerte del arzobispo de París, monseñor Affre por una bala perdida cuando cruzaba las barricadas en busca de una reconciliación, fue para Ozanam un momento de gran dolor. Él era uno de los que había pedido al prelado esta intervención de la paz social.

Su débil constitución se resentía de tantos trabajos e inquietudes. Los médicos le prescribían cambios de clima y tiempo de reposo. Con su familia descansó en Bretaña y estuvo algún tiempo en Inglaterra.

En 1852 dio su última clase en La Sorbona. Nuevas prescripciones médicas lo llevan a los Pirineos. Allá mejoró.

Estando tan cerca de España, deseó llegar hasta Sevilla, pero sólo llegó a Burgos, donde visitó la Conferencia de San Vicente de aquella ciudad y la Catedral, la cual le impresionó enormemente.

En Toscana, desde enero de 1853, encontró mejoría, pero su cuerpo era ya demasiado frágil para seguir viviendo.

Junto al enfermo, además de su esposa e hija, se encontraban sus dos hermanos, Alfonso, el sacerdote, y Carlos, el médico. El 31 de agosto lo llevaron en barco a Francia según su deseo. Su muerte ocurrió en Marsella, la ciudad presidida por Nuestra Señora de la Garde y a cuya protección se había encomendado al iniciar el viaje a Italia.

Después de recibir con fervor la Unción de los enfermos, la Penitencia y el Viático, al atardecer del 8 de septiembre, fiesta de la Natividad de María (y en Cuba de Nuestra Señora de la Caridad), entregó su alma a Dios, tenía 40 años. A quien le preguntaba si tenía miedo de encontrarse con Dios, él le respondía: “¿Por qué iba a tenerle miedo? ¡Yo le amo!” Fue beatificado en 1997.

El viernes 22 de agosto de 1997, en el marco de las duodécimas Jornadas Mundiales de la Juventud, en la catedral de Nuestra Señora de París, San Juan Pablo II beatifica a Federico Ozanam.


martes, 8 de septiembre de 2026

8 de septiembre fiesta de la NATIVIDAD DE MARÍA.

   



La celebración de la fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María, es conocida en Oriente desde el siglo VI. Fue fijada el 8 de septiembre, día con el que se abre el año litúrgico bizantino, el cual se cierra con la Dormición, en agosto. En Occidente fue introducida hacia el siglo VII y era celebrada con una procesión-letanía, que terminaba en la Basílica de Santa María la Mayor.
El Evangelio no nos da datos del nacimiento de María, pero hay varias tradiciones. Algunas, considerando a María descendiente de David, señalan su nacimiento en Belén. Otra corriente griega y armenia, señala Nazareth como cuna de María.


Sin embargo, ya en el siglo V existía en Jerusalén el santuario mariano situado junto a los restos de la piscina Probática, o sea, de las ovejas. Debajo de la hermosa iglesia románica, levantada por los cruzados, que aún existe -la Basílica de Santa Ana- se hallan los restos de una basílica bizantina y unas criptas excavadas en la roca que parecen haber formado parte de una vivienda que se ha considerado como la casa natal de la Virgen.
 
Esta tradición, fundada en apócrifos muy antiguos como el llamado Protoevangelio de Santiago (siglo II), se vincula con la convicción expresada por muchos autores acerca de que Joaquín, el padre de María, fuera propietario de rebaños de ovejas. Estos animales eran lavados en dicha piscina antes de ser ofrecidos en el templo.

La fiesta tiene la alegría de un anuncio premesiánico. Es famosa la homilía que pronunció San Juan Damasceno (675-749) un 8 de septiembre en la Basílica de Santa Ana, de la cual extraemos algunos párrafos:

"¡Ea, pueblos todos, hombres de cualquier raza y lugar, de cualquier época y condición, celebremos con alegría la fiesta natalicia del gozo de todo el Universo. Tenemos razones muy válidas para honrar el nacimiento de la Madre de Dios, por medio de la cual todo el género humano ha sido restaurado y la tristeza de la primera madre, Eva, se ha transformado en gozo. Ésta escuchó la sentencia divina: parirás con dolor. A María, por el contrario, se le dijo: Alégrate, llena de gracia!

¡Oh feliz pareja, Joaquín y Ana, a ustedes está obligada toda la creación! Por medio de ustedes, en efecto, la creación ofreció al Creador el mejor de todos los dones, o sea, aquella augusta Madre, la única que fue digna del Creador. ¡Oh felices entrañas de Joaquín, de las que provino una descendencia absolutamente sin mancha! ¡Oh seno glorioso de Ana, en el que poco a poco fue creciendo y desarrollándose una niña completamente pura, y, después que estuvo formada, fue dada a luz! Hoy emprende su ruta la que es puerta divina de la virginidad. De Ella y por medio de Ella, Dios, que está por encima de todo cuanto existe, se hace presente en el mundo corporalmente. Sirviéndose de Ella, Dios descendió sin experimentar ninguna mutación, o mejor dicho, por su benévola condescendencia apareció en la Tierra y convivió con los hombres".

Si pensamos por cuántas cosas podemos hoy alegrarnos, cuántas cosas podemos festejar y por cuántas cosas podemos alabar a Dios; todos los signos, por muchos y hermosos que sean, nos parecerán tan sólo un pálido reflejo de las maravillas que el Espíritu de Dios hizo en la Virgen María, y las que hace en nosotros, las que puede seguir haciendo... si lo dejamos.





sábado, 5 de septiembre de 2026

5 de septiembre fiesta de Santa TERESA DE CALCUTA.


Madre Teresa de Calcuta (1910-1997)    

“De sangre soy albanesa. De ciudadanía, India. En lo referente a la fe, soy una monja Católica. Por mi vocación, pertenezco al mundo. En lo que se refiere a mi corazón, pertenezco totalmente al Corazón de Jesús”. 

De pequeña estatura, firme como una roca en su fe, a Madre Teresa de Calcuta le fue confiada la misión de proclamar la sed de amor de Dios por la humanidad, especialmente por los más pobres entre los pobres. “Dios ama todavía al mundo y nos envía a ti y a mi para que seamos su amor y su compasión por los pobres”.

 Fue un alma llena de la luz de Cristo, inflamada de amor por Él y ardiendo con un único deseo: “saciar su sed de amor y de almas”.


 El homenaje del Taller San Juan de Dios, a una de nuestras protectoras.

Esta mensajera luminosa del amor de Dios nació el 26 de agosto de 1910 en Skopje, una ciudad situada en el cruce de la historia de los Balcanes. Era la menor de los hijos de Nikola y Drane Bojaxhiu, recibió en el bautismo el nombre de Gonxha Agnes, hizo su Primera Comunión a la edad de cinco años y medio y recibió la Confirmación en noviembre de 1916.

 Desde el día de su Primera Comunión, llevaba en su interior el amor por las almas. La repentina muerte de su padre, cuando Gonxha tenía unos ocho años de edad, dejó a la familia en una gran estrechez financiera. Drane crió a sus hijos con firmeza y amor, influyendo grandemente en el carácter y la vocación de si hija.

 En su formación religiosa, Gonxha fue asistida además por la vibrante Parroquia Jesuita del Sagrado Corazón, en la que ella estaba muy integrada.

Cuando tenía dieciocho años, animada por el deseo de hacerse misionera, Gonxha dejó su casa en septiembre de 1928 para ingresar en el Instituto de la Bienaventurada Virgen María, conocido como Hermanas de Loreto, en Irlanda. 

Allí recibió el nombre de Hermana María Teresa (por Santa Teresa de Lisieux). En el mes de diciembre inició su viaje hacia India, llegando a Calcuta el 6 de enero de 1929. Después de profesar sus primeros votos en mayo de 1931, la Hermana Teresa fue destinada a la comunidad de Loreto Entally en Calcuta, donde enseñó en la Escuela para chicas St. Mary.

 El 24 de mayo de 1937, la Hermana Teresa hizo su profesión perpetua convirtiéndose entonces, como ella misma dijo, en “esposa de Jesús” para “toda la eternidad”. Desde ese momento se la llamó Madre Teresa. Continuó a enseñar en St. Mary convirtiéndose en directora del centro en 1944. Al ser una persona de profunda oración y de arraigado amor por sus hermanas religiosas y por sus estudiantes, los veinte años que Madre Teresa transcurrió en Loreto estuvieron impregnados de profunda alegría. 

Caracterizada por su caridad, altruismo y coraje, por su capacidad para el trabajo duro y por un talento natural de organizadora, vivió su consagración a Jesús entre sus compañeras con fidelidad y alegría.
El 10 de septiembre de 1946, durante un viaje de Calcuta a Darjeeling para realizar su retiro anual, Madre Teresa recibió su “inspiración,” su “llamada dentro de la llamada”.

 Ese día, de una manera que nunca explicaría, la sed de amor y de almas se apoderó de su corazón y el deseo de saciar la sed de Jesús se convirtió en la fuerza motriz de toda su vida.

 Durante las sucesivas semanas y meses, mediante locuciones interiores y visiones, Jesús le reveló el deseo de su corazón de encontrar “víctimas de amor” que “irradiasen a las almas su amor”. “Ven y sé mi luz”, Jesús le suplicó. “No puedo ir solo”.

 Le reveló su dolor por el olvido de los pobres, su pena por la ignorancia que tenían de Él y el deseo de ser amado por ellos. 


Le pidió a Madre Teresa que fundase una congregación religiosa, Misioneras de la Caridad, dedicadas al servicio de los más pobres entre los pobres. Pasaron casi dos años de pruebas y discernimiento antes de que Madre Teresa recibiese el permiso para comenzar.

 El 17 de agosto de 1948 se vistió por primera vez con el sari blanco orlado de azul y atravesó las puertas de su amado convento de Loreto para entrar en el mundo de los pobres.

Después de un breve curso con las Hermanas Médicas Misioneras en Patna, Madre Teresa volvió a Calcuta donde encontró alojamiento temporal con las Hermanitas de los Pobres. 

El 21 de diciembre va por vez primera a los barrios pobres. Visitó a las familias, lavó las heridas de algunos niños, se ocupó de un anciano enfermo que estaba extendido en la calle y cuidó a una mujer que se estaba muriendo de hambre y de tuberculosis. 

Comenzaba cada día entrando en comunión con Jesús en la Eucaristía y salía de casa, con el rosario en la mano, para encontrar y servir a Jesús en “los no deseados, los no amados, aquellos de los que nadie se ocupaba”.

 Después de algunos meses comenzaron a unirse a ella, una a una, sus antiguas alumnas.

El 7 de octubre de 1950 fue establecida oficialmente en la Archidiócesis de Calcuta la nueva congregación de las Misioneras de la Caridad. Al inicio de los años sesenta, Madre Teresa comenzó a enviar a sus Hermanas a otras partes de India.

 El Decreto de Alabanza, concedido por el Papa Pablo VI a la Congregación en febrero de 1965, animó a Madre Teresa a abrir una casa en Venezuela. Ésta fue seguida rápidamente por las fundaciones de Roma, Tanzania y, sucesivamente, en todos los continentes.

 Comenzando en 1980 y continuando durante la década de los años noventa, Madre Teresa abrió casas en casi todos los países comunistas, incluyendo la antigua Unión Soviética, Albania y Cuba.



Para mejor responder a las necesidades físicas y espirituales de los pobres, Madre Teresa fundó los Hermanos Misioneros de la Caridad en 1963, en 1976 la rama contemplativa de las Hermanas, en 1979 los Hermanos Contemplativos y en 1984 los Padres Misioneros de la Caridad. Sin embargo, su inspiración no se limitò solamente a aquellos que sentían la vocación a la vida religiosa. 


Creó los Colaboradores de Madre Teresa y los Colaboradores Enfermos y Sufrientes, personas de distintas creencias y nacionalidades con los cuales compartió su espíritu de oración, sencillez, sacrificio y su apostolado basado en humildes obras de amor. 

Este espíritu inspiró posteriormente a los Misioneros de la Caridad Laicos.  En respuesta a las peticiones de muchos sacerdotes, Madre Teresa inició también en 1981 el Movimiento Sacerdotal Corpus Christi como un “pequeño camino de santidad” para aquellos sacerdotes que deseasen compartir su carisma y espíritu.

Durante estos años de rápido desarrollo, el mundo comenzó a fijarse en Madre Teresa y en la obra que ella había iniciado. 

Numerosos premios, comenzando por el Premio Indio Padmashri en 1962 y de modo mucho más notorio el Premio Nobel de la Paz en 1979, hicieron honra a su obra. 

Al mismo tiempo, los medios de comunicación comenzaron a seguir sus actividades con un interés cada vez mayor. 

Ella recibió, tanto los premios como la creciente atención “para gloria de Dios y en nombre de los pobres”.

Toda la vida y el trabajo de Madre Teresa fue un testimonio de la alegría de amar, de la grandeza y de la dignidad de cada persona humana, del valor de las cosas pequeñas hechas con fidelidad y amor, y del valor incomparable de la amistad con Dios. 

Pero, existía otro lado heroico de esta mujer que salió a la luz solo después de su muerte. 

Oculta a todas las miradas, oculta incluso a los más cercanos a ella, su vida interior estuvo marcada por la experiencia de un profundo, doloroso y constante sentimiento de separación de Dios, incluso de sentirse rechazada por Él, unido a un deseo cada vez mayor de su amor. 

Ella misma llamó “oscuridad” a su experiencia interior. 

La “dolorosa noche” de su alma, que comenzó más o menos cuando dio inicio a su trabajo con los pobres y continuó hasta el final de su vida, condujo a Madre Teresa a una siempre más profunda unión con Dios.

 Mediante la oscuridad, ella participó de la sed de Jesús (el doloroso y ardiente deseo de amor de Jesús) y compartió la desolación interior de los pobres.


Durante los últimos años de su vida, a pesar de los cada vez más graves problemas de salud, Madre Teresa continuó dirigiendo su Instituto y respondiendo a las necesidades de los pobres y de la Iglesia. En 1997 las Hermanas de Madre Teresa contaban casi con 4.000 miembros y se habían establecido en 610 fundaciones en 123 países del mundo. 

En marzo de 1997, Madre Teresa bendijo a su recién elegida sucesora como Superiora General de las Misioneras de la Caridad, llevando a cabo sucesivamente un nuevo viaje al extranjero. 

Después de encontrarse por última vez con el Papa Juan Pablo II, volvió a Calcuta donde transcurrió las últimas semanas de su vida recibiendo a las personas que acudían a visitarla e instruyendo a sus Hermanas.

 El 5 de septiembre, la vida terrena de Madre Teresa llegó a su fin. 


El Gobierno de India le concedió el honor de celebrar un funeral de estado y su cuerpo fue enterrado en la Casa Madre de las Misioneras de la Caridad. 

 Su tumba se convirtió rápidamente en un lugar de peregrinación y oración para gente de fe y de extracción social diversa (ricos y pobres indistintamente).

 Madre Teresa nos dejó el ejemplo de una fe sólida, de una esperanza invencible y de una caridad extraordinaria. Su respuesta a la llamada de Jesús, “Ven y sé mi luz”, hizo de ella una Misionera de la Caridad, una “madre para los pobres”, un símbolo de compasión para el mundo y un testigo viviente de la sed de amor de Dios.



Menos de dos años después de su muerte, a causa de lo extendido de la fama de santidad de Madre Teresa y de los favores que se le atribuían, el Papa San Juan Pablo II permitió la apertura de su Causa de Canonización. 

El 20 de diciembre del 2002 el mismo Papa aprobó los decretos sobre la heroicidad de las virtudes y sobre el milagro obtenido por intercesión de Madre Teresa. El 4 de septiembre de 2016 el Papa Francisco la canonizó en la Plaza de San Pedro ante 150.000 personas. Tuve la gracia de Dios de poder participar de esa fiesta en Roma, comparto con ustedes estas fotos.