martes, 22 de septiembre de 2026

22 de septiembre fiesta del Beato JUAN MARÍA DE LA CRUZ GARCÍA MÉNDEZ.


Martirologio Romano: En el pueblo de Silla en el mismo territorio, beato Juan María de la Cruz (Mariano) García Méndez, sacerdote de la Congregación de los Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús y mártir, que siempre en la misma persecución religiosa conservó la fe en Cristo hasta la muerte.

Nació en San Esteban de los Patos, Ávila, en el seno de una familia campesina. Párroco en la diócesis de Ávila desde 1916. 

Hombre de oración, especialmente delante del Santísimo, tenía una generosidad ardiente para con los pobres y cuantos acudían a su puerta. Su interés por la catequesis de niños y adultos dejó la huella de este buen cura entre sus feligreses.

Buscó un camino vocacional en la vida religiosa. En tres veces vive esta tensión interior e iniciará la experiencia. Una primera será siendo seminarista con los Dominicos de Santo Tomás de Ávila, la siguiente con los Carmelitas y la tercera con los Trapenses de Cóbreces.

Siempre será la misma respuesta: "por motivos de salud, no es apto para este tipo de vida religiosa". Nunca fue un hombre sano, a los varios achaques se sumaban las continuas mortificaciones, hasta con el uso de disciplinas y cilicios.


En 1926 ingresó en la Congregación de los Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús (Dehonianos). 

Don Mariano García Méndez tomará el nombre de padre Juan María de la Cruz y se establece en la comunidad de Puente la Reina. Su salud es precaria pero él le pide a Dios "10 años más de apostolado".

Son muchos los recuerdos que quedan de "aquel padre que era un santo", por parte de los laicos, amigos y colaboradores; a los religiosos y religiosas que lo tuvieron como huésped en sus casas les dejó su testimonio de hombre de oración, servicial y humilde. 

Dotado para la predicación, siempre estaba dispuesto a hacerlo si era necesario, y su amor por la Eucaristía lo llevó a ser un propagador de la obra de la Adoración Perpetua y a hablar siempre del Amor misericordioso del Salvador.

La espiritualidad mariana era otro de sus grandes amores, y la vida siempre itinerante de estos años le permitía visitar sus santuarios y después contar y animar con ello a sus seminaristas.
El 18 de julio de 1936 comienza de lleno la guerra civil.

A los del santuario de Garaballa les tocar salir huyendo en direcciones opuestas. Y al padre Juan, "disfrazado de paisano", con una chaqueta fuera de medida, que le valdrá el sobre nombre de "padre Chaquetón" en la cárcel, se le abre el camino hacia Valencia, ciudad en la que podría pasar desapercibido, en casa de colaboradores de la Congregación.
 Habían pasado cinco días de la sublevación militar. No tuvo ni tiempo de establecer contacto. Al encaminarse hacia aquella dirección se tropezó con uno de los tantos incendios de iglesias que oscurecían el cielo de Valencia. Espectador, como tantos otros, de la barbarie artística y religiosa no pudo menos que decir en voz alta que aquello era un crimen, un sacrilegio.

Al pedírsele explicaciones acusándolo de ser de derecha, respondió sencilla y llanamente que era un sacerdote, tal como testimonia un abogado compañero de cárcel, maravillado de que una persona pudiera ser tan ingenua o tuviera tanto coraje.
Termina en la Cárcel Modelo de Valencia, cuarta galería, celda 476. Sin juicio previo, en la noche del 3 de agosto de 1936, sin más acusación que la de ser sacerdote y no ocultarlo, al P. Juan María de la Cruz bajo la consigna de "Libertad" lo llaman a salir de su celda.

Enseguida se da cuenta que la libertad adquiere otro sentido, el de las puertas abiertas hacia la muerte liberadora, camino nuevo hacia el encuentro con el Señor. En los campos de Silla, diez cuerpos quedan tendidos entre olivos. 


En las primeras horas del día serán sepultados en el cementerio municipal en una fosa común sin nombre. Será trasladado a Puente la Reina donde entre los seminaristas de aquella casa ha sido testigo callado y fiel de una vida entregada y generosa.



lunes, 21 de septiembre de 2026

Viaje apostólico del Papa León XIV a Sudamérica: Uruguay, Argentina y Perú


 Así será el Viaje Apostólico de León XIV a Uruguay, Argentina y Perú

La Oficina de Prensa de la Santa Sede ha difundido este lunes 21 de septiembre el amplio itinerario del viaje apostólico que llevará al Papa a diez ciudades de Uruguay, Argentina y Perú entre el 6 y el 17 de noviembre. Junto con el programa se han dado a conocer también los logotipos y lemas que acompañarán cada una de las tres etapas.

                                    Sebastián Sansón Ferrari - Ciudad del Vaticano

El Papa León XIV realizará del 6 al 17 de noviembre su primer viaje apostólico a América del Sur. Durante doce días visitará Uruguay, Argentina y Perú, con un recorrido por diez ciudades que combinará encuentros con autoridades y representantes de la sociedad, celebraciones litúrgicas, momentos de oración y encuentros con las comunidades eclesiales y distintos sectores de la población.

La primera etapa: tendrá lugar en Uruguay, donde el Pontífice permanecerá del 6 al 8 de noviembre y visitará Montevideo, Paysandú y Florida. El programa prevé diversos momentos de encuentro y diálogo, junto con celebraciones y espacios de oración con la Iglesia local. 

Entre los diferentes actos programados, el domingo 8 de noviembre, el Sucesor de Pedro celebrará la santa misa en la plaza de la Catedral Basílica de Florida, Santuario Nacional de la Virgen de los Treinta y Tres, en el día de su fiesta, coincidiendo con la peregrinación nacional que suele organizar el Episcopado uruguayo el segundo domingo de noviembre.

Asimismo, León XIV conocerá la realidad social del barrio de Casavalle, en la capital de la nación, específicamente en la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, se reunirá con el mundo de la educación en la Universidad Católica de Uruguay y presidirá una vigilia de oración en el Estadio Centenario de Montevideo.

Será la primera visita de un Papa al país desde el viaje de san Juan Pablo II en 1988. El lema elegido para esta etapa es "Les anuncio una gran alegría", tomado del anuncio del ángel a los pastores de Belén, en el Evangelio según san Lucas, capítulo 2, versículo 10. La expresión presenta el viaje como una ocasión de encuentro y de alegría compartida con la Iglesia y el pueblo uruguayo.

El logotipo tiene en el centro a Cristo crucificado y resucitado, representado en la férula del Santo Padre. A ambos lados aparecen León XIV y la Virgen de los Treinta y Tres, patrona de Uruguay. Sobre ellos figura el sol inspirado en el "Sol de Mayo", mientras las líneas azules evocan la bandera nacional.


Segunda etapa: el 8 de noviembre, León XIV llegará a Argentina, donde permanecerá hasta el día 11 y visitará Buenos Aires, Córdoba y Luján. También en esta etapa el programa articula encuentros institucionales y con representantes de la sociedad, celebraciones, momentos de oración y espacios de cercanía con las comunidades locales.

Será una visita particularmente significativa por tratarse del país natal del Papa Francisco. León XIV llegará al país casi cuatro décadas después de la última visita de un Pontífice: san Juan Pablo II estuvo allí en 1987.

"Bienvenidos todos. Vayan y anuncien" será el lema de esta etapa. El logotipo representa a un pueblo en el que todos son acogidos, con Cristo en el centro. Una corola formada por pequeñas figuras humanas de distintas formas, dimensiones y tonalidades expresa la diversidad reunida en una única composición. En el centro, el espacio blanco configura una cruz, signo de la centralidad de Cristo y del anuncio del Evangelio.

La disposición de las figuras sugiere un camino compartido y la corresponsabilidad de cada persona: del encuentro al anuncio, como discípulos misioneros en camino. El conjunto expresa así apertura, armonía en la diversidad, encuentro y anuncio.

Tercera etapa: el 11 de noviembre, el Papa viajará a Perú, donde permanecerá hasta el 17. La etapa más extensa del viaje comprenderá Lima, Chiclayo, Cuzco y Pucallpa, con un programa que incluye encuentros con autoridades y representantes de distintos ámbitos, celebraciones litúrgicas, momentos de oración y diversas ocasiones de encuentro con las comunidades y los fieles.

La visita tendrá un significado particular para León XIV, que desarrolló durante años su ministerio misionero y pastoral en el país. Llegó a Perú como joven misionero agustino y posteriormente fue obispo de Chiclayo entre 2015 y 2023. La ciudad forma parte del recorrido junto con Lima, Cuzco y Pucallpa.

El lema "Abramos el corazón" invita a abrirse a Dios para renovar la fe, al prójimo para construir fraternidad y a la misión para anunciar con alegría el Evangelio, fortalecer la unidad y fomentar la paz

El logotipo está enmarcado por un corazón que simboliza esta apertura a Dios, a los hermanos y al futuro. En su interior aparece el mapa del Perú, sobre el que se representa la paloma del Espíritu Santo. En el centro figura León XIV, rodeado por santa Rosa de Lima, santo Toribio de Mogrovejo, san Martín de Porres, san Francisco Solano y san Juan Macías, principales santos de la tradición peruana. El conjunto evoca una Iglesia guiada por el Espíritu Santo y enriquecida por el testimonio de sus santos.

Un recorrido de doce días por diez ciudades.

En total, el viaje apostólico se desarrollará durante doce días y abarcará diez ciudades: tres en Uruguay, tres en Argentina y cuatro en Perú. A través de encuentros institucionales, celebraciones, oración y contacto con las comunidades locales, León XIV tendrá ocasión de acercarse a diferentes realidades sociales y eclesiales.

La visita tendrá asimismo una dimensión particular en Perú por la experiencia misionera y episcopal que el Papa desarrolló allí antes de su elección a la Sede de Pedro. 

21 de septiembre fiesta de SAN MATEO.






Nació en Cafarnaún, y, cuando Jesús lo llamó, ejercía el oficio de recaudador de impuestos. Escribió el evangelio en lengua aramea y, según la tradición, predicó en Oriente.
San Mateo es llamado por dos Evangelistas: Levi, ambos nombres son de origen Judíos. El último lo obtuvo antes de su conversión, el otro lo tomo después, para mostrar la renuncia a su profesión y que era un hombre nuevo. Hijo de Alfeo, vivió en Cafarnaun, en el lago de Galilea.

Fue por profesión un publicano, o colector de impuestos para los Romanos. Entre los Judíos, estos publicanos fueron mas infames y odiosos porque esta nación los miraba como enemigos de su privilegio de libertad natural que Dios les había dado, y como personas manchadas por su conversación frecuente y asociación con los paganos, y la esclavización sobre sus compatriotas. Los Judíos los aborrecían universalmente, veían sus propiedades o dinero como fortunas de ladrones, les prohibieron su comunión y participación en su actividades religiosas, al igual que de todos eventos de la sociedad cívica y de comercio. Tertuliano esta ciertamente equivocado cuando afirma que solo los gentiles fueron empleados en este oficio sórdido como San Jerónimo demuestra en varios pasajes de los evangelios. Y es cierto que San Mateo fue Judío, aunque un publicano.

Su oficio dice haber consistido particularmente en acumular costumbres de comodidades que vinieron por el Genesareth o Tiberias, y un peaje que los pasajeros pagaban al venir por agua; San Marco dice que San Mateo mantuvo su oficio de cobro de peaje alado del lago, donde el se sentaba. Jesús, habiendo últimamente curado un paralítico famoso, salio de Cafarnaúm, y camino sobre los bancos del lago o mar de Genesareth, enseñando las personas que le seguían. Aquí el observó a Mateo que realizaba su trabajo de cobro de peaje a quien el llamo a venir y a seguirle. El hombre era rico, disfrutaba de un sueldo lucrativo, era un hombre sabio y prudente, y entendía perfectamente lo que seguir a Jesús le costaría. Pero el no tuvo miramientos y dejo todos sus intereses y relaciones para hacerse un discipular del Señor. No sabemos si el ya estaba relacionado con la persona o doctrina de nuestro Salvador, especialmente como estaba cerca de Cafarnaúm, y su casa parece haber sido en la ciudad, donde Cristo había vivido por algún tiempo, había predicado y hechos muchos milagros, por lo cual el estaba en algún medido preparando a recibir la impresión que el llamado de Jesús había hecho sobre el.

San Jerónimo dice que un cierto aire de majestad brillaron en la continencia de Nuestro Divino Redentor, y traspaso su alma y lo atrajo fuertemente. Este apóstol, a la primera invitación, rompió todas ataduras; dejo sus riquezas, su familia, su preocupaciones del mundo, sus placeres, y su profesión. Su conversión fue sincera y perfecta. San Mateo nunca regreso a su oficio porque era una profesión peligrosa, y una ocasión de avaricia, opresión, y extorsión. San Mateo, al convertirse, para mostrar que no estaba descontento con su cambio, pero que lo miraba como su mas gran felicidad, entretuvo a Nuestro Señor y sus discípulos en una gran comida en su casa a donde invito sus amigos, especialmente los de su ultima profesión, como si esperaba que por medio de la divina conversación de Nuestro Salvador, ellos también quizás sean convertidos.

Después de la ascensión de Nuestro Señor, San Mateo predicó por varios años en Judea y en los países cercanos hasta la dispersión de los apóstoles. Un poco antes de la dispersión escribió su evangelio, o pequeña historia de Nuestro Bendito Redentor. Que la compilo antes de su dispersión aparece no solo porque fue escrito antes de los otros evangelios, sino también el Apóstol Bartolomé se llevo una copia con el a la India, y la dejo allí. San Mateo escribo su evangelio para satisfacer los conversos de Palestina. El Evangelio de San Mateo desciende a un detalle mas particular y completo en las acciones de Cristo que los otros tres, pero desde el Capitulo V al XIV el frecuentemente se distingue de los otros en la serie de su narrativos, ignorando el orden del tiempo, para que esas instrucciones que tienen mas afinidad una con la otra, estén relacionadas juntas. Este evangelista mas bien enfoca sobre las lecciones de moralidad de Nuestro Salvador, y describe su temporal o generación humana, en que las promesas hechas a Abraham y David respecto al nacimiento del Mesías de su semilla fueron realizados; tal argumento inducía de manera particular a los Judíos para que creyeran en él.


San Mateo, después de haber hecho una gran cosecha de almas en Judea, fue a predicar la fe a las naciones barbaras e incivilizadas del Este. El era una persona muy devota a la contemplación celestial y llevaba una vida austera, usando una dieta muy rigurosa; pues no comía carne en vez satisfacía su apetito con hierbas, raíces, semillas. San Ambrosio dice que Dios le abrió el País de los Persas. Rufinus y Sócrates nos dicen que el llevo el evangelio a Etiopía, significando probablemente las partes Sur y Este de Asia. San Paulino menciona que el terminó su curso en Parthia. Venantus Fortunatus relata que el sufrió el martirio en Nudubaz, una ciudad en esas partes. Dorotheus dice que el fue honorablemente enterrado en Hierapolis en Porthia. Sus reliquias fueron traídas al Oeste, el Papa Gregorio VII, en una carta al Obispo de Salerno en 1080, testifica que fueron guardados en una iglesia que tenia el nombre de la ciudad. Todavía están en este lugar.

Predicó entre los judíos por 15 años, incluyendo posiblemente a los judíos de Etiopía, Africa. Murió mártir.


domingo, 20 de septiembre de 2026

20 de septiembre fiesta de SAN ANDRÉS KIM, PABLO CHONG Y COMPAÑEROS MÁRTIRES COREANOS.


Martirologio Romano: Memoria de los santos Andrés Kim Taegön, presbítero, Pablo Chöng Hasang y compañeros, mártires en Corea. Se veneran este día en común celebración todos los ciento tres mártires que en aquel país testificaron intrépidamente la fe cristiana, introducida fervientemente por algunos laicos y después alimentada y reafirmada por la predicación y celebración de los sacramentos por medio de los misioneros. Todos estos atletas de Cristo —tres obispos, ocho presbíteros, y los restantes laicos, casados o no, ancianos, jóvenes y niños—, unidos en el suplicio, consagraron con su sangre preciosa las primicias de la Iglesia en Corea (1839-1867).

Fecha de canonización
Los 103 mártires fueron canonizados por S.S. Juan Pablo II el 6 de mayo de 1984, en Seúl, Corea.
Andrés Kim Tae-Gon, nació el 21 de agosto de 1821 en Solmoe (Corea). Sus padres eran Ignacio Kim Chejun y Ursula Ko. Era niño cuando la familia se trasladó a Kolbaemasil para huir de las persecuciones. Su padre murió mártir el 26 de septiembre de 1839. También su bisabuelo Pío Kim Chunhu había muerto mártir en el año 1814, después de diez años de prisión. Tenía quince años de edad cuando el padre Maubant lo invitó a ingresar al seminario.

Fue enviado al seminario de Macao. Hacia el año 1843 intentó regresar a Corea con el obispo Ferréol, pero en la frontera fueron rechazados.

Se ordenó diácono en China en el año 1844. Volvió a Corea el 15 de enero de 1845. Por su seguridad sólo saludó unos cuantos catequistas; ni siquiera vio a su madre quien, pobre y sola, tenía que mendigar la comida. En una pequeña embarcación de madera guió, a los misioneros franceses hasta Shangai, a la que arribaron soportanto peligrosas tormentas.

En Shangai recibió la ordenación sacerdotal de manos de monseñor Ferréol el 17 de agosto de 1845, convirtiéndose en el primer sacerdote coreano. Hacia fines del mismo mes emprendió el regreso a Corea con el obispo y el padre Daveluy. Llegaron a la Isla Cheju y, en octubre del mismo año, arribaron a Kanggyong donde pudo ver a su madre.

El 5 de junio de 1846 fue arrestado en la isla Yonpyong mientras trataba con los pescadores la forma de llevar a Corea a los misioneros franceses que estaban en China. Inmediatamente fue enviado a la prisión central de Seúl. El rey y algunos de ministros no lo querían condenar por sus vastos conocimientos y dominar varios idiomas. Otros ministros insistieron en que se le aplicara la pena de muerte. Después de tres meses de cárcel fue decapitado en Saenamt´õ el 16 de septiembre de 1846, a la edad de veintiséis años.

Antes de morir, Andrés Kim dijo: ¡Ahora comienza la eternidad! y con serenidad y valentía se acercó al martirio.

Pablo Chong Ha-Sang nació en el año 1795 en Mahyon (Corea) siendo miembro de una noble familia tradicional. Después del martirio de su padre, Agustín Chong Yakjong, y de su hermano mayor Carlos, ocurridos en el año 1801, la familia sufrió mucho. Pablo tenía siete años. Su madre, Cecilia Yu So-sa, vio cómo confiscaban sus bienes y les dejaban en extrema pobreza. Se educó bajo los cuidados de su devota madre.

A los veinte años dejó su familia para reorganizar la iglesia católica en Seúl y pensó en traer misioneros. En el año 1816 viajó a Pekín para solicitar al obispo algunos misioneros; se le concedió uno que falleció antes de llegar a Corea. Él y sus compañeros escribieron al papa para que enviara misioneros. Finalmente gracias a los ruegos de los católicos, el 9 de septiembre de 1831 se estableció el vicariato apostólico de Corea y se nombró su primer obispo encargando a la Sociedad de las Misiones Extranjeras de París la evangelización de Corea.
 
Pablo introdujo al obispo Ímbert en Corea, lo recibió en su casa y lo ayudó durante su ministerio. Monseñor Ímbert pensó que Pablo podía ser sacerdote y comenzó a enseñarle teología... Mientras tanto brotó una nueva persecución. El obispo pudo escapar a Suwon. Pablo, su mamá y su hermana Isabel fueron arrestados en el año 1839.
Aguantó las torturas hasta que fue decapitado a las afueras de Seúl el 22 de septiembre. Poco después también su madre y su hermana sufrieron el martirio.


Los dos forman parte de 103 mártires canonizados por S.S. Juan Pablo II el 6 de mayo de 1984, en Seúl, Corea.

viernes, 18 de septiembre de 2026

18 de septiembre fiesta de San Juan Macías.




Nació en Ribera del Fresno, Badajoz, España, el 2 de marzo de 1585. Huérfano de padre y madre a los 4 años, se crió junto a unos tíos. Ella ya le había legado su mejor patrimonio enseñándole a rezar las primeras oraciones. Pasó la infancia cuidando el rebaño de un rico hacendado, dejándose arrebatar por la belleza del entorno en el que percibía la presencia de Dios.

 Los olivos daban cobijo a sus ardientes plegarias elevadas a la Virgen mientras desgranaba las cuentas del rosario. 

América era una voz que llamaba no solo a los intrépidos conquistadores extremeños, sino también a los misioneros. Y Juan sentía correr por sus venas esa vocación. 

Uno de esos días en los que trabajaba como pastor, un niño que decía llamarse Juan Evangelista había sembrado este afán en su corazón, diciéndole: «Te tengo que llevar a unas tierras muy remotas y lejanas», y desde ese instante se dispuso interiormente a cumplir la voluntad divina. A los 20 años evocando este hecho singular, aunque ignoraba el alcance sobrenatural de esta visita, dejó a sus parientes.

Durante diecinueve años trabajó como agricultor en distintos puntos del Sur de España. Era un emigrante que buscaba serenamente ese lugar que Dios había destinado para él, mientras seguía rezando el Santo Rosario y dando testimonio a todos con su humildad, sencillez, generosidad y alegría; repartía entre los pobres casi todas las ganancias. 

Juan Evangelista continuaba siendo su ángel de la guarda particular y en Sevilla le rescató de ciertos peligros en los que pudo haber quedado atrapado debido a su ingenuidad. 

Partió a Jerez de la Frontera y trabó contacto con los dominicos quienes le invitaron a unirse a la comunidad. Pero él, que tenía singulares experiencias místicas, con toda rotundidad decía: «No está de Dios que yo lo sea aquí». En esta ciudad gaditana, en la que ya había dejado la huella de su caridad, entró al servicio de un adinerado marinero, y en 1619 desde Sanlúcar se embarcó con él al Nuevo Mundo.

Al llegar a Cartagena de Indias el armador le dio su salario, pero le abandonó a su suerte. Juan era un iletrado, y dado que no sabía ni leer ni escribir, ya no le servía para los negocios. Al verse desamparado, oró ante una imagen de María en la Iglesia de los dominicos. 

Y al día siguiente, después de haber constatado por sí mismo el trato ignominioso que recibían los esclavos y de sentir indecible compasión por ellos, buscó trabajo en el puerto. 

Después, viajó por Perú, pasando por Pasto y Quito, hasta que llegó a Lima en 1620, tras un viaje efectuado a pie y en mula de varios meses de duración.

 Le sostuvo la Eucaristía y el rezo diario del rosario. Lo primero que hizo fue buscar a los dominicos. 




Fray Martín de Porres le franqueó la entrada. Era el primer encuentro de dos santos que siguieron caminos casi paralelos. Durante un tiempo, Juan trabajó al servicio de un ganadero como pastor siempre sin dejar de rezar el rosario; solía pedir por los difuntos; por eso se le llama «el ladrón del purgatorio». Un día Juan Evangelista le dijo: «Tu puesto no es el de pastor. Vete al convento de la Magdalena, de la Orden de Predicadores, y pide el hábito de hermano».

Inserto como hermano lego en la comunidad de los dominicos de Santa María Magdalena, tomó los hábitos en 1622. Espiritualmente fue probado con diversas tentaciones. 

Defectos como la soberbia, la vanidad, acusaciones acerca de la intencionalidad que le guiaba a vivir en el convento (le acusaban de perseguir su comodidad), incitaciones contra la castidad, visión de los placeres que le aguardaban fuera…, todo ello pugnaba por apoderarse de su mente conminándole a abandonar su vocación.

 La gracia de Cristo le ayudó a purificarse fortaleciendo una decisión que emprendió en acto de fe y que no hizo sino robustecerse. 

Designado portero conventual, tuvo como guía a fray Pablo de la Caridad. Y de ese lugar recoleto hizo un paraíso particular para los pobres, los explotados y oprimidos, los enfermos, los abandonados, los que precisaban consuelo… 

Todos los que acudían allí hallaban lo preciso en este hombre humilde y desprendido, que pasaba las noches en oración, haciendo penitencia y dando incansables muestras de exquisita caridad, al punto de que grandes personalidades de la nobleza, incluido el virrey de Lima, le confiaban sus problemas deseosos de recibir sus inspirados consejos. 

Entregó todo a Cristo, ofreciéndole su tendencia natural a pasar por la vida sin notoriedad alguna, íntimo afán que su pública misión como portero le impedía. Y eso justamente, al exigir de él gran esfuerzo, lo agradecía a Dios.


Cuando manifestó: «El portero de un convento es el espejo de la comunidad. Conforme es el portero, son los religiosos que moran en ella», sabía bien lo que decía. Las buenas y las pésimas acciones de una sola persona impregnan toda la convivencia y traspasan los muros del recinto. Cada una ha de saber que es testigo para el mundo. 

Y Juan estaba expuesto a ser examinado por las constantes visitas que recibían los religiosos de la Recoleta, a quienes franqueaba la puerta. Lo que veían en él fácilmente podían atribuirlo al resto de sus hermanos. 

Por tanto, lo que afirmó era una apreciación religiosa, profunda, que había brotado en su meditación. Iba llegándole el fin, y atrás dejaba también una vida entregada a los pobres en los que reconocía a Cristo; para ellos pidió por las calles de Lima, además de alentarlos en la fe. Su burrito, que había amaestrado, le traía las limosnas que recogía él solo cuando Juan no podía salir. 

En estos desvalidos pensaban sus hermanos de comunidad cuando vieron que iba helándose su aliento. 

Ante el comentario de lo que podría ser de ellos con su orfandad, Juan les tranquilizó: «Con que tengan a Dios, sobra todo lo demás». 

Fue agraciado, entre otros dones, con el de milagros.

 Murió el 16 de septiembre de 1645 mientras la comunidad honraba a María con la Salve Regina. Gregorio XVI lo beatificó el 22 de octubre de 1837. El Beato Pablo VI lo canonizó el 28 de septiembre de 1975.

18 de septiembre fiesta de SAN JOSÉ DE CUPERTINO.




 José nació en 1603 en el pequeño pueblo italiano llamado Cupertino. Sus padres eran sumamente pobres. El niño vino al mundo en un pobre cobertizo pegado a la casa, porque el papá, un humilde carpintero, no había podido pagar las cuotas que debía de su casa y se la habían embargado.
Murió el papá, y entonces la mamá, ante la situación de extrema pobreza en que se hallaba, trataba muy ásperamente al pobre niño y este creció debilucho y distraído. Se le olvidaba hasta comer. A veces pasaba por las calles con la boca abierta mirando tristemente a la gente, y los vecinos le pusieron por sobrenombre el "boquiabierta". Las gentes lo despreciaban y lo creían un poca cosa. Pero lo que no sabían era que en sus deberes de piedad era extraordinariamente agradable a Dios, el cual le iba a responder luego de maneras maravillosas.
 
A los 17 años pidió ser admitido de franciscano pero no fue admitido. Pidió que lo recibieran en los capuchinos y fue aceptado como hermano lego, pero después de ocho meses fue expulsado porque era en extremo distraído. Dejaba caer los platos cuando los llevaba para el comedor. Se le olvidaban los oficios que le habían puesto. Parecía que estaba siempre pensando en otras cosas. Por inútil lo mandaron para afuera.

Al verse desechado, José buscó refugio en casa de un familiar suyo que era rico, pero él declaró que este joven "no era bueno para nada", y lo echó a la calle. Se vio entonces obligado a volver a la miseria y al desprecio de su casa. La mamá no sintió ni el menor placer al ver regresar a semejante "inútil", y para deshacerse de él le rogó insistentemente a un pariente que era franciscano, para que lo recibieran al muchacho como mandadero en el convento de los padres franciscanos.

Sucedió entonces que en José se obró un cambio que nadie había imaginado. Lo recibieron los padres como obrero y lo pusieron a trabajar en el establo y empezó a desempeñarse con notable destreza en todos los oficios que le encomendaban. Pronto con su humildad y su amabilidad, con su espíritu de penitencia y su amor por la oración, se fue ganando la estimación y el aprecio de los religiosos, y en 1625, por votación unánime de todos los frailes de esa comunidad, fue admitido como religioso franciscano.

Lo pusieron a estudiar para presentarse al sacerdocio, pero le sucedía que cuando iba a presentar exámenes se trababa todo y no era capaz de responder. Llegó uno de los exámenes finales y el pobre Fray José la única frase del evangelio que era capaz de explicar completamente bien era aquella que dice: "Bendito el fruto de tu vientre Jesús". Estaba asustadísimo pero al empezar el examen, el jefe de los examinadores dijo: "Voy a abrir el evangelio, y la primera frase que salga, será la que tiene que explicar". Y salió precisamente la única frase que el Cupertino se sabía perfectamente: "Bendito sea el fruto de tu vientre".

Llegó al fin el examen definitivo en el cual se decidía quiénes sí serían ordenados. Y los primeros diez que examinó el obispo respondieron tan maravillosamente bien todas las preguntas, que el obispo suspendió el examen diciendo: ¿Para qué seguir examinando a los demás si todos se encuentran tan formidablemente preparados?" y por ahí estaba haciendo turno para que lo examinaran, el José de Cupertino, temblando de miedo por si lo iban a descalificar. Y se libró de semejante catástrofe por casualidad.

Ordenado sacerdote en 1628, se dedicó a tratar de ganar almas por medio de la oración y de la penitencia. Sabía que no tenía cualidades especiales para predicar ni para enseñar, pero entonces suplía estas deficiencias ofreciendo grandes penitencias y muchas oraciones por los pecadores. Jamás comía carne ni bebía ninguna clase de licor. Ayunaba a pan y agua muchos días. Se dedicaba con gran esfuerzo y consagración a los trabajos manuales del convento (que era para lo único que se sentía capacitado).
Desde el día de su ordenación sacerdotal su vida fue una serie no interrumpida de éxtasis, curaciones milagrosas y sucesos sobrenaturales en un grado tal que no se conocen en cantidad semejante con ningún otro santo. Bastaba que le hablaran de Dios o del cielo para que se volviera insensible a lo que sucedía a su alrededor. Ahora se explicaban por que de niño andaba tan distraído y con la boca abierta. Un domingo, fiesta del Buen Pastor, se encontró un corderito, se lo echó al hombro y al pensar en Jesús, Buen Pastor, se fue elevando por los aires con cordero y todo.

Los animales sentían por él un especial cariño. Pasando por el campo, se ponía a rezar y las ovejas se iban reuniendo a su alrededor y escuchaban muy atentas sus oraciones. Las golondrinas en grandes bandadas volaban alrededor de su cabeza y lo acompañaban por cuadras y cuadras.

Sabemos que la Iglesia Católica llama éxtasis a un estado de elevación del alma hacia lo sobrenatural, durante lo cual la persona se libra momentáneamente del influjo de los sentidos, para contemplar lo que pertenece a la divinidad. San José de Cupertino quedaba en éxtasis con mucha frecuencia durante la Santa Misa, cuando estaba rezando los salmos de la S. Biblia. Durante los 17 años que estuvo en el convento de Grotella sus compañeros de comunidad presenciaron 70 éxtasis de este santo. El más famoso sucedió cuando 10 obreros deseaban llevar una pesada cruz a una montaña y no lo lograban. Entonces Fray José se elevó por los aires con cruz y todo y la llevó hasta la cima del monte.

Como estos sucesos tan raros podían producir movimientos de exagerado fervor entre el pueblo, los superiores le prohibieron celebrar misa en público, ir a rezar en comunidad con los demás religiosos, asistir al comedor cuando estaban los otros ahí, y concurrir a otras sesiones públicas de devoción.

Cuando estaba en éxtasis lo pinchaban con agujas, le daban golpes con palos y hasta le acercaban a sus dedos velas encendidas y no sentía nada. Lo único que lo hacía volver en sí era oír la voz de su superior que lo llamaba a que fuera a cumplir con sus deberes. Cuando regresaba de sus éxtasis pedía perdón a sus compañeros diciéndoles: "Excúsenme por estos ‘ataques de mareo’ que me dan".

En la Iglesia han sucedido levitaciones a más de 200 santos. Consisten en elevar el cuerpo humano desde el suelo, sin ninguna fuerza física que lo esté levantando. Se ha considerado como un regalo que Dios hace a ciertas almas muy espirituales. San José de Cupertino tuvo numerosísimas levitaciones.

Un día llegó el embajador de España con su esposa y mandaron llamar a Fray José para hacerle una consulta espiritual. Este llegó corriendo. Pero cuando ya iba a empezar a hablar con ellos, vio un cuadro de la Virgen que estaba en lo más alto del edificio, y dando su típico pequeño grito se fue elevando por el aire hasta quedar frente al rostro de la sagrada imagen. El embajador y su esposa contemplaban emocionados semejante suceso que jamás habían visto. El santo rezó unos momentos, y luego descendió suavemente al suelo, y como avergonzado, subió corriendo a su habitación y ya no bajó más ese día.

En Osimo, donde el santo pasó sus últimos seis años, un día los demás religiosos lo vieron elevarse hasta una estatua de la Virgen María que estaba a tres metros y medio de altura, y darle un beso al Niño Jesús, y ahí junto a la Madre y al Niño se quedó un rato rezando con intensa emoción, suspendido por los aires.

El día de la Asunción de la Virgen en el año 1663, un mes antes de su muerte, celebró su última misa. Y estando celebrando quedó suspendido por los aires como si estuviera con el mismo Dios en el cielo. Muchos testigos presenciaron este suceso.

Muchos enemigos empezaron a decir que todo eso eran meros inventos y lo acusaban de engañador. Fue enviado al Superior General de los Franciscanos en Roma y este al darse cuenta que era tan piadoso y tan humilde, reconoció que no estaba fingiendo nada. Lo llevaron luego donde el Sumo Pontífice Urbano VIII, el cual deseaba saber si era cierto o no lo que le contaban de los éxtasis y las levitaciones del frailecito. Y estando hablando con el Papa, quedó José en éxtasis y se fue elevando por el aire. El Duque de Hannover, que era protestante, al ver a José en éxtasis se convirtió al catolicismo.

El Papa Benedicto XIV que era rigurosísimo en no aceptar como milagro nada que no fuera en verdad milagro, estudió cuidadosamente la vida de José de Cupertino y declaró: "Todos estos hechos no se puede explicar sin una intervención muy especial de Dios".


Los últimos años de su vida, José fue enviado por sus superiores a conventos muy alejados donde nadie pudiera hablar con él. La gente descubría donde estaba y corrían hacia allá. Entonces lo enviaban a otro convento más apartado aún. El sufrió meses de aridez y sequedad espiritual (como Jesús en Getsemaní) pero después a base de mucha oración y de continua meditación, retornaba otra vez a la paz de su alma. A los que le consultaban problemas espirituales les daba siempre un remedio: "Rezar, no cansarse nunca de rezar. Que Dios no es sordo ni el cielo es de bronce. Todo el que pide, recibe".


Murió el 18 de septiembre de 1663 a la edad de 60 años.

18 de septiembre fiesta de Santa María de la Purísima de la Cruz.




María Isabel Salvat Romero, nombre con el que fue bautizada la nueva santa, nació en Madrid el 20 de Febrero de 1926. Perteneciente a una familia acomodada de la capital española, tomó los votos en 1952, y antes de llegar a Sevilla pasó por los conventos de Estepa y Villanueva del Río y Minas.

Fiel seguidora de Santa Ángela y observadora intachable de las reglas del Instituto, mantuvo intacto el carisma fundacional. Fue elegida Madre general de la Compañía de la Cruz el 11 de Febrero de 1977, pero antes fue maestra de novicias y consejera generalicia.

Austera y pobre para sí misma -«De lo poco, poco», solía decir- hacía vivir a las hermanas el espíritu del Instituto en la fidelidad a las cosas pequeñas. Se entregó a todos los que la necesitaban, especialmente a las niñas de los internados.

Con los enfermos y pobres sobresalía su delicadeza y caridad, los trataba como a nuestros “amos y señores”. Era extremada en atenciones, según las necesidades de cada uno.

Cada mañana, Hermana María de la Purísima se dirigía a “las cuevas” lejos del convento para asistir a las ancianas: lavarlas, curar sus heridas, hacerles la comida, lavarles la ropa etc. En estas asistencias siempre escogía lo más trabajoso y penoso.

Se arrodillaba ante ellas para lavarles los pies, curarles las llagas, poniendo en las heridas el bálsamo de su amor y caridad mientras escuchaba sus penas y se las aliviaba con su cariño y comprensión.

Les enseñaba a rezar y a confiar en el Señor; con su ejemplo hacía crecer en ellas la paciencia y resignación ante el dolor y soledad de sus vidas.

Con su cariño y paciencia fue ganando el corazón de tantas personas que poco a poco las fue acercando al Señor. Su generosidad con los pobres fue extremada, hasta darles, a veces, los alimentos de la Comunidad confiando en que la Divina Providencia no les iba a faltar a las Hermanas.

Trabajó incansablemente por hacer vida el ideal de Santa Ángela de la Cruz: “Hacerse pobre con los pobres para llevarlos a Cristo”.

En los últimos días de su vida, cuando la cruz de la enfermedad se le hizo sentir de una forma más dolorosa sólo se le oyó decir momentos antes de su muerte: ¡Qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor!

Falleció el día 31 de octubre de 1998. En 2009 fue declarada venerable, y en septiembre de 2010 fue beatificada en una multitudinaria ceremonia en el estadio de la Cartuja de Sevilla.

La Santa Sede le ha reconocido dos milagros: la curación de una niña con una cardiopatía congénita y de un cofrade de la Hermandad de la Macarena que despertó después de 12 días en coma.

El domingo 18 de octubre del año 2015 fue canonizada en el Vaticano la Madre María de la Purísima de la Cruz, superiora general de la Congregación de las Hermanas de la Compañía de la Cruz, quien dedicó su vida a atender a los pobres, los enfermos y a los más necesitados.





Es la segunda religiosa de esta congregación en subir a los altares, junto con la fundadora Sor Ángela de la Cruz.

Durante la Santa Misa, presidida por el Papa Francisco a las 10.00 de la mañana, también fueron proclamados santos Luis y Celia Martin, padres de Santa Teresita del Niño Jesús; y el sacerdote diocesano Vincenzo Grossi, fundador del Instituto de las Hijas del Oratorio.