sábado, 30 de mayo de 2026

30 de mayo fiesta de Santa Juana de Arco.



Guiada por Dios por medio de locuciones interiores,  Santa Juana conduce al ejército francés a liberar el país. Finalmente, traicionada, muere en la hoguera.  Ella se mantiene siempre fiel a Jesús y la Iglesia.

Santa Juana de Arco nació en día de la Epifanía de 1412, en Domrémy, pequeño pueblecito de Champagne, a orillas de la Mosa, Francia. Su padre, Jacobo d’Arc, era un hacendado de cierta importancia, hombre bueno, frugal y un tanto huraño. La madre de Santa Juana, que amaba tiernamente a sus cinco hijos, educó a sus dos hijas en los quehaceres domésticos. Santa Juana declaró más tarde: "Sé cocer e hilar como cualquier mujer". 
Pero nunca aprendió a leer ni a escribir. Los vecinos de la familia, en el proceso de rehabilitación de la santa, dejaron testimonios conmovedores de la piedad y ejemplar conducta de la joven. Tanto los sacerdotes que la conocieron como sus compañeros de juegos, atestiguaron que le gustaba ir a orar a la Iglesia, que recibía con frecuencia los sacramentos, que se ocupaba de los enfermos y era particularmente bondadosa con los peregrinos, a los que más de una vez, cedió su lecho. 
Según uno de los testigos "era tan buena, que todo el pueblo la quería." Por lo que parece Santa Juana tuvo una infancia feliz, aunque un tanto turbada por los desastres que asolaban el país y por el constante peligro de un ataque armado sobre la población de Domrémy, situada en la frontera de Lorena. Antes de emprender su gran empresa, Santa Juana tuvo que huir, por lo menos una vez, con sus padres, a la población de Neufchatel, a trece kilómetros de distancia, para escapar de las manos de los piratas borgoñones que saquearon Domrémy.

Santa Juana era todavía muy niña cuando Enrique V de Inglaterra invadió Francia, asoló Normandía y reclamó la corona de Carlos VI. Francia se hallaba en aquel momento dividida por la guerra civil entre los partidarios del duque de Borgoña y el duque de Orleáns, de suerte que no había podido organizar rápidamente la resistencia.
 Por otra parte, después de que el duque de Borgoña fue traidoramente asesinado por los hombres del delfín, los borgoñeses se aliaron con los ingleses, que apoyaban su causa. La muerte de los monarcas rivales, ocurrida en 1422, no mejoró la situación de Francia. El duque de Bedford, regente del monarca inglés, prosiguió vigorosamente la campaña y las ciudades cayeron, una tras otra, en manos de los aliados. 
Entre tanto, Carlos VII, o el delfín, como se insistía en llamarle, consideraba la situación perdida sin remedio y se entregaba a frívolos pasatiempos en su corte.

A los catorce años de edad, Santa Juana tuvo la primera de las experiencias místicas que habían de conducirla por el camino del patriotismo hasta la muerte en la hoguera. Primero oyó una voz, parecía hablarle de cerca, y vio un resplandor; más tarde, las voces se multiplicaron y la joven empezó a ver a sus interlocutores, que eran , entre otros, San Miguel Arcángel, Santa Catalina y Santa Margarita. Poco a poco, le explicaron la abrumadora misión a que el cielo la tenía destinada: ¡Ella, una simple campesina debía salvar a Francia! 
Para no despertar la cólera de su padre, Santa Juana mantuvo silencio. Pero, en mayo de 1428, las voces se hicieron imperiosas y explícitas: la joven debía presentarse ante Roberto de Baudricourt, comandante de las fuerzas reales, en la cercana población de Vaucouleurs. Santa Juana consiguió que un tío suyo que vivía en Vaucouleurs, la llevase consigo. Pero Baudricourt se burló de sus palabras y despidió a la doncella, diciéndole que lo que necesitaba era que su padre le diese unas buenas nalgadas.

En aquel momento, la posición militar del rey era desesperada, pues los ingleses atacaban Orleáns, el último reducto de la resistencia. Santa Juana volvió a Domrémy, pero las voces no le dieron descanso. 
Cuando la joven respondió que era una campesina que no sabía ni montar a caballo, ni hacer la guerra, las voces le replicaron: "Dios te lo manda."  Incapaz de resistir a este llamamiento, Santa Juana huyó de su casa y se dirigió nuevamente a Vaucouleurs. 
El escepticismo de Baudricourt desapareció cuando recibió la noticia oficial de una derrota que Santa Juana había predicho; así pues, no sólo consintió en mandarla a ver al rey, sino que le dio una escolta de tres soldados. Santa Juana pidió que le permitieran vestirse de hombre para proteger su virtud.

Los viajeros llegaron a Chinon, donde se hallaba en monarca, el 6 de marzo de 1429; pero Santa Juana no consiguió verle sino hasta dos días después. Carlos se había disfrazado para desconcertar a Santa Juana; pero la doncella le reconoció al punto por una señal secreta que le comunicaron las voces y que ella transmitió sólo al rey. ello bastó para persuadir a Carlos VII del carácter sobrenatural de la misión de la doncella. Santa Juana le pidió un regimiento para ir a salvar Orleáns. 
El favorito del rey, la Trémouille, y la mayor parte de la corte, que consideraban a Santa Juana como una visionaria o una impostora, se opusieron a su petición. Para zanjar la cuestión, el rey decidió enviar a Santa Juana a Poitiers a que la examinara una comisión de sabios teólogos.

Al cabo de un interrogatorio que duró tres semanas por lo menos, la comisión declaró que no encontraba nada que reprochar a la joven y aconsejó que el rey se valiese, prudentemente, de sus servicios. Santa Juana volvió entonces a Chinon, donde se iniciaron los preparativos para la expedición que ella debía encabezar. El estandarte que se confeccionó especialmente para ella, tenía bordados los nombres de Jesús y de María y una imagen del Padre Eterno, a quien dos ángeles le presentaban. de rodilla, una flor de lis. La expedición partió de Blois, el 27 de abril. Santa Juana iba al a cabeza, revestida con una armadura blanca.

A pesar de algunos contratiempos, el ejército consiguió entrar en Orleáns, el 29 de abril y su presencia obró maravillas. Para el 8 de mayo, ya habían caído los fuertes ingleses que rodeaban la ciudad y, al mismo tiempo, se levantó el sitio. Santa Juana recibió una herida de flecha bajo el hombro. 
Antes de la campaña, había profetizado todos estos acontecimientos, con las fechas aproximadas. La doncella hubiese querido continuar la guerra, pues las voces le habían asegurado que no viviría mucho tiempo. 
Pero La Trémouille y el arzobispo de Reims, que consideraban la liberación de Orleáns como obra de la buena suerte, se inclinaban a negociar con los ingleses. Sin embargo, se permitió a Santa Juana emprender una campaña en el Loira con el duque de Alencon. La campaña fue muy breve y dio el triunfo aplastante sobre las tropas de Sir John Fastolf, en Patay. Santa Juana trató de coronar inmediatamente al delfín. 
El camino a Reims estaba prácticamente conquistado y el último obstáculo desapareció con la inesperada capitulación de Troyes.





Los nobles franceses opusieron cierta resistencia; sin embargo, acabaron por seguir a la santa a Reims, donde, el 17 de julio de 1429, Carlos VII fue solemnemente coronado. Durante la ceremonia, Santa Juana permaneció de pie con su estandarte, junto al rey. Con la coronación de Carlos VII terminó la misión que las voces habían confiado a la santa y también su carrera de triunfos militares.

Santa Juana se lanzó audazmente al ataque de París, pero la empresa fracasó por la falta de los refuerzos que el rey había prometido enviar y por la ausencia del monarca. La santa recibió una herida en el muslo durante la batalla y, el duque de Alencon tuvo que retirarla casi a rastras. La tregua de invierno que siguió, la pasó Santa Juana en la corte, donde los nobles la miraban con mal disimulado recelo. Cuando recomenzaron las hostilidades, Santa Juana acudió a socorrer la plaza de Compiegne, que resistía a los borgoñones. 
El 23 de mayo de 1430, entró en la ciudad y ese mismo día organizó un ataque que no tuvo éxito. A causa del pánico, o debido a un error de cálculo del gobernador de la plaza, se levantó demasiado pronto el puente levadizo, y Santa Juana, con algunos de sus hombres, quedaron en el foso a merced del enemigo. 
Los borgoñeses derribaron del caballo a la doncella entre una furiosa gritería y la llevaron al campamento de Juan de Luxemburgo, pues uno de sus soldados la había hecho prisionera. Desde entonces hasta bien entrado el otoño, la joven estuvo presa en manos del duque de Borgoña. Ni el rey ni los compañeros de la santa hicieron el menor esfuerzo por rescatarla, sino que la abandonaron a su suerte. Pero, si los franceses la olvidaban, los ingleses en cambio se interesaban por ella y la compraron, el 21 de noviembre, por una suma equivalente a 23,000 libras esterlinas, actualmente. Una vez en manos de los ingleses, Santa Juana estaba perdida. 
Estos no podían condenarla a muerte por haberles derrotado, pero la acusaron de hechicería y de herejía. Como la brujería estaba entonces a la orden del día, la acusación no era extravagante. Además, es cierto que los ingleses y los borgoñeses habían atribuido sus derrotas a conjuros mágicos de la santa doncella.

Los ingleses la condujeron, dos días antes de Navidad, al castillo de Rouen. Según se dice sin suficiente fundamento, la encerraron, primero, en una jaula de acero, porque había intentado huir dos veces; después la trasladaron a una celda, donde la encadenaron a un poyo de piedra y la vigilaban día y noche. 
El 21 de febrero de 1431, la santa compareció por primera vez ante un tribunal presidido por Pedro Cauchon, obispo de Beauvais, un hombre sin escrúpulos, que esperaba conseguir la sede arquiepiscopal de Rouen con la ayuda de los ingleses. 
El tribunal, cuidadosamente elegido por Cauchon, estaba compuesto de magistrados, doctores, clérigos y empleados ordinarios. En seis sesiones públicas y nueve sesiones privadas, el tribunal interrogó a la doncella acerca de sus visones y "voces", de sus vestidos de hombre, de su fe y de sus disposiciones para someterse a la Iglesia. 
Sola y sin defensa, la santa hizo frente a sus jueces valerosamente y muchas veces los confundió con sus hábiles respuestas y su memoria exactísima. Una vez terminadas las sesiones, se presentó a los jueces y a la Universidad de Paría un resumen burdo e injusto de las declaraciones de la joven. En base a ello, los jueces determinaron que las revelaciones habían sido diabólicas y la Universidad la acusó en términos violentos.

En la deliberación final el tribunal declaró que, si no se retractaba, debía ser entregada como hereje al brazo secular. La santa se negó a retractarse a pesar de las amenazas de tortura. Pero, cuando se vio frente a una gran multitud en el cementerio de Saint-Ouen, perdió valor e hizo una vaga retractación. 
Digamos, sin embargo, que no se conservan los términos de si retractación y que se ha discutido mucho sobre el hecho. La joven fue conducida nuevamente a la prisión, pero ese respiro no duró mucho tiempo. 
Ya fuese por voluntad propia, ya por artimañas de los que deseaban su muerte, lo cierto es que Santa Juana volvió a vestirse de hombre, contra la promesa que le habían arrancado sus enemigos. Cuando Cauchon y sus hombres fueron a interrogarla en su celda sobre lo que ellos consideraban como una infidelidad, Santa Juana, que había recobrado todo su valor, declaró nuevamente que Dios la había enviado y que las voces procedían de Dios.

Según se dice, al salir del castillo, Cauchon dijo al Conde de Warwick: "Tened buen ánimo, que pronto acabaremos con ella". El martes 29 de mayo de 1431, los jueces, después de oír el informe de Cauchon, resolvieron entregar a la santa al brazo secular como hereje renegada. Al día siguiente, a las ocho de la mañana, Santa Juana fue conducida a la plaza del mercado de Rouen para ser quemada en vida. Cuando los verdugos encendieron la hoguera, Santa Juana pidió a un fraile dominico que mantuviese una cruz a la altura de sus ojos. Murió rezando. Invocaba al Arcángel San Miguel, al cual siempre le había tenido gran devoción e invocando el nombre de Jesús tres veces, entregó su espíritu al Señor.



La santa no había cumplido todavía los veinte años. Sus cenizas fueron arrojadas al río Sena. Más de uno de los espectadores debió haber hecho eco al comentario amargo de Juan Tressart, uno de los secretarios del rey Enrique "¡Estamos perdidos! ¡Hemos quemado a una santa!"

Veintitrés años después de la muerte de Santa Juana, su madre y dos de sus hermanos pidieron que se examinase nuevamente el caso, y el Papa Calixto III nombró a una comisión encargada de hacerlo. El 7 de julio de 1456, el veredicto de la comisión rehabilitó plenamente a la santa. Más de cuatro siglos y medio después, el 16 de mayo de 1920, Juana de Arco fue solemnemente canonizada por el Papa Benedicto XV.




30 de mayo fiesta de la Beata Marta Wiecka.


Infancia y familia

Nació el 12 de enero de 1874 en Nowy Wiec al noroeste de Polonia. Fue bautizada el 18 de enero de 1874 en la iglesia filial de Szczodrowo recibiendo los nombres de Marta Anna.

Era la tercera de los 13 hijos de Marcelino y Paulina. Sus padres, labradores, eran dueños de un campo de 100 hectáreas.

El estado polaco había desaparecido del mapa de Europa en el año 1795 después de los tres repartos sucesivos de su territorio entre Austria, Prusia y Rusia. Nowy Wiec se hallaba en la región prusiana cuyas autoridades, aplicando métodos impositivos y a veces brutales, sometían a la población a una germanización forzosa.

La familia Wiecka era de una fe profunda y un arraigado patriotismo. Con otras muchas familias constituyeron la base de la oposición ante la invasión germánica.
En la casa de Marta se rezaba el Rosario en familia todos los días, se leían las biografías de los santos u otros libros religiosos y se compartía el contenido de la homilía dominical.

A la edad de 2 años Marta cayó enferma tan gravemente, que estuvo a las puertas de la muerte. La mejoría radical sucedió tras una oración intensa a la Virgen en su Santuario de Piaseczno.
Su familia.

                                                            A la Izquierda, su hermano sacerdote



Este hecho fue interpretado en la familia Wiecka como milagro dejando huella en la vida de Marta y en su relación cercana y filial con la Stam Virgen.
Toda su vida estuvo marcada por la devoción mariana. Ella misma afirmaba que recurría a la Santísima Virgen en todas sus necesidades y jamás, María, le había negado algo de lo que pedía.

La pequeña Marta ayudaba en casa cuanto podía. Los vecinos testimoniaron que era una chica piadosa, mansa y humilde de corazón, de carácter recto, pero sobre todo irradiaba serenidad y alegría.

Su familia y sus vecinos conocían también su honda devoción a San Juan Nepomuceno. Siendo niña encontró una estatua de este santo y organizó su restauración, tras la cual fue colocada frente a su casa… Muchas veces se podía verla rezando ante ella. Toda la vida conservará la devoción a este Santo que despertó en su alma infantil la catequesis parroquial.

El 3 de octubre de 1886, a los 12 años de edad, recibió la Primera Comunión.

A partir de esta fecha, su unión con Jesucristo Eucaristía se fortaleció fuertemente y su vida de oración se centró totalmente en Él. Cuando podía, se dirigía a la iglesia parroquial, localizada a 12 kilómetros de Nowy Wiec, para participar en la Eucaristía.
En su casa dedicaba frecuentemente su tiempo a la oración. 

Cuando su madre cayó enferma la reemplazó en algunos trabajos de la casa, sobre todo en el cuidado de los niños más pequeños.

Vocación

A los 16 años pidió el ingreso en la Compañía de las Hijas de la Caridad. La Visitadora la hizo esperar dos años hasta alcanzar la edad exigida.

En el año 1892, a los 18 años lo solicitó de nuevo con su amiga Monika Gdaniec, pero no fue admitida en Chelmno porque había exceso de postulantes.

Entonces el número de admisiones estaba restringido por las autoridades prusianas y este era un condicionamiento insalvable… Ambas amigas, Marta y Monika, viajaron a Cracovia, que estaba entonces bajo el dominio austriaco, y allí el 26 de abril de 1892 fueron admitidas las dos en el postulantado.

Después de cuatro meses, el día 12 de agosto de 1892, entraron en el Seminario (noviciado). Allí durante ocho meses de formación inicial asimiló el ideal de las Hijas de la Caridad que iba a desarrollar en los años posteriores.
Después de la toma de hábito el 21 de abril de 1893, Sor Marta fue destinada al Hospital General de Lviv que se hallaba en la parte austriaca, Galitzia, y pertenecía a la Provincia de Cracovia.
Muy pronto se ganó la estima de una Hermana por su amor y servicio a los enfermos con gran entrega y abnegación. La estancia en Lviv duró año y medio.

Este período preparó a Sor Marta para el trabajo en el pequeño hospital de Podhajce. Aquí durante cinco años también dio testimonio de devoción y cariño en el cuidado de los pacientes. En este hospital de Podhajce emitió los primeros votos, el 15 de agosto de 1897, ratificando su entrega total a Dios para servirle en los más pobres.

La prueba de la calumnia

En 1899 Sor Marta fue destinada al hospital de Bochnia, ciudad cercana a Cracovia.

La Hermana Sirviente era entonces Sor Maria Chabło. En ese tiempo Sor Marta tuvo una visión de la cruz, desde la cual le habló el Señor animándola a soportar todas las contrariedades y le prometió llevarla pronto consigo.

Este acontecimiento despertó en ella un celo todavía más delicado en su trabajo y una fuerte añoranza del cielo. 

La prueba anunciada no tardó en llegar… Un hombre desmoralizado, al salir del hospital divulgó por la ciudad la noticia que Sor Marta había quedado embarazada por su relación amorosa con un paciente joven, pariente del párroco. A partir de entonces cayó sobre Sor Marta una ola de afrentas maliciosas de parte de los habitantes de Sniatyn.

Sin embargo la actitud firme de la Hermana Sirviente permitió que Sor Marta se quedara en el lugar para confirmar su inocencia. En aquel tiempo no dejó de cumplir sus deberes con la servicialidad y cariño de siempre.

A pesar de sufrir persecución moral, soportaba esta calumnia en silencio abandonándose en manos de Dios.

El carisma de Sor Marta

En el año 1902 fue destinada Sor Marta a Sniatyn, ciudad ubicada en la frontera oriental de Galitzia, (hoy se encuentra en Ucrania). Allí también desarrolló su servicio en el hospital.

El párroco del lugar pronto se dio cuenta de la categoría espiritual de Sor Marta y de su don de discernimiento sobre el estado de las almas.

 Y empezó a enviarle personas que no necesitaban cuidados de enfermería sino consejo y dirección espiritual… Sor Marta no se limitaba solo a esta tarea, socorría y servía con fervor a todos los necesitados.

Sor Marta amaba mucho su vocación e irradiaba alegría y satisfacción en su entrega a los pobres. Siempre tenía una sonrisa sincera en su rostro… Sabía establecer empatía con su pacientes a los aliviaba los sufrimientos físicos y morales.

De forma discreta y callada les ayudaba en la preparación para la confesión, les instruía sobre la doctrina de la fe, ayudaba a resolver los problemas en coherencia con su visión cristiana de la vida. El número de los enfermos que habitualmente la acompañaban en el Vía Crucis rezado en la capilla, llegaba a cuarenta.

Poseía un don singular para reconciliar las almas con Dios. En su departamento nadie moría sin confesarse e incluso, más de una vez, algunos pacientes judíos pidieron ser bautizados… Sor Marta trataba con la misma atención y caridad a todas las personas que sufrían, fueran polacos, ucranianos o judíos, greco-católicos, ortodoxos o católicos… La fuerza para servir con esta entrega radical le venía de la oración.

Tanto su vida como su muerte estuvieron selladas por el amor auténtico a Dios y al prójimo, fuente y centro de su existencia.

En 1904, consciente del peligro que esto conllevaba, se ofreció a sustituir a un empleado del hospital en la desinfección de una habitación dónde había muerto una enferma de tifus. Sor Marta realizó este trabajo con satisfacción.

Y lo hizo para que no se contagiase el operario que debía hacerlo, cuyo trabajo constituía el sustento de su mujer e hijo. Sor Marta sintió la fiebre enseguida, pero se empeñó en terminar todos sus trabajos.

Durante la última semana en el hospital se hizo todo lo posible para curarla. A estos esfuerzos les acompañaba una intensa oración de pacientes y empleados del hospital y personas buenas de toda la ciudad. 

Los judíos encendían velas en la sinagoga por sus intenciones… Gran número de personas esperaba frente al hospital interesándose por su salud. Después de administrarle el santo Viático, Sor Marta realizó una oración larga y profunda, considerada por los testigos como un verdadero éxtasis.

Murió serenamente y confiada a las manos de Dios Padre el 30 de mayo de 1904 en Sniatyn.

Los fieles del lugar cuidaron y veneraron la tumba de Sor Marta. Durante más de cien años ha estado continuamente cubierta de flores, velas y una especie de tapetes bordados, muy tradicionales en esa región.

La gente peregrinaba hacia ella y sostenía que había sido escuchada y consolada por su intercesión en asuntos muy difíciles…




Decían que acudían a su Madre” o Madrecita”. Nadie preguntaba si eran ortodoxos o católicos y de qué rito. Aun en los años del régimen de la máquina soviética” acudían a ella, y así lo siguen haciendo los peregrinos y habitantes del lugar hasta hoy.


Fue beatificada el 24 de mayo del año 2008 en el Bogdan Chmielnecki Park, Lviv (Ucrania), la ceremonia fue presidida por el Cardenal Tarcisio Bertone, en representación del Papa Benedicto XVI.



30 de mayo fiesta del Beato Otto Neururer.



En el campo de concentración de Buchenwald, en la región de Turingia, en Alemania, pasión del beato Otón Neururer, presbítero y mártir, que, por haber convencido a una joven católica para que no simulase la celebración del matrimonio con un partidario, ya casado, del régimen hostil a Dios y a los hombres, fue encerrado en la cárcel, donde, a pesar de todo, continuó clandestinamente con su ministerio entre todo tipo de tribulaciones, hasta que consumó el martirio al ser colgado por los pies cabeza abajo.

Otto Neururer nació el 25 de marzo de 1882 en Piller, un pequeño villorrio de montala en el Tirol (Austria), duodécimo hijo de Aloisio Neururer e Hildegarda Streng, padres humildes, molineros y agricultores. 

Sintió desde joven la llamada al sacerdocio, y para este propósito estudió en el seminario, después de lo cual fue ordenado sacerdote en 1907, y enseguida nombrado vicario cooperador en siete sucesivas parroquias del Tirol del Norte. 

Se desempeñó como cooperador y maestro de religión en la parroquia de Santiago (actual catedral de Innsbruck) durante 15 años, hasta que en 1932 fue nombrado párroco del pueblo de Götzens, situado en las afueras de la ciudad.

A pesar de las densas nubes políticas que se cernían sobre Austria, el padre Otto desenvolvió su apostolado con gran celo entre los fieles de su parroquia, que lo amaron como a un padre. 

A mitad del año 1938 se produjo la anexión de Austria al III Reich, y en el mes de diciembre el párroco aconsejó a una joven católica de su parroquia no contraer matrimonio con un hombre mucho mayor que ella, divorciado, apóstata, y ferviente defensor del partido nazi, y sobre todo fanático observante de las ideas racistas de este partido.

La joven aceptó el consejo y rechazó el matrimonio, tras lo cual el hombre, despechado, denunció al párroco a la Gestapo «por haber impedido un matrimonio alemán».

 El padre fue arrestado el 15 de diciembre de 1938, y conducido a la cárcel de Innsbruck, donde permaneció hasta el 3 de marzo de 1939. Entonces fue transferido al campo de concentración de Dachau, y el 26 de junio siguiente al campo de Buchenwald, en Weimar.

En su período de confinamiento, no cesó de confortar y auxiliar espiritualmente a sus compañeros de prisión. Instruyó en la fe y reconcilió con la iglesia a un prisionero, lo que motivó que fuera aislado en el "bunker" del campo. 



Tras esto fue colgado cabeza abajo, y dejado morir lentamente, lo que finalmente ocurrió el 30 de mayo de 1940. Fue beatificado en 1996 por el Papa San Juan Pablo II.