jueves, 13 de junio de 2024

13 de junio fiesta de SAN ANTONIO DE PADUA.


Célebre apóstol franciscano, doctor de la Iglesia universal y uno de los santos más venerados por el pueblo cristiano. 

Es conocido domo «el santo de todo el mundo» por la amplísima devoción popular de que siempre ha gozado dentro de la Iglesia, como «el santo de los milagros», debido a los muchos portentos que se le atribuyen, y como «Doctor Evangélico» en atención al profundo conocimiento de las Sagradas Escrituras que manifiesta en sus escritos.

Si prescindimos de los tópicos comunes a todas las hagiografías medievales en los que incurren también las dedicadas a Antonio, cabe afirmar muy poco sobre su nacimiento y juventud. Sabemos que nació en Lisboa entre 1188 y 1191, en una casa próxima a la catedral. Recibió el nombre de Fernando. Sus padres pertenecían a la burguesía acomodada de la ciudad. 

Como tales, lo más probable es que proporcionaran al santo una sólida educación religiosa y que lo enviaran a formarse intelectualmente a la escuela de la catedral. Siendo todavía muy joven, ingresó en el monasterio de canónigos agustinos de San Vicente de Fora, situado en las afueras de Lisboa. Cosideró perjudiciales para su perfeccionamiento espiritual las frecuentes visitas familiares, razón por la que a la edad de 17 años dejó dicho monasterio por el de Santa Cruz de Coimbra. 

En uno y otro centro, probablemente de forma autodidacta, es donde debió adquirir los conocimientos de las escrituras que manifestaría más tarde.

Entre mayo y noviembre de 1220, con la licencia de sus superiores, abandonó el monasterio de Coimbra para profesar en la naciente Orden franciscano. 

Entonces cambió su nombre original de Fernando por el de Antonio. Su decisión obedeció al deseo de obtener el martirio (ideal irrealizable siendo monje agustino) al igual que los protomártires franciscanos de Marruecos de 1216, a quienes parece que conoció y asistió en el monasterio cuando a su paso por la península Ibérica se hospedaron en él y cuyas reliquias pudo contemplar personalmente a su llegada a Coimbra. 

Quizá no dejará de influir tampoco en su cambio de vocación, el contraste que observaba entre la ejemplaridad de la nueva Orden religiosa, establecida recientemente cerca de Coimbra, y la inquietud política, así como los abusos introducidos en el monasterio de Santa Cruz.

Deseoso del martirio, entre septiembre y octubre de 1220 se dirigió a Marruecos, en compañía de otro franciscano. 
Una prolongada enfermedad le obligó a abandonar Mauritania y reemprender viaje a Portugal. Los vientos cambiaron el rumbo de la nave y terminó desembarcando en Sicilia en la primavera de 1221. 

Como la mayor parte de los franciscanos de entonces, asistió al Capítulo General de la Orden celebrado en Asís el 30 mayo 1221. 
Su presencia en el Capítulo pasó inadvertida y sólo a petición propia fue acogido por el ministro provincial de la Romagna (región italiana del valle del Po), con cuya anuencia se retiró al eremitorio de Monte Paolo. Probablemente en septiembre (otros sitúan el hecho en Coimbra, en 1220) fue ordenado de sacerdote en Forlí, descubriendo también en esta coyuntura su verdadera y relevante personalidad al verse obligado a dirigir la palabra a los franciscanos y dominicos reunidos en un ágape fraterno. 

A partir de este momento, el hasta entonces desconocido franciscano comenzó a revelarse cada vez más como un extraordinario apóstol.

Seleccionado para este ministerio, desde septiembre de 1221 hasta noviembre de 1223 recorrió la Romagna en todas las direcciones, enfrentándose públicamente con los herejes cátaros y patarinos. 

Las muchas conversiones obtenidas que le atribuyen sus biógrafos, así como la inexplicable confusión producida en los herejes, obedecieron fundamentalmente a su santidad personal, a sus dotes de persuasión y a su profunda preparación intelectual, especialmente sobre las escrituras también parecen haber influido varios hechos extraordinarios que, como los acaecidos en Rímini, ofrecen serias probabilidades de autenticidad.

A la vista de su preparación intelectual y de su fervor, el mismo San  Francisco de Asís lo designó en 1223 como primer lector o profesor de Teología en la Orden, trasladándose para ello a Bolonia. 

El profesorado fue breve. En otoño de 1224 fijaba su residencia en Montpellier, respondiendo con ello al Papa Honorio III que deseaba se trasladasen a Francia los más fervorosos y cultos predicadores para atajar el alarmante desarrollo de la herejía valdense. 

En Montpellier alternó la predicación y las conferencias públicas con el profesorado de Teología, recorriendo posteriormente todo el sur y el centro de Francia con el mismo espíritu y los mismos abundantes frutos espirituales recogidos anteriormente en Italia.

En 1227 fue elegido ministro provincial de la Romagna. El nuevo cargo no le impidió el ministerio del apostolado. 

Al mismo tiempo que, en virtud de sus obligaciones, visitaba los conventos de su jurisdicción, predicaba también con el fervor y la elocuencia que le eran característicos en los lugares de su paso. Tras una cuaresma especialmente clamorosa predicada en Padua, parece ser que intervino activamente en el Capítulo General de la Orden reunido en Asís en mayo de 1230, en el que defendió los puros ideales de la Orden contra las desviaciones que comenzaban a apuntar. 

En este mismo capítulo fue relevado de su cargo de ministro provincial.

Necesitado de reposo y constreñido a mirar por su salud, a raíz del Capítulo se trasladó al eremitorio de Arcella, situado en las proximidades de Padua. 

Para ayuda de los predicadores escribió entonces sus Sermones in Solemnitatibus (Sermones para las fiestas), Sermones in honorem et laudem Beatissima  Virginis Mariaé (Sermones en honor y alabanza de la Santísima Virgen María), a los que habían precedido antes del Capítulo General, y también en Padua, los Sermones Dominicales. 

En todos ellos manifiesta un profundo conocimiento de las Sagradas Escrituras y de los Santos Padres, sin serle tampoco desconocida la cultura clásica.

Minado por la enfermedad muere en el eremitorio de Arcella el 13 junio de 1231, siendo sepultado algunos días más tarde en el convento de Padua. 

Ese mismo año fue canonizado por el Papa Gregorio IX en atención a su indiscutible fama universal de santidad, pero no sin que antes se comprobase ésta, mediante una comisión cardenalicia nombrada al efecto. Su sepulcro, en el que sólo se conserva la lengua, se encuentra en la basílica de su nombre en Padua. La Iglesia celebra su fiesta el 13 de junio. Tanto los pintores como los escultores han cultivado abundantemente su iconografía, sobresaliendo entre las obras artísticas los varios lienzos de Murillo.

Desde que el Papa Pío XII, mediante la bula Exulta, Lusitania felix del 16 enero de  1946 declaró a Antonio Doctor de la Iglesia Universal, su figura ha ido adquiriendo una nueva perspectiva. 

Sin perder su matiz de santo eminentemente popular al que acude el pueblo sencillo en busca de solución para todas sus necesidades, ha ido prestándosele cada vez mayor atención a la eficiencia de su apostolado y a la doctrina contenida en sus escritos.




sábado, 8 de junio de 2024

Fiesta del Inmaculado Corazón de María.


La fiesta del Inmaculado Corazón de María se celebra el sábado después de Corpus Christi. La Fiesta del Sagrado Corazón es el día anterior (viernes). La Iglesia celebra las dos fiestas en días consecutivos para manifestar que estos dos corazones son inseparables.  María siempre  nos lleva a Jesús.

Historia


Ya San Juan Eudes, en el siglo XVII, había difundido esta devoción. 
En 1942, en plena II Guerra Mundial, el Papa Pío XII consagró el mundo al Corazón Inmaculado de María.
La fiesta del Corazón Inmaculado de María fue oficialmente establecida en toda la Iglesia por el papa Pío XII, el 4 de mayo de 1944, para obtener por medio de la intercesión de María "la paz entre las naciones, libertad para la Iglesia, la conversión de los pecadores, amor a la pureza y la práctica de las virtudes".

El Papa Juan Pablo II declaró que la conmemoración del Inmaculado Corazón de María, será de naturaleza "obligatoria" y no "opcional". Es decir, por primera vez en la Iglesia, la liturgia para esta celebración debe de realizarse en todo el mundo Católico.

Del texto de la consagración de Pío XII:

"Ante tu trono nos postramos suplicantes, seguros de alcanzar misericordia, de recibir gracias y el auxilio oportuno... Obtén paz y libertad completa a la Iglesia santa de Dios; detén el diluvio del neopaganismo; fomenta en los fieles el amor a la pureza, la práctica de la vida cristiana y del celo apostólico, para que los que sirven a Dios aumenten en mérito y número".

Fundamento:

Después de su entrada a los cielos, el Corazón de María sigue ejerciendo a favor nuestro su amorosa intercesión. 
El amor de su corazón se dirige primero a Dios y a su Hijo Jesús, pero se extiende también con solicitud maternal sobre todo el género humano que Jesús le confió al morir; y así la veneramos por la santidad de su Inmaculado Corazón y le solicitamos su ayuda maternal en nuestro camino a su Hijo.
El Inmaculado Corazón de María, nuestra madre, es el camino más rápido y seguro para llegar a Jesús.
Venerar el Inmaculado Corazón de María es venerar a la mujer que está llena del Espíritu Santo, llena de gracia, y siempre pura para Dios. Su corazón femenino siempre está lleno de amor por sus hijos. Por eso se representa rodeado de blancas rosas.
Veneramos el corazón que guarda todas las cosas de Dios en su Corazón y que nos ayuda a sanar y consagrar a Dios nuestro propio corazón.

Devoción de los Cinco Primeros Sábados.


Es una devoción al Corazón de María. En diciembre de 1925, la Virgen se le apareció a Lucía Martos, una de las tres pastorcitas vidente de Fátima, y le dijo: "Yo prometo asistir a la hora de la muerte, con las gracias necesarias para la salvación, a todos aquellos que en los primeros sábados de cinco meses consecutivos, se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, recen la tercera parte del Rosario, con intención de darme reparación".  Junto con la devoción a los nueve Primeros Viernes de Mes, ésta es una de las devociones más conocidas.

8 de junio fiesta de San Santiago Berthieu.




Jacques Berthieu nació el 27 de noviembre de 1838 en el paraje de Montlogis, del municipio de Polminhac, región de Auvernia, en el centro de Francia, donde sus padres eran agricultores. Hizo sus estudios en el seminario de Saint-Flour, hasta su ordenación sacerdotal en esta diócesis el año 1864. Nombrado párroco de Roannes-Saint-Mary, allí permanecerá nueve años.

El deseo de llevar el Evangelio a tierras lejanas y de poner como fundamento de su vida espiritual los Ejercicios de San Ignacio, le llevan a pedir su admisión a la Compañía de Jesús y a entrar en el noviciado de Pau en 1873. En 1875 zarpa del puerto de Marsella hacia dos islas del entorno de Madagascar, entonces dependientes de Francia: La Reunión y Santa María (hoy Nosy Bohara), donde estudia la lengua malgache y se prepara como misionero.




En 1881 una medida de la legislación francesa que cierra sus territorios a la acción de los jesuitas, obliga a Jacques Berthieu a trasladarse a la gran isla de Madagascar. Allí comenzará trabajando en el distrito de Ambohimandroso-Ambalavao, en Fianarantsoa, en la región sur de los altiplanos. Más tarde, durante la primera guerra franco-malgache, desarrolla diversos ministerios en las costas este y norte del país.

 A partir de 1886 dirige la misión de Ambositra, 250 kms al sur de Antananarivo, y a continuación la de Anjozorofady-Ambatomainty al norte de la capital. Una segunda guerra le obligará a alejarse de la zona. En 1895 el levantamiento de los Menalamba (los togas rojas), contra los colonizadores, pone en su punto de mira también a los cristianos. Jacques Berthieu intentará colocar a éstos bajo la protección de las tropas francesas.
 
Un coronel francés, sin embargo, al que había reprochado su comportamiento para con las mujeres del país, le retira su apoyo, y eso le obliga a conducir un convoy de cristianos hacia Antananarivo, deteniéndose en el poblado de Ambohibemasoandro.

El 8 de junio de 1896 los Menalamba hacen irrupción en el poblado y acaban por encontrar a Jacques Berthieu, que se había escondido en la casa de un amigo protestante. Se apoderan de él y le despojan de la sotana. Otro le arranca el crucifijo a la vez que exclama: “¿Es éste tu amuleto? ¿Es así como extravías al pueblo? ¿Piensas rezar todavía mucho?” “Es preciso que rece hasta la muerte” le responde. Uno le da un golpe de machete en la frente que le hace caer de rodillas. De la herida brota abundante sangre.

Los Menalamba se lo llevan para la que va a ser una larga marcha. Herido en la frente, Jacques Berthieu pide a los que le conducen: “Suéltenme las manos para que pueda sacar un pañuelo de mi bolsillo y enjugarme la sangre de los ojos, porque no veo el camino”.
 
Poco después uno de ellos se acerca y Jacques Berthieu le pregunta: “Hijo, ¿has recibido el bautismo?”. Al recibir un “no” como respuesta, y tras revolver en su bolsillo, Jacques Berthieu saca una cruz y dos medallas, se las da y le dice: “Reza a Jesucristo todos los días de tu vida. No volveremos a vernos, pero no olvides este día, instrúyete en le religión cristiana y, cuando veas un sacerdote, pídele el bautismo”.

Cuando, tras una marcha de diez kilómetros llegan al poblado de Ambohitra, donde había una Iglesia fundada por él mismo, alguno le prohíbe que pise ese terreno, porque profanaría objetos sagrados, designando así a los fetiches. Por tres veces le apedrean. A la tercera vez cae postrado.

 No lejos del poblado, viéndolo empapado en sudor, un Menalamba toma su pañuelo, lo humedece en lodo y agua sucia, y con él le ciñe la frente. Se levanta un griterío: “Mirad al rey de los Vazaha (los europeos)”. Algunos llegan incluso a castrarlo, provocando con ello una nueva pérdida de sangre que lo agota.

Se acerca la noche. En Ambiatibe, poblado situado al norte de Antananarivo, tras cierta discusión, toman la decisión de matarlo. El jefe reúne un pelotón de seis hombres armados con fusiles. Al verlo Jacques Berthieu se arrodilla. Dos hombres disparan a la vez y fallan el tiro. Él se santigua e inclina la cabeza. Uno de los jefes se acerca a él y le dice: “Si renuncias a tu odiosa religión y dejas de embaucar al pueblo, te convertimos en consejero y jefe nuestro y te perdonamos la vida”.

 Él replica: “Aceptar lo que decís significa la muerte; rechazarlo significa la vida”. Dos hombres vuelven a disparar, pero habiéndose él inclinado de nuevo para rezar, fallan el tiro. Dispara otro por quinta vez y le acierta, pero sin matarlo. Un último disparo a quemarropa acaba con Jacques Berthieu.

Como misionero, Jacques Berthieu describía así su tarea: “Esto es ser misionero, hacerse todo a todos, en lo interior y en lo exterior. Ocuparse de todo con corazón ancho y generoso: de las personas, los animales y las cosas, siempre con la mira final puesta en ganar almas”. Dan testimonio de esto sus múltiples esfuerzos por fomentar la escolarización, la actividad en el campo de la construcción, los trabajos de irrigación y creación de huertas, la formación agrícola.

 Fue catequista infatigable. Un maestro de escuela muy joven, que le acompañaba en una de sus campañas, viendo que aun yendo a caballo leía el catecismo, le preguntó: “Padre, ¿cómo es que estudia usted todavía el catecismo?” Esta fue su respuesta: “El catecismo, hijo mío, es un libro en el que siempre hay que seguir profundizando, porque contiene toda la doctrina católica”.

En esta época, una vez en las misiones, no se planteaba la vuelta al país de origen. “Dios sabe bien, decía, lo que amo mi patria y mi querida tierra de Auvernia. Y sin embargo Dios me ha dado la gracia de que ame más aún estos campos sin cultivar de Madagascar, donde lo único que puedo hacer es pescar con caña algunas almas para Nuestro Señor.

 La misión progresa, aunque en algunos lugares no tengamos sino la esperanza de frutos futuros, y en otros los frutos sean aún apenas visibles. Pero, ¿qué importa esto, si nosotros somos buenos sembradores? Dios dará el crecimiento a su tiempo”.

Hombre de oración, de ella extraía su fuerza. “Cuando iba a verlo, declaraba uno de sus catequistas, lo encontraba casi siempre de rodillas en su habitación”. Y otro: “No he visto ningún otro padre que permaneciese tanto tiempo delante del Santísimo.



Si le buscabas podías estar seguro de encontrarle allí”. Un hermano de su comunidad daba este testimonio: “Durante su convalecencia, cada vez que yo entraba en su habitación, lo encontraba de rodillas orando”. Su amor a Dios era tan grande que le llamaban “tia vavaka” (el piadoso). Se le veía siempre con el breviario o el rosario en las manos.
 
Expresaba su fe por medio de su devoción al Santísimo Sacramento y la Misa era el foco de su vida espiritual. Tenía una devoción especial al Sagrado Corazón, al que se había consagrado en Paray-le-Monial antes de salir para las misiones. Él mismo se convirtió en apóstol de esta devoción entre los cristianos malgaches.

 Devoto ferviente de la Virgen María, había acudido como peregrino a Lourdes. Su plegaria favorita era el rosario, y lo recitaba mientras era llevado a la muerte. Veneraba también a San José.

Pastor, solía dirigirse a los cristianos usando las mismas palabras de Cristo: “hijitos míos” (Jn 13, 33). Cuando se dirige a sus verdugos les habla con dulzura: “ry zanako, hijos míos”.

 La suya era una caridad plena de respeto al otro, incluso cuando tenía que reprender a algún fiel que se desviaba. Y sin embargo sabía hablar fuerte y con firmeza cuando pensaba que los intereses de Dios y de la Iglesia sufrían menoscabo. No ocultaba las exigencias que lleva consigo la vida cristiana, comenzando por la unidad y la indisolubilidad del matrimonio monógamo.
 
 En aquella época la poligamia era moneda corriente, y al denunciar la injusticia y los abusos que de ella se derivan, se atraía numerosos enemigos, sobre todo de parte de los más poderosos.

La víspera de su muerte, cuando se dirigía hacia la capital junto con los fieles hostigados por los Menalamba, movido a compasión por un joven herido en un pie, se pone a buscar algunos que puedan llevarlo como porteadores, y les ofrece una fuerte suma por este servicio.

Todos se resisten. Bajándose entonces del caballo sube al enfermo a la montura y, superando la propia debilidad, continúa a pie, llevando al animal de las riendas.

“Era un hombre de gran dulzura, declara un testigo, paciente, entregado con celo a su ministerio, incluso si le llamaban en plena noche o parecía diluviar”. Al sur de Anjozorofady vivían dos mujeres leprosas. Al volver de sus correrías apostólicas siempre se acercaba a visitarlas, llevándoles comida y ropa, y les enseñaba el catecismo, hasta que pudo bautizarlas.

Para él era vital acompañar a los moribundos durante la agonía: “No temáis llamarme aunque esté comiendo o durmiendo, repetía, no creo tener una obligación mayor que la de visitar a los moribundos”.

La donación total y deliberada de su vida al seguimiento de Cristo es la clave de su compromiso. En medio de las pruebas conservaba su buen humor, afable, humilde y servicial. Citaba a menudo el Evangelio: “No temáis a los que pueden matar el cuerpo, sino a los que pueden matar el alma” (cfr. Mt. 10, 28).

En sus instrucciones trataba a menudo de la resurrección de los muertos. Sus oyentes han conservado en la memoria esta frase: “Aunque os devorara un caimán, resucitaríais”.

 ¿Era quizá un presentimiento de su final? De hecho, tras su muerte, dos habitantes de Ambiatibe arrastraron su cuerpo hasta la orilla de Manarara, a dos pasos del lugar del martirio, y sus restos desaparecieron.
La donación total y deliberada de su vida al seguimiento de Cristo es la clave de su compromiso.

En 1965, durante el Concilio Vaticano II, el Papa Pablo VI declaraba beato al mártir de la fe y de la castidad P. Jacques Berthieu, jesuita francés (1838-1896) sacerdote y misionero en Madagascar.

El P. Berthieu fue canonizado en Roma el 21 de octubre de 2012, junto con otros seis beatos; esta fecha coincide con la Jornada mundial de las misiones y tiene lugar en el seno del Año de la Fe y del Sínodo de Obispos sobre la Nueva Evangelización.


8 de junio fiesta de la Beata María del Divino Corazón.



 “Señor, lo he dejado todo, absolutamente todo, para amarte hasta el último momento de mi vida y para difundir tanto como yo pueda, la veneración de tu sacratísimo Corazón."



La vida de esta enamorada del Sagrado Corazón se inició el 8 de septiembre de 1863 en Münster, Alemania. Sus padres fueron los condes Droste zu Vischering. De niña fue muy impetuosa y apasionada y tenía actitudes que desconcertaban a sus parientes por la seguridad y la intrepidez que manifestaban.

Pero María no solo era una niña caprichosa, también despertaba mucha ternura por su gran sensibilidad frente a las necesidades de los demás.

A los 12 años, el día de su confirmación, experimenta el llamado de Dios a consagrarse a Él y se despierta en su corazón un fuerte deseo de hacer apostolado.

Esta inquietud la tendrá muy presente en el internado de las Hermanas del Sagrado Corazón, al cuál es enviada por su familia para estudiar. Ella misma nos narra su experiencia: «Yo aprendí un poco a dominar mi carácter.

Por lo menos comencé a comprender, que el amor al Corazón de Jesús sólo es una imaginación vacía, si no está acompañada de un espíritu de sacrificio...»

Ya joven, a María le llama la atención la vida que llevan las Hermanas de San José y pide su admisión en el convento de Copenhague. Pero por su frágil salud no es aceptada. Teniendo la convicción de la consagración, hace un voto privado de virginidad y lleva una vida austera en la casa de sus padres.

En 1888 ocurre un hecho providencial: «…Cuando estaba a punto de ir al confesionario en la Iglesia de Darfeld, me vino de repente esta idea: "tú tienes que ir a la Congregación del Buen Pastor" en una forma tan determinada que a partir de este momento estaba completamente segura y decidida... »

El 21 de noviembre de 1888 ingresa María Droste zu Vischering en el convento del Buen Pastor en su ciudad natal. A partir de ahora se dedicará al apostolado de las jóvenes en peligro y abandonadas.







Las hermanas del Buen Pastor tenían una tierna devoción a los sagrados Corazones de Jesús y María, devoción a la que María tenía un gran amor desde pequeña. Hecha su profesión toma el nombre de Hermana María del Divino Corazón.

La educación y los dones personales que tenía, favorecieron mucho su fecundo apostolado con las chicas necesitadas. Siempre estaba alegre y su bondad no tenía límites.

En 1891 la enviaron como superiora a la comunidad de su Congregación en Oporto, Portugal. Soportó difíciles pruebas y tuvo que poner toda su confianza en la Providencia para cubrir las grandes necesidades económicas y espirituales del apostolado de las hermanas.




Al parecer, por el exceso de trabajo, su médula espinal se vio afectada y quedó inválida, aún así continuó su misión con los necesitados. El Señor la elegiría para transmitir un mensaje importante al Papa: Consagrar el mundo al Sagrado Corazón.

La religiosa, obediente a esta revelación particular, escribió al Santo Padre León XII este pedido.


El 8 de junio de 1899, la hermana María entregó su espíritu al Señor. A los tres días de su tránsito a la casa del Padre, el Papa dio cumplimiento a la petición que la hermana María le hiciera y consagró el mundo al Sagrado Corazón. Pablo VI la beatificó el 1º de noviembre de 1975, coronando esta bella rosa de la Iglesia el corazón manso y humilde de Jesús en el cielo.

viernes, 7 de junio de 2024

Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús .



Una devoción permanente y actual.

La Iglesia celebra la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús el viernes posterior al II domingo de pentecostés. Todo el mes de junio está, de algún modo, dedicado por la piedad cristiana al Corazón de Cristo.
Hay quien podría pensar que la devoción al Sagrado Corazón es algo trasnochado, propio de otras épocas, pero ya superado en el momento actual. Sin embargo, el Papa Juan Pablo II, en la carta entregada al Prepósito General de la Compañía de Jesús, P. Kolvenbach, en la Capilla de San Claudio de la Colombière, el 5 de octubre de 1986, en Paray-le-Monial, animaba a los Jesuitas a impulsar esta devoción:

"Sé con cuánta generosidad la Compañía de Jesús ha acogido esta admirable misión y con cuánto ardor ha buscado cumplirla lo mejor posible en el curso de estos tres últimos siglos: ahora bien, yo deseo, en esta ocasión solemne, exhortar a todos los miembros de la Compañía a que promuevan con mayor celo aún esta devoción que corresponde más que nunca a las esperanzas de nuestro tiempo".

Esta exhortación a promover con mayor celo aún esta devoción que corresponde más que nunca a las esperanzas de nuestro tiempo, se fundamenta en dos motivos, principalmente:

1) Los elementos esenciales de esta devoción "pertenecen de manera permanente a la espiritualidad propia de la Iglesia a lo largo de toda la historia", pues, desde siempre, la Iglesia ha visto en el Corazón de Cristo, del cual brotó sangre y agua, el símbolo de los sacramentos que constituyen la Iglesia; y, además, los Santos Padres han visto en el Corazón del Verbo encarnado "el comienzo de toda la obra de nuestra salvación, fruto del amor del Divino Redentor del que este Corazón traspasado es un símbolo particularmente expresivo".

2) Tal como afirma el Vaticano II, el mensaje de Cristo, el Verbo encarnado, que nos amó "con corazón de hombre", lejos de empequeñecer al hombre, difunde luz, vida y libertad para el progreso humano y, fuera de Él, nada puede llenar el corazón del hombre (cf Gaudium et spes, 21). Es decir, junto al Corazón de Cristo, "el corazón del hombre aprende a conocer el sentido de su vida y de su destino".
Se trata, por consiguiente, de una devoción a la vez permanente y actual.

El fundamento del culto al Corazón de Jesús: la Encarnación.

El fundamento del culto al Corazón de Jesús lo encontramos precisamente en el misterio de la Encarnación del Verbo, quien, siendo "consustancial al Padre", "por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre".
Adoramos el Corazón de Cristo porque es el corazón del Verbo encarnado, del Hijo de Dios hecho hombre, de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad que, sin dejar de ser Dios, asumió una naturaleza humana para realizar nuestra salvación. 
El Corazón de Jesús es un corazón humano que simboliza el amor divino. 
La humanidad santísima de Nuestro Redentor, unida hipostáticamente a la Persona del Verbo, se convierte así para nosotros en manifestación del amor de Dios. Sólo el amor inefable de Dios explica la locura divina de la Encarnación: "tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo unigénito, para que el que crea en él no muera, sino que tenga la vida eterna" (Jn 3, 16). 
Es el misterio de la condescendencia divina, del anonadamiento de Aquel que "a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz" (Flp 2, 6 ss).

El Corazón de Cristo transparenta el amor del Padre.

En la vida de Jesucristo se transparenta el amor del Padre: "Quien me ve a mí, ve al Padre" (Jn 14, 9): "Él, con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa resurrección, con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la revelación y la confirma con testimonio divino..." (“Dei Verbum”, 4).
Toda su existencia terrena remite al misterio de un Dios que es Amor, comunión de Amor, Trinidad de Personas unidas por el recíproco amor, que nos invita a entrar en la intimidad de su vida.

La ternura de Jesús.

El Evangelio deja constancia de la ternura de Jesús. Él es "manso y humilde de corazón". Es compasivo con las necesidades de los hombres, sensible a sus sufrimientos. Su amor privilegia a los enfermos, a los pobres, a los que padecen necesidad, pues "no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos".
La parábola del hijo pródigo resume muy bien su enseñanza acerca de la misericordia de Dios. 
El Señor, con su actitud de acogida con respecto a los pecadores, da testimonio del Padre, que es "rico en misericordia" y está dispuesto a perdonar siempre al hijo que sabe reconocerse culpable. "Sólo el corazón de Cristo, que conoce las profundidades del amor de su Padre, ha podido revelarnos el abismo de su misericordia de una manera a la vez tan sencilla y tan bella" (Catecismo de la Iglesia Católica, 1439).
La parábola del hijo pródigo es, a la vez, una profunda enseñanza acerca de la condición humana. El hombre corre el riesgo de olvidarse del amor de Dios y de optar por una libertad ilusoria. Por el pecado se aleja de la casa del Padre, donde era querido y apreciado, para ir a vivir entre extraños. 
El mal seduce prometiendo una felicidad a corto plazo. El hombre sigue así un camino que lleva a la esclavitud y a la humillación.
Nuestra época constituye un testimonio claro de este engaño. Vivimos en una cultura que margina positivamente lo religioso, que, dejando a Dios de lado, prefiere rendir culto a los ídolos falsos del poder, del placer egoísta, del dinero fácil.

Es importante, ayudar a descubrir en la propia alma la "nostalgia de Dios". En el fondo de todo hombre resuena una llamada del Amor; una llamada que no debe ser desoída. Quizá el ruido externo no permite captarla y por eso es urgente crear espacios que no ahoguen la dimensión espiritual que todo ser humano posee en tanto que creado por Dios y llamado a la comunión de vida con Él.
Nuestras iglesias, nuestras comunidades, pueden ser uno de estos espacios propicios para escuchar la brisa en la que Dios se manifiesta. 
Al entrar en una iglesia, el hombre de nuestro tiempo debe tener aún la posibilidad de preguntarse sobre el motivo que anima a quienes la frecuentan. La vida de los cristianos debe ser para todos un indicador que apunta hacia Dios, una señal de que por encima de todo está Él.

El misterio de la Cruz.

"Con amor eterno nos ha amado Dios; por eso, al ser elevado sobre la tierra, nos ha atraído hacia su corazón, compadeciéndose de nosotros" (Antífona 1 de las I Vísperas del Sagrado Corazón).
La Cruz del Señor es el momento supremo de la manifestación de su inmenso amor al Padre en favor nuestro. El Señor nos "amó hasta el extremo"(Jn 13,1), ya que "nadie tiene un amor más grande que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15, 13).
Su Corazón es un corazón traspasado a causa de nuestros pecados y por nuestra salvación. Un corazón que nos ama personalmente a cada uno. 
Toda la humanidad está incluida en ese corazón infinitamente dilatado. Ya nadie puede sentirse solo o desamparado, pues al ser amado por Cristo es amado por Dios.
No hay fronteras ni límites que contengan el alcance de la redención: Él se ha puesto en nuestro lugar, ha cargado con todo el pecado y la culpa de la humanidad, para expiar con su muerte nuestro alejamiento de Dios.
Él es el Cordero Inmaculado que con su entrega obediente repara nuestra desobediencia.
En el sufrimiento y en la muerte, "su humanidad se convierte en el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres. De hecho, Él ha aceptado libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: `Nadie me quita la vida, sino que yo la doy voluntariamente´ (Jn 10, 18)" (Catecismo de la Iglesia Católica, 609) .

En la Cruz se expresa la "riqueza insondable que es Cristo". En la Cruz se comprende "lo que trasciende toda filosofía": el amor cristiano, un amor que, muriendo, da la vida.

Una inagotable abundancia de gracias.

En la oración colecta de la Misa del Corazón de Jesús se pide a Dios todopoderoso que, al recordar los beneficios de su amor para con nosotros, nos conceda recibir de la fuente divina del Corazón de su Unigénito "una inagotable abundancia de gracia". Del Corazón traspasado de Cristo muerto en la Cruz brotan el agua y la sangre, dando nacimiento a la Iglesia y a los sacramentos de la Iglesia.
La Iglesia, Esposa de Cristo, es hoy presencia viva en el mundo del amor compasivo de Dios. 
A imagen de su Señor, la Iglesia debe hacerse obediente hasta la muerte, sirviendo a los hombres para que puedan "acercarse al corazón abierto del Salvador" y "beber con gozo de la fuente de la salvación".
El motor que mueve a la Iglesia no es otro que el amor. Lo expresó bellamente Teresa de Lisieux en sus “Manuscritos autobiográficos”:
"Comprendí que la Iglesia tenía un corazón, un corazón ardiente de Amor. Comprendí que sólo el Amor impulsa a la acción a los miembros de la Iglesia y que, apagado este Amor, los Apóstoles ya no habrían anunciado el Evangelio, los Mártires ya no habrían vertido su sangre... Comprendí que el Amor abrazaba en sí todas las vocaciones, que el Amor era todo, que se extendía a todos los tiempos y a todos los lugares... en una palabra, que el Amor es eterno" (“Manuscritos autobiográficos”, B 3v).

Los sacramentos.

Los sacramentos que edifican la Iglesia son los cauces de gracia a través de los cuales nos llega la vida nueva de la redención.
El agua del bautismo nos purifica y nos hace miembros del Cuerpo de Cristo. Dios infunde en nuestra alma las virtudes teologales para que podamos conocerle por la fe, amarle por la caridad, tender hacia Él como meta de nuestra existencia por la esperanza.
Dios es el que nos otorga, por pura gracia, la posibilidad de amarle sobre todas las cosas y de amar a los hermanos por amor a Él. 
Si somos dóciles y no obstaculizamos la acción del Espíritu Santo, la caridad irá poco a poco informando nuestra vida, animándola con un principio nuevo que unificará nuestra acción, a fin de que nuestro corazón se vaya asimilando progresivamente al de Cristo.
De este modo será un corazón engrandecido en el que todos tendrán cabida, pues nos dolerán las almas y desearemos ardientemente que todos conozcan el amor de Dios.
La Eucaristía nos alimenta con el pan de la inmortalidad. En este "sacramento admirable" el Señor quiso dejarnos el "memorial de su Pasión". 
La Eucaristía es una muestra excelsa de los "beneficios del amor de Dios para con nosotros". El Señor quiso dejarnos esta prueba de su amor, quiso quedarse con nosotros, realmente presente bajo las especies del pan y del vino, para hacernos partícipes de su Pascua.
La Penitencia renueva nuestra alma para que podamos presentarnos ante Dios, cuando Él nos llame, limpios de nuestros pecados. Igualmente, el sacerdocio es un don del Corazón de Jesús.

El envío del Espíritu Santo.

Acerquémonos al Corazón de Cristo. Respondamos con amor al Amor. Que nuestra vida sea un homenaje - callado y humilde - de amor y de cumplida reparación. "Quiero gastarme sólo por tu Amor", escribía Santa Teresita del Niño Jesús.
También nosotros le pedimos al Señor la gracia de corresponder - en la medida de nuestras pobres fuerzas - a su infinita compasión para con el mundo. Señor, ¡qué nos gastemos sólo por tu Amor". 
Qué prendamos en las almas el fuego de tu Amor.
La primera señal del amor del Salvador es la misión del Espíritu Santo a los discípulos, después de la Ascensión del Señor al cielo, recuerda Pío XII (“Haurietis aquas”, 23). El Espíritu Santo es el Amor mutuo personal por el que el Padre ama al Hijo y el Hijo al Padre, y es enviado por ambos para infundir en el alma de los discípulos la abundancia de la caridad divina. Esta infusión de la caridad divina brota también del Corazón del Salvador, en el cual "están encerrados todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia" (Col 2, 3).
Al Espíritu Santo se debe el nacimiento de la Iglesia y su admirable propagación. Este amor divino, don del Corazón de Cristo y de su Espíritu, es el que dio a los apóstoles y a los mártires la fortaleza para predicar la verdad y testimoniarla con su sangre.
A este amor divino, que redunda del Corazón del Verbo encarnado y se difunde por obra del Espíritu Santo en las almas de los creyentes, San Pablo entonó aquel himno que ensalza el triunfo de Cristo y el de los miembros de su Cuerpo: "¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el riesgo?, ¿la persecución?, ¿la espada?... Mas en todas estas cosas triunfamos soberanamente por obra de Aquel que nos amó. 
Porque estoy seguro de que ni muerte ni vida, ni ángeles ni principados, ni lo presente ni lo futuro, ni poderíos, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna será capaz de apartarnos del amor de Dios manifestado en Jesucristo nuestro Señor" (Rm 8, 35.37-39).
El Espíritu Santo nos ayudará a conocer íntimamente al Señor y a descubrir, junto al Corazón de Cristo, el sentido verdadero de nuestra vida, a comprender el valor de la vida verdaderamente cristiana, a unir el amor filial hacia Dios con el amor al prójimo. Así se podrá construir la tan deseada civilización del amor, el reino del Corazón de Cristo".