Imaginería religiosa "San Juan de Dios"
Hace más de 25 años realizamos y restauramos imágenes religiosas. Les mostraré mis piezas, cómo las hago y las distintas técnicas que empleo. Muchas de las piezas se encuentran a la venta, sólo tienen que consultar. Muchas gracias por compartir conmigo este espacio y recomendarlo a otras personas. Estamos en Misiones y en Buenos Aires (Capital Federal) Argentina. Para comunicarse escribir al email: daniel1962ar@gmail.com o bien al whatsapp: +5491132720490
martes, 3 de noviembre de 2026
3 de noviembre fiesta de SAN MARTÍN DE PORRES.
SAN
MARTIN DE PORRES fue un mulato, nacido en Lima, capital del Perú, en el 9 de
diciembre de 1579. En el libro de bautismo fue inscrito como "hijo de
padre desconocido". Era hijo natural del caballero español Juan de Porres
(o Porras según algunos) y de una india panameña libre, llamada Ana Velásquez.
Martín heredó los rasgos y el color de la piel de su madre, lo cual vio don
Juan de Porres como una humillación
Vivió
pobremente hasta los ocho años en compañía de la madre y de una hermanita que
nació dos años después. Estuvo un breve
tiempo con su padre en el Ecuador ya que este llegó a reconocerlo y también a
la hermanita. Nuevamente quedó separado
del padre le mandaba lo necesario para hacerle terminar los estudios.
Martín
era inteligente y tenía inclinación por la medicina. Había aprendido las
primeras nociones en la droguería-ambulatorio de dos vecinos de casa. La
profesión de barbero en aquella época estaba ligada con la medicina. Así adquirió conocimientos de medicina y
durante algún tiempo, ejerció esta doble carrera.
Sintiendo
grandes deseos de perfección, pidió ser admitido como donado en el convento de
los dominicos del Rosario en Lima. Su misma madre apoyó la petición del santo y
éste consiguió lo que deseaba cuando tenía unos quince años de edad.
En el
convento su vida de heroica virtud fue pronto conocida de muchos. Fue admitido
sólo como "donado", es decir, como terciario y le confiaron los
trabajos más humildes de la comunidad. Martín es recordado con la escoba,
símbolo de su humilde servicio. Su
humildad era tan ejemplar, que se alegraba de las injurias que recibía, incluso
alguna vez de parte de otros religiosos dominicos, como uno que, enfermo e
irritado, lo trató de perro mulato. En una ocasión, cuando el convento estaba
en situación económica muy apurada, Fray Martín, espontáneamente se ofreció al
Padre Prior para ser vendido como esclavo, ya que era mulato, a fin de remediar
la situación.
Advirtiendo
los superiores de Fray Martín su índole mansa y su mucha caridad, le confiaron,
junto con otros oficios, el de enfermero, en una comunidad que solía contar con
doscientos religiosos, sin tomar en consideración a los criados del convento ni
a los religiosos de otras casas que, informados de la habilidad del hermano,
acudían a curarse a Lima.
Bastante
trabajo tenía el joven hermano, pero no por eso limitaba su compasión a los de
su orden, sino que atendía a muchos enfermos pobres de la ciudad. El día 2 de
junio de 1603, después de nueve años de servir a la orden como donado, le fue
concedida la profesión religiosa y pronunció los votos de pobreza, obediencia y
castidad.
Juntaba
a su abnegada vida una penitencia austerísima, se maltrataba con dormir debajo
de una escalera unas cuantas horas y con apenas comer lo indispensable. Pasaba
la mitad de la noche rezando a un crucifijo grande que había en su convento iba
y le contaba sus penas y sus problemas, y ante el Santísimo Sacramento y
arrodillado ante la imagen de la Virgen María pasaba largos tiempos rezando con
fervor. Añadía a esto un espíritu de oración y unión con Dios que lo asemejaba
a otros grandes contemplativos.
Dios
quiso que su santidad se conociera fuera de las paredes del monasterio, por los
extraordinarios carismas con que lo había enriquecido, entre ellos, la
profecía, éxtasis y la bilocación. Sin salir de Lima, fue visto en África, en
China y en Japón, animando a los misioneros que se encontraban en
dificultad. Mientras permanecía
encerrado en su celda lo veían llegar junto a la cama de ciertos moribundos a
consolarlos. En ocasiones salía del
convento a atender a un enfermo grave, y volvía luego a entrar sin tener llave
de la puerta y sin que nadie le abriera. Preguntado cómo lo hacía, respondía: "Yo
tengo mis modos de entrar y salir".
Se le
vio repetidas veces en éxtasis y, algunas levantado en el aire muy cerca de un
gran crucifijo que había en el convento. A el acudían teólogos, obispos y
autoridades civiles en busca de consejo. Más de una vez el mismo virrey tuvo
que esperar ante su celda porque Martín estaba en éxtasis.
Llegaron
los enemigos a su habitación a hacerle daño y él pidió a Dios que lo volviera
invisible y los otros no lo vieron.
Durante
la epidemia de peste, curó a cuantos acudían a él, y curó milagrosamente a los
sesenta cohermanos. Los frailes se quejaban de que Fray Martín quería hacer del
convento un hospital, porque a todo enfermo que encontraba lo socorría y hasta
llevaba a algunos más graves y pestilentes a recostarlos en su propia cama
cuando no tenía más donde se los recibieran.
Con la
ayuda de varios ricos de la ciudad fundó el Asilo de Santa Cruz para reunir a
todos los vagos, huérfanos y limosneros y ayudarles a salir de su penosa
situación.
Sorprendió
a muchos con sus curaciones instantáneas, como la del novicio Fray Luis
Gutiérrez que se había cortado un dedo casi hasta desprendérselo; a los tres
días tenía hinchados la mano y el brazo, por lo que acudió al hermano Martín,
quien le puso unas hierbas machacadas en la herida. Al día siguiente, el dedo
estaba unido de nuevo y el brazo enteramente sano. En cierta ocasión, el
arzobispo Feliciano Vega, que iba a tomar posesión de la sede de México,
enfermó de algo que parece haber sido pulmonía y mandó llamar a Fray Martín. Al
llegar éste a la presencia del prelado enfermo, se arrodilló, mas él le dijo:
"levántese y ponga su mano aquí, donde me duele". ¿Para qué quiere un
príncipe la mano de un pobre mulato?, preguntó el santo. Sin embargo, durante
un buen rato puso la mano donde lo indicó el enfermo y, poco después, el
arzobispo estaba curado.
Otras
veces, a la curación añadía la prontitud con que acudía al enfermo, pues
bastaba que éste tuviera deseo de que el santo llegara, para que éste se
presentase a cualquier hora. Muchas veces, entraba por las puertas cerradas con
llave, como pudo comprobarlo el maestro de novicios, quien personalmente
guardaba la llave del noviciado, pues, habiendo estado Fray Martín atendiendo a
un enfermo, salió del noviciado y volvió a entrar sin abrir las puertas. El
asombrado maestro comprobó que estaban perfectamente cerradas. Alguien le
preguntó: "¿Cómo ha podido entrar?" El santo respondió: "Yo
tengo modo de entrar y salir".
El
enfermero al mismo tiempo que hortelano herbolario, cultivaba las plantas
medicinales de que se valía para sus obras de caridad y también desempeñaba el
oficio de distribuidor de las limosnas que algunas veces recogía, en cantidades
asombrosas, parte para socorrer a sus propios hermanos en religión y parte para
los menesterosos de toda clase que había en la ciudad.
Su
amabilidad se extendía hasta los animales; hay en su biografía escenas
semejantes a las que se narran de San Francisco y de San Antonio de Padua. Por
ejemplo, cuando después de disciplinarse, los mosquitos lo atormentaban con sus
picaduras e iba a que Juan Vázquez lo curase, éste le decía: "Vámonos a
nuestro convento, que allí no hay mosquitos". Y Fray Martín respondía:
"¿Cómo hemos de merecer, si no damos de comer al hambriento?"
__"¡Pero hermano, estos son mosquitos y no gente!__ "Sin embargo, se
les debe dar de comer, que son criaturas de Dios", respondió el humilde
fraile.
Es
típico el caso de los ratones que infestaban la ropería y dañaban el vestuario.
El remedio no fue ponerles trampas, sino decirles: "Hermanos, idos a la
huerta, que allí hallaréis comida". Los ratones obedecieron puntualmente,
y Fray Martín cuidaba de echarles los desperdicios de la comida. Y si alguno
volvía a la ropería, el santo lo tomaba por la cola y lo echaba a la huerta,
diciendo: "Vete adonde no hagas mal".
Loa animales le seguían en fila muy obedientes. En una misma cacerola
hacía comer al mismo tiempo a un gato, un perro y varios ratones.
Sus
conocimientos no eran pocos para su época y, cuando asistía a los enfermos,
solía decirles: "Yo te curo y Dios te sana". Todas las maravillas en la vida del santo hay
que entenderlas asociadas con el profundo amor a Dios y al prójimo que lo
caracterizaban.
Se sabe
que Fray Martín y Santa Rosa de Lima, terciaria dominica, se conocieron y
trataron algunas veces, aunque no se tienen detalles históricamente comprobados
de sus entrevistas.
A los
sesenta años, después de haber pasado 45 en religión, Fray Martín se sintió
enfermo y claramente dijo que de esa enfermedad moriría. La conmoción en Lima
fue general y el mismo virrey, conde de Chichón, se acercó al pobre lecho para
besar la mano de aquél que se llamaba a sí mismo perro mulato. Mientras se le
rezaba el Credo, Fray Martín, al oír las palabras "Et homo factus
est", besando el crucifijo expiró plácidamente.
Murió
el 3 de noviembre de 1639. Toda la ciudad acudió a su entierro y los milagros
por su intercesión se multiplicaron.
3 de noviembre fiesta del Beato Rupert Mayer.
El
Padre Rupert Mayer s.j. fue una persona que supo sostener sus convicciones. Al
terminar la educación secundaria indicó a su padre que él deseaba ser jesuita.
Como él le pidiera que se ordenara antes de sacerdote, estudió filosofía y
teología. Ordenado, durante un año se desempeñó como Vicario en una parroquia.
Ingresó a la Compañía en el Noviciado de Feldkirch, Austria, el 1 de octubre de
1900.
Más tarde él mostraría igual
firmeza en la oposición al Movimiento Nacional Socialista de Adolfo Hitler.
El
Padre Mayer fue destinado en 1912 a Munich y ahí dedicó el resto de su vida.
Respondía a las necesidades de la gente moviéndose en la ciudad en búsqueda de
empleos para los cesantes. Reunía alimento y ropa, y buscaba trabajos y casas.
El
campo de su acción cambió al entrar Alemania en la Primera Guerra mundial. El
P. Ruper Mayer ingresó al ejército como voluntario.
Primero fue capellán en un
Hospital y después acompañó a los soldados en las campañas de Francia, Polonia
y Rumania. Se distinguió por su valor al animar a los soldados que estaban en
las primeras líneas de las batallas.
Fue condecorado, por su valentía, con la
Cruz de Hierra en diciembre de 1915. Su permanencia en el ejército terminó
abruptamente cuando su pierna izquierda fue
malamente herida el 20 de diciembre de 1916, debiendo ser amputada.
Él
regresó a Munich, donde la gente sufría las consecuencias de la guerra. Y una
vez más, el infatigable jesuita se movió entre la población tratando de ayudar
a todo el que tuviera necesidad. Como Asesor de la Congregación Mariana de
hombres debió multiplicar su trabajo al aumentar extraordinariamente el número
de congregantes y tener que predicar hasta 70 veces en el mes. Él introdujo las
Misas dominicales en los terminales ferroviarios para conveniencia de los
viajeros. Si Munich hubiera sido una única parroquia, él, sin duda, era el
párroco de todos.
Cuando
los Movimientos comunista y socialista crecieron, el P. Rupert Mayer asistió a
sus “meetings” e incluso participó con sus sermones contradiciendo a los
oradores, sosteniendo los principios católicos y mostrando lo que él veía de
equivocado en lo que los otros decían. De una manera especial se opuso a los
esfuerzos que hacían los partidarios de Hitler para llevarlo al poder. Y él
siempre sostuvo que un católico no podía dar su nombre al Nacional Socialismo.
Pero más que una instancia política, la suya era una respuesta a lo que él veía
de mal.
Con
la designación de Hitler como Canciller del Reich, en enero de 1933, comenzó en
casi toda Alemania el movimiento contra las iglesias y las escuelas católicas.
Y el P. Mayer usó el púlpito de la iglesia jesuita de San Miguel, en el centro
de Munich, para denunciar la persecución.
El
16 de mayo de 1937 la Gestapo le ordenó terminar con sus predicaciones en
público, porque ella no podía seguir tolerando su influencia cada día mayor
entre el pueblo. Él obedeció, excepto en lo que se refería al interior del
templo, donde continuó predicando. Fue arrestado el 5 de junio y puesto en
prisión, la primera de tres veces. Estuvo en la Prisión de Stadelheim hasta que
el tribunal, seis semanas después, le suspendió la sentencia.
Los
Superiores, entonces, le pidieron cautela, pero él continuó defendiendo en el púlpito
a la Iglesia de los ataques de los Nazis. Y de nuevo fue arrestado y la
sentencia le fue diferida por varios meses, hasta que una amnistía general lo
dejó libre. Regresó a Munich y, en pequeños grupos continuó su trabajo.
Los
Nazis lo arrestaron de nuevo el 3 de noviembre de 1939, a pesar de que él tenía ya 63 años de edad. Y lo
enviaron al campo de concentración de Oranienburg-Sachsenhausen, cercano a
Berlín.
Después de siete meses en ese campo, su salud empezó a deteriorarse,
tanto que hasta los oficiales a cargo del campo temieron por su vida. Y ellos
no querían hacer un mártir de ese popular sacerdote. Lo llevaron entonces a la
Abadía benedictina de Ettal, en los Alpes bávaros, donde quedó confinado hasta
que los soldados americanos lo liberaron en mayo de 1945.
El
Padre Rupert Mayer volvió de inmediato a Munich y reasumió su ministerio
sacerdotal en la iglesia de San Miguel. Pero los años pasados en prisión lo
habían debilitado en gran manera.
El
1 de noviembre de 1945, en la fiesta de Todos los Santos, sufrió un fuerte
ataque cardíaco mientras celebraba la Misa en su iglesia de San Miguel. Perdió
el conocimiento y murió poco después.
Su
causa de canonización empezó en marzo de 1950 y fue beatificado el 3 de mayo de
1987 por el Papa San Juan Pablo II en el Estadio Olímpico de Munich.
lunes, 2 de noviembre de 2026
2 de noviembre conmemoración de TODOS LOS FIELES DIFUNTOS.
Esta
fiesta responde a una larga tradición de fe en la Iglesia: orar por aquellos
fieles que han acabado su vida terrena y que se encuentran aún en estado de
purificación en el Purgatorio.
El
Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que los que mueren en gracia y
amistad de Dios pero no perfectamente purificados, pasan después de su muerte
por un proceso de purificación, para obtener la completa hermosura de su alma.
La
Iglesia llama "Purgatorio" a esa purificación; y para hablar de que
será como un fuego purificador, se basa en aquella frase de San Pablo que dice:
"La obra de cada uno quedará al descubierto, el día en que pasen por
fuego. Las obras que cada cual ha hecho se probarán en el fuego". (1Cor.
3, 14).
La
práctica de orar por los difuntos es sumamente antigua. El libro 2º de los
Macabeos en el Antiguo Testamento dice: "Mandó Juan Macabeo ofrecer
sacrificios por los muertos, para que quedaran libres de sus pecados"
(2Mac. 12, 46); y siguiendo esta tradición, la Iglesia desde los primeros
siglos ha tenido la costumbre de orar por los difuntos.
Al
respecto, San Gregorio Magno afirma: "Si Jesucristo dijo que hay faltas
que no serán perdonadas ni en este mundo ni en el otro, es señal de que hay
faltas que sí son perdonadas en el otro mundo. Para que Dios perdone a los
difuntos las faltas veniales que tenían sin perdonar en el momento de su
muerte, para eso ofrecemos misas, oraciones y limosnas por su eterno
descanso". Estos
actos de piedad son constantemente alentados por la Iglesia.domingo, 1 de noviembre de 2026
1º de noviembre fiesta de TODOS LOS SANTOS.
Este
día se celebran a todos los millones de personas que han llegado al cielo,
aunque sean desconocidos para nosotros. Santo es aquel que ha llegado al cielo,
algunos han sido canonizados y son por esto propuestos por la Iglesia como
ejemplos de vida cristiana.
Comunión
de los santos
La
comunión de los santos, significa que ellos participan activamente en la vida
de la Iglesia, por el testimonio de sus vidas, por la transmisión de sus escritos
y por su oración. Contemplan a Dios, lo alaban y no dejan de cuidar de aquellos
que han quedado en la tierra. La intercesión de los santos significa que ellos,
al estar íntimamente unidos con Cristo, pueden interceder por nosotros ante el
Padre. Esto ayuda mucho a nuestra debilidad humana.
Su
intercesión es su más alto servicio al plan de Dios. Podemos y debemos rogarles
que intercedan por nosotros y por el mundo entero.
Aunque
todos los días deberíamos pedir la ayuda de los santos, es muy fácil que el
ajetreo de la vida nos haga olvidarlos y perdamos la oportunidad de recibir
todas las gracias que ellos pueden alcanzarnos. Por esto, la Iglesia ha querido
que un día del año lo dediquemos especialmente a rezar a los santos para pedir
su intercesión. Este día es el 1º de noviembre.
Este
día es una oportunidad que la Iglesia nos da para recordar que Dios nos ha
llamado a todos a la santidad. Que ser santo no es tener una aureola en la
cabeza y hacer milagros, sino simplemente hacer las cosas ordinarias
extraordinariamente bien, con amor y por amor a Dios. Que debemos luchar todos
para conseguirla, estando conscientes de que se nos van a presentar algunos
obstáculos como nuestra pasión dominante; el desánimo; el agobio del trabajo;
el pesimismo; la rutina y las omisiones.
Se
puede aprovechar esta celebración para hacer un plan para alcanzar la santidad
y poner los medios para lograrlo.
¿Cómo
alcanzar la santidad?
-
Detectando el defecto dominante y planteando metas para combatirlo a corto y
largo plazo.
-
Orando humildemente, reconociendo que sin Dios no podemos hacer nada.
-
Acercándonos a los sacramentos.
Un
poco de historia
La
primera noticia que se tiene del culto a los mártires es una carta que la
comunidad de Esmirna escribió a la Iglesia de Filomelio, comunicándole la
muerte de su santo obispo Policarpo, en el año156. Esta carta habla sobre
Policarpo y de los mártires en general. Del contenido de este documento, se
puede deducir que la comunidad cristiana veneraba a sus mártires, que
celebraban su memoria el día del martirio con una celebración de la Eucaristía.
Se reunían en el lugar donde estaban sus tumbas, haciendo patente la relación
que existe entre el sacrificio de Cristo y el de los mártires
La
veneración a los santos llevó a los cristianos a erigir sobre las tumbas de los
mártires, grandes basílicas como la de San Pedro en la colina del Vaticano, la
de San Pablo, la de San Lorenzo, la de San Sebastián, todos ellos en Roma.
Las
historias de los mártires se escribieron en unos libros llamados Martirologios
que sirvieron de base para redactar el Martirologio Romano, en el que se
concentró toda la información de los santos oficialmente canonizados por la
Iglesia.
Cuando
cesaron las persecuciones, se unió a la memoria de los mártires el culto de
otros cristianos que habían dado testimonio de Cristo con un amor admirable sin
llegar al martirio, es decir, los santos confesores.
En el año 258, San
Cipriano, habla del asunto, narrando la historia de los santos que no habían
alcanzado el martirio corporal, pero sí confesaron su fe ante los perseguidores
y cumplieron condenas de cárcel por Cristo.
Más
adelante, aumentaron el santoral con los mártires de corazón. Estas personas
llevaban una vida virtuosa que daba testimonio de su amor a Cristo. Entre
estos, están san Antonio (356) en Egipto y san Hilarión (371) en Palestina.
Tiempo después, se incluyó en la santidad a las mujeres consagradas a Cristo.
Antes
del siglo X, el obispo local era quien determinaba la autenticidad del santo y
su culto público. Luego se hizo necesaria la intervención de los Sumos
Pontífices, quienes fueron estableciendo una serie de reglas precisas para
poder llevar a cabo un proceso de canonización, con el propósito de evitar
errores y exageraciones.
El
Concilio Vaticano II reestructuró el calendario del santoral.
Se
disminuyeron las fiestas de devoción pues se sometieron a revisión crítica las
noticias hagiográficas (se eliminaron algunos santos no porque no fueran santos
sino por la carencia de datos históricos seguros); se seleccionaron los santos
de mayor importancia (no por su grado de santidad, sino por el modelo de
santidad que representan: sacerdotes, casados, obispos, profesionistas, etc.);
se recuperó la fecha adecuada de las fiestas (esta es el día de su nacimiento
al Cielo, es decir, al morir); se dio al calendario un carácter más universal
(santos de todos los continentes y no sólo de algunos).
Categorías
de culto católico.
Los
católicos distinguimos tres categorías de culto:
- Latría
o Adoración: Latría viene del griego latreia, que quiere decir servicio a
un amo, al señor soberano. El culto de adoración es el culto interno y externo
que se rinde sólo a Dios.
- Dulía
o Veneración: Dulía viene del griego doulos que quiere decir servidor,
servidumbre. La veneración se tributa a los siervos de Dios, los ángeles y los
bienaventurados, por razón de la gracia eminente que han recibido de Dios. Este
es el culto que se tributa a los santos. Nos encomendamos a ellos porque
creemos en la comunión y en la intercesión de los santos, pero jamás los
adoramos como a Dios. Tratamos sus imágenes con respeto, al igual que lo
haríamos con la fotografía de un ser querido. No veneramos a la imagen, sino a
lo que representa.
- Hiperdulía
o Veneración especial: Este culto lo reservamos para la Virgen María por
ser superior respecto a los santos. Con esto, reconocemos su dignidad como
Madre de Dios e intercesora nuestra. Manifestamos esta veneración con la
oración e imitando sus virtudes, pero no con la adoración.
sábado, 31 de octubre de 2026
31 de octubre fiesta de santa María de la Purísima de la Cruz Salvat y Romero.
Esta
Santa nació el 20 de febrero de 1926 en Madrid en el seno de una familia
acomodada. Al día siguiente, fue llevada a la fuente bautismal en la parroquia
de Nuestra Señora de la Concepción, recibiendo el nombre de María Isabel.
En su
ambiente familiar, fuertemente motivado en sentido religioso, junto con la
primera educación asimiló también los valores cristianos, que profundizó con
creciente conocimiento frecuentando desde niña el colegio madrileño de la
Virgen María, gestionado por las Religiosas Irlandesas.
En el ámbito de su itinerario formativo,
recibió la Primera Comunión, la Confirmación y completó el currículo normal de
los estudios. En el 1936, al estallar la guerra civil, la familia se trasladó a
Portugal; pero, después de dos años, regresó a la patria, escogiendo como
residencia, en un primer momento, la ciudad vasca de San Sebastián y luego
nuevamente Madrid.
A
lo largo de estos años María Isabel fue madurando en todas las cualidades
personales y culturales para poder proyectar una vida social llena de
satisfacciones, revalorizada posteriormente por su procedencia alto burguesa.
Ella,
sin embargo, comenzó a percibir con mucha claridad la vocación a la vida
religiosa, de manera que, una vez presentada la solicitud, en el 1944 fue
acogida como postulante en el Instituto de las Hermanas de la Compañía de la
Cruz de Sevilla. Al año siguiente recibió el hábito religioso, asumiendo el
nombre de Sor María de la Purísima de la Cruz, y fue admitida al noviciado.
Ya
durante este periodo de formación, la Sierva de Dios se distinguió por su
compromiso, espíritu de sacrificio y ejemplaridad. De modo particular se manifiestan
en ella, con admirable sencillez, el amor a la pobreza, un comportamiento
humilde y un espíritu de obediencia desinteresada y convencida. En el 1947
emitió los votos temporales.
Reconociendo
en ella la preparación humana y espiritual, a la joven hermana se le confió la
dirección del colegio de Lopera, cerca de Jaén, compromiso al que siguieron
otros cargos de responsabilidad en Valladolid y Estepa. En 1966 fue llamada a
la Casa Madre de Sevilla, primero como auxiliar del Noviciado, luego como Maestra
de novicias. Dos años más tarde fue nombrada Provincial, luego Consejera
General, después aún Superiora de la comunidad de Villanueva del Río y Minas
(Sevilla) y en el 1977 fue elegida Madre General del Instituto. Sería
reelegida, con permiso de la Santa Sede, otras tres veces para este oneroso
cargo, particularmente delicado en los difíciles años que siguieron al Concilio
Vaticano II y que vieron a la Sierva de Dios comprometida en la actualización
de las Constituciones del Instituto dentro de la óptica de la salvaguardia y de
la revalorización del carisma original, a través de una renovada fidelidad al
Evangelio y al Magisterio eclesial, una intensa dimensión eucarística y
mariana, una inteligente adaptación de la tradición a las nuevas perspectivas
de la Iglesia y de la sociedad.
Su
actitud fundamental fue de un equilibrio dinámico: Sor María no vivió la
fidelidad como una cansada repetición de fórmulas ensayadas, sino como un deseo
de creatividad para ir al encuentro de las exigencias que el Señor le iba
haciendo comprender.
En
cada circunstancia miró a Santa Ángela de la Cruz, Fundadora de la
Congregación, como a un manantial perenne de continuidad coherente dentro de la
necesaria renovación.
Tuvo
una solicitud particular por la formación permanente de las Hermanas, sobre
todo por las que atravesaban momentos de crisis y de desorientación, de modo
que en aquellos años de experiencias y de no pocas incertidumbres su testimonio
de vida constituyó un punto seguro de referencia para muchas de ellas.
Cuidó
con amor la animación vocacional, cuyos frutos maduraron incluso de modo
visible, hasta el punto de que la Sierva de Dios tuvo que dedicarse a abrir
nuevas casas religiosas en otras ciudades de España, como Puertollano, Huelva,
Cádiz, Lugo, Linares, Alcázar de S. Juan.
Incluso en Reggio Calabria, en Italia, en el
1984 realizó la fundación de una casa. Su personalidad serena y jovial
contribuía a crear un clima de confianza y de comunión, pero era sobre todo su
sólida espiritualidad la que motivaba sus intenciones y sus acciones.
En
ella, efectivamente, se pone de manifiesto una intensa experiencia religiosa,
vivida con clara conciencia de la presencia de Dios y en la constante búsqueda
de su voluntad, y alimentada en las fuentes de la oración y de la contemplación;
una sincera disponibilidad a las exigencias del prójimo, de manera particular
para con los más necesitados, y una sagaz apertura hacia los problemas
contemporáneos; una tendencia hacia la perfección, hasta llegar a conseguir un
asiduo y fervoroso ejercicio de las virtudes humanas e cristianas.
En
el 1994 le diagnosticaron un tumor, por el que tuvo que ser operada. Afrontó la
enfermedad con gran docilidad a la voluntad de Dios y con fortaleza de ánimo y
durante cuatro años continuó generosamente con su actividad. En los últimos
días de vida, cuando el sufrimiento fue más doloroso, renovó su confianza en la
bondad de Dios, preparándose para el momento del encuentro con el Esposo.
El
31 de octubre 1998 se durmió piadosamente en la Casa Madre de Sevilla. En su
funeral participaron numerosos sacerdotes y religiosas, junto con una
grandísima asistencia de fieles, testimonio de una fama de santidad que ya en
vida había acompañado a la Sierva de Dios.
La
beatificación
El
sábado 27 de marzo de 2010, S.S. Benedicto XVI firmó el decreto referente a un
milagro atribuido a la intercesión de la venerable María de la Purísima de la
Cruz Salvat.
La
protagonista fue una niña de La Palma del Condado (Huelva), Ana María Rodríguez
Casado, que había nacido con una cardiopatía congénita y sin vena cava
inferior, por lo que llevaba marcapasos desde los 13 meses. Una noche de enero
de 2004, cuando tenía tres años, se desplomó en brazos de su madre. Se le había
roto el cable del marcapasos provocándole una parada cardiorrespiratoria. Había
sufrido el síndrome de stock adam. La falta de oxígeno en el cerebro le provocó
importantes secuelas neurológicas. La niña volvió a su casa en una silla de
ruedas, sin hablar, no conocía a nadie.
Dos
Hermanas de la Cruz dieron a su madre una estampa de María de la Purísima.
"Yo no sabía quién era, pero me dijeron que me encomendara a ella. Cogí la
estampa y dije: Si eres santa sólo te pido que mi hija me vea y me conozca. No
te pido más. Aunque se quede en la silla de ruedas, pero que esos ojitos me
vean".
Le
pasó la foto por la cabeza. Tras rezar, las hermanas se marcharon prometiendo
volver al día siguiente para hacer una novena. Minutos después, Paloma escuchó
la voz de su hija: "Mamá Paloma", exclamó primero. "Abuela
Dolores", dijo después. "Hubo una mejoría instantánea. Salí a la
calle corriendo, gritando que era un milagro".
Pero
la recuperación no quedó ahí. Ana María le pidió a su padre que la ayudara a
levantarse de la silla de ruedas. La niña, aunque había mejorado notablemente,
aún no era capaz de mantener una conversación.
"Le hice una novena a Madre
María de la Purísima y al pasar unos días mi padre pasó por casa y la escuchó
hablar perfectamente. La niña tenía la estampa de Madre en la mano y le dijo
´ella es la que me ha curado´". El equipo médico, impresionado y sorprendido
ante su evolución, manifestó que su curación había sido "excepcional, no
previsible y difícilmente explicable".
La
niña hizo su primera comunión con 10 años en la beatificación de María de la
Purísima, con 45.000 asistentes, en 2010. "Para mí, Madre María Purísima
es mi mejor amiga", explicaba la niña a la prensa.
La
canonización
El
martes 5 de mayo de 2015, S.S. Francisco firmó el decreto referente a un
milagro atribuido a la intercesión de la Beata María de la Purísima de la Cruz
Salvat.
Este
milagro sucedió en 2012 en Sevilla bajo control hospitalario. Francisco José
Carretero, "er Carre", un miembro de la hermandad de la Macarena en
la que procesionaba siempre como armao se recuperó tras sufrir un ataque al
corazón por el que permaneció 12 días ingresado en la UCI sin que los médicos
tuvieran ninguna esperanza de recuperación. Pero su madre era muy devota de
siempre de Sor Ángela de la Cruz y de María de la Purísima.
Muchos
rezaron a Dios por Francisco José mediante la intercesión de la beata. A los 12
días despertaba sin secuelas. Dado que los médicos no pueden atribuir su
recuperación a ninguna medida terapéutica ni natural, se atribuye a la oración.
Fecha
de beatificación: 18 de septiembre de 2010, durante el pontificado de S.S.
Benedicto XVI.
Fecha
de canonización: 18 de octubre de 2015, por S.S. Francisco.
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