lunes, 8 de junio de 2026

8 de junio fiesta de San Santiago Berthieu.




Jacques Berthieu nació el 27 de noviembre de 1838 en el paraje de Montlogis, del municipio de Polminhac, región de Auvernia, en el centro de Francia, donde sus padres eran agricultores. Hizo sus estudios en el seminario de Saint-Flour, hasta su ordenación sacerdotal en esta diócesis el año 1864. Nombrado párroco de Roannes-Saint-Mary, allí permanecerá nueve años.

El deseo de llevar el Evangelio a tierras lejanas y de poner como fundamento de su vida espiritual los Ejercicios de San Ignacio, le llevan a pedir su admisión a la Compañía de Jesús y a entrar en el noviciado de Pau en 1873. En 1875 zarpa del puerto de Marsella hacia dos islas del entorno de Madagascar, entonces dependientes de Francia: La Reunión y Santa María (hoy Nosy Bohara), donde estudia la lengua malgache y se prepara como misionero.




En 1881 una medida de la legislación francesa que cierra sus territorios a la acción de los jesuitas, obliga a Jacques Berthieu a trasladarse a la gran isla de Madagascar. Allí comenzará trabajando en el distrito de Ambohimandroso-Ambalavao, en Fianarantsoa, en la región sur de los altiplanos. Más tarde, durante la primera guerra franco-malgache, desarrolla diversos ministerios en las costas este y norte del país.

 A partir de 1886 dirige la misión de Ambositra, 250 kms al sur de Antananarivo, y a continuación la de Anjozorofady-Ambatomainty al norte de la capital. Una segunda guerra le obligará a alejarse de la zona. En 1895 el levantamiento de los Menalamba (los togas rojas), contra los colonizadores, pone en su punto de mira también a los cristianos. Jacques Berthieu intentará colocar a éstos bajo la protección de las tropas francesas.
 
Un coronel francés, sin embargo, al que había reprochado su comportamiento para con las mujeres del país, le retira su apoyo, y eso le obliga a conducir un convoy de cristianos hacia Antananarivo, deteniéndose en el poblado de Ambohibemasoandro.

El 8 de junio de 1896 los Menalamba hacen irrupción en el poblado y acaban por encontrar a Jacques Berthieu, que se había escondido en la casa de un amigo protestante. Se apoderan de él y le despojan de la sotana. Otro le arranca el crucifijo a la vez que exclama: “¿Es éste tu amuleto? ¿Es así como extravías al pueblo? ¿Piensas rezar todavía mucho?” “Es preciso que rece hasta la muerte” le responde. Uno le da un golpe de machete en la frente que le hace caer de rodillas. De la herida brota abundante sangre.

Los Menalamba se lo llevan para la que va a ser una larga marcha. Herido en la frente, Jacques Berthieu pide a los que le conducen: “Suéltenme las manos para que pueda sacar un pañuelo de mi bolsillo y enjugarme la sangre de los ojos, porque no veo el camino”.
 
Poco después uno de ellos se acerca y Jacques Berthieu le pregunta: “Hijo, ¿has recibido el bautismo?”. Al recibir un “no” como respuesta, y tras revolver en su bolsillo, Jacques Berthieu saca una cruz y dos medallas, se las da y le dice: “Reza a Jesucristo todos los días de tu vida. No volveremos a vernos, pero no olvides este día, instrúyete en le religión cristiana y, cuando veas un sacerdote, pídele el bautismo”.

Cuando, tras una marcha de diez kilómetros llegan al poblado de Ambohitra, donde había una Iglesia fundada por él mismo, alguno le prohíbe que pise ese terreno, porque profanaría objetos sagrados, designando así a los fetiches. Por tres veces le apedrean. A la tercera vez cae postrado.

 No lejos del poblado, viéndolo empapado en sudor, un Menalamba toma su pañuelo, lo humedece en lodo y agua sucia, y con él le ciñe la frente. Se levanta un griterío: “Mirad al rey de los Vazaha (los europeos)”. Algunos llegan incluso a castrarlo, provocando con ello una nueva pérdida de sangre que lo agota.

Se acerca la noche. En Ambiatibe, poblado situado al norte de Antananarivo, tras cierta discusión, toman la decisión de matarlo. El jefe reúne un pelotón de seis hombres armados con fusiles. Al verlo Jacques Berthieu se arrodilla. Dos hombres disparan a la vez y fallan el tiro. Él se santigua e inclina la cabeza. Uno de los jefes se acerca a él y le dice: “Si renuncias a tu odiosa religión y dejas de embaucar al pueblo, te convertimos en consejero y jefe nuestro y te perdonamos la vida”.

 Él replica: “Aceptar lo que decís significa la muerte; rechazarlo significa la vida”. Dos hombres vuelven a disparar, pero habiéndose él inclinado de nuevo para rezar, fallan el tiro. Dispara otro por quinta vez y le acierta, pero sin matarlo. Un último disparo a quemarropa acaba con Jacques Berthieu.

Como misionero, Jacques Berthieu describía así su tarea: “Esto es ser misionero, hacerse todo a todos, en lo interior y en lo exterior. Ocuparse de todo con corazón ancho y generoso: de las personas, los animales y las cosas, siempre con la mira final puesta en ganar almas”. Dan testimonio de esto sus múltiples esfuerzos por fomentar la escolarización, la actividad en el campo de la construcción, los trabajos de irrigación y creación de huertas, la formación agrícola.

 Fue catequista infatigable. Un maestro de escuela muy joven, que le acompañaba en una de sus campañas, viendo que aun yendo a caballo leía el catecismo, le preguntó: “Padre, ¿cómo es que estudia usted todavía el catecismo?” Esta fue su respuesta: “El catecismo, hijo mío, es un libro en el que siempre hay que seguir profundizando, porque contiene toda la doctrina católica”.

En esta época, una vez en las misiones, no se planteaba la vuelta al país de origen. “Dios sabe bien, decía, lo que amo mi patria y mi querida tierra de Auvernia. Y sin embargo Dios me ha dado la gracia de que ame más aún estos campos sin cultivar de Madagascar, donde lo único que puedo hacer es pescar con caña algunas almas para Nuestro Señor.

 La misión progresa, aunque en algunos lugares no tengamos sino la esperanza de frutos futuros, y en otros los frutos sean aún apenas visibles. Pero, ¿qué importa esto, si nosotros somos buenos sembradores? Dios dará el crecimiento a su tiempo”.

Hombre de oración, de ella extraía su fuerza. “Cuando iba a verlo, declaraba uno de sus catequistas, lo encontraba casi siempre de rodillas en su habitación”. Y otro: “No he visto ningún otro padre que permaneciese tanto tiempo delante del Santísimo.



Si le buscabas podías estar seguro de encontrarle allí”. Un hermano de su comunidad daba este testimonio: “Durante su convalecencia, cada vez que yo entraba en su habitación, lo encontraba de rodillas orando”. Su amor a Dios era tan grande que le llamaban “tia vavaka” (el piadoso). Se le veía siempre con el breviario o el rosario en las manos.
 
Expresaba su fe por medio de su devoción al Santísimo Sacramento y la Misa era el foco de su vida espiritual. Tenía una devoción especial al Sagrado Corazón, al que se había consagrado en Paray-le-Monial antes de salir para las misiones. Él mismo se convirtió en apóstol de esta devoción entre los cristianos malgaches.

 Devoto ferviente de la Virgen María, había acudido como peregrino a Lourdes. Su plegaria favorita era el rosario, y lo recitaba mientras era llevado a la muerte. Veneraba también a San José.

Pastor, solía dirigirse a los cristianos usando las mismas palabras de Cristo: “hijitos míos” (Jn 13, 33). Cuando se dirige a sus verdugos les habla con dulzura: “ry zanako, hijos míos”.

 La suya era una caridad plena de respeto al otro, incluso cuando tenía que reprender a algún fiel que se desviaba. Y sin embargo sabía hablar fuerte y con firmeza cuando pensaba que los intereses de Dios y de la Iglesia sufrían menoscabo. No ocultaba las exigencias que lleva consigo la vida cristiana, comenzando por la unidad y la indisolubilidad del matrimonio monógamo.
 
 En aquella época la poligamia era moneda corriente, y al denunciar la injusticia y los abusos que de ella se derivan, se atraía numerosos enemigos, sobre todo de parte de los más poderosos.

La víspera de su muerte, cuando se dirigía hacia la capital junto con los fieles hostigados por los Menalamba, movido a compasión por un joven herido en un pie, se pone a buscar algunos que puedan llevarlo como porteadores, y les ofrece una fuerte suma por este servicio.

Todos se resisten. Bajándose entonces del caballo sube al enfermo a la montura y, superando la propia debilidad, continúa a pie, llevando al animal de las riendas.

“Era un hombre de gran dulzura, declara un testigo, paciente, entregado con celo a su ministerio, incluso si le llamaban en plena noche o parecía diluviar”. Al sur de Anjozorofady vivían dos mujeres leprosas. Al volver de sus correrías apostólicas siempre se acercaba a visitarlas, llevándoles comida y ropa, y les enseñaba el catecismo, hasta que pudo bautizarlas.

Para él era vital acompañar a los moribundos durante la agonía: “No temáis llamarme aunque esté comiendo o durmiendo, repetía, no creo tener una obligación mayor que la de visitar a los moribundos”.

La donación total y deliberada de su vida al seguimiento de Cristo es la clave de su compromiso. En medio de las pruebas conservaba su buen humor, afable, humilde y servicial. Citaba a menudo el Evangelio: “No temáis a los que pueden matar el cuerpo, sino a los que pueden matar el alma” (cfr. Mt. 10, 28).

En sus instrucciones trataba a menudo de la resurrección de los muertos. Sus oyentes han conservado en la memoria esta frase: “Aunque os devorara un caimán, resucitaríais”.

 ¿Era quizá un presentimiento de su final? De hecho, tras su muerte, dos habitantes de Ambiatibe arrastraron su cuerpo hasta la orilla de Manarara, a dos pasos del lugar del martirio, y sus restos desaparecieron.
La donación total y deliberada de su vida al seguimiento de Cristo es la clave de su compromiso.

En 1965, durante el Concilio Vaticano II, el Papa Pablo VI declaraba beato al mártir de la fe y de la castidad P. Jacques Berthieu, jesuita francés (1838-1896) sacerdote y misionero en Madagascar.

El P. Berthieu fue canonizado en Roma el 21 de octubre de 2012, junto con otros seis beatos; esta fecha coincide con la Jornada mundial de las misiones y tiene lugar en el seno del Año de la Fe y del Sínodo de Obispos sobre la Nueva Evangelización.


8 de junio fiesta de la Beata María del Divino Corazón.



 “Señor, lo he dejado todo, absolutamente todo, para amarte hasta el último momento de mi vida y para difundir tanto como yo pueda, la veneración de tu sacratísimo Corazón."



La vida de esta enamorada del Sagrado Corazón se inició el 8 de septiembre de 1863 en Münster, Alemania. Sus padres fueron los condes Droste zu Vischering. De niña fue muy impetuosa y apasionada y tenía actitudes que desconcertaban a sus parientes por la seguridad y la intrepidez que manifestaban.

Pero María no solo era una niña caprichosa, también despertaba mucha ternura por su gran sensibilidad frente a las necesidades de los demás.

A los 12 años, el día de su confirmación, experimenta el llamado de Dios a consagrarse a Él y se despierta en su corazón un fuerte deseo de hacer apostolado.

Esta inquietud la tendrá muy presente en el internado de las Hermanas del Sagrado Corazón, al cuál es enviada por su familia para estudiar. Ella misma nos narra su experiencia: «Yo aprendí un poco a dominar mi carácter.

Por lo menos comencé a comprender, que el amor al Corazón de Jesús sólo es una imaginación vacía, si no está acompañada de un espíritu de sacrificio...»

Ya joven, a María le llama la atención la vida que llevan las Hermanas de San José y pide su admisión en el convento de Copenhague. Pero por su frágil salud no es aceptada. Teniendo la convicción de la consagración, hace un voto privado de virginidad y lleva una vida austera en la casa de sus padres.

En 1888 ocurre un hecho providencial: «…Cuando estaba a punto de ir al confesionario en la Iglesia de Darfeld, me vino de repente esta idea: "tú tienes que ir a la Congregación del Buen Pastor" en una forma tan determinada que a partir de este momento estaba completamente segura y decidida... »

El 21 de noviembre de 1888 ingresa María Droste zu Vischering en el convento del Buen Pastor en su ciudad natal. A partir de ahora se dedicará al apostolado de las jóvenes en peligro y abandonadas.







Las hermanas del Buen Pastor tenían una tierna devoción a los sagrados Corazones de Jesús y María, devoción a la que María tenía un gran amor desde pequeña. Hecha su profesión toma el nombre de Hermana María del Divino Corazón.

La educación y los dones personales que tenía, favorecieron mucho su fecundo apostolado con las chicas necesitadas. Siempre estaba alegre y su bondad no tenía límites.

En 1891 la enviaron como superiora a la comunidad de su Congregación en Oporto, Portugal. Soportó difíciles pruebas y tuvo que poner toda su confianza en la Providencia para cubrir las grandes necesidades económicas y espirituales del apostolado de las hermanas.




Al parecer, por el exceso de trabajo, su médula espinal se vio afectada y quedó inválida, aún así continuó su misión con los necesitados. El Señor la elegiría para transmitir un mensaje importante al Papa: Consagrar el mundo al Sagrado Corazón.

La religiosa, obediente a esta revelación particular, escribió al Santo Padre León XII este pedido.


El 8 de junio de 1899, la hermana María entregó su espíritu al Señor. A los tres días de su tránsito a la casa del Padre, el Papa dio cumplimiento a la petición que la hermana María le hiciera y consagró el mundo al Sagrado Corazón. Pablo VI la beatificó el 1º de noviembre de 1975, coronando esta bella rosa de la Iglesia el corazón manso y humilde de Jesús en el cielo.

domingo, 7 de junio de 2026

Fiesta del Corpus Christi.



Esta fiesta conmemora la institución de la Santa Eucaristía el Jueves Santo con el fin de tributarle a la Eucaristía un culto público y solemne de adoración, amor y gratitud. Por eso se celebraba en la Iglesia Latina el jueves después del domingo de la Santísima Trinidad. En los Estados Unidos y en otros países la solemnidad se celebra el domingo después del domingo de la Santísima Trinidad.

La Solemnidad de Corpus Christi se remonta al siglo XIII. Dos eventos extraordinarios contribuyeron a la institución de la fiesta: Las visiones de Santa Juliana de Mont Cornillon y El milagro Eucarístico de Bolsena/Orvieto.
Urbano IV, amante de la Eucaristía, publicó la bula “Transiturus” el 8 de septiembre de 1264, en la cual, después de haber ensalzado el amor de nuestro Salvador expresado en la Santa Eucaristía, ordenó que se celebrara la solemnidad de “Corpus Christi” en el día jueves después del domingo de la Santísima Trinidad, al mismo tiempo otorgando muchas indulgencias a todos los fieles que asistieran a la santa misa y al oficio. 
Este oficio, compuesto por el doctor angélico, Santo Tomás de Aquino, por petición del Papa, es uno de los más hermosos en el breviario Romano y ha sido admirado aun por Protestantes.
La muerte del Papa Urbano IV (el 2 de octubre de 1264), un poco después de la publicación del decreto, obstaculizó que se difundiera la fiesta. La fiesta fue aceptada en Cologne en 1306. El Papa Clemente V tomó el asunto en sus manos y en el concilio general de Viena (1311), ordenó una vez más la adopción de esta fiesta. Publicó un nuevo decreto incorporando el de Urbano IV. Juan XXII, sucesor de Clemente V, instó su observancia.
Procesiones. Ninguno de los decretos habla de la procesión con el Santísimo como un aspecto de la celebración. Sin embargo estas procesiones fueron dotadas de indulgencias por los Papas Martín V y Eugenio IV y se hicieron bastante comunes en a partir del siglo XIV.
El Concilio de Trento declara que muy piadosa y religiosamente fue introducida en la Iglesia de Dios la costumbre, que todos los años, determinado día festivo, se celebre este excelso y venerable sacramento con singular veneración y solemnidad, y reverente y honoríficamente sea llevado en procesión por las calles y lugares públicos. 
En esto los cristianos atestiguan su gratitud y recuerdo por tan inefable y verdaderamente divino beneficio, por el que se hace nuevamente presente la victoria y triunfo de la muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. 
Los últimos Papas, incluyendo al Papa Francisco, han exhortado a que se renueve la costumbre de honrar a Jesús en este día llevándolo en solemnes procesiones.

En la Iglesia griega la fiesta de Corpus Christi es conocida en los calendarios de los sirios, armenios, coptos, melquitas y los rutinios de Galicia, Calabria y Sicilia.

7 de junio conmemoración del Venerable Mateo Talbot.


LOS ALCOHÓLICOS 
TIENEN A UN HERMANO INTERCEDIENDO
 POR ELLOS EN EL CIELO

Mateo (Matt) Talbot nació en la pobreza en Dublín, Irlanda, el 2 de mayo de 1856.

Comenzó a trabajar de obrero en Dublín, Irlanda, siendo todavía un niño. A los 12 años cayó presa de la enfermedad del alcoholismo. Su madre le pedía mucho que dejara la bebida. Él quería dejar de beber, pero no podía, su obsesión y compulsión por beber alcohol era mucho más voraz que sus fuerzas psíquicas y más intensas que su voluntad. 

Cuando despertaba de su borrachera sentía una profunda vergüenza; recurría a lo que es típico de los alcohólicos, a jurar que dejaría de beber, asegurar que no recaería y que pondría todo su empeño en lograrlo… Pero cada vez que llegaba el día del cobro, al verse con dinero, sin control de ninguna índole y casi como un autómata, recurría al consumo abundante de bebidas embriagantes. 

Llegó hasta el extremo de vender todo lo que poseía para bebérselo en alcohol. Talbot llegó a ser un caso crónico de alcoholismo.

Para tratar de aliviar su situación se refirió a un sacerdote católico romano, quien lo hizo consciente de que la única alternativa era aferrarse a Jesucristo y buscar respaldo en la Virgen María. Como Mateo era de tradición católica no tuvo reparos en seguir auscultando la posibilidad de someterse a una espiritualidad según su tradición religiosa.

Mateo Talbot dejó de beber de repente, y se conjetura qué clase de experiencia pudo haber tenido ya que fue en un momento dado que tiró el último vaso de licor que trataba de tomarse. Había jurado en otras ocasiones no beber más, sin embargo, ahora por fin lo lograba, después de haber bebido sin control por 16 años.

Después tuvo que luchar contra las tentaciones, y las burlas de los amigos que lo veían rechazar la bebida una y otra vez.


El sacerdote le brindó un plan de vida que conllevaba una serie de oración ejercicios de piedad. Y Mateo lo tomó muy en serio. Su resolución llegó a ser firme, su deseo de dejar la bebida y mantenerse sobrio lo poseyó por completo mientras iba avanzando en su desarrollo espiritual practicando con vehemencia su fe cristiana.

Su itinerario de vida interior incluía:

1. Eucaristía diaria,
2. Confesión frecuente,
3. Devoción a la Virgen María,
4. Oración intensa,
5. Una rigurosa disciplina ascética,
6. Lectura espiritual,
7. Trabajo,
8. Cuidado de enfermos,
9. Limosnas para sostener seminaristas y obras de misión en el extranjero.

Mantenía una fervorosa ascética. Su jornada comenzaba a las dos de la madrugada. De rodillas rezaba hasta que las campanas le llamaban a misa; después iba al trabajo y llegaba entre los primeros. Prescindía del almuerzo para ir en vez a una choza a orar en soledad. Llevaba una cadena bajo la ropa de trabajo y dejó de fumar —era un fumador empedernido, y eso también le costó mucho trabajo, lo cual acogió como una penitencia más—. 

Después de trabajar 10 horas se conformaba con pocas horas de sueño. Durante muchas noches cuidaba algún amigo enfermo o leía libros religiosos.

Inspirado por su fe, tenía una profunda preocupación por la justicia social. Abogaba por sus compañeros obreros y compartía su salario con los pobres. Hasta contribuyó con un orfanato de New York.



Durante cuarenta años Mateo sólo fue uno más entre los obreros, haciendo su trabajo con responsabilidad y perseverancia. Talbot acostumbraba a decir: "es consistencia lo que Dios busca.”

Todo lo que logró ahorrar de su escaso salario se lo pasó a cuatro seminaristas de la misión en China, para sus estudios.

El 7de junio de 1925, mientras iba a la Santa Misa, Mateo Talbot, a los 70 años de edad, cayó muerto en plena calle, antes de que una mano solícita lo pudiese ayudar.

Lo logró. Vivió por 40 años en completa sobriedad y en unión con Cristo hasta su muerte.

Mateo comprendió la palabra del Señor: "... el Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan” (Mt 11, 12).

Su vida ha sido una inspiración para innumerables adictos en todo el mundo.

San Juan Pablo II, cuando era joven, escribió un artículo sobre Mateo Talbot.

Después de su muerte se manifestó la santidad oculta de este heroico hombre de Dios.



Cientos de alcohólicos y adictos han dado testimonio de su recuperación por la intercesión del ahora Venerable Mateo Talbot.

Este Venerable alcohólico decía a su hermana: “Nunca desprecies a un hombre que no puede dejar de beber, es más fácil salirse del infierno.”

Matt Talbot fue reconocido como "Venerable" en 1973 y está en proceso de canonización. Si usted obtiene un favor por su intercesión, favor avise escribiendo a:




Fr. Morgan Costelloe, Vice-Postulador de la Causa, 21 Cullenswood Gardens, Ranelagh Dublin 6.
Tel: (01) 497 5201 (Irlanda)

O escriba a info@matt-talbot.com (inglés)

Retiros espirituales
-Movimiento Matt Talbot en Estados Unidos
-Asiste a alcohólicos en su rehabilitación.

Contacto (en inglés): Mr. Mel Wordley, 188 Elmwood Avenue, Glen Rock, NJ 67452, USA. Tel: 201 652 88 22