San Mateo 17, 1-8
Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, el hermano de Santiago y los llevó aparte, a una montaña alta. Allí se transfiguró en presencia de ellos. Su rostro resplandecía como el sol, su ropa se volvió blanca como la luz. En esto se le aparecieron Moisés y Elías, conversando con Jesús.
Pedro le dijo a Jesús: “Señor, qué bien estamos aquí, si quieres levanto tres carpas, una para Ti, otra para Moisés, otra para Elías”. Mientras estaba hablando apareció una nube luminosa que los envolvió de la cuál salió que les dijo: “este es mi Hijo amado, estoy muy complacido con El, escúchenlo.”
Al oír esto los discípulos se postraron sobre su rostro aterrorizados, pero Jesús se acercó a ellos y los tocó. “Levántense les digo, no tengan miedo.”
Pedro le dijo a Jesús: “Señor, qué bien estamos aquí, si quieres levanto tres carpas, una para Ti, otra para Moisés, otra para Elías”. Mientras estaba hablando apareció una nube luminosa que los envolvió de la cuál salió que les dijo: “este es mi Hijo amado, estoy muy complacido con El, escúchenlo.”
Al oír esto los discípulos se postraron sobre su rostro aterrorizados, pero Jesús se acercó a ellos y los tocó. “Levántense les digo, no tengan miedo.”
Contemplar a Cristo con María desde la oración del Rosario siguiendo las enseñanzas de San Juan Pablo II
1.- Un rostro brillante como el Sol

El éxtasis, el estar más allá de sí mismo atraídos por la imagen del Dios viviente y el brillo que rodea ese acontecimiento de encuentro.
Fijar los ojos en el rostro de Cristo, descubrir su misterio en el camino de todos los días, el camino ordinario y doloroso de su humanidad, hasta percibir el resplandor divino que se manifiesta definitivamente en el acontecimiento de su resurrección, allí donde la gloria de Cristo, a la derecha del Padre sorprende a todos los que están allí contemplando lo que ocurre y a nosotros cada vez que entramos en clima de oración contemplativa para percibir los rasgos del rostro de Cristo que vienen a imprimirse en nuestra interioridad.
Contemplando este rostro, el de Jesús, nos disponemos a recibir el misterio de la vida interna de Dios, vida Trinitaria, para experimentar de nuevo el amor del Padre y gozar de la alegría del Espíritu Santo.
Se realiza en nosotros la palabra de Pablo: “Reflejamos como en un espejo la Gloria del Señor” nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más.
Así es como actúa el Señor que es Espíritu, lo dice 2 Corintios 3, 18.

Y en este sentido, cuando entramos en contacto con María en la oración y particularmente en la oración del Rosario, somos llevados por ella a este lugar tan delicado de su corazón y tan propio de su espiritualidad que es el de la contemplación.
Cuando oramos el Rosario lo oramos desde esa perspectiva, desde una perspectiva de sintonía mariana en contemplación, al modo de los discípulos que ven transfigurarse a Jesús en el Tabor y ellos mismos resplandecen frente a la gloria de Dios en todo su ser.
Quedaron blanqueados, con la blancura propia de la gloria de Dios y a partir de allí el proceso de transformación que el rostro de Cristo refleja sobre nuestra humanidad.
El rostro como el símbolo, icono, que represente lo humano, nos pone de cara a la transformación de todo lo humano. En este sentido, el misterio de la contemplación del rostro de Cristo en clave mariana, que termina siendo una transfiguración de Jesús en nosotros, es una transformación de nosotros. La contemplación es una gracia de transformación.
Así como en el libro del Éxodo, Moisés aparece con el cayado abriendo un camino por el Mar Rojo permitiendo que este se abra en dos para que el pueblo de Israel pase por allí, así también María, ya no con un bastón en su mano para apoyarse en el camino sino con estos misterios de su Hijo, el Rosario, el mismo que ella llevó en sus manos, para con el enseñarnos a rezar y abrirnos caminos en medio de tanta lucha y combate cotidiano.
2.- Los recuerdos de María
María vive mirando a Cristo, es como que está atraída particularmente por el rostro de su hijo. Así como decimos a veces que el Padre no tiene rostro nada más que para el Hijo, así María no tiene más que ojos también para Jesús. Es como que todo su ser y los ojos como expresión del ser, apuntan a este misterio. María vive contemplando a Jesús, tiene en cuenta cada una de sus palabras.


María rezó su rosario decía San Juan Pablo II, ¿pero cómo es eso? ¿Se rezó a si misma? No, porque la oración del Rosario no es una oración mariana es una oración cristo céntrica, María nos lleva de la mano al encuentro con Jesús.
El Rosario es la contemplación de los misterios de Jesús aún cuando contemplamos un misterio mariano como por ejemplo la Asunción. Siempre es en relación a los misterios de Cristo, los misterios de la vida de María. Decir “María rezó su Rosario” nos pone en sintonía con la imagen de Lourdes.
A mí siempre me sorprendió que Bernardita cuente que mientras ella rezaba el Rosario frente a la imagen que se le aparecía, la Virgen iba pasando las cuentas como si ella también rezara el Rosario. Y parece que fue así. Al menos Juan Pablo dice “María rezó su Rosario” es decir, contempló a Jesús y sus misterios. Cuando rezamos el Rosario no le rezamos a la Virgen, rezamos con la Virgen, no le rezamos a María, rezamos con María.

María sólo tiene miradas para Jesús y en su corazón están todos los recuerdos y toda la memoria viva de la contemplación del rostro de su hijo. Viste cuando vos buscas un archivo de audio o de video, vas a un lugar en donde están registrados esos archivos.
Yo te diría, comparativamente hablando, en el corazón de María están registrados como en ningún otro lugar los misterios de Jesús y por eso, al Rosario lo rezamos con ella, es una presencia de compañía, en gracia, que el Padre Dios, en Cristo, por el Espíritu nos ha dejado para poder entrar en Cristo, para poder contemplar el Rostro de Jesús.
Eso cambia la vida, eso nos revela la gloria del Altísimo. Hoy queremos compartir en torno a esta oración nuestra, la del Rosario, su fuerza de transformación.
Eso cambia la vida, eso nos revela la gloria del Altísimo. Hoy queremos compartir en torno a esta oración nuestra, la del Rosario, su fuerza de transformación.
3.- El Rosario, oración contemplativa
El Rosario, a partir de la experiencia de María es una oración marcadamente contemplativa. Antes de esta reflexión San Juan Pablo II se ha preguntado sobre las críticas del rosario y entre ellas aparecen dos grandes críticas que son muchas veces desviaciones de esta oración: una es que nos quedamos en María y no llegamos a Jesús que es el intercesor entre el Padre y su pueblo y la otra es que el rosario es una oración aburrida y repetitiva.
Esta dimensión contemplativa de los misterios del Rosario, en Cristo, nos ayudan a salir de ese lugar de costumbre desviada a veces con el que nos vinculamos a esta oración tan nuestra, tan cercana, tan popular.
El Papa Beato Pablo VI decía: “Sin contemplación, el Rosario es un cuerpo sin alma”, y su rezo corre el peligro de convertirse en mecánica repetición de fórmulas y de contradecir la advertencia de Jesús: Cuando recen no sean charlatanes como los paganos que creen que son escuchados en virtud de su locuacidad. Ustedes cuando recen entren a la oración desde la intimidad, desde adentro, desde el lugar del corazón, como hemos compartido en estos días.
La que lo tuvo en sus brazos cuando nació y la que la tuvo en sus brazos cuando murió. Entre Belén y el Gólgota hay una misma imagen repetida, María y El entre sus brazos, en Belén y después de su muerte, ella lo tuvo entre sus brazos como nadie.
Cuando oramos el rosario junto a María que ora con nosotros, nos lo pone en los brazos a nosotros, nos lo regala a nosotros para cobijarlo dejándonos cobijar por él. Aquella indicación del ángel a San José: “Toma al niño” significa, traducido en un lenguaje más de castellano nuestro, “Ser tomados por el que es tomado”, abrazar al niño es dejarnos abrazar por él.
Cuando nosotros tenemos a Jesús, ofrecidos por María con nosotros, el toma nuestra vida porque su rostro resplandece en nosotros y nuestra vida con la de él se transfigura en la contemplación.
4.-
María nos regala el sol, pone claridad en nuestro corazón


La Biblia es la narración de los acontecimientos de la redención que
tiene el punto más alto en Jesús. Estos acontecimientos no son solamente un
ayer, son también un hoy, es decir, lo que recordamos actúa en medio nuestro.
Esta actualización se realiza en particular en la liturgia Eucarística, lo que
Dios ha llevado a cabo hace siglos no concierne solamente a los testigos
directos del acontecimiento sino que alcanza con su gracia a los hombres de
todo tiempo, de toda época.

Cuando contemplamos
en esa clave, Dios se hace presente y reactualiza al modo, y en cierto modo
como acontece en los misterios eucarísticos, reactualiza toda su acción
salvadora a través nuestro.

El Rosario, en su carácter
específico, pertenece a ese variado panorama de oración incesante, de oración
permanente, variado, toda oración jaculatoria que acompaña nuestra vida cuando
recordamos a Jesús a lo largo de la jornada, la oración repetida del Peregrino
Ruso, la oración incesante, ininterrumpida, y la memoria permanente de estar en
la presencia de Dios, entra en esta dimensión.
Oremos, oremos el Rosario y
dejemos que los gemidos del Espíritu en nuestro interior, desde donde oramos
con María, nos tomen de tal manera que nos familiaricemos a ella, no como una
oración mecánica, aburrida, sino como una oración llena de vida que
transforma.
No hay comentarios:
Publicar un comentario