La
Semana Santa se abre con la memoria de la entrada en Jerusalén. El viaje de
Jesús, iniciado en Galilea, está por concluir. Según narra el evangelio de
Mateo, la última etapa es Betfagé, en el Monte de los Olivos. Jesús se detiene
y envía por delante a dos discípulos para que le consigan una cabalga-dura.
Quiere entrar en Jerusalén como nunca antes lo había hecho.
El Mesías, que
hasta ese momento se había mantenido oculto, toma posesión de la ciudad santa y
del templo, revelando así su misión de verdadero y nuevo pastor de Israel,
aunque esto --lo sabe muy bien-- lo llevará a la muerte.
No entra sobre un
carro, como el jefe de un ejército, aunque use la montura de los soberanos de
la antigüedad: un pollino (Gn 49,ll).
El asno no significa pobreza o una menor
dignidad, en todo caso lo contrario. Jesús conoce cuanto está escrito en el
libro del profeta Zacarías'. “¡Exulta sin freno, Sión, grita de alegría,
Jerusalén! Que viene a ti tu rey: justo y victorioso, humilde y montado en un
asno, en una cría de asno (9, 9).
Jesús
entra en Jerusalén como rey. La gente parece intuirlo y extiende los mantos a
lo largo del camino, como era costumbre en Oriente al paso del soberano.
Incluso las ramas de olivo, tomadas de los campos y esparcidas a lo largo del
camino de Jesús, hacen de alfombra.
El grito de “Hosanna” (en hebreo significa
“sálvanos”) expresa la necesidad de salvación y de ayuda que sentía la gente.
Por fin llegaba el Salvador.
Jesús entra en Jerusalén, y en nuestras ciudades
de hoy, como el único que puede hacemos salir de la esclavitud para hacernos
partícipes de una vida más humana y solidaria. Su rostro no es el de un
poderoso o un fuerte, sino el de un hombre manso y humilde. Bastan seis días
para aclararlo todo: el rostro de Jesús será el de un crucificado, el de un
vencido.
Es la paradoja del Domingo de Ramos, que nos hace vivir juntos el
triunfo y la pasión de Jesús. De hecho, con la narración del Evangelio de la
pasión a continuación de la entrada en Jerusalén, la liturgia quiere como
acortar el tiempo y mostrar en seguida el verdadero rostro de este rey.
La
única corona que se le pondrá sobre la cabeza en las próximas horas será de
espinas, el cetro será una caña y el uniforme un manto de púrpura a modo de
burla. Qué verdaderas son las palabras de Pablo: “Siendo de condición divina,
no codició el ser igual a Dios sino que se despojó de sí mismo tomando
condición de esclavo” (Flp 2,6-l).
Esas
ramas de olivo que hoy son signo de fiesta, en el huerto donde se retiraba a
orar, le verán sudar sangre por la angustia de la muerte. Jesús no huye; toma
su cruz y llega con ella hasta el Gólgota, donde es crucificado.
Aquella muerte
que a los ojos de la mayoría pareció una derrota fue en realidad una victoria:
era la lógica conclusión de una vida gastada por el Señor. Verdaderamente solo
Dios podía vivir y morir de aquel modo, es decir, olvidándose de sí mismo para
darse totalmente a los demás. Una bella tradición quiere que cada uno se lleve
a casa el ramo de olivo bendecido, tras haber cantado junto a los niños de los
judíos “Bendito el que viene en el nombre del Señor.”
Es el recuerdo del día de
la entrada de Jesús en Jerusalén. Ese ramo es el signo de la paz, pero debe
recordarnos también la necesidad que Jesús tiene de nuestra compañía.
Precisamente bajo aquellos olivos centenarios de Getsemaní, Jesús, dominado por
la angustia de la muerte, quiso que los suyos permaneciesen junto a él. Qué
amargas son las palabras que dirige a Pedro: “¿Conque no habéis podido velar
una hora conmigo?”(Mt 26,40). Que el ramo de olivo sea un signo de nuestro
compromiso de estar junto al Señor sobre todo en estos días. Es una hermosa
manera de consolar a un hombre que va a morir por todos.



No hay comentarios:
Publicar un comentario