Burdeos.
Mediodía de Francia. Fría mañana del 27 de diciembre de 1556. Ricardo de
Lestonnac, noble magistrado y consejero del rey, que preside su felicísimo
hogar en la calle de Cours de Fossés, recibe del cielo la bendición más
anhelada para su corazón: una hija, la primogénita, Juana, que llena con la luz
de sus ojos azules y su encanto especial la noble morada.
Historietas
malvadas y atractivas, en que salen malparados los sacerdotes y el Vicario de
Cristo. Veneno entre mieles de caricias maternas. Ausencia total de la Virgen
en sus relatos y en sus charlas. Todo lo que la nueva apóstata calvinista
anhela inocular en el tierno corazón de aquella privilegiada criatura, a quien
su tío, el célebre filósofo Miguel de Montaigne, la llamó sin titubeos: "
la bella princesa, albergada en magnífico palacio".
Sus tíos,
los señores de Beauregard, se unen a la madre hereje para malear la inocencia
de Juana. Miguel, el señor de Montaigne, vela por la guarda de su fe. Y la niña
triunfa en la lucha con la firme ayuda de su padre y con la cooperación de Guy,
el mayor de los hermanos varones, que cada noche repite en sus charlas
fraternales cuanto ha aprendido en el colegio que frecuenta, regentado por los
padres jesuitas.
La fe,
combatida, acaba por hacerse recia y valiente. La devoción a la Virgen arraiga
íntima en su alma, y su anhelo de sacrificar el porvenir brillante que el mundo
ofrece cede tal sólo ante la insistencia paterna, que teme los claustros y
monasterios del mediodía de Francia, invadidos por la herejía.
¿Será la
voluntad de Dios?..., ¿Hablará el cielo por la reiterada petición de Gastón de
Montferrant Soldán de la Tray, barón de Landirás y de la Mothe, que sueña por
hacerla su esposa y lo ruega insistentemente?
Consciente,
creyendo acatar así los designios de Dios, acepta Juana.
Y
veinticuatro años de felicísimo matrimonio en el baronesado de Landirás son la
respuesta afirmativa a su ambición de hacer siempre lo más perfecto.
Ocho veces
es Juana madre. Las tres primeras disfrutan breves instantes de sus hijos. Muy
pronto vuelan al cielo sus angelitos, dejando el baronesado entero sumido en
lágrimas y desolación. Las otras cinco —dos varones y tres hembras— van
llenando poco a poco, con su alegría y con sus trinos, las dilatadas posesiones
bajo sus desvelos de madre y de santa.
La
baronesa, la mujer fuerte que canta la Escritura, les enseña cada día los
deberes de la cristiana caridad en las visitas a los pobres, a sus colonos, en
la abnegada labor de atender y dar hospitalidad a los mendigos que llaman a sus
puertas. No sin razón un día la apellidará el mundo entero "honor y gloria
de Francia y de la Iglesia".
La
primavera del año 1597 ve colgar en los torreones del castillo crespones
enlutados. Gastón de Montferrant, fortalecido con su último viático, ha subido
al cielo. Y la mano firme y valiente de la baronesa cierra sus ojos para
siempre con profundo dolor, pero con inmensa resignación.
Seis años
más tarde, cuando el heredero del baronesado ha seguido a su padre a la Patria,
después que su hijo Francisco ha fundado su hogar y Marta y Magdalena se han
consagrado a Jesús en las Anunciatas de Burdeos, deja a su pequeña Juanita al
cargo de Francisco y de su esposa, ya padres de familia, y ella ingresa en las
Fuldenses (monjas cistercienses) de Tolosa, anhelando tan sólo consagrarse por
entero al Señor.
La mañana de su partida, saliendo muy temprano de palacio,
pretende evitar las despedidas, pero su corazón de madre tiene que desgarrarse
al ver llegar y arrojarse sobre su pecho a su benjamina deshecha en llanto y
queriendo retenerla en Burdeos, en su casa, con sus bracitos frágiles pero
potentísimos.
Viste Juana
el santo hábito y su felicidad no encuentra límites. Sin embargo, su palidez
preocupa a la Comunidad, y las rigurosas penitencias agotan sus fuerzas por
completo. Ella prefiere la muerte antes de ser infiel a su Dios, y, cuando su
madre superiora le indica que es preferible seguir la prescripción facultativa
y regresar a su castillo de Landirás, la pena la embarga por completo.
Aquella
noche, mientras esfuerza su alma en abrazarse con la voluntad de Dios y en
aceptar la prueba, una visión celestial la hace ver el abismo del infierno.
Caen en él las jóvenes, en espantoso torbellino, y tienden los brazos
implorando su auxilio. Sobre el cuadro espantoso se dibuja, magnífica y
grandiosa, la imagen de María.
La voluntad
de Dios la vence por completo. Y la futura Compañía de María, en beneficio de
la juventud femenina, empieza a diseñarse en aquella velada última de un
aposento de una novicia fuldense.
Vida de
caridad y apostolado en su palacio de Burdeos. Providenciales intervenciones
divinas, y revelaciones celestiales a los padres Bordes y Raymond, de la
Compañía de Jesús. Horas de luz en que se van plasmando las nuevas reglas,
calcadas también en las de San Ignacio.
Generosa respuesta a la gracia por
parte de las primeras compañeras, y el 11 de mayo de 1608 Burdeos entero,
engalanado, presencia la toma de hábito de las cinco primeras religiosas que se
ciñen para el combate en la Compañía de la Virgen.
El cardenal
De Sourdis, protector en un principio de la Obra, desea más tarde acoplarla a
la regla de las ursulinas, y les niega la profesión en mayo de 1610. Pero el 7
de diciembre, en su castillo de Lormont, recibe una gracia particular de la
Santísima Virgen, que aboga por sus hijas, y en la festividad de la Inmaculada,
en el monasterio de la calle del Ha, recibe la entrega total de la madre santa
y de sus primeras compañeras, que son nueve.
Fuerte
vendaval de persecución sacude repetidas veces el tierno arbolito. Por eso
quizá arraiga más fuertemente. Béziers, Poitiers, Tolosa, Périgueux... Letanía
maravillosa que, antes de la partida de la madre al cielo, se desgrana en
cuarenta preciosas y florecientes advocaciones.
En ellas, jalonando su
fecunda producción, sufrimientos y preocupaciones de todas clases. Desde los
desprecios de Lucía de Teula, fundadora frustrada de Tolosa, que no escatimó
insultos y persecuciones, secreto de la prosperidad de los nuevos palomares de
la Virgen, hasta la traición de una de sus hijas, única infiel entre el grupo
de sus primeras religiosas, que ingrata a la madre, y cediendo a una tentación
ambiciosa, hace llegar hasta el prelado falsas acusaciones e inculcaciones de
todas clases.
"La
parte que Jesús nos da de su cruz nos hace conocer cuánto nos ama", repite
más tarde la santa fundadora. Y, tras un silencio santo y ejemplar, su estancia
en Pau, la benjamina de sus fundaciones, llena de admiración a cuantos tienen
la dicha de tratarla.
Van recibiendo sus últimos maravillosos ejemplos de
humildad al verla ocuparse personalmente en las clases de las niñas más
pobrecitas... De magnanimidad, de amor al Instituto y a las Reglas, para cuya
impresión logran sus hijas bordelesas que regrese a la cuna de la Orden a los
setenta y ocho años de edad.
La
enamorada de la Eucaristía, la angelical religiosa que tributaba culto tan
especial al ángel de su guarda, la hija amantísima de la Iglesia y de la
Virgen, a la que consagró su compañía; la madre caritativa y buena, que en
épocas de epidemia daba a manos llenas los remedios adquiridos para la
Comunidad entre los mendigos y los necesitados, la hija confiada en la
providencia del Padre celestial, que vivió siempre pendiente de la Providencia
en todas su empresas, el 2 de febrero de 1640, tras rapidísima enfermedad de
dos días, rodeada de sus hijas y pronunciando con dulzura celestial los nombres
de Jesús, María y José, se durmió tranquilamente en la paz del Señor, en medio
de la veneración y el amor de tantas hijas dispersas por las cuarenta casas del
Instituto...
...Revolución
francesa. Profanación de los restos venerados, enterrándolos cerca de la
osamenta de un caballo. Celo y amor de la madre Duterrail, que, al restaurar
las casas de Francia, acabada la Revolución, logra, tras afanes inmensos,
encontrar sus restos venerados. Y, por fin, transcurridos trescientos años de
espera, el 15 de mayo de 1949 la santidad de Pío XII la eleva a la gloria de
los altares.
Santa Juana
de Lestonnac bendice hoy las ciento quince casas de la Orden de la Compañía de
María Nuestra Señora, que, esparcidas por todo el mundo, anhelan vivir intensamente
el ideal de su santa madre fundadora: "O trabajar o morir por la mayor
gloria de Dios".


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