El
llamado de Dios
Cuando
Leonardo tenía 5 años falleció su padre. En el Colegio de Padres Escolapios de
Savona, donde lo había enviado su madre, debió soportar las burlas y el
desprecio de sus compañeros que veían con malos ojos su capacidad para el
estudio, sus costumbres piadosas y su entrega a la oración. A los 14 años
decidió cambiar su conducta y sumarse a los más revoltosos, para evitar los
malos tratos de que era objeto, hecho que le provocó una profunda crisis de
ánimo, crisis que hizo eclosión en 1843, cuando, avergonzado por su proceder,
realizó una confesión general, experiencia maravillosa según sus palabras, que
lo llevó a consagrarse a Dios.
Ingreso
al Seminario
A los 15
años Leonardo quedó impresionado por el sermón que su sacerdote pronunció en
cierta ocasión en la parroquia de San Dalmaso. Fue ahí que decidió ser
religioso, ingresando poco después a la Universidad de Turín, para estudiar Teología. En
1850 obtuvo su título y el 21 de septiembre de 1851, Monseñor Ferré, Arzobispo
de Turín, lo ordenó sacerdote, oficiando su primera misa en San Dalmaso, al día
siguiente. Poco después falleció su madre por una prolongada enfermedad.
A imagen
de Don Bosco
Mientras
hacía el seminario, el joven Leonardo acudía al Oratorio de San Luis, para
ayudar a San Juan Bosco en la educación de los niños, apostolado que le
serviría de adiestramiento para las obras que estaba a punto de emprender.
Trabaja además con los niños de la calle, tan abundantes entonces, a quienes
atraía desde las orillas del río Po, al son de sus campanillas. Se acercó
también a los presos, a los deshollinadores y a los pequeños obreros, para
inculcarles las enseñanzas de la
Iglesia, instándolos a estudiar, a tener una profesión, a
capacitarse, a confesarse y concurrir a misa. Su prédica tuvo éxito porque al
cabo de un tiempo, legiones de adolescentes y pequeños se acercaban a los
talleres para aprender y a los templos para orar.
Pese a
ello, Leonardo no ingresó en la orden salesiana porque tenía en mente otros
proyectos, muy similares a los que había puesto en marcha el gran santo de
Valdocco.
El
Colegio de los Artesanitos
Ya
ordenado, Leonardo viajó a París para estudiar Teología y Moral en el célebre
seminario de San Suplicio. De regreso en Turín, en 1866, fue designado rector
del Colegio de los Artesanitos fundado por el padre Juan Cocchi, otra
institución dedicada a la educación de niños pobres y huérfanos, a cuyo frente
estuvo 34 años, atento a las necesidades de los carenciados.
Había en
Turín quienes criticaban la obra de Don Cocchi por considerar su caridad poco
prudente y no muy sabia. ¿Por qué? Pues, porque en sus casas se acogía a
alumnos e individuos de pésima conducta que perjudicaban a sus semejantes con
sus malos ejemplos; porque recomendaba a ese tipo de gente a otros institutos o
a los superiores de otras diócesis; porque tenía amistad con hombres poco
religiosos, y porque en una época de su vida, en los agitados años cuarenta,
llegó a fraternizar con judíos.
Sin
embargo, a todo ello puso remedio Leonardo, disciplinando a los díscolos,
rescatando de la calle y la delincuencia a miles de almas y afrontando las
penurias económicas. Y no faltando quienes le reprochaban que, siendo de
familia acomodada podía dedicarse a labores menos desagradables y penosas, les
respondía sonriente: “No me hice religioso para pasarla bien, sino para
trabajar y desgastarme por las almas de los necesitados”.
Era todo lo
contrario a aquel joven rico que habiéndole preguntado al Señor que debía hacer
para seguirlo, se apenó al recibir como respuesta que debía despojarse de toda
su riqueza y dársela a los pobres (Mc.10, 17-22).
Las deudas
agobiaban a San Leonardo, tanto, que siguiendo el consejo de muchos allegados,
se dispuso cerrar el colegio. Fue entonces que llamó a su puerta una madre
angustiada que traía de la mano a sus dos pequeños hijos. Tal era su pobreza,
que el santo turinés se apiadó de ella y aceptó hacerse cargo de ambos
gratuitamente, desechando de su mente el proyecto de cierre.
La
situación no podía ser peor, los acreedores exigían sus pagos cada vez con más
insistencia y los demandas legales amenazaban la estabilidad del instituto. Sin
embargo, cuando todo hacía prever un desenlace trágico, llegó la salvación de
la mano de un noble: el conde Roero di Guarene, que interesado desde hacía
tiempo por la marcha de la obra, le dejó en herencia gran parte de su fortuna.
Con ella, San Leonardo pudo cancelar las deudas, reequipar los talleres, fundar
la escuela de agronomía, habilitar una casa para jóvenes delincuentes y abrir
un pequeño seminario. Una verdadera salvación, que de la mano de un hombre
bueno y noble, llegaba desde el Cielo para salvar un emprendimiento de bien.
La obra
se expande
Siguiendo
la voluntad del Creador y bajo la dirección espiritual de Don Bosco, San
Leonardo decidió dar mayor impulso a su obra fundando el 19 de marzo de 1873, la Pía Sociedad de San
José, generalmente conocida como “Josefinos de Murialdo”, constituida por
sacerdotes y laicos. El lema de la flamante congregación fue: “Callemos y
obremos”.
San
Leonardo se dedicó con verdadero fervor a organizar congresos para la formación
de líderes católicos dado que, perseguida con saña por el gobierno de turno, la Iglesia se hallaba
necesitada de ellos. También fundó las denominadas Bibliotecas Católicas
Ambulantes con la intención de fomentar la buena lectura a lo largo y ancho de
su país, iniciativa de magnitud que mucho tuvo que ver en la sana educación de
los niños y jóvenes de su tiempo.

Pensamientos
y reflexiones
Agobiado
por los años y la fatiga, San Leonardo falleció en Turín, a los 72 años de
edad, el 30 de marzo de 1900. Setenta años después, S.S. Paulo VI lo canonizó,
conmemorándose su fiesta los 30 de marzo de cada año. Como San José Benito
Cottolengo, San Juan Bosco y San Luis Orione, había legado al mundo una obra
colosal de la que niños huérfanos y carenciados, fueron los principales
beneficiados. Su piedad se refleja en muchos de sus pensamientos y reflexiones,
tales como “Quiero santificarme y santificar a los demás. Quiero tener siempre
contento al buen Dios”.
Al mismo tiempo, en su libreta de apuntes, escribió los
medios necesarios para alcanzar la santidad, a saberse: 1º Llenar el día de
abundantes y pequeñas oraciones; 2º Aprovechar mis males y enfermedades y hasta
mis fallas y equivocaciones para humillarme más y pagarle a Dios mis pecados
con esos sufrimientos; 3º Como penitencia, ofrecer a Dios realizar con la mayor
diligencia mis trabajos de cada día y tratar de recibir a todos con la mayor
bondad posible y 4º atender a todo el que venga, con la más exquisita
amabilidad.
Propagó además las devociones al Sagrado Corazón de Jesús, a la Santísima Virgen
Inmaculada y a San José, a través de las cuales, obró verdaderas proezas.



No hay comentarios:
Publicar un comentario