martes, 26 de mayo de 2020

26 de mayo fiesta de San Felipe Neri.


El hombre busca la felicidad, pero nada de este mundo puede dársela. La felicidad es el fruto sobrenatural de la presencia de Dios en el alma. Es la felicidad de los santos. Ellos la viven en las más adversas circunstancias y nada ni nadie se las puede quitar. San Felipe Neri ilustra admirablemente la felicidad de la santidad. Dispuesto a todo por Cristo, logró maravillas en su vida y la gloria del cielo.

Nació en Florencia, Italia, en 1515, uno de cuatro hijos del notario Francesco y Lucretia Neri. Muy pronto perdieron a su madre pero la segunda esposa de su padre fue para ellos una verdadera madre.

Desde pequeño Felipe era afable, obediente y amante de la oración. En su juventud le gustaba visitar a los padres dominicos del Monasterio de San Marco y según su propio testimonio estos padres le inspiraron a la virtud.

A los 17 años lo enviaron a San Germano, cerca de Monte Casino, como aprendiz de Romolo, un mercante primo de su padre. Su estancia ahí no fue muy prolongarla, ya que al poco tiempo tuvo Felipe la experiencia mística que él llamaría, más tarde, su "conversión" y, desde ese momento, dejaron de interesarle los negocios. Partió a Roma, sin dinero y sin ningún proyecto, confiado únicamente en la Providencia. En la Ciudad Eterna se hospedó en la casa de un aduanero florentino llamado Galeotto Caccia, quien le cedió una buhardilla y le dio lo necesario para comer a cambio de que educase a sus hijos, los cuales -según el testimonio de su propia madre y de una tía -se portaban como ángeles bajo la dirección del santo. Felipe no necesitaba gran cosa, ya que sólo se alimentaba una vez al día y su dieta se reducía a pan, aceitunas y agua. En su habitación no había más que la cama, una silla, unos cuantos libros y una cuerda para colgar la ropa.

Fuera del tiempo que consagraba a la enseñanza, Felipe vivió como un anacoreta, los dos primeros años que pasó en Roma, entregado día y noche a la oración. Fue ese un período de preparación interior, en el que se fortaleció su vida espiritual y se confirmó en su deseo de servir a Dios. Al cabo de esos dos años, Felipe hizo sus estudios de filosofía y teología en la Sapienza y en Sant'Agostino. 
Era muy devoto al estudio, sin embargo le costaba concentrarse en ellos porque su mente se absorbía en el amor de Dios, especialmente al contemplar el crucifijo. El comprendía que Jesús, fuente de toda la sabiduría de la filosofía y teología le llenaba el alma en el silencio de la oración. 
A los tres años de estudio, cuando el tesón y el éxito con que había trabajado abrían ante él una brillante carrera, Felipe abandonó súbitamente los estudios. Movido probablemente por una inspiración divina, vendió la mayor parte de sus libros y se consagró al apostolado.

La vida religiosa del pueblo de Roma dejaba mucho que desear, graves abusos abundaban en la Iglesia; todo el mundo lo reconocía pero muy poco se hacía para remediarlo. 
En el Colegio cardenalicio gobernaban los Medici, de suerte que muchos cardenales se comportaban más bien como príncipes seculares que como eclesiásticos. 
El renacimiento de los estudios clásicos había sustituido los ideales cristianos por los paganos, con el consiguiente debilitamiento de la fe y el descenso del nivel moral. El clero había caído en la indiferencia, cuando no en la corrupción; la mayoría de los sacerdotes no celebraba la misa sino rara vez, dejaba arruinarse las iglesias y se desentendía del cuidado espiritual de los fieles. El pueblo, por ende, se había alejado de Dios. La obra de San Felipe habría de consistir en re-evangelizar la ciudad de Roma y lo hizo con tal éxito, que un día se le llamaría "el Apóstol de Roma".
 
Los comienzos fueron modestos. Felipe iba a la calle o al mercado y empezaba a conversar con las gentes, particularmente con los empleados de los bancos y las tiendas del barrio de Sant'Angelo. Corno era muy simpático y tenía un buen sentido del humor, no le costaba trabajo entablar conversación, en el curso de la cual dejaba caer alguna palabra oportuna acerca del amor de Dios o del estado espiritual de sus interlocutores. Así fue logrando, poco a poco, que numerosas personas cambiasen de vida. El santo acostumbraba saludar a sus amigos con estas palabras: "Y bien, hermanos, ¿cuándo vamos a empezar a ser mejores?" Si éstos le preguntaban qué debían hacer para mejorar, el santo los llevaba consigo a cuidar a los enfermos de los hospitales y a visitar las siete iglesias, que era una de sus devociones favoritas.

Felipe consagraba el día entero al apostolado; pero al atardecer, se retiraba a la soledad para entrar en profunda oración y, con frecuencia, pasaba la noche en el pórtico de alguna iglesia, o en las catacumbas de San Sebastián, junto a la Vía Appia. Se hallaba ahí, precisamente, la víspera se Pentecostés de 1544, pidiendo los dones del Espíritu Santo, cuando vio venir del cielo un globo de fuego que penetró en su boca y se dilató en su pecho. El santo se sintió poseído por un amor de Dios tan enorme, que parecía ahogarle; cayó al suelo, corno derribado y exclamó con acento de dolor: ¡Basta, Señor, basta! ¡No puedo soportarlo más!" Cuando recuperó plenamente la conciencia, descubrió que su pecho estaba hinchado, teniendo un bulto del tamaño de un puño; pero jamás-le causó dolor alguno. A partir de entonces, San Felipe experimentaba tales accesos de amor de Dios, que todo su cuerpo se estremecía. A menudo tenía que descubrirse el pecho para aliviar un poco el ardor que lo consumía; y rogaba a Dios que mitigase sus consuelos para no morir de gozo. Tan fuertes era las palpitaciones de su corazón que otros podían oírlas y sentir sus palpitaciones, especialmente años mas tarde, cuando como sacerdote, celebraba La Santa Misa, confesaba o predicaba. Había también un resplandor celestial que desde su corazón emanaba calor. Tras su muerte, la autopsia del cadáver del santo reveló que tenía dos costillas rotas y que éstas se habían arqueado para dejar más sitio al corazón.

San Felipe, habiendo recibido tanto, se entregaba plenamente a las obras corporales de misericordia. En 1548, con la ayuda del P. Persiano Rossa, su confesor, que vivía en San Girolamo della Carita y unos 15 laicos, San Felipe fundó la Cofradía de la Santísima Trinidad, conocida como la cofradía de los pobres, que se reunía para los ejercicios espirituales en la iglesia de San Salvatore in Campo. Dicha cofradía, que se encargaba de socorrer a los peregrinos necesitados, ayudó a San Felipe a difundir la devoción de las cuarenta horas (adoración Eucarística), durante las cuales solía dar breves reflexiones llenas de amor que conmovían a todos. Dios bendijo el trabajo de la cofradía y que pronto fundó el célebre hospital de Santa Trinita dei Pellegrini; en el año jubilar de 1575, los miembros de la cofradía atendieron ahí a 145,000 peregrinos y se encargaron, más tarde, de cuidar a los pobres durante la convalecencia. Así pues, a los treinta y cuatro años de edad, San Felipe había hecho ya grandes cosas.

Sacerdote

Su confesor estaba persuadido de que Felipe haría cosas todavía mayores si recibía la ordenación sacerdotal. Aunque el santo se resistía a ello, por humildad, acabó por seguir el consejo de su confesor. El 23 de mayo de 1551 recibió las órdenes sagradas. Tenía 36 años. Fue a vivir con el P. Rossa y otros sacerdotes a San Girolamo della Carita. A partir de ese momento, ejerció el apostolado sobre todo en el confesionario, en el que se sentaba desde la madrugada hasta mediodía, algunas veces hasta las horas de la tarde, para atender a una multitud de penitentes de toda edad y condición social. 
El santo tenía el poder de leer el pensamiento de sus penitentes y logró numerosas conversiones. Con paciencia analizaba cada pecado y con gran sabiduría prescribía el remedio. Con gentileza y gran compasión guiaba a los penitentes en el camino de la santidad. Enseñó a sus penitentes el valor de la mortificación y las prácticas ayudasen a crecer en humildad. Algunos recibían de penitencia mendigar por alimentos u otras prácticas de humillación. Uno de los beneficios de la guerra contra el ego es que abre la puerta a la oración. 
Decía: "Un hombre sin oración es un animal sin razón".  Enseñaba la importancia de llenar la mente con pensamientos santos y pensaba que para lograrlo se debía hacer lectura espiritual, especialmente de los santos.

Celebraba con gran devoción la misa diaria cosa que muchos sacerdotes habían abandonado. Con frecuencia experimentaba el éxtasis durante la misa y se le observó levitando en algunas ocasiones. Para no llamar la atención trataba de celebrar la última misa del día, en la que había menos personas.

Conversaciones espirituales

Consideraba que era muy importante la formación. Para ayudar en el crecimiento espiritual, organizaba conversaciones espirituales en las que se oraba y se leían las vidas de los santos y misioneros. Terminaban con una visita al Santísimo Sacramento en alguna iglesia o con la asistencia a las vísperas. 
Eran tantos los que asistían a las conversaciones espirituales que en la iglesia de San Girolamo se construyó una gran sala para las conferencias de San Felipe y varios sacerdotes empezaron a ayudarle en la obra. El pueblo los llamaba "los Oratorianos", porque tocaban la campana para llamar a los fieles a rezar en su oratorio. 
Las reuniones fueron tomando estructura con oración mental, lectura del Evangelio, comentario, lectura de los santos, historia de la Iglesia y música. Músicos, incluso Giovanni Palestrina, asistieron y escribieron música para las reuniones. Los resultados fueron extraordinarios. Muchos miembros prominentes de la curia asistieron a lo que se llamaba "el oratorio".
El ejemplo de la vida y muerte heroicas de San Francisco Javier movió a San Felipe a ofrecerse como voluntario para las misiones; quiso irse a la India y unos veinte compañeros del oratorio compartían la idea. En 1557 consultó con el Padre Agustín Ghettini, un santo monje cisterciense. Después de varios días de oración, el patrón especial del Padre Ghettini, San Juan Evangelista, se le apareció y le informó que la India de Felipe sería Roma. El santo se atuvo a su consejo poniendo en Roma toda su atención.
Una de sus preocupaciones eran los carnavales en que, con el pretexto de "prepararse" para la cuaresma, se daban al libertinaje. San Felipe propuso la santa diversión de visitar siete iglesias de la ciudad, una peregrinación de unas doce millas, orando, cantando y con un almuerzo al aire libre.

San Felipe tuvo muchos éxitos pero también gran oposición. Uno de estos fue el cardenal Rosaro, vicario del Papa Pablo IV. El santo fue llamado ante el cardenal acusado de formar una secta. Se le prohibió confesar y tener más reuniones o peregrinaciones. Su pronta y completa obediencia edificó a sus simpatizantes. El santo comprendía que era Dios quien le probaba y que la solución era la oración.

El cardenal Rosario murió repentinamente. El santo no guardó ningún resentimiento hacia el cardenal ni permitía la menor crítica contra este. 

La Congregación del Oratorio (Los oratorianos)

En 1564 el Papa Pío IV pidió a San Felipe que asumiera la responsabilidad por la Iglesia de San Giovanni de los Florentinos. Fueron entonces ordenados tres de sus propios discípulos quienes también fueron a San Juan. Vivían y oraban en comunidad, bajo la dirección de San Felipe. El santo redactó una regla muy sencilla para sus jóvenes discípulos, entre los cuales se contaba el futuro historiador Baronio.

Con la bendición del Papa Gregorio XII, San Felipe y sus colaboradores adquirieron, en 1575, su propia Iglesia, Santa María de Vallicella. El Papa aprobó formalmente la Congregación del Oratorio. Era única en que los sacerdotes son seculares que viven en comunidad pero sin votos. Los miembros retenían sus propiedades pero debían contribuir en los gastos de la comunidad. Los que deseaban tomar votos estaban libres para dejar la Congregación para unirse a una orden religiosa. El instituto tenía como fin la oración, la predicación y la administración de los sacramentos. Es de notar que, aunque la congregación florecía a la sombra del Vaticano, no recibió el reconocimiento final de sus constituciones hasta 17 años después de la muerte de su fundador, en 1612.

La Iglesia de Santa María in Vallicella estaba en ruinas y resultaba demasiado pequeña. San Felipe fue además avisado en una visión que la Iglesia estaba a punto del derrumbe, siendo sostenida por la Virgen. 
El santo decidió demolerla y construir una más grande. Resultó que los obreros encontraron la viga principal estaba desconectada de todo apoyo. 
Bajo la dirección de San Felipe la excavación comenzó en el lugar donde una antigua fundación yacía escondida. 
Estas ruinas proveyeron la necesaria fundación para una porción de la nueva Iglesia y suficiente piedra para el resto de la base. En menos de dos años los padres se mudaron a la "Chiesa Nuova". El Papa, San Carlos Borromeo y otros distinguidos personajes de Roma contribuyeron a la obra con generosas limosnas. San Felipe tenía por amigos a varios cardenales y príncipes. Lo estimaban por su gran sentido del humor y su humildad, virtud que buscaba inculcar en sus discípulos.

Aparición de la Virgen y curación

Fue siempre de salud delicada. En cierta ocasión, la Santísima Virgen se le apareció y le curó de una enfermedad de la vesícula. El suceso aconteció así: el santo había casi perdido el conocimiento, cuando súbitamente se incorporó, abrió los brazos v exclamó: "¡Mi hermosa Señora! ¡"Mi santa Señora!"
 El médico que le asistía le tomó por el brazo, pero San Felipe le dijo: "Dejadme abrazar a mi Madre que ha venido a visitarme". Después, cayó en la cuenta de que había varios testigos y escondió el rostro entre las sábanas, como un niño, pues no le gustaba que le tomasen por santo.

Dones extraordinarios

San Felipe tenía el don de curación, devolviéndole la salud a muchos enfermos. También, en diversas ocasiones, predijo el porvenir. Vivía en estrecho contacto con lo sobrenatural y experimentaba frecuentes éxtasis. Quienes lo vieron en éxtasis dieron testimonio de que su rostro brillaba con una luz celestial.

Últimos años

Durante sus últimos años fueron muchos los cardenales que lo tenían como consejero.  Sufrió varias enfermedades y dos años antes de morir logró renunciar a su cargo de superior, siendo sustituido por Baronio.

Obtuvo permiso de celebrar diariamente la misa en el pequeño oratorio que estaba junto a su cuarto. Como frecuentemente era arrebatado en éxtasis durante la misa, los asistentes acabaron por tomar la costumbre de retirarse al "Agnus Dei". El acólito hacía lo mismo. Después de apagar los cirios, encender una lamparilla y colgar de la puerta un letrero para anunciar que San Felipe estaba celebrando todavía; dos horas después volvía el acólito, encendía de nuevo los cirios y la misa continuaba.

El día de Corpus Christi, 25 de mayo de 1595, el santo estaba desbordante de alegría, de suerte que su médico le dijo que nunca le había visto tan bien durante los últimos diez años. Pero San Felipe sabía perfectamente que había llegado su última hora. Confesó durante todo el día y recibió, como de costumbre, a los visitantes. Pero antes de retirarse, dijo: "A fin de cuentas, hay que morir". 
Hacia medianoche sufrió un ataque tan agudo, que se convocó a la comunidad. Baronio, después de leer las oraciones de los agonizantes, le pidió que se despidiese de sus hijos y los bendijese. El santo, que ya no podía hablar, levantó la mano para dar la bendición y murió un instante después. Tenía entonces ochenta años y dejaba tras de sí una obra imperecedera.



San Felipe fue canonizado en 1622

El cuerpo incorrupto de San Felipe esta en la iglesia de Santa María en Vallicella, bajo un hermoso mosaico de su visión de la Virgen María de 1594.


26 de mayo fiesta de Santa Mariana de Jesús (Ecuador).



Su nombre completo era Mariana de Jesús Paredes Flores; nació en Quito (Ecuador) en 1618. A los cuatro años quedó huérfana de padre y madre, al cuidado de su hermana mayor Jerónima y de su cuñado, quienes la quisieron como a una hija.

Desde muy pequeñita Mariana de Jesús demostró inclinación hacia la piedad, aprecio por la pureza y por la caridad hacia los pobres. A los siete años invitaba a sus sobrinas, que eran casi de su misma edad, a rezar el rosario y a hacer el vía crucis.

El sacerdote que le hizo el examen de religión para ser admitida a hacer la Primera Comunión, se quedó admirado de lo bien que Marianita, de apenas ocho años de edad, comprendía las verdades del catecismo.

Su cuñado al darse cuenta de los grandes deseos de santidad y oración que Marianita de Jesús tenía, trató de que la recibieran en una comunidad religiosa; pero las dos veces que lo intentó se presentaron contrariedades imprevistas que le impidieron estar en el convento. Entonces ella se dio cuenta de que Dios la quería santificar quedándose en el mundo.

Marianita aprendió música, tocaba la guitarra y el piano; y había aprendido a coser, tejer y bordar, para no perder tiempo en la ociosidad. Tenía una armoniosa voz y sentía una gran afición por el canto, y cada día se ejercitaba un poco en este arte; le agradaba mucho entonar cantos religiosos que le ayudaban a meditar.

En el solar de la casa de su hermana construyó una habitación separada, para rezar, meditar, y hacer penitencia. Para recordar frecuentemente que iba a morir y que tendría que rendir cuentas a Dios, en su habitación se despojó de todo mueble, con la única compañía de una calavera, y se consiguió un ataúd en el que dormía varias noches de la semana.

Su día lo repartía entre la oración, la meditación, la lectura de libros religiosos, la música, el canto y los trabajos manuales; su meditación preferida era pensar en la Pasión y Muerte de Jesús.

En el templo de los padres de la Compañía de Jesús, Santa Marianita, encontró un virtuoso sacerdote, el pintor y poeta jesuita Hernando de la Cruz, que hizo de director espiritual y le enseñó el método de San Ignacio de Loyola, que consiste en examinarse la conciencia tres veces al día.
 
Marianita de Jesús se propuso cumplir aquel mandato de Jesús: "Quien desea seguirme que se niegue a sí mismo". Y desde niña empezó a mortificarse en la comida, en el beber y el dormir. En el comedor colocaba una canastita debajo de la mesa, y sin que se dieran cuenta, echaba buena parte de esos alimentos en el canasto, y los regalaba después a los pobres.

Uno de los sacrificios era no tomar ninguna bebida en los días de mucho calor. Pero la animaba a esta mortificación el pensar en la sed que Jesús tuvo que sufrir en la cruz. Se colocaba en la cabeza una corona de espinas mientras rezaba el rosario. Muchísimos rosarios los rezó con los brazos en cruz.

Ayunaba frecuentemente; no obstante Marianita, se propuso como sacrificio no salir de su casa sino al templo y cuando alguna persona tuviera alguna urgente necesidad de su ayuda. Así que el resto de su vida estuvo recluida en su casa; solamente salía a la Santa Misa cada mañana, y volvía luego a vivir encerrada, dedicada a las lecturas espirituales, a la meditación, a la oración, al trabajo y a ofrecer sacrificios por la conversión de los pecadores.

Santa Marianita recibió de Dios el don de consejo y así sucedía que los consejos que ella daba a las personas les hacían inmenso bien. También le dio a conocer Nuestro Señor varios hechos que iban a suceder en lo futuro, y así como ella los anunció, así sucedieron. Tenía un don especial para poner paz entre los que se peleaban y para lograr que ciertos pecadores se convirtieran y dejaran su vida de pecado.

A un sacerdote inteligente pero muy vanidoso, le dijo después de un brillante sermón: "Mire Padre, que Dios lo envió a recoger almas para el cielo, y no a recoger aplausos de este suelo". Y el presbítero dejó de buscar la estimación al predicar.


En una enfermedad le sacaron sangre a Mariana de Jesús, y la muchacha de servicio echó en una maceta la sangre que le habían sacado, y en esa matera nació una bella azucena; con esa flor la pintan a ella en sus cuadros. Esta santa fue azucena de pureza durante toda su vida, y se la llama la Azucena de Quito.

Por aquella época Sucedieron en Quito fuertes terremotos, que destruían casas y ocasionaban muchas muertes. Un padre jesuita dijo en un sermón: - "Dios mío: yo te ofrezco mi vida para que se acaben los terremotos". Pero Mariana exclamó: - "No, señor. La vida de este sacerdote es necesaria para salvar muchas almas. En cambio yo no soy necesaria. Te ofrezco mi vida para que cesen estos terremotos". La gente se admiró de esto. Y aquella misma mañana al salir del templo ella empezó a sentirse muy enferma; pero desde esa mañana ya no se repitieron los terremotos.

Una terrible epidemia estaba causando la muerte de centenares de personas en Quito. Santa Mariana de Jesús ofreció su vida, y todos sus dolores, para que cesara la epidemia; y desde el día en que hizo ese ofrecimiento terminó la plaga y ya no murió más gente de ese mal.

Por eso el Congreso del Ecuador le dio en el año 1946 el título de "Heroína de la Patria".

Acompañada por tres padres jesuitas murió santamente el viernes 26 de mayo de 1645. Desde entonces los quiteños le han tenido una gran admiración. Su entierro fue una inmensa ovación de toda la ciudad. Y los continuos milagros que hizo después de su muerte, obtuvieron que el Papa Pío IX la declarara beata en 1853, y el Papa Pío XII la declarara santa el 4 de junio de 1950, siendo la primera santa ecuatoriana se la considera Patrona del Ecuador.


lunes, 25 de mayo de 2020

25 de mayo fiesta de Santa Magdalena Sofía Barat.




Año 1779. Al final de un sendero bordeado de álamos, traspasado el puente sobre el Yvonne, el río pacífico con fondo de bosques lejanos y vecinos viñedos, los tejados rojo y vivo de Joigny, un lugar perdido en la Borgoña. Aquí, París; allí, Lyón. Unos minutos cuesta arriba de la calle Mayor y el barrio de los artesanos: casas minúsculas, blanqueadas, de ventanas chicas y puerta baja. Jacobe Barat, el tonelero dueño de las viñas que crecen junto al Larry, vive allí a la derecha. Madeleine, su mujer, todo un carácter, en la noche del 12 de diciembre, repitiendo el gozo de la escena comentada por Jesucristo, alza en los brazos una hijita nueva. La casa frontera arde en tanto, y esa niña, llegada entre el resplandor, contestará balbuceando que "C'est le feu", "el fuego", cuando las vecinas le pregunten entre sonrisas: "¿Quién te trajo al mundo?" Va a ser la glorificadora del Corazón ardiente de Jesucristo, que vino a incendiar la tierra. Se llamará Magdalena Sofía.
 
 Sofía, desde la ventana de su buhardillita, otea los viñedos extensos y vuelve a sus libros. Luis, su hermano, su padrino, su maestro, es recio, exigente y hasta un poco exagerado. Estudia para llegar a sacerdote y se empeña en hacer de su hermana un doctor sesudo. Sofía era endeblita como una flor de secano, y los librotes, densos e inacabables. Profundo conocimiento de la filosofía, literaturas clásicas y modernas, el latín y el griego. Llegó a ser —decía ella— casi "más virgiliana que cristiana". Curioso este plan de estudios. Curioso por desproporcionado para una aldeana y extraño para su época, fuera de los espíritus selectos. Para colmo, estudiaba ciencias exactas, astronomía, botánica y física. Como un premio recibió el permiso para dedicarse a las lenguas vivas, y cultivó con cariño especial la española y la italiana. Más de una vez se la veía entusiasmada con el Quijote y el Castillo interior o Moradas de Santa Teresa, quien la convenció de que el español es la "langue faite pour parler à Dieu", "la lengua nacida para hablar con Dios".
 Tuvo Sofía una afición hispánica intensa. Lo más medular de su espiritualidad misma osciló siempre entre la gran Teresa de Avila y San Francisco Javier y San Ignacio. Así lo afirman todos sus biógrafos cuando comentan el estilo de las constituciones o reglas de la Sociedad del Sagrado Corazón, defendido con viril tesón contra todos los intentos de cambio. A la fundación primera en España, solicitada por las niñas catalanas alumnas del Sagrado Corazón en Perpiñán, contestó: "Doy mi adhesión con el corazón entero". Un hombre del temple hasta brusco de Luis Barat guió a su hermana por un camino áspero en exigencia y en métodos. Toda su vida, desde el corazón a la cabeza cruzando los sentidos, su jornada entera y su calendario, estaban sometidos a la brida y bocado de esta mano dura, que exigía a una débil criatura todo lo que a sí mismo. 
Tan sólo permitía el preceptor un paréntesis en el trabajo intelectual en las épocas de mayor labor campestre, durante las que la hija ayudaba a su madre en los afanes de la alegre vendimia. En aquellas ocasiones recitaba en su propio marco fragmentos de la mejor literatura bucólica.
 La revolución de 1789, la gran Revolución Francesa, descompuso esta paz del pequeño Joigny. Era la revuelta de espaldas a Dios. Ignoraba, al proclamar los "derechos del hombre", que el primer derecho del hombre es su salvación eterna. Fue la primera revolución que desprestigió esa palabra, "revolución", que hasta entonces se había podido aplicar a la obra radical promovida por el mismo Evangelio.

 Luis Barat sufrió prisión; pero, en medio de aquellos horrores, llegó a la ordenación sacerdotal, lo que venía entonces a ser sinónimo de voto de martirio, Con frecuencia en la Historia sucede algo así. Entretanto Sofía, con aquel desusado bagaje intelectual, educada en unas exigencias espirituales tan exquisitas, esperaba "un no sé qué". El ambiente de Joigny anunciaba a la muchacha el destino de una normal boda con alguno de sus buenos paisanos, cuando Luis, aspirando para su hermana desconocidos horizontes de Providencia, indicó algo que cayó como una bomba en la sencilla opinión familiar: Sofía debía salir de Joigny. La empresa era difícil, pero a la medida del tozudo Barat, hijo. A París fue él para más disimulando ejercicio de su ministerio en el secreto de las circunstancias revolucionarias. Y en casa de una heroica señora, madame Duval, fue aceptado como huésped que pagaba el pupilaje con la más cotizada moneda: la diaria celebración, estilo catacumbas, del santo sacrificio. Venía a ser una bautizada versión del pretencioso "París bien vale una misa" de aquel voluble rey francés. Poco después convive allí Sofía, alejada entre lágrimas de la paz hogareña. Prosigue su educación minuciosa, y son sus primeros ensayos educadores como catequista de los niños vecinos que crecían sin Evangelio.

 La dirección de su alma se hizo más posible en la capital y el amor de Dios aumentó entre las piras incendiarias y las guillotinas: "El Papa, desterrado de Roma, prisionero y expirando en Valence; los obispos, expatriados; las iglesias, profanadas; los conventos, destruidos: los niños, sin instrucción; los hombres, sin religión: el luto en las familias; miles de miserias públicas y privadas..." Ésta es la lista de congojas escrita entre lágrimas por Sofía. Las crueldades y ridiculeces de la revolución hastiaron a los franceses y la reacción religiosa llegó a su primera cumbre en 1797: libertad de cultos. Un celo devorador de apostolado sacudió Francia entera. Fue una vocación colectiva a la santidad. Sofía, preparada por largos años a esta llamada de la gracia, pasó tres años de preguntas a Dios: ¿por dónde? ¿El Carmelo acaso?

 En 1800 cruzaban la frontera francoalemana los Padres del Sagrado Corazón. Fundados por Tournélv. se dirigían entonces por un ex militar fogoso: el P. Varin. Varin tuvo una historia semejante a Loyola y fue jefe de esta milicia sacerdotal que acabó desembocando de hecho en la Compañía de Jesús. Luis Barat se adhirió a los Padres del Sagrado Corazón y habló al superior de su hermana como llamada por Dios. Pero ella seguía indecisa: "Lo pensaré". Pero Varin repuso: "Todo lo encamina Dios según sus designios, y la educación nada común que habéis recibido no parece ordenada por Él para ser sepultada dados los tiempos presentes. No, Sofía, ya no es hora de pensar. Cuando se conoce la voluntad de Dios hay que cumplirla... ¡Yo, en nombre suyo, os la declaro!". 



En Santa Magdalena Sofía aparece más su obra y ella en función de su obra. Nunca consintió ser llamada fundadora, y no fue superiora y no fue superiora hasta 1800, y extraordinariamente, a la fuerza; superiora general no se logró que lo fuera hasta 1806. Fue siempre a remolque de los destinos divinos. 
Las constituciones las escribe para asegurar la continuidad de su Sociedad contra asechanzas que pretendían desviar su espíritu corazonista y asesorada por los padres Varin y Druilhet. Ya de este momento vocacional escribe: "En cuanto a mí, nada preveía entonces; no hice sino aceptar lo que me proponían" Los nombres de sus colaboradoras —Deshayes, Duchesne, Maillucheau... —aparecen continuamente ligados a su vida.

 Sofía y sus compañeras, en un principio tan inclinadas al Carmelo, cedieron su vocación contemplativa a la activa, pero sin abandonar de ningún modo la contemplación. "Contemplar y entregar esa contemplación es más perfecto que sólo contemplar, lo mismo que alumbrar es más que el simple lucir", enseña Santo Tomás. Esta vida "mixta" es la escogida por la nueva sociedad religiosa. Une en armonía la contemplativa y la activa, y resulta superior a las dos. Por eso una mujercita afanosa que alimenta sus labores diarias caseras con su diaria oración y no trabaja bien si bien no ora, y no ora bien si bien no trabaja; un oficinista que en su oración diaria halla la alegría de su trabajo monótono y oscuro, y que, a fuerza de intención sobrenatural, transfigura los papeleos en la máquina, están haciendo la más perfecta vida: contemplar y dar fruto para los demás.
 Claro que la misma Sofía notará toda su vida situada en tensión entre la oración y la acción: "Lo esencial es conservar el espíritu interior en medio de este jaleo", escribirá. No siempre parece posible elevar la intención lo bastante para justificar cara a Dios largas tareas de profesor, o de enfermero, o de burócrata: "Soy como un secretario de ministro. No tengo tiempo de respirar. Las visitas, los asuntos se suceden y, en medio de este caos, ¿se puede encontrar a Jesucristo?". El motivo de esta vida tan tensa sólo es uno. En las primeras reuniones de la Sociedad preguntó el P. Varin: "¿Cuál debe ser el espíritu de la obra?". Rápidamente fue ésta la respuesta común: "La generosidad, el Corazón de Jesús, no quiere sino almas grandes".

 ¿Y por qué precisamente el Sagrado Corazón? Hasta el siglo XVII las revelaciones del Corazón de Jesús fueron conocidas sólo por alguna de las monjas de los monasterios medievales. Cuando Jansenio helaba las almas con sus herejías, que pretendían achicar el amor divino, Dios suscitaba apóstoles de su Corazón enamorado de los hombres. San Juan Eúdes, Santa Margarita María, el Beato de la Colombière y San Pompilio María Pirroti.

 Siglo XVII: San Juan Eúdes transforma la devoción corazonista en culto litúrgico, y ya en 1672 obtiene que la fiesta del Sagrado Corazón se solemnice en los seminarios de su Congregación. Y sobreviene en este siglo el gran aldabonazo del amor: las revelaciones a Santa Margarita María en Paray-le-Monial con la gran promesa, que acerca mensualmente al Sacramento como seguro de salvación. En el hecho de que los "primeros viernes" rara vez suelan lograrse completos seguidos hay algo de divina estratagema para hacernos pasar la vida en comunión.

 Con Santa Margarita de Alacoque, la Visitación, con su confesor el Beato de la Colombièrela Compañía —apóstol universal del Corazón de Cristo—, son dos las Ordenes religiosas envueltas en el nuevo fuego, que comenzará vivo en la Congregación eudista. San Pompilio María Pirroti —ya en el XVIII— embarca en la empresa a la Orden de las Escuelas Pías al propagar por Italia la primera novena al Sagrado Corazón. El siglo XIX completa el conjunto con nuestra Santa Magdalena Sofía, también en clara línea de reacción antijansenista: "¡Si se conociera qué encantador es Jesús, qué amable en los brazos de su Madre, cómo su pequeño corazón ya está latiendo por nosotros! ¡Es grande el Señor y merece ser alabado! ¡Es pequeño y merece ser amado! 
Hacedlo conocer y pronto se le amará; sobre todo hacedlo conocer a esas devotas ridículas que ponen diques a la misericordia de Dios". Aquí asoman sus viejas lecturas literarias: "dévotes ridicules" recuerda las "preciosas ridículas" del gran Moliére. Pero la originalidad de Santa Magdalena Sofía está en el fin apostólico de su Sociedad, que anhela la glorificación del corazón de Cristo por la educación de la juventud, "para devolver a las almas su fe en amor" (P. Charmot).
 El nombre de "Sociedad del Sagrado Corazón" fue conservado por la madre Barat contra viento y marea: desde el momento en que los vendeanos, al levantarse en armas, lo habían ostentado, usarlo parecía unirse a un partido político. Pero el nombre era el estilo y había de perdurar. La segunda y más íntima originalidad de la Santa era que su entrega al Corazón divino, más que una devoción, era una consagración. Santa Margarita María seguía al corazón en sus sangrientas horas de la Pasión. La santa madre Barat abarcó en la consagración de su Sociedad una visión que abarcaba esto y más: el amor de Dios en su vida humana entera, todo el Evangelio como fruto cordial de Jesucristo. "Todos los misterios de amor y salvación han brotado del Sagrado Corazón de Jesús. 
Desde que la santa humanidad del Salvador fue unida a la divinidad en el seno de María, su pequeño Corazón nos dedica ya sus primeros sentimientos: se ofrece al Padre para expiar y para salvarnos". 
Por eso cuando, en 1853, conoció la misa del Sagrado Corazón "Egredimini", de ornamento blanco —en contraste con la de ornamento rojo "Miserebitur", más acorde con el estilo de Santa Margarita—, la pidió a Roma para las casas de la Sociedad como totalmente de acuerdo con su visión del Corazón de Jesús. El doble aspecto de este estilo se manifiesta en los evangelios "Aprended de Mí" y "He venido a traer fuego a la tierra"; el primero como escuela interior, el segundo como mística de acción. Sí; era el fuego, ya desde niña, el móvil de su vida.

 La ciudad de Amiéns fue la cuna de la obra. Siguieron Grenoble, Belley, Poitiers, Niort... París, Turín, Roma. En vida de la fundadora llegan a 111 las casas. Hoy 7.000 religiosas y 180 casas llenan Europa, América, Japón, China, Egipto, Congo belga y la India.

 En Francia habían ocurrido muchas cosas. Usurpador tras usurpador, el gobierno del país había caído en las manos férreas de Napoleón. "Fue siempre costumbre de los usurpadores, al querer instalarse pacíficamente, apelar a la religión para legitimar el poder conquistado y rodearlo de una aureola que lo hiciese venerable a la faz del pueblo. Y en semejantes ocasiones el tirano permite al pueblo incluso mantener sus creencias y aun en forma espectacular ejecuta los ritos que antes había, si cabe, pisoteado". Así escribe Carlo Castiglioni en su Historia de los Papas. Y Napoleón pretendió resucitar para su utilidad una ceremonia imponente que desde tres siglos atrás no se había celebrado: la coronación imperial por manos del Papa. Pío VII temió por la cristiandad entera si se negaba y, después de abundantes y duras condiciones al flamante emperador, accedió. Fue entonces cuando, de paso el Pontífice por Lyón hacia París, camino del rito, Pío VII se digna recibir a la madre Barat y bendecir la Sociedad.
 
 En los años 1808-1816 las pruebas divinas sobre la fundadora hicieron de ella "una de las santas más crucificadas de su siglo". El capellán de la casa de Amiéns, Saint-Estéve, que, junto con los padres Varin y Druilhet, había recibido el encargo de colaborar en la redacción de las constituciones, se dejó seducir por la idea de que a él sólo correspondían las atribuciones de fundador. Así sugestionado, se lanzó a escribir unas constituciones que fueron rechazadas por la mayoría de las religiosas. Sin embargo, un grupo, las de Gante, en Bélgica, engañadas por una falsa aprobación romana apañada por el artero "fundador", y temiendo siempre por la sospecha de galicanismo que atraía envuelto indistintamente todo lo francés, siguieron a Saint-Estéve y se separaron de la fundadora. 
En este matiz el culto, estilo y nombre del Sagrado Corazón quedaban suprimidos. Nombrado secretario del embajador francés en Roma, hizo Saint-Estéve allí lo que pudo y lo que nunca debió hacer para lograr el triunfo de su facción; hasta falsificó documentos y cartas. Entretanto la madre Barat, sola, pues el padre Varin estaba en pleno noviciado en la Compañía, sostuvo su fe y la de sus atribuladas hijas: "Aceptemos la cruz desnuda. Jesús, a pesar de todo, callaba; estas tres palabras son toda mi fuerza". 
La crisis, por fin, pasa porque Roma acaba siendo la verdad y, desprestigiado el pobre Saint-Estéve, León XII aprueba en 1826 las constituciones de la Madre. Pero en 1839 todo el separatismo eclesiástico francés se revuelve en contra del traslado a Roma de la casa madre, y en 1848 la revolución expulsa al Sagrado Corazón de Suiza y del Piamonte. Nuevas pruebas para un corazón generoso.



 Al observar en las almas santas estas virtudes heroicas es preciso notar que no aparecen en ellas de un modo como mágico, automáticamente. Son el resultado de un lentísimo proceso de entrega trabajosa de sí mismo a la voluntad divina, de una sucesiva unión con las virtudes de Jesucristo cooperando con su gracia. El secreto de la vida interior de Santa Magdalena Sofía es un armónico combinado de la ascética ignaciana de los "Ejercicios" en su aspecto de contemplación familiar de la vida del Señor, las revelaciones a Santa Margarita y el año litúrgico.
 Es aquí donde aparece extraordinaria la sabiduría de la madre Barat. Actualmente ya no resulta rara esta cotización del culto en la escala interior de perfección, pero entonces el movimientos litúrgico no había hecho sino empezar, y he aquí una religiosa que ya cimienta en él la adquisición de su forma de vivir de Dios. Aun hoy es difícil para muchas almas acompasar la espiritualidad personal, el caliente momento psicológico, con el de la santa Iglesia, y Pío XII ha tenido que romper lanzas por la pretendida enemistad entre lo que han dado en llamar "piedad objetiva" —la litúrgica— y "piedad subjetiva" —la íntima—. Para la madre Barat sí que no existió este enemiga. 'La liturgia es mi pasión dominante", escribió. Y este encontrar su corazón en la liturgia, en el año litúrgico, fue normal en su vida. El padre Brou tiene un estudio admirable sobre cómo plegó con toda naturalidad su devoción personal a la piedad oficial de la Iglesia la fundadora.

 Por otra parte, su ascética fue también lo que hoy se llama "de unidad", la ascética de "salvarse en racimo". "Una hija del Sagrado Corazón no se debe salvar sola." El dogma de la comunión de los santos, que haría trazar a Pío XII una de sus más luminosas cartas encíclicas, la del Cuerpo místico, era ya cosa vivida por esta gran mujer, que llevó el ignaciano "sentir con la Iglesia" hasta las más escondidas fibras de su estilo.
 La sencilla fecundidad de la enseñanza y el ejemplo de Santa Magdalena Sofía, la extraordinaria vigencia actual de su personalidad, se presta a una prolija consideración personal y de mucho provecho. "El jueves vamos al cielo", dijo, y amaneció aquél el 25 de mayo de 1865. Pero no se acabará nunca de ir de entre nosotros esta dulce y fuerte mujer. Revive en cada religiosa del Sagrado Corazón, perdura en la caliente presencia de sus escritos. "Al irse al corazón de Dios, que tanto había amado, le quedaron las arcas llenas y las manos sanas".
A su muerte acaecida el 25 de mayo de 1865 en París, "había fundado 89 casas, de las que 74 tenían además del Pensionado, una escuela gratuita para niñas pobres. Un total de 3,700 alumnas se educaban simultáneamente en los Pensionados y unas 5,700 en las Escuelitas".

Fue beatificada el 24 de mayo de 1908 por el papa Pío X, y canonizada el 24 de mayo de 1925 por el papa Pío XI.


25 de mayo fiesta de los Beatos Isidoro Ngei Ko Lat, primer beato birmano y el Padre Mario Vergara.





El catequista Isidoro Ngei Ko Lat

Es el primer birmano en ser beatificado. No hay muchas noticias que se refieran a este activo colaborador del P. Vergara, pero las cartas del P. Mario son suficientes para hacernos una idea de este humilde, pero espléndida figura de apóstol laico: una vida donada, al servicio del Evangelio y de los hermanos, coronada con el martirio.

Bautizado por el P. Domenico Pedrotti el 7 de septiembre de 1918 en Taw Pon Athet donde había nacido. Isidoro pertenecía a una familia de agricultores, ya convertida al catolicismo por el beato p. Paolo Manna. Pierde a los padres siendo adolescente y se va a vivir con un hermanito a lo de una tía.

En el curso de la investigación diocesana en la curia de Loikaw, una prima suya, que vivía en el mismo pueblo, testimonia que desde chico Isidoro frecuentaba a los misioneros e iba a menudo con ellos. Surge entonces el deseo de ser sacerdote y entra en el seminario menor de Toungoo.

Antiguos compañeros del seminario testimonian su celo y su seriedad. Es un joven simple, honesto y humilde. Revela una exquisita sensibilidad religiosa y una alta actitud para el estudio.

Pero a causa de una salud delicada-sufre de asma bronquial- fue obligado a volver a su familia. No puede realizar su sueño de ser sacerdote, pero permanece en él el deseo de hacer algo para el Señor. Así que decide no casarse.
 
No es todavía catequista, pero siempre está dispuesto a ayudar al catequista del pueblo. En su viaje a Dorokhó abre una escuela privada gratuita, en el cual enseña a los niños el birmano y el inglés, da también lecciones de catecismo, música y canciones sagradas. Está en buenas relaciones con la gente y todos lo quieren.

El primer encuentro con el p. Vergara, que estaba siempre buscando catequistas, sucedió en Leikthó. Era el año 1948. Isidoro acepta en seguida y con alegría la invitación de desarrollar el servicio de catequista en Shadaw. Permanec junto al misionero hasta el momento del martirio. Isidoro era también el intérprete del P. Galastri que todavía no conocía bien la lengua local.
 
La población de Shadaw estaba compuesta por campesinos analfabetas, cuya mayoría había sido evangelizada por los bautistas, hostiles a los católicos. Isidoro, si  bien se movía entre miles de dificultades, colaboraba activamente con el P. Vergara en la obra de elevación cultural, social y religiosa de aquella gente.

Ya antes del 24 de mayo de 1950, se registró y en diversas circunstancias acciones intimidatorias contra los misioneros católicos por parte de una facción fanática de bautistas.

 Eran bandas armadas que tenían como jefe militar al comandante Richmond y de parte religiosa al jefe de distrito Tiré. También los catequistas, obrando en estrecho contacto con los misioneros Vergara y Galastri, se convirtieron en blanco de la intolerancia de los soldados rebeldes.
Fue propio por causa de uno de estos catequistas, Giacomo Colei, que fue encarcelado y se desarrolla la cuestión que llevará al martirio de Isidoro y Vergara. De hecho, ambos temiendo por la vida de Cólei, deciden ir a ver al jefe del distrito para pedirle la liberación. Pero probablemente era una trampa preparada para suprimir a los apóstoles del Evangelio.

Éstos, de hecho no encuentran a Tiré, sino que tienen que arreglárselas con Richmond, que estaba enemistado con el jefe de distrito y odiaba a los misioneros.

Los obispos de la Iglesia de Myanmar han definido la beatificación del P. Vergara y de su catequista como: "un gran aliento para la entera comunidad católica de Myanmar para vivir un fe más en conformidad con el Evangelio y a testimoniarla con coraje y heroicamente, siguiendo el ejemplo del catequista Isidoro que no dudó en dar su vida misma por el Evangelio junto al P. Vergara".



El Padre Mario Vergara.

Nació en Frattamaggiore (Nápoles), diócesis de Aversa, el 18 de noviembre de 1910. Ordenado sacerdote en el Pime el 28 de agosto de 1934, a fines de septiembre parte para Birmania, destinado a la diócesis de Toungoo.

En 1935 se le confía el distrito de Citació en las montañas y florestas de los Sokú, una de las tribus carianas. Atraviesa tiempos durísimos entre otras cosas por la gran carestía causada por una multiplicación enorme de ratas.

Durante la segunda guerra mundial, en 1941 el P. Vergara es internado, con todos los misioneros italianos, en campos de concentración ingleses en India. Volverá a Birmania sólo en 1946, fuertemente debilitado físicamente y arriesga la vida después de la exportación de un riñón.

Se ofrece generosamente al obispo de Toungoo, mons. Alfredo Lanfranconi, para la apertura de un nuevo distrito entre los Carianos rojos en el este de Loikaw, hacia el río Salween, con varios poblados para evangelizar.

Privado de medios, hostilizado por los protestantes bautistas, estudia la lengua local, soporta todo tipo de sacrificios, recorriendo largas distancias a pie, amando y curando a todos, católicos, catecúmenos, paganos. Desde 1948 es ayudado por un joven co-hermano el P. Pietro Galastri, de Partina (Arezzo), que construye edificios útiles para la misión: escuela, iglesia, orfelinato y dispensario.

A continuación de la independencia de Inglaterra (1948), inician los desórdenes y la guerra civil entre gubernamentales y rebeldes carianos.

La guerrilla era subvencionada por los protestantes bautistas, presentes entre los carianos antes que los católicos llegasen y habían formado la elite de la tribu. Los carianos querían la independencia del gobierno de Rangoon formado por los birmanos, el pueblo budista mayoritario en Birmania.

El P. Vergara condena la guerra y toma la defensa del pueblo oprimido por una guerra que traía destrucción y muerte, sin ninguna posibilidad de obtener la independencia y el reconocimiento internacional. Se atrae el odio de los rebeldes por sus intervenciones de pacificación.

El 24 de mayo de 1950 el P. Vergara va al centro de Shadaw junto al maestro catequista Isidoro, para convencer al jefe de distrito Tiré, para que libere al otro catequista que había sido arrestado. 

Se encuentra en cambio, frente al jefe de los rebeldes Richmond el cual, después de haberlo sometido a un duro interrogatorio, ordena el arresto del misionero y de Isidoro.

Después de un largo camino por la floresta durante la noche, ambos son asesinados en las orillas del río Salween, en el alba del 25 de mayo de 1950, con fucilazos que se escucharon en el poblado cercano. 

Sus cuerpos, cerrados en sacos, fueron tirados al río Salween y jamás fueron encontrados.
El P. Pietro Galastri, capturado mientras rezaba con los huérfanos en la capilla de la misión, después de un día de secuestro fue también asesinado y tirado en el gran río. También el P. Galastri, no menos generoso y heroico del co-hermano, merece ser beatificado.

Fueron beatificados el 24 de mayo de 2014 en la Catedral de San Pablo, Aversa, Caserta, Italia, presidiendo dicho acto el Cardenal Angelo Amato.