jueves, 13 de agosto de 2020

13 de agosto fiesta de Santa Dulce Lopes Pontes.





«Este ángel bueno de Brasil realizó una labor apostólica impresionante. Fundadora de las Hijas de María Siervas de los Pobres, puso en marcha colegios, bibliotecas, uniones obreras católicas, albergues, etc., además de una extraordinaria red hospitalaria»





María Rita de Souza Brito Lopes Pontes nació en Salvador de Bahía, Brasil, el 26 de mayo de 1914. Era la segunda de cinco hermanos. Su progenitor, Augusto, era dentista y profesor de la facultad de Odontología. Su madre, Dulce María, murió a los 26 años después de dar a luz a la benjamina. 

Entonces la futura beata tenía 6. Su padre iba a estar a su lado siempre, animándola y ayudándola en sus iniciativas apostólicas hasta el fin de sus días. Él mismo fue impulsor de importantes obras de acción social. De tres de los hijos habidos en el matrimonio: Augusto, Dulce y María Rita, se hicieron cargo sus tías.

Los tres hermanos tomaron la primera comunión en 1922. Cinco años más tarde, en plena adolescencia, Dulce sintió cómo se despertaba su interés por la vida religiosa. 

Se adentró en lugares deprimidos de la ciudad junto a una de sus tías y, a partir de entonces, la marginalidad y pobreza que vio a su alrededor le conmovieron poderosamente; tanto que ya no pudo apartarlas de su mente.

Introdujo en sus acciones cotidianas la ayuda a quienes sufrían múltiples carencias, dándole prioridad. Y para ello convirtió el sótano de su casa en un lugar asistencial, que fue sumamente apreciado por los que no tenían recursos para afrontar sus difíciles jornadas. 

Hacía todo lo que podía para paliar tan graves deficiencias. Les proporcionaba alimentos, ropa, medicinas…

En 1932, después de haber cursado estudios en la Escuela Normal de Bahía, profesó como terciaria franciscana. Se vinculó a este carisma conducida por su director espiritual, el padre Hildebrando Kruthaup, ofm.Tomó el nombre de Lucía. 

Pero al año siguiene ingresó en el Instituto de lasHermanas Misioneras de la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios. De esta Orden le habían hablado en el convento de Nuestra Señora del Destierro en 1929.

Y al realizar los votos en agosto de 1934, eligió el nombre de Dulce en honor a su madre. Modelo para su vida fue Teresa de Lisieux. Estaba convencida de que debía imitar su conducta: «Creo que soy como el pequeño amor de mi pequeño corazón, que por más amor que tenga es poco para un Dios tan grande […]. A ejemplo de santa Teresita, creo que deben ser agradables al Niño Jesús todos los actos pequeños de amor por menores que sean».

Durante tres meses del año 1934 realizó una intensa actividad apostólica. Fue destinada a Salvador, y en el Hospital Español desempeñó diversos oficios, desde enfermera a portera, y también sacristana. 

Hizo un curso que la capacitó para la farmacia. Además, impartió clases en el colegio de Santa Bernadete, y trabajó con los obreros de Itapagipe. Con la firme convicción de que «el amor supera todos los obstáculos, todos los sacrificios», no halló barreras para un apostolado admirable, fecundo y eficaz. Luchó en todo momento sin desfallecer por el bien de los desfavorecidos.

Si se pudiera hablar en términos de curriculum, el suyo es impresionante: la fundación de las Hijas de María Siervas de los Pobres, colegios, bibliotecas, uniones obreras católicas, albergues, el colegio San Antonio para hijos de los trabajadores residentes en el barrio de Massaranduba, en Salvador, en el que también se dio formación a los adultos, etc., además de una extraordinaria red hospitalaria, y todo ello hallándose con su capacidad respiratoria al 30% durante los 30 últimos años de su vida.





 Era, sin duda, la gracia de Dios que la fortalecía y dilataba sus posibilidades de forma constante, sosteniéndola por encima de las penalidades y problemas que se le presentaron.

El origen del St. Anthony’s Hospital, que inauguró con 150 camas en 1959, fue el fruto de su tesón, ya que tras poner en marcha el sindicato de trabajadores de San Francisco, en Bahía, se dedicó a recoger a personas enfermas y a darles cobijo en una isla de Salvador de Bahía, en casas que nadie habitaba. 

Cuando la obligaron a desalojarlas, echó mano de sus arrestos, que le sobraban, y las trasladó a un antiguo mercado de pescado, hasta que los expulsaron de allí. Sin perder jamás la confianza en Dios, condujo al gallinero de su convento a 70 personas enfermas.

 
Después de su apertura, este hospital llegó a contabilizar 3.000 pacientes diarios. Sus numerosas fundaciones se hallan aglutinadas bajo el nombre de Obras Sociales «Hermana Dulce». En 1979 el cardenal arzobispo de Salvador, Brandão Vilela, le pidió que abriese fundación en Alagados.

El reconocimiento por su asombrosa labor propició que en 1988 fuese presentada como candidata al Premio Nobel de la Paz. Tuvo el consuelo de encontrarse con Juan Pablo II en dos ocasiones. La primera en julio de 1980, y la segunda en octubre de 1991, cuando se hallaba en el hospital donde permaneció 16 meses. El pontífice, que tan bien conocía el dolor en carne propia, hizo notar: «Este es el sufrimiento de los inocentes. Igual al de Jesús».

Dulce fue una religiosa fidelísima a su regla en momentos en los que en su congregación había quienes propugnaban que aquélla se mitigara. Una mujer de oración, sacrificada y penitente, que difundió entre los pobres, los operarios y los enfermos su amor al Sagrado Corazón de Jesús y a la Inmaculada.

Murió en el convento de San Antonio el 13 de marzo de 1992. El sepelio, realizado en medio de la consternación de la gente que la consideraba Madre de los pobres y ángel bueno de Brasil, fue una explosión de gratitud. Conducida en un coche de bomberos, fue escoltada por los cadetes de la policía militar y seguida por una imponente procesión de 6 km.

Así homenajeaban a la que ya había entrado de forma triunfante en la gloria. Su cuerpo permanece incorrupto. 

Fue beatificada en Salvador de Bahía por el cardenal Geraldo Majella Agnelo, en representación de Benedicto XVI, el 22 de mayo de 2011. El 13 de octubre de 2019 el Papa Francisco la canonizó.




13 de agosto fiesta de San Benildo Romançon.






En la fértil llanura de Limagne, que forma parte del departamento francés de Puy-de-Dóme, hay una pequeña ciudad llamada Thuret. 

En la hermosa iglesia románica de dicha población, que data del siglo XII, fue bautizado el día mismo de su nacimiento, 13 de junio de 1805, Pedro Romançon, segundo hijo de un matrimonio acomodado del lugar. El niño hizo su primera comunión doce años más tarde y al mismo tiempo fue confirmado por el obispo de Clermont. Pero ya antes, desde los seis años, Pedro había empezado a frecuentar la escuela, donde se distinguió por su piedad e inteligencia.

 Un día, cuando se hallaba en Clermont con su padre, quedó fascinado al ver a un monje vestido con hábito negro y con una capa que flotaba al viento. Su padre le explicó que era un miembro de la Congregación de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, fundada en Reims por san Juan Bautista de la Salle para la educación de la juventud, especialmente de los más pobres. 

Tal respuesta impresionó a Pedro, quien algún tiempo más tarde confesó a sus padres que quería ingresar en la congregación. Estos no se opusieron a las tímidas insinuaciones de Pedro, que poco a poco fueron haciéndose más insistentes y, cuando los hermanos de las escuelas cristianas abrieron un colegio en Riom, le enviaron ahí a terminar sus estudios.

Pedro se sintió desde el primer día como en su casa y, a los catorce años, pidió ser admitido como aspirante en la congregación. Sin embargo, aunque gozaba de excelente reputación en el colegio, se le rechazó por ser joven.

 Pedro tuvo, pues, que esperar dos años más y entonces obtuvo la admisión. Para probar la vocación de Pedro, su padre le amenazó con decapitarle si abandonaba la casa paterna. El joven replicó plácidamente: «Si quieres hacerlo, hazlo. Con ello sólo cambiaré los bienes terrenos por los eternos». 

Finalmente. en el otoño de 1820, partió al noviciado de Clermont-Ferrand, con la bendición de sus padres. En el año que siguió, su vocación se confirmó de tal suerte. que su director no tuvo reparo en decir: «Este hermano tan joven serán un día una de las glorias de nuestra congregación». 

Al tomar el hábito, Pedro había recibido el nombre de Benilde (el autor de este artículo no consiguió descubrir ningún santo de ese nombre. Pero el Martirologio Romano menciona el 15 de junio a una mujer martirizada por los moros de Córdoba, llamada Benildis o Benilda).

Cuando terminó el noviciado, sus superiores le enviaron al colegio de Riom a hacer sus primeras armas en el arte de la enseñanza. 

En los años siguientes, le encontramos en diversas casas de la congregación, ejerciendo, además del oficio de maestro, el de cocinero y otros más. Apenas dos años después de su profesión, fue nombrado superior del colegio de Billom en Puy-de-Dóme. Uno de sus discípulos afirmó más tarde: «El hermano Benilde era bueno como un ángel y tenía cara de santo. 
Era un magnífico profesor, un tanto estricto, pero siempre justo. Solía preocuparse especialmente de los menos aplicados y nos alentaba al trabajo. Sus discípulos hacían buen papel y conocían al dedillo el catecismo».

El hermano Benilde desempeñó con tal acierto su cargo que, en 1841, cuando tenía treinta y seis años, fue enviado a fundar y dirigir un nuevo colegio en Saugues (Alto Loira). Allí iba pasar el resto de su vida. La ciudad recibió con entusiasmo a los hermanos y no tardó en rogarles que inaugurasen también una serie de cursos nocturnos para adultos. 
Dichos cursos fueron todo un éxito, y el gobierno condecoró por ellos al hermano Benilde con una medalla de plata. Pero sin duda que el santo habría apreciado aún más la alta opinión en que le tenían sus discípulos. 

Todavía se conservan los testimonios de algunos de ellos; son tan detallados, que uno de los discípulos hace notar que «el santo director» solía mandar que se abrieran las ventanas mientras daba la clase. 

El hermano Benilde se distinguió sobre todo como profesor de religión. Como él mismo escribió: «Mi vida es para el apostolado. Si por negligencia mía estos niños no llegan a ser lo que deben, la habré desperdiciado. 

Si muero enseñando el catecismo, moriré en mi verdadero medio». A ese trabajo se había preparado con su vida personal y con un estudio serio de la teología y las materias con ella relacionadas. 

Más de un testigo hace notar que los discípulos solían escucharle embebidos y que les parecía que el tiempo pasaba demasiado de prisa. 

El hermano Benilde terminaba siempre sus clases con unas palabras de exhortación que brotaban del fondo de su corazón: «El querido hermano Benilde hablaba con tal calor de las verdades eternas, que jamás he podido olvidar lo que nos decía. Sus palabras nos llegaban al fondo del alma y eran un motivo de remordimiento cuando obrábamos mal». 
Pero no sólo se ganó el aprecio de sus discípulos, sino también el de los padres de éstos, de las hermanas presentandinas, que dirigían la escuela de niñas y del clero de la región. Uno de los vicarios de la parroquia escribió: «El hermano Benilde no sólo adoraba a Dios como un ángel cuando iba a la iglesia a hacer oración, sino siempre y en todas partes, aun cuando cultivaba sus verduras en el huerto».

El cariño entusiasta que el santo profesaba a su congregación era una de sus características. En una ocasión en que se hallaba en dificultades, exclamó: «No abandonaría la congregación, aunque me viese reducido a comer cáscaras de patatas. Demasiado bien sé cuán bondadoso ha sido Dios al llamarme a su servicio en ella». 
Jamás perdía la oportunidad de alentar a un posible candidato, pero no se valía para ello de consideraciones humanas: «¿Qué buscaba el candidato? ¿Una vida cómoda? La vida en el colegio de Saugues no lo era ciertamente. ¿Las alabanzas de las gentes? Los hermanos llevaban una existencia retirada y oculta.

 Pero si lo que quería era su santificación personal y trabajar humilde y útilmente en la viña del Señor, entonces ...» Un sacerdote que estuvo en la casa madre de los Hermanos de las escuelas cristianas en París, cinco años después de la muerte del hermano Benilde, encontró a treinta y dos novicios de Saugues y sus alrededores y casi todos habían sido discípulos de Benilde.

En 1855, el hermano Benilde escribió a uno de sus colegas: «He contraído una enfermedad que me tiene, por el momento, casi todo el tiempo en cama. Estoy tan fatigado, tan exhausto, que apenas puedo hablar. Cada día puede ser el último». Sin embargo, el hermano Benilde vivió seis años más, hasta que contrajo una dolorosa enfermedad reumática. 

Sus superiores le enviaron varias veces a hacer curas en Bagnols-les-Bains. El párroco del lugar afirmaba que las visitas del beato a la población equivalían a una misión. En enero de 1862, se agravó el estado del hermano Benilde. La víspera del domingo de la Trinidad, insistió en acudir a la capilla al día siguiente para la renovación actual de los votos y se despidió de sus discípulos, diciendo: «Sé que pedís por mí y os lo agradezco, pero mi salud no va a mejorar. Dios me llama a Sí y, si es misericordioso conmigo, podéis estar seguros de que pediré por vosotros en el cielo».

 Hacia el 30 de julio, el santo se arrastró una vez más hasta la capilla. «Es la última vez -dijo a su acompañante-; pronto me llevaréis en hombros». Dos semanas más tarde, el 13 de agosto de 1862, el hermano Benilde falleció, rodeado de sus hermanos.

El entierro se llevó a cabo el día de la Asunción. Aunque la parroquia de Saugues era grande, ese día estaba llena a reventar. La sepultura del santo se transformó inmediatamente en sitio de peregrinación. 
En 1884, se puso en la nueva lápida: décedé en odeur de sainteté (muerto en olor de santidad). No faltó quien murmurase de ello. No así el canónigo Raveyre, antiguo vicario de la parroquia, el cual afirmó: «No me extrañaría que la Iglesia le elevase un día al honor de los altares». Tenía razón.

 En 1896, se inició el proceso en Le Puy, el 4 de abril de 1948, se llevó a cabo en Roma la beatificación de Benilde Romançon y estuvo a cargo del Papa Pio XII. El 29 de octubre del año 1967 el beato Pablo VI lo canonizó en Roma.



13 de agosto fiesta del Beato Jakob Gapp.






El P. Jakob Gapp fue condenado a muerte por defender la fe católica y por criticar las doctrinas del nazismo.

Había nacido en Wattens, Austria, el 26 de julio de 1897. Sintió la llamada de Dios cuando tenía 22 años, e ingresó en el noviciado de los marianistas. Recibió la ordenación sacerdotal cuando tenía 33 años. Pronto se vio envuelto en un ambiente de tensiones y de luchas políticas, debidas, sobre todo, al creciente influjo de las ideas hitlerianas. 

Tras estudiar a fondo el pensamiento del nacionalsocialismo, llegó a la conclusión de que era una doctrina intrínsecamente anticatólica. Decidió, desde entonces, oponerse con decisión a la misma.

El nacismo llegó a imponerse en Alemania y en Austria, por lo que la vida del P. Gapp corría grave peligro. Sus superiores decidieron que fuese a trabajar primero a Francia, y luego a España.

En España se dedicó especialmente a la formación de los jóvenes, en medio de no pocas incomprensiones y críticas.

Pero la policía secreta de Hitler había decidido acabar con su vida. Por medio de un personaje misterioso, que se hizo pasar por un judío deseoso de convertirse, prepararon una trampa. El P. Jakob Gapp fue invitado por el falso amigo a hacer un paseo por el sur de Francia (ocupada por los alemanes), donde fue inmediatamente arrestado por la Gestapo. Era el mes de noviembre de 1942.

Gapp atravesó Francia para ser encarcelado en Berlín. Allí fue procesado como traidor. Se han conservado las actas de los interrogatorios, en los que el P. Gapp defendió con firmeza su fe católica y su deseo de mantenerla con coherencia, con amor, plenamente consciente de que podría perder su vida con su actitud de creyente convencido.
Fue condenado a muerte. La ejecución de la sentencia quedó fijada para el 13 de agosto de 1943. Era el día del aniversario de su ingreso al noviciado de los marianistas. Antes de morir, pudo escribir dos breves cartas, una a sus primos y otra a su superior. 

En ellas se descubre la sencillez, el valor y la fe propia de tantos mártires de ayer y de hoy, de tantos hombres y mujeres que ponen en Cristo toda su esperanza.

A sus primos les decía, entre otras cosas, lo siguiente: “Hoy será ejecutada la sentencia. A las 7 me presentaré a mi buen Salvador, a quien siempre amé ardientemente. No lloréis por mí. 

Soy plenamente feliz. Sin duda que he pasado muchas horas en la tristeza, pero he podido prepararme a la muerte del mejor modo posible. ¡Buscad vivir santamente y soportad cualquier cosa por amor de Dios, para que podamos reencontrarnos en el cielo! Saludad a todos, parientes y conocidos. En el paraíso me acordaré de todos”.

Y continúa un poco más adelante: “Después de haber luchado largo tiempo contra mí mismo he llegado a considerar este día como el más hermoso de mi vida. Dios os recompense por todo el bien que me habéis hecho desde mi niñez. ¡Seppl, querido Seppl, cuántas veces te he recordado! No estés triste. 

Todo pasa, sólo el cielo permanece. Nos encontraremos de nuevo. Entonces no habrá ninguna separación. ¡Avisa de mi muerte a los más íntimos! He sido condenado como traidor a la patria”.



 e mismo día, expresa ideas parecidas. “¡Reverendísimo y querido padre superior! Me siento obligado a escribirle ahora, pocas horas antes de mi muerte, para saludarle. 

El pasado 2 de julio, fiesta del Sagrado Corazón, fui condenado a la decapitación como traidor contra la patria. La ejecución tendrá lugar esta tarde, a las 7.

Durante el tiempo de prisión, es decir, desde el 9 de noviembre del año pasado, he tenido tiempo para reflexionar largamente sobre mi vida. Le agradezco de corazón todo lo que ha hecho por mí el tiempo que lo he conocido. 

Me considero todavía miembro de la Sociedad de María: renuevo mis votos y me ofrezco a mí mismo al buen Dios a través de nuestra Madre del cielo. Le pido perdón por las molestias que haya podido ocasionar, fuesen las que fuesen. He pasado por momentos realmente difíciles, pero ahora soy plenamente feliz. 

Creo que todo esto me ha ocurrido para que pueda santificarme en este tiempo de pruebas. ¡Salude de mi parte a todos los hermanos! Yo saludaré a los que ya han pasado a la otra vida. Todo pasa, sólo el cielo permanece”.

Son escritos llenos de humanidad y de fe. También el mártir sufre, también pasa por momentos de oscuridad, de maduración. También siente, como todos, miedo al momento del sacrificio. Pero Dios da la fuerza para ser fieles, Dios no deja de acompañar a quien con amor da la vida por confesar su fe.

El testimonio del P. Jakob Gapp, beatificado por Juan Pablo II el 24 de noviembre de 1996, nos sirve para levantar una vez más los ojos al cielo y pensar en lo que realmente vale la pena. “Todo pasa, sólo el cielo permanece”.


miércoles, 12 de agosto de 2020

12 de agosto fiesta de SANTA FRANCISCA DE CHANTAL


Santa Juana Francisca Frémiot de Chantal, religiosa, que siendo primero madre de familia, tuvo como fruto de su cristiano matrimonio seis hijos, a los que educó piadosamente, y muerto su esposo, bajo la dirección de san Francisco de Sales abrazó con decisión el camino de la perfección y realizó obras de caridad, en especial para con los pobres y enfermos. 
Dio comienzo a la Orden de la Visitación de santa María, que dirigió también prudentemente, y su muerte tuvo lugar en Moulins, junto al Aller, cerca de Nevers, en Francia, el día trece de diciembre (1641).



Santa Juana Francisca Fremiot nació en Dijon, Francia, el 23 de enero, de 1572, nueve años después de finalizado el Concilio de Trento. 
De esta manera, estaba destinada a ser uno de los grandes santos que el Señor levantó para defender y renovar a la Iglesia después del caos causado por la división de los protestantes. Santa Juana fue contemporánea de S. Carlos Borromeo de Italia, de Sta. Teresa de Ávila y S. Juan de la Cruz de España, de S. Juan Eudes y de sus compatriotas, el Cardenal de Berulle, el Padre Olier y sus dos renombrados directores espirituales, San Francisco de Sales y San Vicente de Paúl.

 En el mundo secular, fue contemporánea de Catalina de Medici, del Rey Luis XIII, Richelieu, Mary Stuart, la Reina Isabel y Shakespeare. Murió en Moulins el 13 de diciembre, de 1641.





martes, 11 de agosto de 2020

11 de agosto FIESTA DE SANTA CLARA DE ASÍS.



Clara nació en Asís, Italia, en 1193. Su padre, Favarone Offeduccio, era un caballero rico y poderoso. Su madre, Ortolana, descendiente de familia noble y feudal, era una mujer muy cristiana, de ardiente piedad y de gran celo por el Señor.

Desde sus primeros años Clara se vio dotada de innumerables virtudes y aunque su ambiente familiar pedía otra cosa de ella, siempre desde pequeña fue asidua a la oración y mortificación. Siempre mostró gran desagrado por las cosas del mundo y gran amor y deseo por crecer cada día en su vida espiritual.

Ya en ese entonces se oía de los Hermanos Menores, como se les llamaba a los seguidores de San Francisco. Clara sentía gran compasión y gran amor por ellos, aunque tenía prohibido verles y hablarles. Ella cuidaba de ellos y les proveía enviando a una de las criadas. Le llamaba mucho la atención como los frailes gastaban su tiempo y sus energías cuidando a los leprosos. Todo lo que ellos eran y hacían le llamaba mucho la atención y se sentía unida de corazón a ellos y a su visión.



Su llamada y su encuentro con San Francisco. Cofundadora de la orden

La conversión de Clara hacia la vida de plena santidad se efectuó al oír un sermón de San Francisco de Asís. En 1210, cuando ella tenía 18 años, San Francisco predicó en la catedral de Asís los sermones de cuaresma e insistió en que para tener plena libertad para seguir a Jesucristo hay que librarse de las riquezas y bienes materiales. Al oír las palabras: "este es el tiempo favorable... es el momento... ha llegado el tiempo de dirigirme hacia El que me habla al corazón desde hace tiempo... es el tiempo de optar, de escoger..", sintió una gran confirmación de todo lo que venía experimentando en su interior.

Durante todo el día y la noche, meditó en aquellas palabras que habían calado lo más profundo de su corazón. Tomó esa misma noche la decisión de comunicárselo a Francisco y de no dejar que ningún obstáculo la detuviera en responder al llamado del Señor, depositando en El toda su fuerza y entereza.

Cuando su corazón comprendió la amargura, el odio, la enemistad y la codicia que movía a los hombres a la guerra comprendió que esta forma de vida eran como la espada afilada que un día traspasó el corazón de Jesús. No quiso tener nada que ver con eso, no quiso otro señor mas que el que dio la vida por todos, aquel que se entrega pobremente en la Eucaristía para alimentarnos diariamente. El que en la oscuridad es la Luz y que todo lo cambia y todo lo puede, aquel que es puro Amor. Renace en ella un ardiente amor y un deseo de entregarse a Dios de una manera total y radical.

Clara sabía que el hecho de tomar esta determinación de seguir a Cristo y sobre todo de entregar su vida a la visión revelada a Francisco, iba a ser causa de gran oposición familiar, pues el solo hecho de la presencia de los Hermanos Menores en Asís estaba ya cuestionando la tradicional forma de vida y las costumbres que mantenían intocables los estratos sociales y sus privilegios. A los pobres les daba una esperanza de encontrar su dignidad, mientras que los ricos comprendían que el Evangelio bien vivido exponía por contraste sus egoísmos a la luz del día. Para Clara el reto era muy grande. Siendo la primera mujer en seguirle, su vinculación con Francisco podía ser mal entendida.



Santa Clara se fuga de su casa el 18 de Marzo de 1212, un Domingo de Ramos, empezando así la gran aventura de su vocación. Se sobrepuso a los obstáculos y al miedo para darle una respuesta concreta al llamado que el Señor había puesto en su corazón. Llega a la humilde Capilla de la Porciúncula donde la esperaban Francisco y los demás Hermanos Menores y se consagra al Señor por manos de Francisco.

Empiezan las renuncias

De rodillas ante San Francisco, hizo Clara la promesa de renunciar a las riquezas y comodidades del mundo y de dedicarse a una vida de oración, pobreza y penitencia. El santo, como primer paso, tomó unas tijeras y le cortó su larga y hermosa cabellera, y le colocó en la cabeza un sencillo manto, y la envió a donde unas religiosas que vivían por allí cerca, a que se fuera preparando para ser una santa religiosa.

Para Santa Clara la humildad es pobreza de espíritu y esta pobreza se convierte en obediencia, en servicio y en deseos de darse sin límites a los demás.

Días más tardes fue trasladada temporalmente, por seguridad, a las monjas Benedictinas, ya que su padre, al darse cuenta de su fuga, sale furioso en su búsqueda con la determinación de llevársela de vuelta al palacio. Pero la firme convicción de Clara, a pesar de sus cortos años de edad, obligan finalmente al Caballero Offeduccio a dejarla. Días más tardes, San Francisco, preocupado por su seguridad dispone trasladarla a otro monasterio de Benedictinas situado en San Angelo. Allí la sigue su hermana Inés, quien fue una de las mayores colaboradoras en la expansión de la Orden y la hija (si se puede decir así) predilecta de Santa Clara. Le sigue también su prima Pacífica.

DamianoSan Francisco les reconstruye la capilla de San Damián, lugar donde el Señor había hablado a su corazón diciéndole, "Reconstruye mi Iglesia". Esas palabras del Señor habían llegado a lo más profundo de su ser y lo llevó al más grande anonadamiento y abandono en el Señor. Gracias a esa respuesta de amor, de su gran "Si" al Señor, había dado vida a una gran obra, que hoy vemos y conocemos como la Comunidad Franciscana, de la cual Santa Clara se inspiraría y formaría parte crucial, siendo cofundadora con San Francisco en la Orden de las Clarisas.

Cuando se trasladan las primeras Clarisas a San Damián, San Francisco pone al frente de la comunidad, como guía de Las Damas Pobres a Santa Clara. Al principio le costó aceptarlo pues por su gran humildad deseaba ser la última y ser la servidora, esclava de las esclavas del Señor. Pero acepta y con verdadero temor asume la carga que se le impone, entiende que es el medio de renunciar a su libertad y ser verdaderamente esclava. Así se convierte en la madre amorosa de sus hijas espirituales, siendo fiel custodia y prodigiosa sanadora de las enfermas.

Desde que fue nombrada Madre de la Orden, ella quiso ser ejemplo vivo de la visión que trasmitía, pidiendo siempre a sus hijas que todo lo que el Señor había revelado para la Orden se viviera en plenitud.

Siempre atenta a la necesidades de cada una de sus hijas y revelando su ternura y su atención de Madre, son recuerdos que aún después de tanto tiempo prevalecen y son el tesoro mas rico de las que hoy son sus hijas, Las Clarisas Pobres.

Sta. Clara acostumbraba tomar los trabajos mas difíciles, y servir hasta en lo mínimo a cada una. Pendiente de los detalles más pequeños y siendo testimonio de ese corazón de madre y de esa verdadera respuesta al llamado y responsabilidad que el Señor había puesto en sus manos.

Por el testimonio de las misma hermanas que convivieron con ella se sabe que muchas veces, cuando hacía mucho frío, se levantaba a abrigar a sus hijas y a las que eran mas delicadas les cedía su manta. A pesar de ello, Clara lloraba por sentir que no mortificaba suficiente su cuerpo.




Cuando hacía falta pan para sus hijas, ayunaba sonriente y si el sayal de alguna de las hermanas lucía más viejo ella lo cambiaba dándole el de ella. Su vida entera fue una completa dádiva de amor al servicio y a la mortificación. Su gran amor al Señor es un ejemplo que debe calar nuestros corazones, su gran firmeza y decisión por cumplir verdaderamente la voluntad de Dios para ella.

Tenía gran entusiasmo al ejercer toda clase de sacrificios y penitencias. Su gozo al sufrir por Cristo era algo muy evidente y es, precisamente esto, lo que la llevó a ser Santa Clara. Este fue el mayor ejemplo que dio a sus hijas.

La humildad brilló grandemente en Santa Clara y una de las mas grandes pruebas de su humildad fue su forma de vida en el convento, siempre sirviendo con sus enseñanzas, sus cuidados, su protección y su corrección. La responsabilidad que el Señor había puesto en sus manos no la utilizó para imponer o para simplemente mandar en el nombre del Señor. Lo que ella mandaba a sus hijas lo cumplía primero ella misma con toda perfección. Se exigía mas de lo que pedía a sus hermanas.

Hacía los trabajos mas costosos y daba amor y protección a cada una de sus hijas. Buscaba como lavarle los pies a las que llegaban cansadas de mendigar el sustento diario. Lavaba a las enfermas y no había trabajo que ella despreciara pues todo lo hacía con sumo amor y con suprema humildad.

"En una ocasión, después de haberle lavado los pies a una de las hermanas, quiso besarlos. La hermana, resistiendo aquel acto de su fundadora, retiró el pie y accidentalmente golpeó el rostro a Clara. Pese al moretón y la sangre que había salido de su nariz, volvió a tomar con ternura el pie de la hermana y lo besó."

Con su gran pobreza manifestaba su anhelo de no poseer nada mas que al Señor. Y esto lo exigía a todas sus hijas. Para ella la Santa Pobreza era la reina de la casa. Rechazó toda posesión y renta, y su mayor anhelo era alcanzar de los Papas el privilegio de la pobreza, que por fin fue otorgado por el Papa Inocencio III.

Para Santa Clara la pobreza era el camino en donde uno podía alcanzar mas perfectamente esa unión con Cristo. Este amor por la pobreza nacía de la visión de Cristo pobre, de Cristo Redentor y Rey del mundo, nacido en el pesebre. Aquel que es el Rey y, sin embargo, no tuvo nada ni exigió nada terrenal para si y cuya única posesión era vivir la voluntad del Padre. La pobreza alcanzada en el pesebre y llevada a su cúlmen en la Cruz. Cristo pobre cuyo único deseo fue obedecer y amar.

La vida de Sta. Clara fue una constante lucha por despegarse de todo aquello que la apartaba del Amor y todo lo que le limitara su corazón de tener como único y gran amor al Señor y el deseo por la salvación de las almas.

La pobreza la conducía a un verdadero abandono en la Providencia de Dios. Ella, al igual que San Francisco, veía en la pobreza ese deseo de imitación total a Jesucristo. No como una gran exigencia opresiva sino como la manera y forma de vida que el Señor les pedía y la manera de mejor proyectar al mundo la verdadera imagen de Cristo y Su Evangelio.

Siguiendo las enseñanzas y ejemplos de su maestro San Francisco, quiso Santa Clara que sus conventos no tuvieran riquezas ni rentas de ninguna clase. Y, aunque muchas veces le ofrecieran regalos de bienes para asegurar el futuro de sus religiosas, no los quiso aceptar. Al Sumo Pontífice que le ofrecía unas rentas para su convento le escribió: "Santo padre: le suplico que me absuelva y me libere de todos mis pecados, pero no me absuelva ni me libre de la obligación que tengo de ser pobre como lo fue Jesucristo". A quienes le decían que había que pensar en el futuro, les respondía con aquellas palabras de Jesús: "Mi Padre celestial que alimenta a las avecillas del campo, nos sabrá alimentar también a nosotros".



Mortificación de su cuerpo

Si hay algo que sobresale en la vida de Santa Clara es su gran mortificación. Utilizaba debajo de su túnica, como prenda íntima, un áspero trozo de cuero de cerdo o de caballo. Su lecho era una cama compuesta de sarmientos cubiertos con paja, la que se vio obligada a cambiar por obediencia a Francisco, debido a su enfermedad.


Los ayunos. Siempre vivió una vida austera y comía tan poco que sorprendía hasta a sus propias hermanas. No se explicaban como podía sostener su cuerpo. Durante el tiempo de cuaresma, pasaba días sin probar bocado y los demás días los pasaba a pan y agua. Era exigente con ella misma y todo lo hacía llena de amor, regocijo y de una entrega total al amor que la consumía interiormente y su gran anhelo de vivir, servir y desear solamente a su amado Jesús.

Por su gran severidad en los ayunos, sus hermanas, preocupadas por su salud, informaron a San Francisco quien intervino con el Obispo ordenándole a comer, cuando menos diariamente, un pedazo de pan que no fuese menos de una onza y media.

La vida de Oración

Para Santa Clara la oración era la alegría, la vida; la fuente y manantial de todas las gracias, tanto para ella como para el mundo entero. La oración es el fin en la vida Religiosa y su profesión.

Ella acostumbraba pasar varias horas de la noche en oración para abrir su corazón al Señor y recoger en su silencio las palabras de amor del Señor. Muchas veces, en su tiempo de oración, se le podía encontrar cubierta de lágrimas al sentir el gran gozo de la adoración y de la presencia del Señor en la Eucaristía, o quizás movida por un gran dolor por los pecados, olvidos y por las ingratitudes propias y de los hombres.

Se postraba rostro en tierra ante el Señor y, al meditar la pasión las lágrimas brotaban de lo mas íntimo de su corazón. Muchas veces el silencio y soledad de su oración se vieron invadidos de grandes perturbaciones del demonio. Pero sus hermanas dan testimonio de que, cuando Clara salía del oratorio, su semblante irradiaba felicidad y sus palabras eran tan ardientes que movían y despertaban en ellas ese ardiente celo y encendido amor por el Señor.

Hizo fuertes sacrificios los cuarenta y dos años de su vida consagrada. Cuando le preguntaban si no se excedía, ella contestaba: Estos excesos son necesarios para la redención, "Sin el derramamiento de la Sangre de Jesús en la Cruz no habría Salvación". Ella añadía: "Hay unos que no rezan ni se sacrifican; hay muchos que sólo viven para la idolatría de los sentidos. Ha de haber compensación. Alguien debe rezar y sacrificarse por los que no lo hacen. Si no se estableciera ese equilibrio espiritual la tierra sería destrozada por el maligno". Santa Clara aportó de una manera generosa a este equilibrio.
 



Milagros de Santa Clara

Santa Clara y la Eucaristía ante los sarracenos

En 1241 los sarracenos atacaron la ciudad de Asís. Cuando se acercaban a atacar el convento que está en la falda de la loma, en el exterior de las murallas de Asís, las monjas se fueron a rezar muy asustadas y Santa Clara que era extraordinariamente devota al Santísimo Sacramento, tomó en sus manos la custodia con la hostia consagrada y se les enfrentó a los atacantes. Ellos experimentaron en ese momento tan terrible oleada de terror que huyeron despavoridos.

En otra ocasión los enemigos atacaban a la ciudad de Asís y querían destruirla. Santa Clara y sus monjas oraron con fe ante el Santísimo Sacramento y los atacantes se retiraron sin saber por qué.

El milagro de la multiplicación de los panes

Cuando solo tenían un pan para que comieran cincuenta hermanas, Santa Clara lo bendijo y, rezando todas un Padre Nuestro, partió el pan y envió la mitad a los hermanos menores y la otra mitad se la repartió a las hermanas. Aquel pan se multiplicó, dando a basto para que todas comieran. Santa Clara dijo: "Aquel que multiplica el pan en la Eucaristía, el gran misterio de fe, ¿acaso le faltará poder para abastecer de pan a sus esposas pobres?"

En una de las visitas del Papa al Convento, dándose las doce del día, Santa Clara invita a comer al Santo Padre pero el Papa no accedió. Entonces ella le pide que por favor bendiga los panes para que queden de recuerdo, pero el Papa respondió: "quiero que seas tu la que bendigas estos panes". Santa Clara le dice que sería como un irespeto muy grande de su parte hacer eso delante del Vicario de Cristo. El Papa, entonces, le ordena bajo el voto de obediencia que haga la señal de la Cruz. Ella bendijo los panes haciéndole la señal de la Cruz y al instante quedó la Cruz impresa sobre todos los panes.

Larga agonía

Santa Clara estuvo enferma 27 años en el convento de San Damiano, soportando todos los sufrimientos de su enfermedad con paciencia heroica. En su lecho bordaba, hacía costuras y oraba sin cesar. El Sumo Pontífice la visitó dos veces y exclamó "Ojalá yo tuviera tan poquita necesidad de ser perdonado como la que tiene esta santa monjita".

Cardenales y obispos iban a visitarla y a pedirle sus consejos.

San Francisco ya había muerto pero tres de los discípulos preferidos del santo, Fray Junípero, Fray Angel y Fray León, le leyeron a Clara la Pasión de Jesús mientras ella agonizaba. La santa repetía: "Desde que me dediqué a pensar y meditar en la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, ya los dolores y sufrimientos no me desaniman sino que me consuelan".

El 10 de agosto del año 1253 a los 60 años de edad y 41 años de ser religiosa, y dos días después de que su regla sea aprobada por el Papa, se fue al cielo a recibir su premio. En sus manos, estaba la regla bendita, por la que ella dio su vida.

Cuando el Señor ve que el mundo está tomando rumbos equivocados o completamente opuestos al Evangelio, levanta mujeres y hombres para que contrarresten y aplaquen los grandes males con grandes bienes.

Podemos ver claramente en la Orden Franciscana, en su carisma, que cuando el mundo estaba siendo arrastrado por la opulencia, por la riqueza, las injusticias sociales etc., suscita en dos jóvenes de las mejores familias el amor valiente para abrazar el espíritu de pobreza, como para demostrar de una manera radical el verdadero camino a seguir que al mismo tiempo deja al descubierto la obra de Satanás, aplastándole la cabeza.  Ellos se convirtieron en signo de contradicción para el mundo y a la vez, fuente donde el Señor derrama su gracia para que otros reciban de ella.

El Señor en su gran sabiduría y siendo el buen Pastor que siempre cuida de su pueblo y de su salvación, nunca nos abandona y manda profetas que con sus palabras y sus vidas nos recuerdan la verdad y nos muestran el camino de regreso a El. Los santos nos revelan nuestros caminos torcidos y nos enseñan como rectificarlos.

Tras los pasos de Santa Clara en Asís

En la Basílica de Santa. Clara encontramos su cuerpo incorrupto y muchas de sus reliquias.

En el convento de San Damiano, se recorren los pasillos que ella recorrió. Se entra al cuarto donde ella pasó muchos años de su vida acostada, se observa la ventana por donde veía a sus hijas. También se conservan el oratorio, la capilla, y la ventana por donde expulsó a los sarracenos con el poder de la Eucaristía.

Hoy las religiosas Clarisas son aproximadamente 18.000 en 1.248 conventos en el mundo.