miércoles, 1 de agosto de 2012

EL HÁBITO DE LOS DOMINICOS


 


 

Es muy importante tener en cuenta estos datos a la hora de hacer una imagen de algún santo o santa de la Orden de los Dominicos, por eso te recomiendo que leas este artículo y veas cómo se realizó la imagen de Santa Rosa de Lima (que ya está publicada).



Más datos sobre el hábito dominicano

Su hábito es blanco y consiste en un alba o túnica, una capilla con capucha (conocida también como esclavina), un escapulario y un rosario de 15 misterios sujeto al cinto; y, para el invierno, capa de color negro. Hasta entrado el siglo XX, era común que llevaran tonsura, lo que hoy no se practica más.

Orígenes del hábito dominicano

La Orden de Predicadores, cuya creación se debe a las oraciones de la gloriosa Virgen, según reza un antiguo relato, debe también a Ella el hábito que llevan sus miembros.
El episodio que nos narra esta intervención de la Santísima Virgen ocurrió en Roma, y fue contado por el mismo Santo Domingo al Beato Jordán de Sajonia, su inmediato sucesor.

El Beato Reginaldo, deán del Capítulo de San Aniano, de Orleans, y profesor de Derecho Canónico en París, había sido traído a la Orden por el Santo Fundador, quien le apreciaba a causa de su eminente ciencia y de su gran pureza.
Poco tiempo después, Reginaldo cayó gravemente enfermo. Domingo se puso a orar, y vio cómo la Virgen se apareció al enfermo, y habiéndole ungido, recobró la salud. Luego le mostró la dulce Madre un hábito religioso completo, diciendo: «He ahí el hábito de tu Orden».
Tres días después, la misteriosa ceremonia se repitió, esta vez en presencia del Bienaventurado Padre; y el Beato Reginaldo recibió de manos de Santo Domingo el hábito dominicano, tal cual la Virgen misma se lo había presentado.
A partir de aquel momento el escapulario reemplazó al sobrepelliz de los canónigos regulares, y el hábito dominicano fue adoptado tal como es ahora. Ordinis Vestiaria, la modista de la Orden Dominicana, es el nombre que se ha dado a la Virgen María en recuerdo de este gran acontecimiento.

 



 

El blanco y el negro en la Orden de Domingo

El hábito dominicano funde en una maravillosa unidad el blanco y el negro; el blanco que es un color perfecto, y el negro que no lo es; el blanco, símbolo de pureza, y el negro, de la penitencia; el negro cubriendo el blanco, como la penitencia protege la pureza; la pureza y la penitencia cubriendo al caballero de Cristo con una armadura invencible y capaz de desafiar el poder del infierno.
Sobre las vestiduras blancas, el dominico lleva una amplia capa negra. Es una capa negra que la Iglesia no da a los recién bautizados. ¿Por qué razón se le impone esta capa? Porque no es posible pasar por este mundo durante dieciocho años, que son los que se requieren para empezar la vida dominicana, sin que más o menos se manche la blancura del bautismo.
La capa negra simboliza la penitencia, sin la cual no se puede recuperar la perfecta inocencia. Con la esperanza de recobrarla de nuevo se ingresa en la Orden fundada por Santo Domingo, que tiene a la penitencia como una de sus características.

La capa negra, también, protectora de la túnica blanca, ha de recordarnos continuamente: que el deseo de permanecer limpio de toda mancha debe ir acompañado, para que sea verdaderamente eficaz, de igual deseo de la mortificación. Sin ésta, no será posible expiar los pecados cometidos; ella es necesaria además para evitar los pecados que puedan cometerse.

 

 





El hábito y la protección de la Santísima Virgen

El hábito dominicano representa, en lo que tiene de blanco, las gracias de pureza que dispensará la protección especial de la Virgen María a quienes lo vistan. Bajo su sombra el dominico encontrará una suave frescura contra los ardores de las pasiones, y hasta el momento de su muerte le servirá de escudo y de defensa contra los ataques del demonio y los peligros de esta vida.
El buen dominico recordará siempre que la verdadera mujer fuerte que ha tejido para su Orden esta tela blanca, es nuestra Madre celestial. Ciertamente, es gracias a Ella como nuestros santos y santas se han distinguido por su pureza. En el Oficio Divino se hace destacar con satisfacción la brillante virginidad de Santo Domingo. Es un don otorgado por la Virgen María.
Cabe aquí recordar la historia de aquella piadosa mujer de Lombardía de que hablan nuestras antiguas crónicas. Era al principio de la Orden. La buena mujer vio por primera vez a dos jóvenes religiosos «vestidos con un hábito elegante y muy hermoso». Y empezó a poner en duda su virtud. «¡Jamás —se dijo ella— podrán guardar su pureza!» A la noche siguiente se le apareció la Virgen con rostro severo: Tú me has ofendido en la persona de estos religiosos que son mis hijos —le dijo—. ¡Crees tú que yo no me preocupo de ellos!» Y abriendo su manto le mostró una multitud de frailes, entre los que se encontraban los dos religiosos que había visto el día antes.
Cuando a cada mañana el hijo o hija de Santo Domingo se ponga el hábito blanco, dirá con respeto filial a la Santísima Virgen: «Mostrad que sois mi Madre y haced que yo me muestre hijo vuestro». Después besará el escapulario con la misma veneración con que besaría la santa túnica inconsútil que María tejió para su Hijo. También nosotros, como el Santo de los santos, hemos recibido de sus manos este hábito.
Pero si queremos que la protección de María sea abundante y eficaz, debemos conservarnos humildes, muy humildes. La gracia se da a los humildes. Nuestra capa negra nos recordará sin cesar esta humildad que es indispensable. «Recibid esta capa negra —se nos dijo cuando nos la impusieron por primera vez—, símbolo de la humildad en que debéis mantenemos». El día en que olvidáramos que la pureza es un don de María; el día en que nos atribuyéramos el mérito de la misma, la perderíamos muy pronto.
Es digno de notar cómo los Padres de la Iglesia, que nos han dejado varios sermones dirigidos a las vírgenes cristianas, insisten sobre esta virtud de la humildad. Si comprendemos el lenguaje de los símbolos, nuestra capa negra nos dirá continuamente lo que San Ambrosio y San Agustín decían en su tiempo a las vírgenes cristianas.


Resonancias teológicas del hábito dominicano

Tomado de "El origen y desenvolvimiento del «stemma liliatum» en las provincias dominicanas  de España e Hispanoamérica", por Vicente Beltrán de Heredia, Archivum Fretrum Praedicatorum, XXXV, 1965, pp 67-84.

Todo el ideal de nuestra Orden se ha resumido en la palabra Veritas (Verdad) y en esta fórmula tan completa de Santo Tomás de Aquino: contemplar y dar a otros el fruto de la contemplación.
Sin duda alguna nuestro hábito blanco es un símbolo de esta verdad luminosa, a la que se consagra la Orden de Santo Domingo, y de la luz de la contemplación, y de la irradiación del celo apostólico. Tiene el mismo significado que tenía aquel maravilloso resplandor que despedía la cara de nuestro bienaventurado Padre.
Pero para conservar una fe pura, para poseer un conocimiento profundo de la Verdad, para dedicarse con amor a la contemplación de la misma, para poder difundir en torno de sí el resplandor de esta verdad y el brillo de una sólida virtud, hay que cumplir también con ciertas condiciones, que están simbolizadas en la capa negra.
Así como el blanco es el color que más despide la luz, así el negro es el que más la absorbe. Es necesario que nuestro espíritu absorba primero la luz que le viene de Dios, autor de la revelación, y también de la Iglesia, que nos la propone en nombre del mismo Dios, y de nuestros maestros que nos la explican. Es necesario que todas nuestras facultades se absorban en la oración, en el estudio, en la meditación, rumiando y asimilando la verdad. Y para que todo esto lo hagamos con provecho es necesario evitar toda disipación, reprimir la sensibilidad, saber mantener el recogimiento. Y todo esto está simbolizado en la capa negra.
Es muy conocido el famoso cuadro del Beato Angélico en el que pintó a Santo Domingo admirablemente joven, sentado, con un libro sobre sus rodillas. Está envuelto en su capa negra. Su cara está ligeramente apoyada sobre la mano derecha; lee, medita y contempla; su rostro está iluminado; una aureola resplandece en torno a su cabeza, brilla la estrella sobre su frente.
Muy distinta será su actitud cuando se levante para hablar de Dios a las almas. Sus brazos se abrirán en un gesto generoso, mostrando a los ojos de todos la blancura de su túnica, oculta en gran parte ahora bajo la capa negra. Después de haber absorbido la luz, la difundirá en torno suyo...
Todos nosotros, incluso las Hermanas Predicadoras, debemos imitar a nuestro Padre, derramando la luz en torno nuestro por la palabra y el ejemplo, y preparándonos por medio del recogimiento y las austeridades necesarias.

El Escudo de la Orden de Predicadores 




1. El sello, signo de validación, como antecedente del escudo.

Anterior al escudo es el sello, empleado como signo de validación por los conventos y jerarquías de la Orden y que es utilizado desde los inicios, en el siglo XIII. La presencia del crucifijo en el sello es privilegio exclusivo del Maestro General por disposición del Capítulo de Bolonia de 1240. Pero en general cada convento tenía su emblema. Durante el siglo XIV y principios del XV persiste la misma variedad en los sellos, adoptando cada monasterio el que mejor cuadraba con sus características. Estas representaciones eran signos de validación del documento respectivo y su empleo carece de valor heráldico propiamente dicho. Por eso, aún después de la aparición del stemma heráldico y de su generalización seguirán empleándose los Con todo no puede negarse que históricamente existe afinidad y cierto parentesco entre ambos emblemas, hasta el punto que el segundo irá suplantando al primero, y una vez que se generalice quedará vinculada a él la función propia del sello. Así sucede en nuestros días, pues hoy en cualquier documento dominicano aparece como signo de validación uno de los emblemas heráldicos, el liliado o el mantelado.


2. El ejemplar más antiguo que se conoce del «stemma liliatum».

El ejemplar más antiguo de este escudo liliado, conocido actualmente, data de 1419-20 y figura  en la peana de una imagen de Santo Domingo, hermosa imagen de alabastro, que se encuentra en el museo del Monasterio de las MM. Dominicas de Caleruega, y que anteriormente estaba en la puerta de entrada a dicho Monasterio. Parece ser que esta imagen fue mandada hacer por Fr. Luis de Valladolid, provincial de España por esos años, que asistió al Concilio de Constanza, viajó por Francia, Italia... y conocía la tradición de la Orden en cuanto al emblema heráldico de más amplia difusión. Por tanto la estatua da fe de que, en aquel momento, el escudo liliado tenía las preferencias en el instituto religioso.

 

3. Elementos esenciales del «liliatum»

Los elementos del escudo pueden reducirse a tres: la cruz flordelisada sobre campo de plata (blanco) y sable (negro). La cruz es el emblema por excelencia del cristiano y más del religioso. En alguna forma acompaña siempre a la figura de Santo Domingo y es también frecuente en los sellos de sus religiosos. La cruz es por tanto un elemento genérico de nuestro stemma, que es precisado por la adición del flordelisado, e incluso se añade otro elemento, el campo de plata (blanco) y sable (negro) representativo de los colores del hábito dominicano.

 

4. Vinculación de lirio y de la cruz flordelisada a la familia de Santo Domingo

Esta vinculación del lirio a la familia dominicana, derivándose de su Fundador, se robustece si recordamos que en las armas de la casa de Aza entraba también la cruz flordelisada: "una cruz roja con remates de flor de lis..." No es de extrañar, por tanto, que la flor de lis aparezca frecuentemente vinculada a nuestra Orden desde los orígenes. Pero la cruz flordelisada podría resultar un elemento demasiado genérico: la emplean en un solo color los monjes del Cister y también los caballeros de Calatrava y de Alcántara. No es por tanto un emblema exclusivo de los Predicadores. Pero sí resultará distintivo si le añadimos la última diferencia: su carácter bicolor en blanco y negro. El escudo mantelado, mantelatum o cappatum, nunca ha sido probado que fuese anterior y era demasiado simple, por lo que en tiempos posteriores se han añadido, a este escudo, otros dos emblemas vinculados tradicionalmente a la persona de Santo Domingo, la estrella y el cachorro con la tea encendida.
Si quisiéramos establecer comparación entre ambos escudos, el liliado y el mantelado, conviene tener presente que están concebidos en un plan del todo distinto. El único elemento común que hay entre ellos, el campo de plata (blanco) y sable (negro), en el liliado adopta forma perfectamente combinada con los dos nuevos factores, la cruz y las lises, ambos vinculados a la tradición de la Orden. En algún momento, a fines del siglo XVIII, se han combinado ambos escudos o se han fundido en uno, pero el resultado es una representación barroca y recargada.

 

 


 

7 comentarios:

oscar dijo...

quisiera pertenecer a ustedes pero yo vivo en Colombia y me gusta su orden

Daniel Atapuerca dijo...

Hola Oscar y gracias por escribir. Te comento que no tenemos nada que ver con la Orden Dominica, simplemente admiramos su obra. En Colombia supongo que ellos estarán, sería cuestión que le preguntes a algún sacerdote o religioso/a sobre ellos. Un cordial saludo y mucha suerte.

Mesvin Marroquin dijo...
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Mesvin Marroquin dijo...
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Daniel Atapuerca dijo...

Es cierto Mesvin, está lleno de simbolismos marianos. Gracias por comentar en el blog.

john Jairo dijo...

Buen dia me gustaria saber quien hace el habito de los Dominicos en Colombia, soy Fraile Nazareno de San Martin de Porres, estoy buscando quien haga el habito, muchas gracias por su ayuda e informacion.

Daniel Atapuerca dijo...

Hola John y Feliz Pascua.Tendrías que contactarte con los frailes dominicos o con las dominicas de clausura, que suelen hacer costura. Espero tengas suerte.