domingo, 26 de marzo de 2017

El hábito Jesuita.





Una orden religiosa fundada por San Ignacio de Loyola. Llamada por él “La Compañía de Jesús” para indicar su verdadero jefe y su espíritu militar, el título fue latinizado como “Societas Iesu” en la Bula de Paulo III que aprobaba su creación y la primera fórmula de su Instituto (Regiminis militantis ecclesia”, 27 de Septiembre de 1540). 

El término “Jesuita” (con origen en el Siglo XV, que significaba alguien que usaba demasiado frecuentemente o se apropiaba el nombre de Jesús) fue aplicado al principio como reproche a la Compañía (1544-52), y nunca fue empleado por su fundador, aunque miembros y amigos de la Compañía aceptaron con el tiempo el nombre en su buen sentido. 

La Compañía figura entre los institutos religiosos como una orden mendicante de clérigos regulares, esto es, un cuerpo de sacerdotes organizados para el trabajo apostólico, siguiendo una regla religiosa, y contando para su sostenimiento con limosnas [Bulas de Pío V, “Dum indefessae”, de 7 de Julio de 1571; de Gregorio XIII, “Ascendente Domino” (vid.), de 25 de Mayo de 1585].




Como se ha explicado en el artículo “Ignacio de Loyola”, el fundador comenzó su propia reforma, y el alistamiento de seguidores, totalmente poseído por la idea de la imitación de Cristo, y sin ningún plan para una orden religiosa ni propósito de atender a las necesidades de la época. 

Inesperadamente impedido de llevar a cabo esta idea, ofreció sus servicios y los de sus seguidores al Papa, “Cristo en la Tierra”, quien en seguida le empleó en cuantas tareas eran más apremiantes en ese momento. 

Fue sólo después de esto y justo antes de que sus compañeros empezaran a marchar por encargo del Papa a diversos países, cuando se tomó la resolución de crear una orden, y cuando Ignacio fue encargado de redactar unas Constituciones. 

Esto lo hizo lenta y metódicamente, introduciendo primero reglas y costumbres y viendo cómo funcionaban.

No las codificó durante los primeros seis años. Luego se dieron tres años para formular leyes, cuya sabiduría hubiera sido probada por la experiencia. En los últimos seis años de la vida del Santo las Constituciones así compuestas fueron finalmente revisadas y puestas en práctica en todas partes. 




Esta secuencia de acontecimientos explica de una vez cómo la Compañía, aunque dedicada al seguimiento de Cristo, como si no hubiera otra cosa de qué preocuparse en el mundo, está también excelentemente adaptada a las necesidades del momento.

 Empezó a atenderlas antes de comenzar a legislar, y su legislación fue la codificación de aquellas medidas que habían sido probadas por la experiencia como aptas para preservar su previo principio religioso entre hombres efectivamente dedicados a los requerimientos de la Iglesia en tiempos no diferentes de los nuestros.

La Compañía no se fundó con la finalidad confesada de oponerse al Protestantismo. Ni las cartas papales de aprobación, ni las Constituciones de la orden mencionan esto como objeto de la nueva fundación. 

Cuando Ignacio empezó a dedicarse al servicio de la Iglesia, probablemente ni siquiera había oído los nombres de los reformadores protestantes. Su plan originario fue más bien la conversión de los mahometanos, una idea que, pocas décadas después del triunfo final de los cristianos sobre los moros en España, debe haber atraído con fuerza al caballeroso español. 

El nombre de “Societas Iesu” había sido llevado por una orden militar aprobada y recomendada por Pío II en 1450, cuya finalidad era luchar contra los turcos y ayudar a extender la fe cristiana. Los primeros jesuitas fueron enviados por Ignacio a tierras paganas o a países católicos; a países protestantes sólo por petición especial del Papa y a Alemania, la cuna de la Reforma, a solicitud urgente del embajador imperial.

 Desde el mismo principio las labores misioneras de los jesuitas entre los paganos de la India, Japón, China, Canadá, América Central y del Sur fueron tan importantes como su actividad en países cristianos. Como el objeto de la Compañía era la propagación y refuerzo de la fe católica en todas partes, los jesuitas se esforzaron naturalmente en contrarrestar la extensión del Protestantismo. 

Se convirtieron en el principal instrumento de la Contrarreforma; la reconquista de Alemania del sur y del oeste y Austria para la Iglesia, y la conservación de la fe católica en Francia y otros países se debieron principalmente a sus esfuerzos.



San Ignacio de Loyola, no les exigió a los Jesuitas un hábito especial, como el que ya tenían otras órdenes, sino que los instaba a que vistieran el hábito de los clérigos honestos del lugar donde estuvieran, eso sí, de color negro. 

El hábito era un instrumento más de mortificación y alejamiento de las vanidades del mundo, teniendo siempre en cuenta que los Jesuitas trabajaban para el mundo pero no pertenecían a él. Antiguamente usaban “bonetes” y más tarde pasó a formar parte de su vestimenta, una faja. 

En síntesis el hábito jesuita es una sotana talar negra, con faja. En la actualidad el clergyman sustituyó a todo esto.

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