jueves, 1 de enero de 2026

Un cuerpo para dos santas.

Santa Margarita María de Alacoque y Santa Teresita del Niño Jesús.


En esta entrada, “un cuerpo para dos santas”, vamos a trabajar en serie. Las he realizado con la técnica de telas encoladas y masillas epoxídicas. Están hechas con la misma técnica que se han utilizado para hacer las imágenes de la Dulce Espera, Santa Bernardita, Madre Teresa, Santa Clara de Asís, Padre Damián o San Juan Pablo II, entre otros. Como les digo siempre, trabajar en serie, es una buena forma de trabajar más rápido y ahorrar materiales. ¿Cómo se hacen? te lo cuento ahora por si no leíste algunos de los trabajos anteriores. En cuatro pasos básicos las realizaremos. Atención: tómate tu tiempo para cada una de ellas. Nunca apures las cosas, esto es como la buena fruta, precisa un tiempo para madurar y así será espléndida.






1)    Se comienza con las cabezas, los pies y las manos. Ideando la ropa (para esto es preciso ver estampas u otras estatuas para que nos quede muy bien) y las actitudes de la imagen que le queramos dar (esto lleva bastante tiempo). Si bien vamos a partir de un mismo soporte, las actitudes de estas dos imágenes, son muy distintas. Se va pensando en todos los detalles que se le quieren hacer (ubicación de las manos, de los pies, capucha, cinturón, etc.). Atención, porque son de congregaciones distintas, por lo tanto el hábito es diametralmente distinto.


2)    Se parte de un soporte (que puede ser de alambre, madera, plástico, cartón, telgopor, etc. Al que se le van marcando las partes del cuerpo. TENER EN CUENTA LAS PROPORCIONES. En un QUI DOCET, DISCIT (1º de septiembre de 2011), te conté sobre las proporciones corpóreas más comunes que debes tener en cuenta a la hora de hacer una imagen. Se van añadiendo pequeñas almohadillas con algodón para darle volumen a las partes del cuerpo. Como son mujeres, le damos un poco menos a la caja torácica y a la espalda y más para las caderas. Se pinta la cara y las manos. Se añade la cabeza y se la fija con masilla epoxídica. Se pinta la base, en este caso es una madera natural pulida y barnizada y se la protege con papel film para que no se manche.








3)    Se cortan las vestimentas de las santas, en tela de algodón o lino (NO SINTÉTICO). A todas estas partes se les pasan una mezcla de cola de carpintero, tiza, enduído y colorantes. Por lo menos 2 manos y de ambos lados. Dejar secar muy bien entre tela y tela, lo mismo cuando se pinta, DEJAR SECAR MUY BIEN ENTRE MANO Y MANO. Aprovechamos para ir haciendo el rosario y el Sagrado Corazón para Santa Margarita e ir preparando el crucifijo con las rosas para Santa Teresita.





4)    Sacar el papel adherente de la base, cara y manos. Seguir decorando con otros detalles (cinturón, rosario y aureola). Retocar con pigmentos al tono las marquitas que hubiéramos dejado y retocar con los colores apropiados para crear sombras. Trabajos terminados y listos para exponer. Pero lo bueno de esto, es que hicimos dos, casi al mismo tiempo. NO TE APURES AL REALIZARLAS, no se hacen ni en dos horas, ni en 15 días, las mismas imágenes te indicarán el tiempo que precisan de realización.

EL PASO A PASO:







1º de enero fiesta de SANTA MARÍA MADRE DE DIOS.



La Iglesia Católica quiere comenzar el año pidiendo la protección de la Santísima Virgen María. La fiesta mariana más antigua que se conoce en Occidente es la de "María Madre de Dios". Ya en las Catacumbas o antiquísimos subterráneos que están cavados debajo de la ciudad de Roma y donde se reunían los primeros cristianos para celebrar la Misa, en tiempos de las persecuciones, hay pinturas con este nombre: "María, Madre de Dios".
 
Si nosotros hubiéramos podido formar a nuestra madre, ¿qué cualidades no le habríamos dado? Pues Cristo, que es Dios, sí formó a su propia madre. Y ya podemos imaginar que la dotó de las mejores cualidades que una criatura humana puede tener.

Pero, ¿es que Dios ha tenido principio? No. Dios nunca tuvo principio, y la Virgen no formó a Dios. Pero Ella es Madre de uno que es Dios, y por eso es Madre de Dios.

Y qué hermoso repetir lo que decía San Estanislao: "La Madre de Dios es también madre mía". Quien nos dio a su Madre santísima como madre nuestra, en la cruz al decir al discípulo que nos representaba a nosotros: "He ahí a tu madre", ¿será capaz de negarnos algún favor si se lo pedimos en nombre de la Madre Santísima?

Al saber que nuestra Madre Celestial es también Madre de Dios, sentimos brotar en nuestro corazón una gran confianza hacia Ella.

Cuando en el año 431 el hereje Nestorio se atrevió a decir que María no era Madre de Dios, se reunieron los 200 obispos del mundo en Éfeso (la ciudad donde la Santísima Virgen pasó sus últimos años) e iluminados por el Espíritu Santo declararon: "La Virgen María sí es Madre de Dios porque su Hijo, Cristo, es Dios". Y acompañados por todo el gentío de la ciudad que los rodeaba portando antorchas encendidas, hicieron una gran procesión cantando: "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén".
El título "Madre de Dios" es el principal y el más importante de la Virgen María, y de él dependen todos los demás títulos y cualidades y privilegios que Ella tiene.
Los santos muy antiguos dicen que en Oriente y Occidente, el nombre más generalizado con el que los cristianos llamaban a la Virgen era el de "María, Madre de Dios".

El Papa Benedicto XVI, nos dijo en el año 2008:

"El título de Madre de Dios, tan profundamente vinculado a las festividades navideñas, es, por consiguiente, el apelativo fundamental con que la comunidad de los creyentes honra, podríamos decir, desde siempre a la Virgen santísima. Expresa muy bien la misión de María en la historia de la salvación. Todos los demás títulos atribuidos a la Virgen se fundamentan en su vocación de Madre del Redentor, la criatura humana elegida por Dios para realizar el plan de la salvación, centrado en el gran misterio de la encarnación del Verbo divino.

Y todos sabemos que estos privilegios no fueron concedidos a María para alejarla de nosotros, sino, al contrario, para que estuviera más cerca. En efecto, al estar totalmente con Dios, esta Mujer se encuentra muy cerca de nosotros y nos ayuda como madre y como hermana. También el puesto único e irrepetible que María ocupa en la comunidad de los creyentes deriva de esta vocación suya fundamental a ser la Madre del Redentor. Precisamente en cuanto tal, María es también la Madre del Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia. Así pues, justamente, durante el concilio Vaticano II, el 21 de noviembre de 1964, Pablo VI atribuyó solemnemente a María el título de "Madre de la Iglesia".



Precisamente por ser Madre de la Iglesia, la Virgen es también Madre de cada uno de nosotros, que somos miembros del Cuerpo místico de Cristo. Desde la cruz Jesús encomendó a su Madre a cada uno de sus discípulos y, al mismo tiempo, encomendó a cada uno de sus discípulos al amor de su Madre. El evangelista san Juan concluye el breve y sugestivo relato con las palabras: "Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa" (Jn 19, 27). Así es la traducción española del texto griego: εiς tά íδια; la acogió en su propia realidad, en su propio ser. Así forma parte de su vida y las dos vidas se compenetran. 
Este aceptarla en la propia vida (εiς tά íδια) es el testamento del Señor. Por tanto, en el momento supremo del cumplimiento de la misión mesiánica, Jesús deja a cada uno de sus discípulos, como herencia preciosa, a su misma Madre, la Virgen María. - Benedicto XVI, 2008